Aún estaba en su cuarto el joven Ughbert Zondervan sin saber cómo reaccionar a tal información que Hobo le daba. Esta había dejado de dibujar después de haber trazado un círculo alrededor de la cabeza del supuesto Jefferson, el mayordomo de la familia.
—''Él debe ser el primero, tú lo dijiste, consciente o no, en lo más profundo de tu corazón existe un profundo odio por ese cretino. Debe morir, y si no estoy equivocada, pronto tratará de hacer algo malvado para ponerte la cosas más difíciles, se creen que no sabes nada, pero lo sabes...''
—Si no tengo más remedio lo haré, intentaré... matar... Pero, ¿no crees que empezar por el mayordomo principal sería demasiado evidente? Si es el cabecilla hay que frenar a las personas que están bajo su mando, y esas son las doncellas, los lacayos o mismamente la cocinera...—Ughbert no se veía capaz de seguir adelante, pero sabía lo que hacía, era muy inteligente.
—''Vaaya, sí que tienes madera para esto, pensé que simplemente aceptarías matarle primero a el sin más''
—¿Eh...?
—''Exacto, esto era una prueba para ver de lo que es capaz tu mente, y no cabe duda, por esto te ha elegido el señor Satanás''
—Entonces, ¿no tengo que matar a Jefferson?
—''Ahora no, porque él por sí mismo no está haciendo nada, las que están saboteando todo son las doncellas, empieza por ellas.''
—Nadie echaría en falta una doncella de menos, eso me daría más margen para actuar con otros...—Se quedó callado por unos segundos dándose cuenta de que estaba hablando tan tranquilo de matar a alguien y pensaba realmente en llevarlo a cabo.—¡E-espera! ¡Yo sigo sin poder hacer esto, Hobo, soy un maldito crío! ¡Me van a descubrir y me van a llevar preso o quien sabe qué cosas me harán por asesinar personas!
—''Dime algo, ¿prefieres morir o matar a alguien malo que probablemente vuelva a las andadas después de masacraros a ti y a tu familia si no actúas?''
—...Muy bien, tú ganas, maldita rata de alcantarilla, como esto me salga mal yo te juro que te partiré el pescuezo.
—''Ese es el carácter que me gusta... frío niño asesino... Tienes tiempo hasta que lleguen tus padres del viaje, pues poco después de que pongan un pie en la casa... ¡se acabó!''—Rió la rata con una chirriosa voz que se podía oír fuera de la cabeza de Ughbert, entonces él, decidido, salió a prisa de su cuarto para pensar en lo que hacer.
Bajó de nuevo siendo perseguido por su rata y esta vez bajó con cautela hasta la planta de los empleados. Por allí había algunas personas paseando haciendo sus labores, no se detuvieron a mirarle demasiado, pero por respeto sí le saludaban, se reverenciaban y seguían su camino.
Ahora que lo pensaba, con todo ese revuelo, el chico no había reparado en Lizbeth, ¿dónde estaría ella? Se había quedado junto a las escaleras en el pasillo de la servidumbre, pensativo.
Ughbert después de saber que aquello de los criados podía ser real no se sentía muy seguro en su propio hogar, puesto a que podían envenenarle la comida o atacarle en cualquier momento por sorpresa, sin embargo, tras evaluar la situación, era imposible que le atacaran antes de tiempo si planeaban robar en su casa, lo que le daba a pensar en por qué los sirvientes esperaban a que sus padres estuvieran en la mansión de vuelta y no les robaban directamente y se escapaban con el dinero, algo más debían estar tramando esas personas. El chico tuvo tiempo de pensar en algunos dilemas, cuando de repente, un alguien tocó su hombro, haciendo que él se sobresaltara y mirara hacia atrás. Pensaba que sería Lizbeth, pero no, era Izaäk, el ayudante y sobrino de la cocinera, que era un chico un poco más mayor que Ughbert, tenía ropas de pobre, un delantal sucio y arrugado y llevaba su pelo rubio platino y largo recogido en una coleta baja con un lazo gris. El joven era delgado de rasgos finos y sus ojos eran de color miel, él no parecía estar resentido con Ughbert en comparación con el resto de servidumbre, y al mirarle el chico de cabello oscuro, el otro sonrió.
—¡Buenas tardes, señorito Zondervan!—Le saludó amigablemente.—¿Cómo le han ido las clases de hoy?
—¿A ti que te importa?—Preguntó un poco borde Ughbert.—¿No deberías estar trabajando?
—Por supuesto, a eso iba, pero usted está en medio del pasillo de la servidumbre, debo pasar por aquí igualmente.—El joven sirviente se mantenía con una amigable y dulce mirada hacia su joven amo, era como si no tuviera que ver con el resto, definitivamente.
—Supongo que tienes razón, pero sigue a lo tuyo, no tienes nada que hablar conmigo.
—¿No? Juraría que ayer dijo usted que necesitaba darme una charla, además si está aquí es por algo, ¡puede pedirme lo que necesite e intentaré ayudar! Ambos somos casi de la misma edad, supongo que se siente un poco solo aquí, de modo que...!
—No me interesa hacer amistad contigo... como te llames, solo cíñete a tu trabajo y déjame en paz, ¿a qué viene que quieras ser mi amigo ahora?
—Le veo algo solitario, además parece haber mejorado su ánimo con la presencia de la señorita Van Divel, de modo que tal vez lo que necesita es más gente joven a su alrededor que le comprenda. ¿Qué me dice? ¿Quiere que nos conozcamos un poco más?
Ughbert se quedó en silencio, no debía haber hablado tanto con él, había contestado más de lo que hubiese querido hacer, pero realmente la actitud del muchacho aquel hacía que hablase, fuera para bien o para mal.
Hobo seguía allí escuchando, y pensaba en que era la ocasión perfecta para aconsejar a su dueño:
—''Este sirviente de pacotilla está intentando ser tu amigo, y creo que si piensas un poco te darás cuenta de por qué lo está haciendo precisamente ahora, seguro que pretende despistarte o bien hacer que no entres aquí por si pillas a alguien hablando del crimen que planean''.
Eso abrió los ojos al chico, y entonces suspiró y asintió, mirando de vuelta al otro joven, que esperaba una respuesta en silencio, pero manteniendo su gesto amable.
—Normalmente diría que no, que eres un sirviente y no tienes que acercarte a mi, pero la verdad es que tienes mucha razón, me sentía depresivo y triste, y la señorita Van Divel me ha ayudado a abrirme y expresarme, seguro me viene bien un compañero masculino quien me comprenda mejor.
—¿Lo dice en serio? Yo también me siento solo por aquí desde que empecé a trabajar en la mansión, no hay nadie de mi edad ni de mi clase social, y estoy muy alejado de la civilización.
