Unos detectives llegaron a la mansión tras aquella inesperada muerte después de que los Zondervan llamaran a la comisaría de Roodeschool, había algo que no les cuadraba, ya que a parte de no haber ninguna nota de suicidio junto a Patricé, esta, días antes del suceso se encontraba como siempre.
El detective Van Dijken, un hombre alto de cabello castaño oscuro recogido en una coleta baja, se dispuso a interrogar a todos los residentes del complejo, incluyendo a los sirvientes y a Ughbert, pero como de costumbre, él no dijo nada, seguía absorto en sus pensamientos, con su rata amaestrada en el hombro mientras el detective perdía su paciencia con aquel muchacho.
Ambos estaban sentados en una sala apartada, uno frente al otro mirándose. El detective sostenía una libreta y un lápiz para apuntar lo que el chico quisiera aportar, pero no decía nada.
—Por última vez, chico,—Hablaba con un tono cansado y redundante el adulto.—necesito un testimonio tuyo, ya que eres la única persona que siempre estaba con la fallecida.
Tras una larga pausa, Ughbert le miró, inexpresivo y milagrosamente cedió a contestar:
—¿Cree usted que yo... la maté?—Cuestionó con un tono de voz bastante calmado, en bajo, algo que inquietó al detective.
—No descartamos esa posibilidad, ahora mismo todos en esta casa sois sospechosos, mis compañeros están analizando el cadáver y buscando pistas junto a este para determinar si efectivamente fue un suicidio o no.
—Yo... solo sé que ya estaba muerta cuando yo salí de mis clases... puede preguntarle a mi institutriz. Ahora si ha terminado... déjeme en paz.—Ughbert se levantó con su rata al hombro todavía, y el detective Van Dijken lo imitó, observando con desconcierto y sospechas al chico moreno de ojos grises.
—Hablaremos después, no creas que esto ha terminado aún.—Él salió de aquella sala junto al chico para volver con el resto a la destilería donde estaba el cadáver de la niñera, aunque Ughbert desapareció, no quería volver a ver aquello.
El detective, al encontrar a sus padres junto al resto de agentes, comentó que las respuestas del adolescente fueron muy escuetas y forzadas, y como siempre, los progenitores respondieron que él tenía un problema de socialización desde hacía meses y no solía hablar con nadie, y menos con desconocidos, así que ya era bastante que se dignara a responderle. Eso al detective le dio más motivos para sospechar de Ughbert, además de que la difunta era su cuidadora personal y el muchacho manifestaba muchas veces que no se sentía cómodo con ella, llegando incluso a hablarle bastante mal cuando acababa con su paciencia.
Por suerte para el joven, su profesora particular dijo que había estado con él todo el día practicando con su oboe, además de gustarle la música también tocaba su instrumento favorito, y no lo hacía nada mal para tener sólo quince años. La institutriz Matilde le enseñaba sobre música los martes y los miércoles, y el día del suceso justamente era un martes, de modo que el chico tenía una coartada, así que el detective no se fijó más en él.
Matilde explicó a Van Dijken que la fallecida había estado por la mañana con ellos dos ensayando, pero a las doce del mediodía se marchó inexplicablemente y no volvió, sin embargo, Ughbert estuvo todo el rato con su profesora y después fue con su madre para que le tomara las medidas de un nuevo traje con la modista, pero antes de eso les dieron la noticia de que Patricé estaba ahorcada.
Los demás también tenían pruebas de que no podían ser los autores del ''crimen'', nadie había visto a Patricé a partir de las doce de la tarde, y los demás se encontraban haciendo labores diarias, o al menos eso era lo que todos aseguraban, pocas cosas se podían demostrar y no siempre los ajentes estaban dispuestos a partirse el lomo por un caso absurdo.
Entonces para ellos no hubo más dudas: Patricé Donelly se había ahorcado ella sola, únicamente les quedaba determinar el por qué lo hizo. Lo que iban a preguntar acto seguido los detectives sería si la cuidadora vivió algún tipo de suceso trágico o si tuvo un desengaño amoroso, pero nadie más que Rick, el ayuda de cámara, sabía nada. Este hombre era su hermano, estaba muy unido a ella y contó que había estado bien y no tenía ninguna relación, o al menos que él supiera, cosa que le extrañaba ya que era una mujer muy seria, recatada y que odiaba el amor, no se le ocurría ningún motivo por el que su hermana quisiera acabar con su propia vida o mentirle acerca de lo que hacía, menos aún la posibilidad de llevar una doble vida.
Zanjado el asunto, los detectives y policías de Roodeschool volvieron a la villa, y la familia Zondervan hizo un funeral y luego entierro en su propio cementerio para la difunta Patricé.
Su hermano Rick lloró desconsolado por haber perdido a su única hermana, aún no se creía que ella se hubiera marchado tan abruptamente sin despedirse, sin dejar ni una sola nota para él ni para nadie más, simplemente eso no entraba dentro de su mente.
