lunes, 2 de marzo de 2020

Capítulo 15: Dos puertas abiertas.

El médico de la familia había llegado a la mansión junto a su enfermera después de cuarenta y cinco largos minutos. Ambos acudieron a la habitación del joven Izaäk Voog, el lacayo ascendido a encargado de la caldera, para ver qué le ocurría, y se encargaron de examinarle como correspondía.
En la alcoba del sirviente se encontraban: su tía la cocinera, Ughbert, y Claire, los más preocupados por Izaäk.
Samuel Smith, el doctor, pidió a todos que salieran de la sala para poder ver qué pasaba con el chico, así que los demás obedecieron y abandonaron el cuarto sin decir nada.
Fuera de este se hallaba Lizbeth junto a otros sirvientes que se enteraron de lo ocurrido, sin embargo la pelirroja aún estaba traumatizada y se sentía muy desprotegida, no sabía si quería una respuesta o marcharse de ahí lo más rápido posible, por otro lado dudaba que Ughbert le hiciera daño a ella, pero no sabía qué pensar, podría ocurrir algo impredecible en cualquier momento. No se volvieron a decir nada, ella simplemente se había alejado sin darle una respuesta a lo ocurrido en la habitación, y el joven tampoco la presionó, pero ya que sabía lo de la rata debía hacer algo con ella.
Los empleados de la casa que estaban junto a la puerta de la alcoba de Izaäk cuchicheaban entre sí, quedándose a una distancia prudente de Ughbert y Lizbeth, al muchacho de cabello negro ya se le hizo pesado verles ahí, sin embargo debía esperarse a que el doctor dijera qué le ocurría al rubio.
Poco después, por suerte, el hombre salió cerrando la puerta tras de sí y miró a los presentes, aunque detuvo su mirada en el chico de ojos grises por unos segundos.

—El chico está bien, está despierto y se recuperará pronto.—Anunció directamente el médico, quien era alto corpulento, de pelo medio ondulado, marrón y canoso y barba y bigote abundantes. De no ser por su bata y sus gafas visiblemente caras, a Ughbert le hubiera parecido un vagabundo o un loco descuidado, parecía alimentarse demasiado bien como para parecer alguien que vive en la calle.

—¿Qué le ha pasado a mi sobrino?—Preguntaba con preocupación Gertrud Voog, acercándose al profesional.

—Ha estado expuesto a ciertas presiones según me ha dicho, y su cuerpo no lo ha aguantado, y el cambio brusco de temperatura de salir de repente al jardín bajo cero desde el calor concentrado de la sala de calderas ha hecho que se maree y desfallezca así perdiendo la consciencia, pero no tiene nada más que eso, simplemente déjenle descansar por hoy, denle bien de comer, y mañana se sentirá mejor, pero eso sí, le he recomendado que tenga cuidado a la hora de hacer sus tareas e intente no salir de repente al frío sin abrigarse bien.

—¿Así que eso es todo?—Cuestionó riendo burlón Jefferson.—No deja de ser un crío debilucho, normal que le pasen estas cosas si no está acostumbrado, y eso que el señorito quería reemplazarme por él.

—¡Oye, no hables así de Izaäk!—Gritó molesta la cocinera, quien se había preocupado bastante por el único familiar que tenía cerca.Precisamente porque no está acostumbrado no debisteis ponerle a cargar troncos como una mula, Ben estaba fuerte y podía hacerlo sin problemas, pero para un chaval de diecisiete años que solo se dedica a limpiar ya es mucho trabajo.

—Sí, Gertrud tiene razón, debemos poner a otra persona.—Opinó Claire, intentando hablar con calma y serenidad.—Por ejemplo Ludger, él es fuerte y más resistente a las temperaturas.

—Yo lo haré sin problemas, si el señorito está de acuerdo con el cambio, claro.—Comentó el nombrado, quien estaba en la veintena y se le veía más capacitado para dicho trabajo.

—Pues sí, estoy de acuerdo, y si me hubieseis preguntado la primera vez esto no hubiera ocurrido, no hubiera permitido que Izaäk trabajara en semejantes condiciones, pero supongo que vosotros os repartís las tareas...—Respondió con resquemor Ughbert, mirando mal a todos y acercándose a ellos.Hablando de eso, ¿dónde se han metido Ben y Meike? ¿Por qué no he sido informado de que han abandonado la mansión?