—Ayer aprendí que a veces las clases sociales separan mentalidades, no a las personas, así que no veo porqué no podemos hablar como iguales, pero no esperes gran cosa de mi de buenas a primeras, antes me hablaste muy borde y eso me ha molestado.
—Perdóneme por eso, solo quería parecer algo duro frente a los demás, a veces los lacayos y Jefferson se burlan de mi por ser el más joven.
—No es nada, puedo entenderlo, supongo, ¿cómo te llamabas?
—Izaäk Voog, soy el sobrino de la cocinera y me encargo de ayudarla en la cocina y de limpiar los platos y todo, digamos que soy lo más bajo en esta mansión en cuanto a mando, pero de algo hay que vivir.
—Sí, eso lo sabía, aunque por tus paseos por la mansión veo que te lo pasas muy bien igualmente, eres consciente de que no puedes hacer eso sin permiso, ¿verdad?
—Sí, pero nunca había estado aquí y me sorprende este sitio, aún no he conseguido ver todos los lugares que hay de lo grande que es la mansión, siento mi comportamiento tan desobediente, prometo rectificar.
—No puedes privar a un humano de su curiosidad, yo mismo te enseñaré la mansión, pero ahora será mejor que prosigas con tu trabajo, yo debo irme, vine por aquí buscando a Lizbeth, nada más.
—Por aquí no está, creo que nos ha cogido algo de asco... y es completamente normal después de todo.
—Bueno, en ese caso iré a buscar a otro sitio, gracias, ya nos veremos.—Ughbert, quien había mantenido una seria expresión durante toda la conversación, subió las escaleras del piso del servicio y se puso a buscar a su cuidadora por las estancias del primer piso.
El otro joven se fue a hacer su trabajo como si nada, todo había sido muy raro, pero Ughbert, quien no era nada tonto ni fácil de manipular, había estado fingiendo querer conocer más a Izaäk y enseñarle la mansión, obviamente no lo iba a hacer, y si lo hacía sería para tener más fácil un objetivo...
—''Wow, buena jugada, ¡has empezado como todo un profesional, chico!''—Le decía Hobo, siguiéndole de cerca.—''¿Piensas apartarle para matarle el primero? Tienes muy buen ojo''.
—No creo que él sea el primero, sí que es lo más insignificante que hay en la casa, pero se le ve entusiasmado y no es un borde como los demás.—Ughbert contestó un poco en bajo, mirando a todas partes por si aparecía alguien, para que no le sorprendieran hablando solo una vez más.—Además puede ser bueno mantenerlo para el futuro, pero definitivamente empezaré por una de las doncellas si no tengo otro remedio.
—''Muy bien, pero por lo que he estado viendo junto a Satanás, él es el único que no parece muy conforme con este plan de mataros y robaros, solo lo hace por ser un sirviente más y está metido en eso, tal vez lo único que le han pedido hacer es distraerte, de modo que ándate con muchos ojos cuando estés con él, porque algo estarán tramando los demás del servicio''
—De acuerdo, tendré cuidado con él, aunque, ¿sabes algo? Tengo bastantes ventajas en contra de ellos, y desde luego, soy muy inteligente.
—''Lo eres, Ughbert, eres raro, pero no te van a superar eso criminales de pocamonta''
Todo empezaba a tener sentido en la cabeza del adolescente de ojos grisáceos, ese cambio tan repentino de todos los sirvientes después de que sus padres se marcharan, que Jefferson empezase a adoptar conductas inapropiadas con Lizbeth y nada disimuladamente, que Claire intentara respaldar la vagueza de los demás empleados cuando siempre fue muy estricta con ellos, y que las doncellas trataran mal a Lizbeth, intentando cargarla con sus trabajos para no hacer nada. Esas conductas indicaban que algo estaba pasando, o sea que si Hobo no hubiera estado para avisar a Ughbert, él se daría cuenta de esto, pero no sospecharía que le querían asesinar junto a su familia, y moriría a manos de sus propios criados.
El futuro barón de Zondervan buscaba sin descanso a su cuidadora pelirroja, ni siquiera él sabía por qué, pues normalmente después de las clases se marchaba solo a su cuarto a encerrarse. Lo atribuía a que no estaba seguro y se sentía un poco más protegido con Lizbeth, pero no solo era eso, es más Ughbert podía ser mucho más letal que ella, solo que aún el joven no lo sabía.
Tras una larga caminata por su enorme mansión, por fin dio con ella, quien estaba charlando amigablemente con la institutriz en la puerta de la sala de enseñanza. El muchacho se acercó a las dos mujeres y las miró en silencio.
—¡Ughbert! Te he estado esperando aquí porque tu profesora me ha dicho que ya te marchaste.—Habló alegremente Lizbeth.—No veas que bien sienta encontrar a alguien que sea amable conmigo en esta mansión...
—No lo tome como algo personal, señorita Van Divel,—Contestaba Matilde, antes de que Ughbert pudiera decir nada mas.—esa gente ahora está muy irritada con el fallecimiento de Patricè, era una de las mujeres más longevas del servicio y llevaba mucho tiempo aquí, es normal que ellos le tuvieran aprecio y ahora se sientan mal con su pérdida.
—Han estado descuidando sus labores, se les paga por ello, y no precisamente una miseria, y si hubiera visto lo que vi yo no les respaldaría de ese modo.—Intervino seriamente el adolescente de cabello negro.—Jefferson se comportó de manera lasciva con Lizbeth delante de mis narices sin ningún tapujo o disimulo, siempre fue un hombre competente y educado, mas ese comportamiento descocado reciente nunca lo tuvo en nuestra presencia y lo de ahora es imposible que se deba a la muerte de Patricè, es injustificable.
—He de admitir que eso es raro, sí, aunque la gente hace cosas raras cuando se produce un cambio en su vida, y según sé, Jefferson no es el único que ha sido afectado por este cambio, es un hombre y acaba de llegar una mujer joven y atractiva a la casa, estará aprovechando que los señores Zondervan no están para cortejarla.
—Yo sigo aquí y no lo voy a tolerar, si va de macho alfa en MI casa voy a tener que pelear por ese puesto, por muy niño que me vea ese mequetrefe.
—Bueno... ¿no tienes nada que hacer ahora? Este tema nos abruma un poco a todos y es mejor ignorarlo, mientras no pase nada malo y todos convivamos como personas civilizadas no nos sentiremos peor.—Lizbeth intentaba poner positividad al asunto, y su voz hizo que Ughbert se relajara un poco.
