Abriendo los ojos, Lizbeth se incorporó lentamente y notó que estaba en el suelo y con el cabello suelto, miró a su alrededor viendo que aún seguía en aquel extraño lugar junto a esos demonios tan raros y Hobo humanizada. También vio de manera borrosa a Ughbert echado en el suelo inconsciente, pero tenía unos cuernos rectos y marrones medianos sobre su cabeza y su cabello parecía diferente, con las puntas más afiladas. También por entre una de las aperturas de su pantalón corto sobresalía una cola roja de demonio terminada en flecha. La pelirroja estaba ciertamente sorprendida, y al comprender lo que eso significaba se tocó la cabeza, notando así sus propios cuernos, que parecían más grandes que los de Ughbert y con unas cuantas curvas. Pudo ver su cola de demonio también y notar que en su boca tenía los colmillos más grandes y afilados, aunque desde luego lo más sorprendente fue sentir su pierna derecha de nuevo, así que apartó su vestido rápidamente para ver qué pasaba: y efectivamente su pierna volvió, cosa que le hizo sonreír bastante, sin embargo no pudo divisar su prótesis, ya que suponía que la necesitaría al volver a la Tierra.
Tanto Tir, como Satanás y Hobo estaban esperando a que ellos despertaran, Lizbeth no había dicho nada en todo el rato, estaba colapsada con tantos pensamientos repentinos sobre su nuevo aspecto.
—¿Te sientes menos sofocada ahora?—Preguntaba amistosamente la diablesa rubia, tendiéndole la mano a la pelirroja para que se levantara del suelo. Esta aceptó su mano y se levantó asintiendo.
—S-siento que puedo respirar mucho mejor... además no hace tanto calor.—Contestaba la chica, mirándose de pie, aún podía mantenerse con ambas piernas a pesar de haber estado tiempo sin una de ellas.—¡Y mi pierna ha vuelto!
—Por supuesto, ya te lo dije, aquí tu aspecto será completamente saludable.—Repitió Satanás, levantándose del trono, caminando hacia Ughbert y poniéndose en cuclillas delante de él, pero mirando a la chica de ojos marrones.—En cuanto a él... será mucho más fuerte e inteligente, pero sigue siendo un adolescente y tú la adulta, así que ocúpate de que no cometa errores como el de antes, ha tenido suerte de que le descubrieras tú y no otra persona.
—Entendido, gracias por todo, de verdad.
—No me des las gracias, Lizbeth sois vosotros los que vais a trabajar duro para mi, soy yo el que debe agradecerlo, más adelante entenderéis mucho mejor lo importante que sois.
—¿No le vas a hablar de... ya sabes quién?—Preguntó Tir, agachándose junto a su padre, susurrándole para que la chica no les oyera.
—Todavía no, no conviene agobiarles más.—El Diablo posó su mano en la cabeza de Ughbert, que aún estaba recostado boca abajo en el suelo y le dio toquecitos para despertarlo.—Oye, Ughbert, despierta.
Poco a poco el muchacho abrió los ojos y despertó totalmente, incorporándose hasta quedar sentado en el suelo, agarrando su cabeza, aunque no tardó en notar lo que previamente Lizbeth notó en ella misma: unos cuernos largos y lisos un poco curvados hacia el centro. También notó que tenía una cola y la sacó de sus pantalones porque estaba molestándole por ahí.
—Agh... eso ha dolido mucho...—Se quejó el chico, tratando de levantarse con ayuda de Satanás.
—Vamos, tampoco te he dado tan fuerte.—Rió este, tomándole el pelo.—Es broma, lo siento, pero no había más alternativas, es la única manera que tengo de eliminar la mitad de vuestra vitalidad humana y convertirla en demonio, ya que técnicamente os estaba matando, o sea, estáis medio muertos.
—¿Quiere decir eso que nuestra esperanza de vida se reducirá en la Tierra?—Preguntó Lizbeth, preocupada.
—No lo sé, no lo había pensado, pero no creo que tenga que ver, yo no elijo o determino vuestra muerte a no ser que os mate directamente, el futuro es incierto para todos, al daros estos poderes solo he eliminado desventajas absurdas que tenéis como humanos y os he añadido la posibilidad de viajar aquí.