Se hizo silencio y se miraron unos a otros. Lizbeth se encogió temblorosa y se quedó apartada del resto, mirando con miedo cómo Ughbert decía tan tranquilo aquello cuando sabía que era el responsable de su desaparición, aunque no podía culparlo sin pruebas.

—No lo sabemos...—Admitió el ama de llaves, poniéndose nerviosa y agarrando sus manos entre sí.—Desaparecieron sin más dejando aquí todas sus pertenencias. No queríamos preocuparle.

—Ah, no queríais preocuparme, tan solo ibais a dejar que las tareas se hicieran solas o que pasase algo más grave similar a esto.—Se notaba la ironía en las palabras secas y frías de Ughbert.

—¿Y qué quiere que hagamos? ¡No es culpa nuestra que se hayan largado, estamos tan jodidos como usted!—Le vociferó Jefferson, encarándose al muchacho, acercándose peligrosamente a este. Estaba ya harto de él y se le notaba la frustración que tenía al tener que desplazar sus planes por dos desertores, así que le agarró de las solapas de su traje.—¡Puto crío estirado de mierda! ¡La vida para un mocoso como tú será muy fácil rodeado de dinero y lujos!

Todos jadearon con cierto miedo a la posible respuesta, mas Ughbert se quedó quieto y callado, mostrando sorpresa por un segundo, pero rápidamente le echó una mirada asesina, realmente quería que Jefferson fuera el siguiente en morir, pero por desgracia no podía, puesto a que más que nunca sospecharían de él. Iba a defenderse golpeándole, pero antes de que reaccionara, Lizbeth se interpuso apartándole bruscamente y le pegó un puñetazo en toda la cara al mayordomo, a lo que este se apartó tapándose el rostro con ambas manos y habiéndose quejado de dolor.

—¡Que sea la última vez que tú le hablas así a Ughbert!—Amenazaba furiosa la pelirroja, ante la atónita mirada del resto de la servidumbre.—¡Te aprovechas de que es menor que tú y que no están sus padres para agredirle! Eso es de ser muy poco hombre.

—¡Zorra asquerosa! ¡No se te ocurra volver a golpearme!—Exclamaba muy enfadado el adulto, acercándose a ella para agarrarla, pero el médico de repente intervino, poniéndose entre los dos y les miró con cierta molestia.

—Basta, no es momento ni lugar para pelear, aquí hay un paciente descansando, si quieren pelear váyanse a otro lado.—Les riñó el Doctor Smith, agarrando los hombros de ambos y separándolos a cada uno hacia un lado diferente.—Les aconsejo que avisen a la policía o en su defecto llamen a los Zondervan para que vengan cuanto antes y contraten más personal, pero yo aquí he terminado, no se vayan a matar mientras no estoy.

La enfermera salió también del cuarto, ya que estaba dentro recogiendo las cosas, y con un maletín se acercó al médico.

—Padre, ya he acabado de recoger, ¿nos vamos ya?—Cuestionó la enfermera, que parecía ser la hija del médico.

—Sí, debemos irnos ya, Caroline, mamá nos está esperando.

—Sí... ¡Ah, un momento!—Ella, quien era rubia de cabello rizado y llevaba un recogido con un sombrero y uniforme de enfermera se acercó a Ughbert mirándole sonriente.—Señorito, el paciente quiere verle a usted, se le veía muy agradecido de que le haya salvado.

—Eh... bueno, está bien, gracias, y que tengan buen viaje.—Dijo el adolescente moreno, despidiéndose del doctor y su hija, y estos se marcharon acompañados por el lacayo encargado de recibir a las visitas.—Los demás id a trabajar, aquí parados no pintáis nada ya, es día de colada y todavía no he visto a nadie manipulando ropa.

Su tono de furia volvió y miró con odio profundo a Jefferson, quien le miraba del mismo modo mientras se agarraba la cara por el golpe que Lizbeth le dio.

—Yo me pienso quedar aquí, no sé qué tramas con él, pero no me gusta.—Afirmó el mayordomo, quedándose quieto junto a la puerta.