—Es lo mejor... me rehuso de hablar más de esa gente, vayámonos de aquí, Lizbeth, la veré en la próxima clase, Matilde, hasta luego.
La profesora se había quedado extrañada al ver al chico tan hablador, y definitivamente sabía que era por la nueva niñera. Matilde no parecía ser mala, y desde luego Hobo no dijo nada acerca de ella, por lo que Ughbert no sabía qué pensar, y en ese momento él no le podía preguntar a su rata, pues estaba Lizbeth delante.
Ellos dos se habían ido del pasillo aquel y se dirigieron a una de las salas comunes junto al gran salón. Allí ellos hablarían más tranquilamente y se conocerían más.
Se sentaron en los sofás que había allí, era una sala no muy grande pero espaciosa y acogedora, con una chimenea encendida y algunas estanterías con libros, así como una mesita para dejar las cosas de comer o las bebidas.
—¿Estás bien? Pareces enfadado, más de lo habitual.—Dijo Lizbeth, una vez quedaron ambos en silencio y estuvieron cómodos. Hobo se había subido al sofá donde se encontraba la chica y se quedó en su regazo, ella no supo que hacer, nunca antes había tocado a una rata y menos que fuera la mascota de alguien, además podían ser animales muy peligrosos por las enfermedades que podían transmitir, puesto a que en esa época no había vacunas para prevenirlas en estos animales.—¿Ha ocurrido algo con Jefferson otra vez?
—Por fortuna no, pero cuando recuerdo lo ocurrido con él ayer...—Ughbert apretó los puños y miró a otro sitio, con cara de enojo y un leve rubor en sus mejillas.—Antes no era así, Matilde sostiene que es porque has llegado, su carácter cambió entonces.
—No me extraña, he estado en casas en las que el padre trataba de propasarse conmigo, no me considero muy atractiva, pero ellos parece que sí, o simplemente quieren aprovecharse de mi. Pero dices que los demás están raros y que no crees que tenga que ver con Patricè, ¿entonces?
—Se creen que yo no soy autoridad suficiente para ellos, y piensan que pueden hacer lo que les plazca sin mis padres ni nadie más en la casa, pero se equivocan, y lo que me fastidia es que la voz de la razón las otras veces que ellos faltaban era Claire, no dejaba que nadie actuara raro y ahora les cubre, todo esto es muy extraño.
—Siento de no poder ser de más ayuda, no les conozco y no sé exactamente cómo eran antes los otros sirvientes, pero sí que he notado el cambio desde que estaban aquí los señores Zondervan a cuando se marcharon, igualmente no puedo hacer nada más que aguantarme hasta que ellos vuelvan.
—''Oh, cuando ellos vuelvan tú estarás muerta por su culpa si este bobo no se pone a matar gente, Ughbert, espabila, no es hora de tomar el té, ¡es hora de asesinar!''—Hablaba Hobo a su manera.
El chico miró a su rata con el ceño fruncido y negó inconscientemente.
—¡Ahora no!—Exclamó claramente nervioso el joven de cabello oscuro mientras agarraba los brazos del sofá. Lizbeth le miró un poco asustada recordando las cosas anteriores que había descubierto sobre el chico, y para ella era evidente que estaba hablándole a la rata, que se había puesto en pie mirando hacia su dueño.—Q-quiero decir... No tienes que esperar a que mis padres vuelvan, yo les pondré en su sitio a esos idiotas si pretenden molestarte, seguro que solo quieren que te vayas o alguna tontería así, pero no lo vas a hacer, yo voy a interponerme...
Ahora Ughbert se había quedado inquieto y algo acalorado, iba a empezar a sudar, de hecho se pasó la muñeca derecha por su frente intentando secarse el sudor de esta. Su cuidadora se había quedado callada, ese adolescente no estaba bien de la cabeza, sin embargo los gestos que hacía la rata eran demasiado humanos, se ponía a dos patas como si nada, las ratas hacen eso solo para olisquear y buscar cosas, sin embargo esta vez lo hizo cuando Ughbert parecía dirigirse a ella con solo mirarla. La situación estaba asustando a Lizbeth.
—Sigo pensando que es mejor no darle vueltas a esto... creo que estamos alterando a tu rata.—La chica acercó muy lentamente la mano al animal para acariciarla, y esta se puso de nuevo en sus cuatro patas y también se aproximó a la mano de Lizbeth para olerla, luego le dio unos lametones y se quedó quieta dejándose acariciar.—¿Qué pasatiempos sueles llevar a cabo para no aburrirte?
—''Sí, me estoy alterando porque mi dueño es un lento y os van a matar, no comprende la gravedad del asunto''—Volvió a hablar Hobo, a sabiendas de que solo Ughbert podía escucharla.
—Pues... suelo tocar mi oboe.—Respondió el moreno de ojos grises, visiblemente afectado, tratando de ignorar a su mascota una vez más, aunque se sentía bastante presionado, con Lizbeth cerca suyo no podía matar a nadie ni pensar en claridad en un homicidio que no le inculpase para seguir cometiendo más.
—Ah, ¿te gusta la música?—Preguntó la pelirroja, quien ya se atrevió a acariciar a Hobo, y al ver que esta ya se comportaba normal se tranquilizó, pero Ughbert le seguía preocupando, y ella intentaría estabilizarle si es que, como sospechaba, él tenía algún problema psicológico.
—Bastante, mis instructores me han dicho que tengo bastante talento para tocar instrumentos y la música en general, el campo del viento es mi favorito, le sigue el de cuerda y finalmente está la percusión, que no me entusiasma, pero ahí esta.
—Vaya, eso es genial, ¿te apetecería tocar algo para mi?
—Por supuesto, déjame que vaya a buscar mi oboe y tocaré para ti.—El chico se levantó, ahora parecía estar más tranquilo que antes, incluso miró a los ojos a Lizbeth y le sonrió por segunda vez, aunque esta vez era una sonrisa serena e incluso con un aire seductor, o al menos eso le pareció a la joven pelirroja.
Se levantó Ughbert del sofá y la chica se levantó y caminó un poco hacia el chico.
—¿Quieres que te acompañe?—Cuestionaba ella, ahora calmada.
—No hace falta, quédate aquí descansando, vuelvo enseguida.—Él salió de la sala cerrando la puerta tras de sí y se dirigió a su cuarto en busca de su oboe.
Lizbeth se quedó pensativa en la sala junto a la rata y se le quedó mirándola, esta tenía hasta un lazo rosa decorativo alrededor de su cuello, se preguntaba cómo era posible que un animal como ese lo aguantara o no lo royera.
—Ah, tu dueño es un poco raro, pero es una persona increíble...—Suspiraba Lizbeth, mirando hacia la puerta, un poco sonrojada.—Ojalá fuera un poco más mayor y le hubiera conocido en otras circunstancias.