—Bien, ahora sí que podemos continuar dando su merecido a esos desgraciados.—Habló Ughbert, ya totalmente recuperado, sonriendo pérfido, casi parecía que su nuevo yo le había animado bastante, y todos en la sala lo notaron.—Debemos volver cuanto antes, los demás sirvientes no tardarán en regresar de sus horas libres.
—Sí, espero que tengáis un buen plan para eso, Angelien está muerta, ya no dará problemas, pero alguien la puede descubrir, concretamente... Antonella.—Satán puso de nuevo la pantalla mágica en el aire, mostrando cómo la sirvienta italiana estaba inquieta, caminando por el piso superior buscando a la gente, prácticamente se había quedado sola.
—Ya tengo una idea sobre lo que podemos hacer, así que yo por lo menos estoy lista para volver.—Dijo Lizbeth decidida y Ughbert solo asintió.
—Haré el portal para que volváis, pero antes hay dos cosas muy importantes que me faltan por decir: La primera es que cada vez que matéis a dos personas debéis bajar, no por nada realmente, pero para mantener vuestra forma de demonio tendréis que venir al Infierno cada cierto tiempo, notaréis cuándo debéis hacerlo porque empezaréis a sentiros un tanto débiles. Pasa casi lo mismo al contrario, solo que con peores consecuencias: si pasáis demasiado tiempo en el Infierno vuestra parte humana se desintegrará y moriréis, sufriréis mucho dolor, pero no os moveréis de aquí, os pasará lo mismo que antes con la transformación.
—Bueno... tampoco es que tengamos que pasar mucho tiempo aquí, ¿verdad?—Interrogó el muchacho, algo asustado.
—Nah, por supuesto que no,—Habló Hobo, que había estado demasiado tiempo callada.—Satán dijo que no sabe el tiempo límite de un mitad demonio aquí, pero suponemos que se notará cuando vuestro tiempo esté por agotarse porque os sentiréis mal también.
—Exacto, tal y como ha dicho Hobo notaréis ardor por todo el cuerpo, y aún tendréis tiempo de salir de aquí antes de morir, lo malo sería si no encontráis un portal a tiempo...—Eso último Satanás lo dijo de una manera bastante tétrica, aunque rápidamente un seria expresión se tornó a una risa despreocupada mientras creaba con sus manos otro portal con algo de esfuerzo.—¡Pero no os tenéis que preocupar de eso mientras mi hija y yo estemos aquí! O en todo caso mi esposa que se encarga de la administración de la ciudadela de demonios. La podréis encontrar en la parte izquierda del castillo al entrar por la puerta.
—No nos asuste así...—Suspiró la pelirroja de ojos marrones, poniéndose la mano en el pecho.—¿Y cuál es la segunda cosa que debe decirnos antes de que nos vayamos?
—Pues... ¿Tir?—El Señor Oscuro miró a su hija, y esta, asintiendo de manera alegre habiendo entendido, hizo magia con sus manos creando una hoja de papel entre humo naranja, este era similar a un papiro enrollado de color amarillento, con los bordes algo rasgados. La chica demonio le dio el papel a Ughbert y este lo abrió, viendo que había un montón de nombres en fila, los cuatro primeros de la lista estaban tachados de diferentes maneras, y los nombres pertenecían a todos los sirvientes de la familia Zondervan.—Lo ves, ¿verdad? Todos y cada uno de los sirvientes deben morir... Pueden ser en el orden que quieras, no hace falta que lo sigas a rajatabla pero es el orden más recomendable. Aunque ahora debes tener mucha cautela, tus padres llegarán antes de lo previsto, y no deberían ver más de lo debido.
Ughbert de repente apartó su mirada del papel algo incrédulo mirando a Satán.
—¡¿Qué?!—Exclamó este, nervioso, y Lizbeth se quedó callada algo alejada sintiéndose culpable por ello.—¡¿Por qué no me ha dicho nada antes?!
—Porque no soy yo el que tiene que decirte estas cosas, después de todo, yo no fui el que les llamó al hotel para avisar de que los sirvientes desaparecían. Sin embargo, estoy seguro de que ella puede explicártelo una vez esteis arriba...