—Háblame con respeto de una vez, ¡y repito a todos que os larguéis de aquí YA!—Cada vez estaba más furioso el chico, y sus ganas de asesinar incrementaban, ya estaba empezando a maquinar su siguiente ataque. Acto seguido miró a su niñera y trató de tranquilizarse mientras los demás se dispersaban rápidamente del pasillo, excepto Douglas Jefferson. —Lizbeth, tú quédate aquí, después debo hablar contigo...

—S-sí, aquí te espero.—Contestó con algo de temor. Ella había defendido a Ughbert porque a pesar de tenerle miedo también le apreciaba mucho, y cada vez veía más que los sirvientes se portaban muy mal con él, y en cierto modo, aunque hubiera hecho algo muy malo con ellos, ella comprendería perfectamente los motivos que le llevarían a hacer algo así.

Hobo se había quedado junto a Lizbeth, había estado por ahí sin llamar la atención, pero entonces la de ojos marrones se fijó en ella.

—''Se está volviendo salvaje, y me encanta, pero es demasiado descuidado''.—Decía ésta a sabiendas de que Ughbert le escuchaba, aunque este no dijo nada y se metió en la habitación de Izaäk.

La nanny se sentó en las escaleras, evitando mirar al mayordomo, pero este la miraba fijamente con intención de intimidarla.

—¿Por qué le defiendes? Estoy seguro de que has estado toda tu vida viviendo en la pobreza y siendo maltratada por ricos que se creen mejor que tú.—De algún modo, él trataba de llevarla a su terreno.—También estoy seguro de que cuando crezca se intentará aprovechar de ti y se volverá violento, ¿es eso lo que quieres?

—Ughbert a diferencia de otros desde que he llegado me ha tratado bien y se merece que le defienda,—Contestó decidida.ni él ni tú habéis elegido dónde nacer, no puedes echarle la culpa de ser rico, simplemente ha tenido suerte, así es la vida, al menos no es un imbécil desgraciado y misógino como tú, solo eres un envidioso, acepta que tienes un buen trabajo, otros tienen trabajos peores. Y otra cosa, lo que yo haya pasado en mi vida no es de tu incumbencia ni tienes derecho a decirme a quién defender o a quién no, y no me vas a convencer para que me vaya con vosotros, pase lo que pase estaré con él.

—Vaya, eres una chica ruda... Pero cuando llegue el momento de la verdad puede que te arrepientas de tu decisión.

—Como dices; es mi decisión, aceptaré las consecuencias cuando lleguen, ahora deja de hablarme.

—Como gustes.—Jefferson simplemente empezó a caminar y se marchó hacia otro lado del piso inferior hasta entrar en una salita cercana. Lizbeth suspiró y se puso las manos en la cara, frustrada, nerviosa y asustada, no sabía lo que podía depararle y no podía evitar estar inquieta.

Dentro de la habitación de Izaäk, Ughbert se había puesto junto a la cama individual de este y le miró, agarrándole la mano. El rubio ya estaba despierto, con el pelo suelto y un camisón puesto, le miró a los ojos y sonrió, agarrándole la mano de vuelta.

—No tengo palabras para describir cómo me siento, me has salvado.—Decía agradecido él desde la cama.

—Ha dicho el médico que no ha sido grave, no creo que haya sido para tanto, solo te llevé dentro de la mansión, sería muy mala persona si te hubiera dejado ahí tirado.

—Pero me han dicho que has estado preocupado por mi, eso me ha hecho ilusión.

—Estos días hemos estrechado lazos, te considero un amigo... Y además no puedo dejar de pensar en lo de antes, lo que me dijiste me puso bastante mal, yo quería ver qué tipo de... relación podíamos llegar a tener.

—Escucha... yo también quisiera intentarlo, pero ya te lo expliqué, solo nos causará problemas si alguien lo descubre, no es habitual ver a dos hombres en actitud romántica, y me iba a hacer daño tu elección futura si llegamos a más.

—¿Mi elección futura? Ni siquiera yo sé lo que querré en un futuro o lo que si quiera voy a tener al final, si te refieres a Lizbeth, no sé cómo está la cosa con ella y por ahora no pienso cerrar ninguna puerta.