—''No dirás eso cuando se cobre su primera víctima, reza para tú no seas una de ellas...''—Hobo se acomodó en el regazo de la chica y no hizo nada más, por supuesto ella no la pudo oír, así que continuó esperando a Ughbert allí sentada.
El adolescente de cabello oscuro subió las escaleras y llegó hasta su cuarto entrando en este. Fue hasta una cómoda y del segundo cajón sacó una caja grande y negra. Puso esta en el suelo, poniéndose en cuclillas frente a ella y la abrió, sacando las partes desmontables de su instrumento de sus huecos aterciopelados para montar su oboe. Se levantó una vez lo hizo y volvió a salir de su habitación, caminando hacia las escaleras para bajar.
Una vez llegó a las escaleras notó a alguien bajar tras él y repentinamente giró su cabeza para mirar atrás; vio a una sirvienta cargando un cesto con ropa sucia, por fin alguien se dignaba a llevársela. Ella al ver que Ughbert le miró tan bruscamente se quedó quieta, con cara de susto.
—¡B-buenas tardes, señor Zondervan!—Exclamó aparentemente nerviosa.
Él no contestó y solo siguió bajando las escaleras hasta la planta baja y volvió a la salita con Lizbeth y Hobo. Cerró la puerta tras de si y miró a la cuidadora.
—Bueno, aquí estoy, ¿preparada?—Decía el chico, poniéndose frente a ella con el oboe entre las manos.
—Claro, sería un placer, aunque pronto tendremos que ir a comer.—Mencionaba la pelirroja, acomodándose.
—''Sí, déjate de tantas tonterías, que tengo hambre y tú tienes cosas que hacer''.—Rechistaba Hobo.
—Bueno, no tenemos prisa, pero si tienes hambre lo podemos dejar para después.—Comentaba Ughbert, mirando a Lizbeth, ignoraba de nuevo a la rata.
—No no, aún no tengo hambre, tengo más ganas de escucharte, la verdad.—Ella le sonreía dulcemente, a lo que el chico no pudo evitar sonreír un poco y se puso la boquilla del oboe cerca de los labios.
—Bien, pues voy a tocar una canción que yo mismo he compuesto, cuando la escuches me gustaría que le pusieras nombre...
—De acuerdo.
Entonces Ughbert comenzó a tocar el oboe de una manera delicada y melódica, pero la música era algo lúgubre, daba una sensación de calma, pero a la vez de soledad. El adolescente tocaba bastante bien, eso era indudable, habría estado practicando desde hace años, y a Lizbeth le parecía increíble y disfrutaba de esa música.
Él estuvo tocando cerca de cinco minutos y al final se detuvo, habiendo finalizado su canción. La pelirroja le miró sorprendida y le aplaudió desde el sofá donde estaba sentada con Hobo.
—Tienes mucho talento, tocas de maravilla, me ha encantado.—Dijo la chica alegremente.
—Gracias, a mis padres le pareció bastante tétrica, no supieron describir lo que sintieron al escucharla, pero me dijeron que se sintieron incómodos por algún motivo.
—''Tu música es lo que proyecta tu alma, solo las personas con un alma oscura disfrutarán plenamente de tu música, los demás...''—A Hobo no le dio tiempo a acabar porque Lizbeth comenzó a hablar, obviamente porque no podía oír a la rata hablar.
—Vaya, pues a mi me ha parecido muy bonita, si que es algo oscura, pero tampoco es que sea para tanto, puede ser inquietante pero no se, cada cual tiene su estilo y está bien que tú tengas uno propio, Ughbert.
—¿No tienes nada malo que decir de mi? Parece que todo está bien y sea bueno, a veces está bien que señales mis defectos, no me lo tomaré a mal.
—Te estoy diciendo la verdad, he sido sincera en todo momento.
—No lo dudo, pero puede que ocultes lo malo para no hacerme daño.
—Soy una persona positiva, pero si quieres que te diga lo malo yo te lo diré, no hay problema.
—Muy bien, dímelo.—Él se sentó en el sillón que había frente a la chica, con el oboe sobre su regazo y la miró fijamente de manera algo seria.
—Pues... Eres un chico extraño y he observado que hay momentos en los que te comportas algo raro, pero por más que busco no logro encontrar más defectos en ti.—Omitió el hecho de que supiera que hablaba con su rata sobre matar, no era conveniente confesarle que le escuchó.
—Ya lo sé, todo el mundo opina eso de mi, y me enfadan...—Miró a otro lado, y esta vez parecía ponerse un tanto triste, algo que Lizbeth notó en el acto.
—Oboes en el invierno.—Acabó por decir ella, cogió a la rata y la puso cuidadosamente sobre el sofá mientras se levantaba. Ughbert la miró extrañado y luego a Hobo, que no se molestó en decir nada más hasta que ella se quedara en silencio.
—¿Qué?—Preguntó él.
—El nombre de tu canción, es algo simple, pero me recuerda a una fría noche de invierno estando a oscuras en un salón junto a una chimenea, un poco de paz y tranquilidad entre la oscuridad y la soledad.
Gratamente sorprendido, el muchacho de ojos grisáceos cambió su expresión y se levantó, mirándola incrédulo.
—Es un nombre estupendo, Liz... Gracias.—Admitió el chico y se acercó a su cuidadora, rodeando su cintura con sus brazos, abrazándola cariñosamente, eso la estremeció, pero también le abrazó y acarició su cabello.—No me puedo creer que existas...
—Me gusta mucho esta faceta cariñosa tuya.—Ambos se separaron, Hobo les miraba y para ella era evidente que ahí había algo más que amistad, había algo mucho más fuerte, solo el destino podía hacer una unión tan perfecta como aquella.
—Bueno... será mejor que ya nos marchemos a comer, se hace tarde.—Ughbert estaba sonrojado, algo que se notaba mucho sobre su pálida piel, así que Lizbeth al notarlo también se ruborizó, solo pasó un día y poco más, pero algo le unía a ese joven.
—De acuerdo, vamos.—Ella abrió la puerta dejándole pasar primero y después a Hobo que se bajó del sofá saltando y siguió a su amo como de costumbre.
Lizbeth salió tras ellos y acompañó a Ughbert a dejar su oboe en su cuarto.
Se prepararon ambos para la comida y se dirigieron al gran salón, los sirvientes ya habían puesto la mesa, aunque solo pusieron platos para el chico, pero no tardó en quejarse y mandar a poner más para Lizbeth.
La servidumbre ya no tenía buena cara y ellos lo notaban, Ughbert sabía por qué, pero la nueva cuidadora no, y francamente estaba mejor no sabiéndolo.