Satán señaló a la pelirroja, y Ughbert se giró lentamente hacia ella, mirándola con algo de desprecio mezclado con decepción, por lo que suponía, ella les llamó.
—¡Estaba asustada...!—Quería defenderse ella, pero el Diablo puso su mano frente a ella, pidiéndole silencio.
—Habladlo arriba, ya perdisteis demasiado tiempo. ¡Vamos, y suerte, no me decepcionéis!
Tanto Tir, como Satanás y Hobo estaban esperando a que ellos despertaran, Lizbeth no había dicho nada en todo el rato, estaba colapsada con tantos pensamientos repentinos sobre su nuevo aspecto.
—¿Te sientes menos sofocada ahora?—Preguntaba amistosamente la diablesa rubia, tendiéndole la mano a la pelirroja para que se levantara del suelo. Esta aceptó su mano y se levantó asintiendo.
—S-siento que puedo respirar mucho mejor... además no hace tanto calor.—Contestaba la chica, mirándose de pie, aún podía mantenerse con ambas piernas a pesar de haber estado tiempo sin una de ellas.—¡Y mi pierna ha vuelto!
—Por supuesto, ya te lo dije, aquí tu aspecto será completamente saludable.—Repitió Satanás, levantándose del trono, caminando hacia Ughbert y poniéndose en cuclillas delante de él, pero mirando a la chica de ojos marrones.—En cuanto a él... será mucho más fuerte e inteligente, pero sigue siendo un adolescente y tú la adulta, así que ocúpate de que no cometa errores como el de antes, ha tenido suerte de que le descubrieras tú y no otra persona.
—Entendido, gracias por todo, de verdad.
—No me des las gracias, Lizbeth sois vosotros los que vais a trabajar duro para mi, soy yo el que debe agradecerlo, más adelante entenderéis mucho mejor lo importante que sois.
—¿No le vas a hablar de... ya sabes quién?—Preguntó Tir, agachándose junto a su padre, susurrándole para que la chica no les oyera.
—Todavía no, no conviene agobiarles más.—El Diablo posó su mano en la cabeza de Ughbert, que aún estaba recostado boca abajo en el suelo y le dio toquecitos para despertarlo.—Oye, Ughbert, despierta.
Poco a poco el muchacho abrió los ojos y despertó totalmente, incorporándose hasta quedar sentado en el suelo, agarrando su cabeza, aunque no tardó en notar lo que previamente Lizbeth notó en ella misma: unos cuernos largos y lisos un poco curvados hacia el centro. También notó que tenía una cola y la sacó de sus pantalones porque estaba molestándole por ahí.
—Agh... eso ha dolido mucho...—Se quejó el chico, tratando de levantarse con ayuda de Satanás.
—Vamos, tampoco te he dado tan fuerte.—Rió este, tomándole el pelo.—Es broma, lo siento, pero no había más alternativas, es la única manera que tengo de eliminar la mitad de vuestra vitalidad humana y convertirla en demonio, ya que técnicamente os estaba matando, o sea, estáis medio muertos.
—¿Quiere decir eso que nuestra esperanza de vida se reducirá en la Tierra?—Preguntó Lizbeth, preocupada.
—No lo sé, no lo había pensado, pero no creo que tenga que ver, yo no elijo o determino vuestra muerte a no ser que os mate directamente, el futuro es incierto para todos, al daros estos poderes solo he eliminado desventajas absurdas que tenéis como humanos y os he añadido la posibilidad de viajar aquí.
—Bien, ahora sí que podemos continuar dando su merecido a esos desgraciados.—Habló Ughbert, ya totalmente recuperado, sonriendo pérfido, casi parecía que su nuevo yo le había animado bastante, y todos en la sala lo notaron.—Debemos volver cuanto antes, los demás sirvientes no tardarán en regresar de sus horas libres.
—Sí, espero que tengáis un buen plan para eso, Angelien está muerta, ya no dará problemas, pero alguien la puede descubrir, concretamente... Antonella.—Satán puso de nuevo la pantalla mágica en el aire, mostrando cómo la sirvienta italiana estaba inquieta, caminando por el piso superior buscando a la gente, prácticamente se había quedado sola.
—Ya tengo una idea sobre lo que podemos hacer, así que yo por lo menos estoy lista para volver.—Dijo Lizbeth decidida y Ughbert solo asintió.