—No estoy nada seguro...—Izaäk se incorporó en la cama lentamente para estar más cerca de la cara de Ughbert.—¿Pero acaso estás insinuando que podrías estar con los dos?

—No, estoy diciendo que no me voy a negar a lo que venga y me guste, tú me gustas y Lizbeth también, ¿por qué tengo que escoger?

—Porque podrías hacer daño a uno de los dos si haces eso, jugar con dos personas no está bien.

—Todo esto es nuevo para mi, ¿sabes? Normalmente no suelo ver relaciones entre hombres, no sé qué hacer en estos casos, solo pienso que deberíamos aprovechar el momento y punto, no pensar en las consecuencias de lo que pase...—Ughbert se arrodilló junto a la cama para quedar aún más cerca del otro chico, y le puso la mano en la mejilla, acariciándola suavemente.—No entiendo nada sobre relaciones, solo actúo según me dice mi corazón, y ahora me dice que disfrute contigo, Lizbeth cree que soy raro y antes discutimos fuertemente, no creo que yo le guste de verdad, así que olvídalo y simplemente dejémonos llevar.

—Vale, pienso aprovechar entonces... pero si me enamoro de ti será difícil para los dos...

—No pienses en eso ahora, no merece la pena.—El moreno se inclinó para besarle los labios, algo a lo que le había cogido gusto, y le echó totalmente en la cama de nuevo, quedando parcialmente sobre él.
Al separarse se miraron, Izaäk pasó de estar pálido por el desmayo a estar rojo, rápidamente entró en calor.

—No lo pensaré... pero no sigas... Ahora no podemos hacer gran cosa aquí, nos pueden pillar.

—Está bien, mejor me voy y te dejo descansar, más tarde vendré a visitarte.—Ambos se despidieron y Ughbert salió de la habitación. Cada vez estaba más confuso, el amor y el deseo sexual cada vez le golpeaban más fuerte interponiéndose en su deber. Le costaría mucho más tener que matar a Izaäk, pero obviamente su familia estaba por encima de unos traidores por muy atractivos que fueran. Por otro lado estaba Lizbeth, ella no era una traidora ni de su familia, pero seguía estando el dilema de si la mataba o no, si descubría los asesinatos debía tomar una decisión que le destrozaría, pues sabía que convencerla de lo que estaba ocurriendo era un trabajo prácticamente imposible.

La pelirroja vio al muchacho salir y entonces se levantó de las escaleras en las que estaba sentada esperando. Él caminó hacia ella y los dos subieron hacia la primera planta junto a Hobo.

—¿Qué tal está Izaäk?—Preguntó de manera casual Lizbeth, intentando parecer tranquila, pero por dentro seguía temiendo al chico y lo que pudiera hacer.

—Está mejor, simplemente me ha dado las gracias por ayudarle y poco más...—Contestó neutral, sin mirarla, tras lo que ocurrió ambos no sabían muy bien qué decirse, pero eso acabaría pronto, las dudas asaltarían y pronto tendrían que sacarlas. Poco después entraron otra vez a la alcoba del adolescente de ojos grisáceos, y allí se sentaron en la cama para hablar.

—Bueno... Ughbert, ¿qué está pasando? ¿Me estoy volviendo loca yo también?—Lizbeth fue directa a lo que le importaba.

—¿Eh? Claro que no, ¿por qué dices eso?

—¿Cómo es posible que una rata pueda hablarte y decirte exactamente lo que hablé con Matilde? ¿Estás haciéndome una broma pesada desde que llegué? Me haces pensar que hablas con la rata pero es mentira...

—¡No es ninguna broma, ojalá lo fuera...! Uf... Quiero que dejes este tema, por tu bien ignóralo.

—¿Qué ha pasado realmente con Meike y Ben...?

Ughbert se quedó mirándola atónito sin saber qué decir, palideció también y luego miró a Hobo. —''No digas nada aún de los asesinatos, todavía puedes salvarla''.—Le dijo la rata, tratando de ayudarle.