Continuará.
—''Él debe ser el primero, tú lo dijiste, consciente o no, en lo más profundo de tu corazón existe un profundo odio por ese cretino. Debe morir, y si no estoy equivocada, pronto tratará de hacer algo malvado para ponerte la cosas más difíciles, se creen que no sabes nada, pero lo sabes...''
—Si no tengo más remedio lo haré, intentaré... matar... Pero, ¿no crees que empezar por el mayordomo principal sería demasiado evidente? Si es el cabecilla hay que frenar a las personas que están bajo su mando, y esas son las doncellas, los lacayos o mismamente la cocinera...—Ughbert no se veía capaz de seguir adelante, pero sabía lo que hacía, era muy inteligente.
—''Vaaya, sí que tienes madera para esto, pensé que simplemente aceptarías matarle primero a el sin más''
—¿Eh...?
—''Exacto, esto era una prueba para ver de lo que es capaz tu mente, y no cabe duda, por esto te ha elegido el señor Satanás''
—Entonces, ¿no tengo que matar a Jefferson?
—''Ahora no, porque él por sí mismo no está haciendo nada, las que están saboteando todo son las doncellas, empieza por ellas.''
—Nadie echaría en falta una doncella de menos, eso me daría más margen para actuar con otros...—Se quedó callado por unos segundos dándose cuenta de que estaba hablando tan tranquilo de matar a alguien y pensaba realmente en llevarlo a cabo.—¡E-espera! ¡Yo sigo sin poder hacer esto, Hobo, soy un maldito crío! ¡Me van a descubrir y me van a llevar preso o quien sabe qué cosas me harán por asesinar personas!
—''Dime algo, ¿prefieres morir o matar a alguien malo que probablemente vuelva a las andadas después de masacraros a ti y a tu familia si no actúas?''
—...Muy bien, tú ganas, maldita rata de alcantarilla, como esto me salga mal yo te juro que te partiré el pescuezo.
—''Ese es el carácter que me gusta... frío niño asesino... Tienes tiempo hasta que lleguen tus padres del viaje, pues poco después de que pongan un pie en la casa... ¡se acabó!''—Rió la rata con una chirriosa voz que se podía oír fuera de la cabeza de Ughbert, entonces él, decidido, salió a prisa de su cuarto para pensar en lo que hacer.
Bajó de nuevo siendo perseguido por su rata y esta vez bajó con cautela hasta la planta de los empleados. Por allí había algunas personas paseando haciendo sus labores, no se detuvieron a mirarle demasiado, pero por respeto sí le saludaban, se reverenciaban y seguían su camino.
Ahora que lo pensaba, con todo ese revuelo, el chico no había reparado en Lizbeth, ¿dónde estaría ella? Se había quedado junto a las escaleras en el pasillo de la servidumbre, pensativo.
Ughbert después de saber que aquello de los criados podía ser real no se sentía muy seguro en su propio hogar, puesto a que podían envenenarle la comida o atacarle en cualquier momento por sorpresa, sin embargo, tras evaluar la situación, era imposible que le atacaran antes de tiempo si planeaban robar en su casa, lo que le daba a pensar en por qué los sirvientes esperaban a que sus padres estuvieran en la mansión de vuelta y no les robaban directamente y se escapaban con el dinero, algo más debían estar tramando esas personas. El chico tuvo tiempo de pensar en algunos dilemas, cuando de repente, un alguien tocó su hombro, haciendo que él se sobresaltara y mirara hacia atrás. Pensaba que sería Lizbeth, pero no, era Izaäk, el ayudante y sobrino de la cocinera, que era un chico un poco más mayor que Ughbert, tenía ropas de pobre, un delantal sucio y arrugado y llevaba su pelo rubio platino y largo recogido en una coleta baja con un lazo gris. El joven era delgado de rasgos finos y sus ojos eran de color miel, él no parecía estar resentido con Ughbert en comparación con el resto de servidumbre, y al mirarle el chico de cabello oscuro, el otro sonrió.
—¡Buenas tardes, señorito Zondervan!—Le saludó amigablemente.—¿Cómo le han ido las clases de hoy?
—¿A ti que te importa?—Preguntó un poco borde Ughbert.—¿No deberías estar trabajando?
—Por supuesto, a eso iba, pero usted está en medio del pasillo de la servidumbre, debo pasar por aquí igualmente.—El joven sirviente se mantenía con una amigable y dulce mirada hacia su joven amo, era como si no tuviera que ver con el resto, definitivamente.
—Supongo que tienes razón, pero sigue a lo tuyo, no tienes nada que hablar conmigo.
—¿No? Juraría que ayer dijo usted que necesitaba darme una charla, además si está aquí es por algo, ¡puede pedirme lo que necesite e intentaré ayudar! Ambos somos casi de la misma edad, supongo que se siente un poco solo aquí, de modo que...!
—No me interesa hacer amistad contigo... como te llames, solo cíñete a tu trabajo y déjame en paz, ¿a qué viene que quieras ser mi amigo ahora?
—Le veo algo solitario, además parece haber mejorado su ánimo con la presencia de la señorita Van Divel, de modo que tal vez lo que necesita es más gente joven a su alrededor que le comprenda. ¿Qué me dice? ¿Quiere que nos conozcamos un poco más?
Ughbert se quedó en silencio, no debía haber hablado tanto con él, había contestado más de lo que hubiese querido hacer, pero realmente la actitud del muchacho aquel hacía que hablase, fuera para bien o para mal.
Hobo seguía allí escuchando, y pensaba en que era la ocasión perfecta para aconsejar a su dueño:
—''Este sirviente de pacotilla está intentando ser tu amigo, y creo que si piensas un poco te darás cuenta de por qué lo está haciendo precisamente ahora, seguro que pretende despistarte o bien hacer que no entres aquí por si pillas a alguien hablando del crimen que planean''.
Eso abrió los ojos al chico, y entonces suspiró y asintió, mirando de vuelta al otro joven, que esperaba una respuesta en silencio, pero manteniendo su gesto amable.
—Normalmente diría que no, que eres un sirviente y no tienes que acercarte a mi, pero la verdad es que tienes mucha razón, me sentía depresivo y triste, y la señorita Van Divel me ha ayudado a abrirme y expresarme, seguro me viene bien un compañero masculino quien me comprenda mejor.
—¿Lo dice en serio? Yo también me siento solo por aquí desde que empecé a trabajar en la mansión, no hay nadie de mi edad ni de mi clase social, y estoy muy alejado de la civilización.