—Haré el portal para que volváis, pero antes hay dos cosas muy importantes que me faltan por decir: La primera es que cada vez que matéis a dos personas debéis bajar, no por nada realmente, pero para mantener vuestra forma de demonio tendréis que venir al Infierno cada cierto tiempo, notaréis cuándo debéis hacerlo porque empezaréis a sentiros un tanto débiles. Pasa casi lo mismo al contrario, solo que con peores consecuencias: si pasáis demasiado tiempo en el Infierno vuestra parte humana se desintegrará y moriréis, sufriréis mucho dolor, pero no os moveréis de aquí, os pasará lo mismo que antes con la transformación.
—Bueno... tampoco es que tengamos que pasar mucho tiempo aquí, ¿verdad?—Interrogó el muchacho, algo asustado.
—Nah, por supuesto que no,—Habló Hobo, que había estado demasiado tiempo callada.—Satán dijo que no sabe el tiempo límite de un mitad demonio aquí, pero suponemos que se notará cuando vuestro tiempo esté por agotarse porque os sentiréis mal también.
—Exacto, tal y como ha dicho Hobo notaréis ardor por todo el cuerpo, y aún tendréis tiempo de salir de aquí antes de morir, lo malo sería si no encontráis un portal a tiempo...—Eso último Satanás lo dijo de una manera bastante tétrica, aunque rápidamente un seria expresión se tornó a una risa despreocupada mientras creaba con sus manos otro portal con algo de esfuerzo.—¡Pero no os tenéis que preocupar de eso mientras mi hija y yo estemos aquí! O en todo caso mi esposa que se encarga de la administración de la ciudadela de demonios. La podréis encontrar en la parte izquierda del castillo al entrar por la puerta.
—No nos asuste así...—Suspiró la pelirroja de ojos marrones, poniéndose la mano en el pecho.—¿Y cuál es la segunda cosa que debe decirnos antes de que nos vayamos?
—Pues... ¿Tir?—El Señor Oscuro miró a su hija, y esta, asintiendo de manera alegre habiendo entendido, hizo magia con sus manos creando una hoja de papel entre humo naranja, este era similar a un papiro enrollado de color amarillento, con los bordes algo rasgados. La chica demonio le dio el papel a Ughbert y este lo abrió, viendo que había un montón de nombres en fila, los cuatro primeros de la lista estaban tachados de diferentes maneras, y los nombres pertenecían a todos los sirvientes de la familia Zondervan.—Lo ves, ¿verdad? Todos y cada uno de los sirvientes deben morir... Pueden ser en el orden que quieras, no hace falta que lo sigas a rajatabla pero es el orden más recomendable. Aunque ahora debes tener mucha cautela, tus padres llegarán antes de lo previsto, y no deberían ver más de lo debido.
Ughbert de repente apartó su mirada del papel algo incrédulo mirando a Satán.
—¡¿Qué?!—Exclamó este, nervioso, y Lizbeth se quedó callada algo alejada sintiéndose culpable por ello.—¡¿Por qué no me ha dicho nada antes?!
—Porque no soy yo el que tiene que decirte estas cosas, después de todo, yo no fui el que les llamó al hotel para avisar de que los sirvientes desaparecían. Sin embargo, estoy seguro de que ella puede explicártelo una vez esteis arriba...
Satán señaló a la pelirroja, y Ughbert se giró lentamente hacia ella, mirándola con algo de desprecio mezclado con decepción, por lo que suponía, ella les llamó.
—¡Estaba asustada...!—Quería defenderse ella, pero el Diablo puso su mano frente a ella, pidiéndole silencio.
—Habladlo arriba, ya perdisteis demasiado tiempo. ¡Vamos, y suerte, no me decepcionéis!
El joven no dijo nada y simplemente se metió en el portal y pronto reapareció en su habitación, Hobo y Lizbeth le siguieron, aunque esta última tenía algo de miedo por la reacción que le esperaba.
Ya todos estaban en el cuarto de Ughbert y este empezó a buscar una nueva camisa en su armario, mientras tanto la cuidadora se agarraba a uno de los palos del dosel de la cama para no caerse, puesto a que su pierna mágica desapareció, así que agarró nuevamente su prótesis que estaba en el suelo y se la puso. El muchacho al encontrar una camisa se quitó difícilmente la que llevaba puesta, ya que había sudado bastante, y se la cambió por la otra, abrochándola también con dificultad.