Su hermano Rick lloró desconsolado por haber perdido a su única hermana, aún no se creía que ella se hubiera marchado tan abruptamente sin despedirse, sin dejar ni una sola nota para él ni para nadie más, simplemente eso no entraba dentro de su mente.
Al final del día, tras enterrar a la mujer, Harold Zondervan dio permiso al hermano de Patricé para que fuera a Irlanda a dar la noticia a su familia, ya que ambos hermanos eran irlandeses, y entonces Rick partió al día siguiente hacia su tierra natal habiendo prometido a la familia que volvería tras unos meses, entre viajes y quedarse allí un tiempo, y la familia lo aceptó sin problemas, prometiendo que le devolverían su puesto a su regreso.
Pasaron los días y todo volvió a la normalidad, la pena se iba marchando entre el servicio, aunque nunca estuvo presente en Ughbert, pues este no apreciaba mucho a la difunta, no se alegraba de su muerte, pero era cierto que tampoco le causaba tristeza, sus sentimientos para los demás eran un enigma, de modo que nadie sabía si consolarlo o simplemente dejarle en paz.
El comportamiento de Ughbert no se debía a los lujos que tuvo desde que nació, no era el típico niño mimado al que le daban de todo, era un chico obediente, ayudaba a sus padres y a los sirvientes, y era también muy pulcro y limpio, no existía un adolescente más eficiente que él, la única pega es que se hacía notar muy poco y casi siempre se mantenía escondido en sus pasadizos secretos de la mansión, la riqueza no fue la que le hizo parecer borde y frío, simplemente, el chico era así, de pocas palabras y misterioso, pero no era malo y solo contestaba mal cuando estaba muy agobiado.
Sin embargo las tornas cambiaron después del decimoquinto cumpleaños de Ughbert, pues empezó a cambiar su manera de pensar: se volvía más desconfiado y cada vez deseaba más estar solo cuando sus padres trabajaban y dejaban la mansión.
Día tras día se daba cuenta de que todo era mucho mejor sin criadas entrometidas y cotillas o mayordomos pesados e insistentes. Los evitaba a toda costa, y unos pensamientos intrusivos se colaban en su cerebro de vez en cuando, pensando en qué pasaría si se deshiciera de todos ellos, que desaparecieran sin más o les ocurriera algo que hiciera que no volvieran a aparecer en su vida en el futuro. Jamás se sintió tan libre como en ese instante en el que Patricè, su niñera desde pequeño, ya no estaba más pendiente de cada paso que daba. Se sentía libre, más relajado al saber que nadie le reñiría por llevar su cabello suelto como le gustaba, o que nadie amenazara con cortárselo, como hacía esa mujer cuando le peinaba a tirones que realmente le dolían. La susodicha, a parte de ser brusca al peinar al muchacho, también acostumbraba a agarrar a su rata Hobo de la cola cuando aparecía sin que ella se lo esperara, y la apartaba bruscamente, tirándola hacia otro lado, eso era algo que Ughbert odiaba y le hacía sentir muy mal, el maltrato a su mascota no le sentaba nada bien, menos cuando oía a esta chillar al estar colgada boca abajo de la huesuda y sucia mano de aquella niñera espantosa. En resumen: Era normal que Ughbert sintiera que un gran peso en su vida se había desintegrado, y esa sensación le gustó bastante, era el dulce sabor de la libertad.
Día tras día se daba cuenta de que todo era mucho mejor sin criadas entrometidas y cotillas o mayordomos pesados e insistentes. Los evitaba a toda costa, y unos pensamientos intrusivos se colaban en su cerebro de vez en cuando, pensando en qué pasaría si se deshiciera de todos ellos, que desaparecieran sin más o les ocurriera algo que hiciera que no volvieran a aparecer en su vida en el futuro. Jamás se sintió tan libre como en ese instante en el que Patricè, su niñera desde pequeño, ya no estaba más pendiente de cada paso que daba. Se sentía libre, más relajado al saber que nadie le reñiría por llevar su cabello suelto como le gustaba, o que nadie amenazara con cortárselo, como hacía esa mujer cuando le peinaba a tirones que realmente le dolían. La susodicha, a parte de ser brusca al peinar al muchacho, también acostumbraba a agarrar a su rata Hobo de la cola cuando aparecía sin que ella se lo esperara, y la apartaba bruscamente, tirándola hacia otro lado, eso era algo que Ughbert odiaba y le hacía sentir muy mal, el maltrato a su mascota no le sentaba nada bien, menos cuando oía a esta chillar al estar colgada boca abajo de la huesuda y sucia mano de aquella niñera espantosa. En resumen: Era normal que Ughbert sintiera que un gran peso en su vida se había desintegrado, y esa sensación le gustó bastante, era el dulce sabor de la libertad.
Sin embargo, no duraría mucho la tranquilidad que le brindaba el presente, su futuro, su destino, le tenía deparada otra cosa mucho más grande.
Continuará.
¡Oh, oh!
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