—Ayer aprendí que a veces las clases sociales separan mentalidades, no a las personas, así que no veo porqué no podemos hablar como iguales, pero no esperes gran cosa de mi de buenas a primeras, antes me hablaste muy borde y eso me ha molestado.
—Perdóneme por eso, solo quería parecer algo duro frente a los demás, a veces los lacayos y Jefferson se burlan de mi por ser el más joven.
—No es nada, puedo entenderlo, supongo, ¿cómo te llamabas?
—Izaäk Voog, soy el sobrino de la cocinera y me encargo de ayudarla en la cocina y de limpiar los platos y todo, digamos que soy lo más bajo en esta mansión en cuanto a mando, pero de algo hay que vivir.
—Sí, eso lo sabía, aunque por tus paseos por la mansión veo que te lo pasas muy bien igualmente, eres consciente de que no puedes hacer eso sin permiso, ¿verdad?
—Sí, pero nunca había estado aquí y me sorprende este sitio, aún no he conseguido ver todos los lugares que hay de lo grande que es la mansión, siento mi comportamiento tan desobediente, prometo rectificar.
—No puedes privar a un humano de su curiosidad, yo mismo te enseñaré la mansión, pero ahora será mejor que prosigas con tu trabajo, yo debo irme, vine por aquí buscando a Lizbeth, nada más.
—Por aquí no está, creo que nos ha cogido algo de asco... y es completamente normal después de todo.
—Bueno, en ese caso iré a buscar a otro sitio, gracias, ya nos veremos.—Ughbert, quien había mantenido una seria expresión durante toda la conversación, subió las escaleras del piso del servicio y se puso a buscar a su cuidadora por las estancias del primer piso.
El otro joven se fue a hacer su trabajo como si nada, todo había sido muy raro, pero Ughbert, quien no era nada tonto ni fácil de manipular, había estado fingiendo querer conocer más a Izaäk y enseñarle la mansión, obviamente no lo iba a hacer, y si lo hacía sería para tener más fácil un objetivo...
—''Wow, buena jugada, ¡has empezado como todo un profesional, chico!''—Le decía Hobo, siguiéndole de cerca.—''¿Piensas apartarle para matarle el primero? Tienes muy buen ojo''.
—No creo que él sea el primero, sí que es lo más insignificante que hay en la casa, pero se le ve entusiasmado y no es un borde como los demás.—Ughbert contestó un poco en bajo, mirando a todas partes por si aparecía alguien, para que no le sorprendieran hablando solo una vez más.—Además puede ser bueno mantenerlo para el futuro, pero definitivamente empezaré por una de las doncellas si no tengo otro remedio.
—''Muy bien, pero por lo que he estado viendo junto a Satanás, él es el único que no parece muy conforme con este plan de mataros y robaros, solo lo hace por ser un sirviente más y está metido en eso, tal vez lo único que le han pedido hacer es distraerte, de modo que ándate con muchos ojos cuando estés con él, porque algo estarán tramando los demás del servicio''
—De acuerdo, tendré cuidado con él, aunque, ¿sabes algo? Tengo bastantes ventajas en contra de ellos, y desde luego, soy muy inteligente.
—''Lo eres, Ughbert, eres raro, pero no te van a superar eso criminales de pocamonta''
Todo empezaba a tener sentido en la cabeza del adolescente de ojos grisáceos, ese cambio tan repentino de todos los sirvientes después de que sus padres se marcharan, que Jefferson empezase a adoptar conductas inapropiadas con Lizbeth y nada disimuladamente, que Claire intentara respaldar la vagueza de los demás empleados cuando siempre fue muy estricta con ellos, y que las doncellas trataran mal a Lizbeth, intentando cargarla con sus trabajos para no hacer nada. Esas conductas indicaban que algo estaba pasando, o sea que si Hobo no hubiera estado para avisar a Ughbert, él se daría cuenta de esto, pero no sospecharía que le querían asesinar junto a su familia, y moriría a manos de sus propios criados.
El futuro barón de Zondervan buscaba sin descanso a su cuidadora pelirroja, ni siquiera él sabía por qué, pues normalmente después de las clases se marchaba solo a su cuarto a encerrarse. Lo atribuía a que no estaba seguro y se sentía un poco más protegido con Lizbeth, pero no solo era eso, es más Ughbert podía ser mucho más letal que ella, solo que aún el joven no lo sabía.
Tras una larga caminata por su enorme mansión, por fin dio con ella, quien estaba charlando amigablemente con la institutriz en la puerta de la sala de enseñanza. El muchacho se acercó a las dos mujeres y las miró en silencio.
—¡Ughbert! Te he estado esperando aquí porque tu profesora me ha dicho que ya te marchaste.—Habló alegremente Lizbeth.—No veas que bien sienta encontrar a alguien que sea amable conmigo en esta mansión...
—No lo tome como algo personal, señorita Van Divel,—Contestaba Matilde, antes de que Ughbert pudiera decir nada mas.—esa gente ahora está muy irritada con el fallecimiento de Patricè, era una de las mujeres más longevas del servicio y llevaba mucho tiempo aquí, es normal que ellos le tuvieran aprecio y ahora se sientan mal con su pérdida.
—Han estado descuidando sus labores, se les paga por ello, y no precisamente una miseria, y si hubiera visto lo que vi yo no les respaldaría de ese modo.—Intervino seriamente el adolescente de cabello negro.—Jefferson se comportó de manera lasciva con Lizbeth delante de mis narices sin ningún tapujo o disimulo, siempre fue un hombre competente y educado, mas ese comportamiento descocado reciente nunca lo tuvo en nuestra presencia y lo de ahora es imposible que se deba a la muerte de Patricè, es injustificable.
—He de admitir que eso es raro, sí, aunque la gente hace cosas raras cuando se produce un cambio en su vida, y según sé, Jefferson no es el único que ha sido afectado por este cambio, es un hombre y acaba de llegar una mujer joven y atractiva a la casa, estará aprovechando que los señores Zondervan no están para cortejarla.
—Yo sigo aquí y no lo voy a tolerar, si va de macho alfa en MI casa voy a tener que pelear por ese puesto, por muy niño que me vea ese mequetrefe.
—Bueno... ¿no tienes nada que hacer ahora? Este tema nos abruma un poco a todos y es mejor ignorarlo, mientras no pase nada malo y todos convivamos como personas civilizadas no nos sentiremos peor.—Lizbeth intentaba poner positividad al asunto, y su voz hizo que Ughbert se relajara un poco.
—Es lo mejor... me rehuso de hablar más de esa gente, vayámonos de aquí, Lizbeth, la veré en la próxima clase, Matilde, hasta luego.