—¡¿Cómo quieres que lo sepa?!—Ughbert se levantó de repente de la cama y miró enfadado a su doncella personal.—¡Deja de hacer preguntas, Lizbeth! Todo esto puede salir muy mal, ni tú ni yo estamos locos, y yo no soy una persona precisamente bromista, no te haría una broma de tan mal gusto como esa que insinúas.

—Ughbert... por Dios, tengo mucho miedo... dime que no has hecho daño a nadie inocente...—Ella también se levantó tras él y le puso una mano en el hombro delicadamente, esto hizo que él se diera la vuelta y la mirara intentando relajarse y no parecer tenso.

—Sólo te voy a decir una última cosa acerca de esta locura: Si no quieres que te pase nada malo puedes irte de esta mansión y no volver... Puedes buscar otro trabajo más normal fuera de aquí...

—¿Qué...? ¿Por qué?

—Lizbeth, te he cogido mucho cariño, a pesar de haber discutido y que me tengas miedo o que creas que hice cosas malas yo jamás podría ponerte una mano encima, no podría hacerte daño, jamás, por eso te aconsejo que te alejes de aquí o puedes salir realmente lastimada... Te lo dije en su momento; ellos son malas personas, después de lo que tú y yo hemos pasado odio que sientas ese miedo hacia mi y creas que te puedo hacer algo malo. Si te sientes insegura, haz tus maletas y márchate...

La joven adulta miró incrédula al adolescente, no daba crédito a lo que oía, tampoco sabía cómo sentirse, pero sí sabía una cosa: no iba a abandonar esa casa, quería saber qué pasaba allí, iba a hacer lo que le dijo a Jefferson: iba a aceptar las consecuencias de su elección, y dicha elección era permanecer al lado de Ughbert.

—No me voy a ir de tu lado, he pasado cosas muy malas en mi vida desde bastante joven, mi miedo no es hacia mi integridad física, es hacia la tuya o hacia la de alguien inocente... No te haré más preguntas... pero no voy a salir de esta mansión, te pienso proteger, antes no dudé en hacerlo, aunque ese mayordomo imbécil sea mucho más grande y fuerte que yo, yo también te tengo mucho cariño...

Se quedó sorprendido, no pudo articular palabra, pero a partir de ese momento la cosa se complicaría si ella no le dejaba asesinar, debía distraerla de algún modo, pero si descubría que estaba matando de verdad podría ignorar sus promesas para acudir a la policía y delatarle, en ese caso no podría dejarla marchar.
El joven Zondervan se acercó a ella y la abrazó lentamente, acariciando su espalda, esta se sorprendió e hizo lo mismo, pero acariciando su cabello negro como el carbón.

—Eres perfecta, no pienses que estás loca, jamás...—Susurró Ughbert cerca del oído de Lizbeth.Algún día te explicaré todo y sabrás la frustración que siento.

A ella le recorrió un escalofrío por la columna, y acabó separándose y mirándole, algo roja, aunque el miedo y la incertidumbre la estuvieran inundando por dentro, las palabras bonitas que el de ojos grises le brindaba le hacía estremecerse. No pudo evitarlo y se acercó a darle un beso en la mejilla, no se atrevió a besarle los labios de momento, él mismo le dijo que no quería nada más con ella, mas no tenía ni idea de que era mentira.

—Te dejaré tranquilo, no quiero atosigarte más...—Acabó ella separándose del todo y miró a otro lado, aún sonrojada.

—Gracias, Liz, es más por ti que por mi, créeme...—Ughbert se agarró el brazo izquierdo con el derecho y lo frotó un poco.I-igualmente dejemos ya ese tema... quería pedirte algo.

—Dime.

—¿Podrías prepararme un baño caliente? Aún siento el frío de la nieve, creo que me he resfriado...

—Oh... claro, ahora mismo te lo preparo, después si te parece bien puedo hacerte algo caliente para merendar, como un chocolate o un café.

—Muchas gracias.—Él le sonrió y le miró de manera cómplice, aunque después tuvo que ir a buscar su ropa.

La pelirroja de ojos marrones también sonrió para ella y decidió meterse en el baño del chico para empezar a hacer el baño.

—''Ahora tal vez sea el momento de acabar con otro sirviente, ¿no crees?''—Sugirió Hobo, de manera directa.—''Si lo haces te perdonaré el haberme insultado''.