—Ughbert... ¿Q-quieres que te ayude?—Cuestionó la pelirroja ya levantándose y caminando como antes, mientras el portal se cerraba justo cuando Hobo terminó de salir ya en su forma de rata, pero el adolescente no contestó, y cuando acabó de abotonar su camisa recogió la casaca de su traje, que había dejado sobre su cama, y empezó a ponérsela, aunque no sentía ningún frío ahora pero debía guardar las apariencias.
—''No sé si me oyes, Liz, pero dudo que quiera hablar contigo''.—Habló Hobo, subiéndose a la cama mirando a Lizbeth.
—Te oigo Hobo... Pero solo ha sido una llamada, no creo que afecte...
—¡Sí que afecta!—Gritó de repente el chico de cabello negro, mirándola muy enajenado apretando el papiro enrollado en su mano derecha.—¡Tú no sabes lo que me ha costado hacer lo que hice por mi mismo! ¡Ben casi me parte la nariz de un puñetazo! ¡Casi me quemo con la maldita caldera! ¡Tuve que limpiar yo solo toda aquella sala de sangre y asegurarme de que no quedaba nada que pudiera incriminarme! ¡Y cayó agua contaminada en mi traje favorito destiñéndolo por todos lados! ¡Y aun así no sé si me dejé la más mínima prueba que pueda decir que yo cometí esos crímenes! Si vienen mis padres, por muy demonios que seamos van a estar encima nuestro siempre, y así no podremos continuar, por no decir que si son despedidos los sirvientes se irán de aquí y no podremos acabar con ellos.
—Yo no sabía nada de todo esto, Ughbert, solo llamé a tus padres para que los sirvientes dejaran de acosarte como Jefferson lo hizo, además también tenía miedo de que te volvieras loco y hubieras hecho algo por su culpa.—Lizbeth frunció el ceño, también molesta con su manera de hablarle.—Satán ha dicho que debo protegerte, así que es lo que pienso hacer, será mejor que guardes bien esa lista y vayamos de una vez a esconder el cadáver de Angelien antes de que alguien lo descubra.
—Está bien, pero no estoy contento con la situación.—Ughbert suspiró y caminó para salir de la habitación, sin embargo Lizbeth fue tras él y le agarró del hombro.
—Espera...
—¿Qué quieres?—Preguntó deteniéndose, pero sin mirarla.
—Tu camisa... la has abrochado mal...—Ella se puso frente a él y se agachó un poco para desabrochar su camisa entera, pues había abrochado un botón más arriba de lo que debería, sin embargo, la chica de ojos marrones se quedó mirando su torso, el cual estaba un tanto más marcado que antes y sus pocos abdominales se notaban más gracias al sudor que hacía su piel brillar.
—No tenemos todo el día... Date prisa.—Masculló avergonzado el chico, apartando la mirada de Lizbeth, visiblemente rojo.
—¡P-perdón!—Ella rápidamente abrochó la camisa y luego la casaca del traje para luego erguirse de nuevo.—El baño de antes no ha servido de nada... pero bueno, vamos a lo nuestro...
El moreno no dijo nada, solo se limitó a darle la espalda, guardar el listado de muertes en su bolsillo interior y salir rápidamente de la habitación junto a Lizbeth, quien se había quedado acalorada tras ese momento.
Se mantuvieron en silencio mientras bajaban las escaleras hacia la planta del servicio y una vez allí buscaron con la mirada a la criada que faltaba, que era Antonella, esperaban que no hubiera vuelto a entrar a la lavandería y no hubiera descubierto el cuerpo de su compañera, pero ella no estaba en ninguna de las habitaciónes de aquel piso.
—¿Dónde estará Antonella?—Preguntaba Ughbert, tras cerrar la puerta de la habitación de la sirvienta en la que también dormía la difunta Angelien.
—¿Crees que ha podido descubrir el cuerpo y ha ido a avisar a la policía?—Cuestionó preocupada la pelirroja mientras empezaban a caminar hacia la lavandería.