La profesora se había quedado extrañada al ver al chico tan hablador, y definitivamente sabía que era por la nueva niñera. Matilde no parecía ser mala, y desde luego Hobo no dijo nada acerca de ella, por lo que Ughbert no sabía qué pensar, y en ese momento él no le podía preguntar a su rata, pues estaba Lizbeth delante.
Ellos dos se habían ido del pasillo aquel y se dirigieron a una de las salas comunes junto al gran salón. Allí ellos hablarían más tranquilamente y se conocerían más.
Se sentaron en los sofás que había allí, era una sala no muy grande pero espaciosa y acogedora, con una chimenea encendida y algunas estanterías con libros, así como una mesita para dejar las cosas de comer o las bebidas.
—¿Estás bien? Pareces enfadado, más de lo habitual.—Dijo Lizbeth, una vez quedaron ambos en silencio y estuvieron cómodos. Hobo se había subido al sofá donde se encontraba la chica y se quedó en su regazo, ella no supo que hacer, nunca antes había tocado a una rata y menos que fuera la mascota de alguien, además podían ser animales muy peligrosos por las enfermedades que podían transmitir, puesto a que en esa época no había vacunas para prevenirlas en estos animales.—¿Ha ocurrido algo con Jefferson otra vez?
—Por fortuna no, pero cuando recuerdo lo ocurrido con él ayer...—Ughbert apretó los puños y miró a otro sitio, con cara de enojo y un leve rubor en sus mejillas.—Antes no era así, Matilde sostiene que es porque has llegado, su carácter cambió entonces.
—No me extraña, he estado en casas en las que el padre trataba de propasarse conmigo, no me considero muy atractiva, pero ellos parece que sí, o simplemente quieren aprovecharse de mi. Pero dices que los demás están raros y que no crees que tenga que ver con Patricè, ¿entonces?
—Se creen que yo no soy autoridad suficiente para ellos, y piensan que pueden hacer lo que les plazca sin mis padres ni nadie más en la casa, pero se equivocan, y lo que me fastidia es que la voz de la razón las otras veces que ellos faltaban era Claire, no dejaba que nadie actuara raro y ahora les cubre, todo esto es muy extraño.
—Siento de no poder ser de más ayuda, no les conozco y no sé exactamente cómo eran antes los otros sirvientes, pero sí que he notado el cambio desde que estaban aquí los señores Zondervan a cuando se marcharon, igualmente no puedo hacer nada más que aguantarme hasta que ellos vuelvan.
—''Oh, cuando ellos vuelvan tú estarás muerta por su culpa si este bobo no se pone a matar gente, Ughbert, espabila, no es hora de tomar el té, ¡es hora de asesinar!''—Hablaba Hobo a su manera.
El chico miró a su rata con el ceño fruncido y negó inconscientemente.
—¡Ahora no!—Exclamó claramente nervioso el joven de cabello oscuro mientras agarraba los brazos del sofá. Lizbeth le miró un poco asustada recordando las cosas anteriores que había descubierto sobre el chico, y para ella era evidente que estaba hablándole a la rata, que se había puesto en pie mirando hacia su dueño.—Q-quiero decir... No tienes que esperar a que mis padres vuelvan, yo les pondré en su sitio a esos idiotas si pretenden molestarte, seguro que solo quieren que te vayas o alguna tontería así, pero no lo vas a hacer, yo voy a interponerme...
Ahora Ughbert se había quedado inquieto y algo acalorado, iba a empezar a sudar, de hecho se pasó la muñeca derecha por su frente intentando secarse el sudor de esta. Su cuidadora se había quedado callada, ese adolescente no estaba bien de la cabeza, sin embargo los gestos que hacía la rata eran demasiado humanos, se ponía a dos patas como si nada, las ratas hacen eso solo para olisquear y buscar cosas, sin embargo esta vez lo hizo cuando Ughbert parecía dirigirse a ella con solo mirarla. La situación estaba asustando a Lizbeth.
—Sigo pensando que es mejor no darle vueltas a esto... creo que estamos alterando a tu rata.—La chica acercó muy lentamente la mano al animal para acariciarla, y esta se puso de nuevo en sus cuatro patas y también se aproximó a la mano de Lizbeth para olerla, luego le dio unos lametones y se quedó quieta dejándose acariciar.—¿Qué pasatiempos sueles llevar a cabo para no aburrirte?
—''Sí, me estoy alterando porque mi dueño es un lento y os van a matar, no comprende la gravedad del asunto''—Volvió a hablar Hobo, a sabiendas de que solo Ughbert podía escucharla.
—Pues... suelo tocar mi oboe.—Respondió el moreno de ojos grises, visiblemente afectado, tratando de ignorar a su mascota una vez más, aunque se sentía bastante presionado, con Lizbeth cerca suyo no podía matar a nadie ni pensar en claridad en un homicidio que no le inculpase para seguir cometiendo más.
—Ah, ¿te gusta la música?—Preguntó la pelirroja, quien ya se atrevió a acariciar a Hobo, y al ver que esta ya se comportaba normal se tranquilizó, pero Ughbert le seguía preocupando, y ella intentaría estabilizarle si es que, como sospechaba, él tenía algún problema psicológico.
—Bastante, mis instructores me han dicho que tengo bastante talento para tocar instrumentos y la música en general, el campo del viento es mi favorito, le sigue el de cuerda y finalmente está la percusión, que no me entusiasma, pero ahí esta.
—Vaya, eso es genial, ¿te apetecería tocar algo para mi?
—Por supuesto, déjame que vaya a buscar mi oboe y tocaré para ti.—El chico se levantó, ahora parecía estar más tranquilo que antes, incluso miró a los ojos a Lizbeth y le sonrió por segunda vez, aunque esta vez era una sonrisa serena e incluso con un aire seductor, o al menos eso le pareció a la joven pelirroja.
Se levantó Ughbert del sofá y la chica se levantó y caminó un poco hacia el chico.
—¿Quieres que te acompañe?—Cuestionaba ella, ahora calmada.
—No hace falta, quédate aquí descansando, vuelvo enseguida.—Él salió de la sala cerrando la puerta tras de sí y se dirigió a su cuarto en busca de su oboe.
Lizbeth se quedó pensativa en la sala junto a la rata y se le quedó mirándola, esta tenía hasta un lazo rosa decorativo alrededor de su cuello, se preguntaba cómo era posible que un animal como ese lo aguantara o no lo royera.
—Ah, tu dueño es un poco raro, pero es una persona increíble...—Suspiraba Lizbeth, mirando hacia la puerta, un poco sonrojada.—Ojalá fuera un poco más mayor y le hubiera conocido en otras circunstancias.