—Lizbeth, voy un momento abajo a preguntar por una prenda que no encuentro, espérame.—Dijo este, y luego miró a su mascota, sonriendo de manera maligna sin decirle nada.

—Muy bien, si no lo encuentras iré a buscarlo yo después mientras te relajas.—Contestó esta en alto desde el baño, aparentemente sin sospechar nada.

Rápidamente el muchacho abandonó su cuarto a paso rápido y bajó las escaleras hasta la planta de los sirvientes. Tenía pensado eliminar a alguien de manera rápida, pero aquello podía llegar a salirle mal si no pensaba correctamente en lo que hacer. Hobo le había seguido para decirle algunas cosas que podrían ayudarle a no ser descubierto, y al llegar al piso de la servidumbre miró antes por si acaso veía a alguien, y rápidamente entró a la lavandería con sigilo. Allí se puso a observar lo que podría usar, aún no había nadie allí, así que pudo mirar de cerca todo lo que podía utilizar, así su ingenio se expandía y no usaba alternativas tan sangrientas como anteriormente.
La lavandería tenía tres enormes cilindros de metal de al menos un metro setenta de alto, y debajo de estos había unos fogones algo más grandes que los de la cocina para calentar el agua y que saliera mejor la suciedad, eso ya le daba ideas al chico, puesto a que sabía que hasta que el agua no estuviera hirviendo no podían empezar a lavar la ropa, y por eso las criadas no se encontraban allí aún, todavía tenían que recoger toda la ropa de las habitaciones, y ya después las separarían según sus materiales y colores y poco a poco meterían las prendas en los cilindros para lavarlas con un palo especial y así no quemarse. Por otro lado, en aquella sala habían diversos artilugios para secar y estirar la ropa, por no hablar de las peligrosas planchas de gas y los elementos tóxicos como el plomo que usaban. Todo ello le daba un abanico enorme de posibilidades, y solo una persona se encargaba de lavar la ropa: Angelien De Vaux, si es que Meike o Antonella no la ayudaban, cosa que normalmente sí hacían al acabar sus tareas. Como Meike ya no estaba, Ughbert solo tenía que distraer a una de las dos para dejar a la otra sola y así asesinarla en la lavandería. Según sabía, Antonella era limpiadora general, así que si llegaba con Angelien, haría algo para que esta se fuera a limpiar a otro sitio.

Ughbert acercó su mano a uno de los tanques donde se lavaba la ropa: aún estaba frío, quedaba un buen rato para que se calentaran los tres y aparecieran las criadas por allí, aunque sin previo aviso entró de repente una de cabello negro recogido en una cofia y de cuerpo esbelto, esta era más joven que Meike, el ama de llaves o la cocinera, estaba en los treinta años por lo menos. Ella miró al chico confusa y dejó cuidadosamente en el suelo un cesto lleno de ropa sucia.

—Señorito, ¿qué hace aquí?—Preguntó confusa.—¿Necesita algo?

—Creo que dejé en una de las cestas sin querer un broche junto a mi pañuelo sucio, si lo encontráis llevadlo a mi cuarto, por favor, es el que más suelo usar y pronto quisiera salir de paseo.—Él se las arregló para volver a mentir y poner una excusa creíble.

—De acuerdo, avisaré a los demás por si llegan a ver su broche... Y por favor, no traiga a la rata aquí, puede roer la ropa y dudo que le guste a usted o a sus padres tener agujeros en sus atuendos.

—No te preocupes Angelien, Hobo no hace esas cosas.—Aun habiendo dicho eso, Ughbert agarró a su rata y la quedó en sus brazos.

—Bueno... le noto tranquilo, ¿acaso Jefferson no le enfadó con ese comportamiento que tuvo antes?

—Por supuesto que me ha enfadado, pero no merece la pena que esté pensando todo el día en él, tengo cosas más importantes en qué pensar, hablaré con mis padres sobre esto cuando regresen.

—Tiene razón, quisiera que le disculpes, Ben y Meike eran nuestros amigos, sobre todo Ben y él tenían una muy buena amistad, no se ha esperado que nos abandonaran... quiero decir, a la familia Zondervan y a sus amigos y compañeros de trabajo.