—Lo dudo, sigue aquí en la mansión... pero creo que puede ser nuestra oportunidad para sacar a la otra de ahí...—El adolescente entró y miró por la sala otra vez, a ver si encontraba algo para trasladar el cuerpo.
—Bien, yo me quedaré vigilando en la puerta... ¿sabes cómo vamos a hacerlo?
—Creo que sí, hay cestas para llevar la ropa lo suficientemente grandes como para trasladarla, pero no sé si lograremos llevarla sin que alguien sospeche, evidentemente nosotros no deberíamos hacer estas cosas, pero en el pasillo de los sirvientes hay una entrada hacia mis túneles secretos, no se puede entrar desde ahí, pero puedo abrirla desde dentro yendo a mi habitación y metiéndome desde allí, así al menos tú tendrías una excusa para portar sola una cesta de ropa diciendo que Angelien te pidío ayuda si alguien te pilla con ella por el pasillo.
—Vaya... me sorprende lo inteligente que eres,—Hablaba admirada la joven niñera.—Es muy buena idea... Pero sabiendo lo de los pasadizos secretos se me hace más fácil entender como has hecho todo esto tú solo... Bueno, busca una cesta, me quedaré por aquí vigilando por si alguien viene.
Ughbert sonrió un poco ante el halago de la chica, pero no quiso mostrarse muy amable después de lo que ella hizo, sin embargo... ¿cómo podía enfadarse con esa hermosa chica que le había brindado tanta felicidad?
—Gracias... y lo siento... no debí echarte las culpas.
—Gracias... y lo siento... no debí echarte las culpas.
—No pasa nada... sé que todo esto es muy complicado...
—''A ver, chicos, sé que no podéis evitar poneros pastelosos, pero es un momento un poco crítico, hay una señora muerta en la lavadora...''—Decía Hobo desde la mitad de la sala, corriendo hacia el tambor de lavado.
—Sí, que todo el mundo está por regresar de su descanso, debemos darnos prisa.—Comentó el muchacho, a lo que su cuidadora asintió y este corrió hacia la sala aledaña a buscar una cesta.
Lizbeth y Hobo se quedaron en la puerta de la lavandería vigilando, y el chico acabó por encontrar una cesta grande y algo profunda en la que podría caber la criada. Ughbert la llevó junto al tambor de lavado en el que se encontraba el cadáver y se subió en la escalerita que había para llegar mejor a la apertura. Nada más abrir la tapadera metálica salió un montón de vapor con olor a carne cocida, pero con trazas de elementos químicos, y cuando se dispersó todo el humo blanquecino observó una especie de sopa muy caliente y burbujeante llena de harapos rotos y carne enrojecida gracias a la cocción que obtuvo.
—Qué raro, no me he quemado con el vapor...—Mencionó Ughbert.—Debe ser por los poderes, pero es extraño que se mantengan en la Tierra.
—Nos dijeron que seríamos más resistentes a las temperaturas así que supongo que eso también influye.—Contestó Lizbeth, mirándole de reojo.—Por cierto, ¿serás capaz de sacar el cuerpo de ahí solo?
—Me va a ser complicado, ven, ayúdame rápido. Hobo, quédate por el pasillo vigilando y distrae a cualquier persona que quiera entrar.
—''¡Si señor!—Asintió la rata y se fue hacia el pasillo. Lizbeth dejó la puerta casi cerrada, sin encajarla para que Hobo pudiera pasar pero que a la vez tuvieran algo de seguridad y luego fue junto a Ughbert para ayudarle a sacar el cadáver de Angelien del agua.
Con algo de dificultad, entre los dos pudieron sacar el mojado cuerpo del tanque de lavado y lo depositaron en la cesta, lo malo era que sus piernas y cabeza sobresalían y no entraban de ninguna manera, además ellos se habían empapado de agua y en su ropa aparecieron grandes manchas decoloradas por las sustancias que el muchacho previamente vertió a la mezcla, justo como le pasó anteriormente pero mucho peor.
—¡Maldición! Debí haberme pensado mejor esta jugada...—Gruñía Ughbert, poniéndose tenso mientras miraba hacia la puerta.—Yo tengo más ropa similar pero no quiero que a ti se te estropee porque seguramente tengas menos recambios... Lo siento.