—''No dirás eso cuando se cobre su primera víctima, reza para tú no seas una de ellas...''—Hobo se acomodó en el regazo de la chica y no hizo nada más, por supuesto ella no la pudo oír, así que continuó esperando a Ughbert allí sentada.
El adolescente de cabello oscuro subió las escaleras y llegó hasta su cuarto entrando en este. Fue hasta una cómoda y del segundo cajón sacó una caja grande y negra. Puso esta en el suelo, poniéndose en cuclillas frente a ella y la abrió, sacando las partes desmontables de su instrumento de sus huecos aterciopelados para montar su oboe. Se levantó una vez lo hizo y volvió a salir de su habitación, caminando hacia las escaleras para bajar.
Una vez llegó a las escaleras notó a alguien bajar tras él y repentinamente giró su cabeza para mirar atrás; vio a una sirvienta cargando un cesto con ropa sucia, por fin alguien se dignaba a llevársela. Ella al ver que Ughbert le miró tan bruscamente se quedó quieta, con cara de susto.
—¡B-buenas tardes, señor Zondervan!—Exclamó aparentemente nerviosa.
Él no contestó y solo siguió bajando las escaleras hasta la planta baja y volvió a la salita con Lizbeth y Hobo. Cerró la puerta tras de si y miró a la cuidadora.
—Bueno, aquí estoy, ¿preparada?—Decía el chico, poniéndose frente a ella con el oboe entre las manos.
—Claro, sería un placer, aunque pronto tendremos que ir a comer.—Mencionaba la pelirroja, acomodándose.
—''Sí, déjate de tantas tonterías, que tengo hambre y tú tienes cosas que hacer''.—Rechistaba Hobo.
—Bueno, no tenemos prisa, pero si tienes hambre lo podemos dejar para después.—Comentaba Ughbert, mirando a Lizbeth, ignoraba de nuevo a la rata.
—No no, aún no tengo hambre, tengo más ganas de escucharte, la verdad.—Ella le sonreía dulcemente, a lo que el chico no pudo evitar sonreír un poco y se puso la boquilla del oboe cerca de los labios.
—Bien, pues voy a tocar una canción que yo mismo he compuesto, cuando la escuches me gustaría que le pusieras nombre...
—De acuerdo.
Entonces Ughbert comenzó a tocar el oboe de una manera delicada y melódica, pero la música era algo lúgubre, daba una sensación de calma, pero a la vez de soledad. El adolescente tocaba bastante bien, eso era indudable, habría estado practicando desde hace años, y a Lizbeth le parecía increíble y disfrutaba de esa música.
Él estuvo tocando cerca de cinco minutos y al final se detuvo, habiendo finalizado su canción. La pelirroja le miró sorprendida y le aplaudió desde el sofá donde estaba sentada con Hobo.
—Tienes mucho talento, tocas de maravilla, me ha encantado.—Dijo la chica alegremente.
—Gracias, a mis padres le pareció bastante tétrica, no supieron describir lo que sintieron al escucharla, pero me dijeron que se sintieron incómodos por algún motivo.
—''Tu música es lo que proyecta tu alma, solo las personas con un alma oscura disfrutarán plenamente de tu música, los demás...''—A Hobo no le dio tiempo a acabar porque Lizbeth comenzó a hablar, obviamente porque no podía oír a la rata hablar.
—Vaya, pues a mi me ha parecido muy bonita, si que es algo oscura, pero tampoco es que sea para tanto, puede ser inquietante pero no se, cada cual tiene su estilo y está bien que tú tengas uno propio, Ughbert.
—¿No tienes nada malo que decir de mi? Parece que todo está bien y sea bueno, a veces está bien que señales mis defectos, no me lo tomaré a mal.
—Te estoy diciendo la verdad, he sido sincera en todo momento.
—No lo dudo, pero puede que ocultes lo malo para no hacerme daño.
—Soy una persona positiva, pero si quieres que te diga lo malo yo te lo diré, no hay problema.
—Muy bien, dímelo.—Él se sentó en el sillón que había frente a la chica, con el oboe sobre su regazo y la miró fijamente de manera algo seria.
—Pues... Eres un chico extraño y he observado que hay momentos en los que te comportas algo raro, pero por más que busco no logro encontrar más defectos en ti.—Omitió el hecho de que supiera que hablaba con su rata sobre matar, no era conveniente confesarle que le escuchó.
—Ya lo sé, todo el mundo opina eso de mi, y me enfadan...—Miró a otro lado, y esta vez parecía ponerse un tanto triste, algo que Lizbeth notó en el acto.
—Oboes en el invierno.—Acabó por decir ella, cogió a la rata y la puso cuidadosamente sobre el sofá mientras se levantaba. Ughbert la miró extrañado y luego a Hobo, que no se molestó en decir nada más hasta que ella se quedara en silencio.
—¿Qué?—Preguntó él.
—El nombre de tu canción, es algo simple, pero me recuerda a una fría noche de invierno estando a oscuras en un salón junto a una chimenea, un poco de paz y tranquilidad entre la oscuridad y la soledad.
Gratamente sorprendido, el muchacho de ojos grisáceos cambió su expresión y se levantó, mirándola incrédulo.
—Es un nombre estupendo, Liz... Gracias.—Admitió el chico y se acercó a su cuidadora, rodeando su cintura con sus brazos, abrazándola cariñosamente, eso la estremeció, pero también le abrazó y acarició su cabello.—No me puedo creer que existas...
—Me gusta mucho esta faceta cariñosa tuya.—Ambos se separaron, Hobo les miraba y para ella era evidente que ahí había algo más que amistad, había algo mucho más fuerte, solo el destino podía hacer una unión tan perfecta como aquella.
—Bueno... será mejor que ya nos marchemos a comer, se hace tarde.—Ughbert estaba sonrojado, algo que se notaba mucho sobre su pálida piel, así que Lizbeth al notarlo también se ruborizó, solo pasó un día y poco más, pero algo le unía a ese joven.
—De acuerdo, vamos.—Ella abrió la puerta dejándole pasar primero y después a Hobo que se bajó del sofá saltando y siguió a su amo como de costumbre.
Lizbeth salió tras ellos y acompañó a Ughbert a dejar su oboe en su cuarto.
Se prepararon ambos para la comida y se dirigieron al gran salón, los sirvientes ya habían puesto la mesa, aunque solo pusieron platos para el chico, pero no tardó en quejarse y mandar a poner más para Lizbeth.
La servidumbre ya no tenía buena cara y ellos lo notaban, Ughbert sabía por qué, pero la nueva cuidadora no, y francamente estaba mejor no sabiéndolo.
Continuará.
Bueno, algunas canciones tétricas dan cierta sensación de paz. Al menos me pasa a mí.
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