—Ya de antes presentaba un comportamiento cuestionable, no le justifiques. Me voy, tengo cosas que hacer.

—Que le vaya bien, señorito...

Este solo asintió, pero luego miró a Hobo mientras salía de la sala, notando que otra doncella, un poco más mayor que la otra, entraba a la lavandería tras saludarle de manera seca a su paso.
De nuevo Ughbert no respondió, pero al estar a una distancia prudente, volvió a dejar en el suelo a su roedor.

—Entra ahí de nuevo y escucha lo que digan, ten cuidado de que no te vean, ya habrá tiempo luego de hacer un estropicio.—Susurró el adolescente y la rata asintió.

—''Eso está hecho, jefe, nos vemos ahora, Lizbeth te espera, no hagas que sospeche más''.—Respondió Hobo, y volvió a entrar a la lavandería por sí sola.

Ughbert se fue en dirección a las escaleras subiendo hacia su alcoba, Hobo le daría el chivatazo de cuándo podría actuar, puesto a que ellas dos tardarían lo suyo en hacer la colada, y Hobo tenía razón: Lizbeth estaba llenando ya la bañera cuando Ughbert llegó, y tenía toda su ropa colocada también en el lavabo junto a sus toallas.
El chico entró al baño, y observó a la pelirroja inclinada en la bañera, haciendo espuma con su brazo derecho y las mangas arremangadas para no mojarse la ropa. Se fijó un momento en su figura, realmente tenía unas caderas anchas y un trasero grande, por algún motivo eso le gustaba.

—Ya estoy aquí, perdón por hacerte esperar.—Dijo él, haciendo que Lizbeth se levantara difícilmente y luego secó su mano con una toalla.

—No pasa nada, ya está la bañera lista,—Ella le habló alegre, como si rato antes no hubiera pasado nada solo quería olvidar los malos tragos aprovechando que él era amable con ella.la hice un poco caliente de más por si tardabas para que no se te quedara fría.

—Eres muy atenta, gracias de nuevo.—Ughbert pasó de estar completamente serio a estar contento, ella le daba buenas sensaciones, y a no ser que estuviera actuando para irse cuanto antes sin recibir daños, no tenía por qué hacerle nada.

—De nada, ¿has encontrado lo que buscabas?

—No, le dije a una criada que me buscara un broche que creo que se me ha perdido por algún cesto de ropa sucia.

—Bueno, ya aparecerá, te quitaré la ropa... ¡S-si quieres, claro!

—No te pongas nerviosa, ya me has bañado antes...—Rió el muchacho, acercándose a la bañera tras cerrar la puerta del baño. Tenía la camisa desabrochada y no tenía pañuelo, antes lo había tirado por su habitación en medio de la pelea, de hecho lo hizo junto a su broche, esperaba que Lizbeth no se hubiera dado cuenta de que lo dejó en su propio cuarto.
Se quitó la chaqueta del traje y su camisa lo más rápido posible, ella no se había fijado, pero al verle sí que le pareció extraño.

—Sé que es incómodo... bueno, después de lo que pasó, y si quieres desvestirte y bañarte solo puedo irme...—Lizbeth no se dio cuenta de lo del pañuelo, estaba más centrada en sus sentimientos que en lo que quiera que hubiera hecho con ese broche.

—No es eso, no me incomoda en absoluto, es que no sé, la chaqueta sí es fácil de quitar.—Se excusó él, pero ahora apartó sus manos y se sentó en un banco que tenía por allí para que Lizbeth le desvistiera.—Ya no interrumpiré más.

Ella solo asintió algo ruborizada y repitió la acción del otro día, quitándole los zapatos, los calcetines largos que usaba, los pantalones, y terminó de quitarle la camisa y la camiseta interior, solo dejó sus calzones para que fuera él quien se los quitara y se metiera solo en la bañera.

—Ya está, puedes quitarte tú lo que te quede y entrar.

—Vale...

A partir de ahí, ellos dos simplemente hablaron un poco de cosas normales, si tenían algo que hacer después, o simplemente de si él estaba a gusto. No hubo incidentes como el de la vez pasada, y el chico pudo disfrutar tranquilamente de su baño caliente sin que Hobo le molestara. Lizbeth se había ido a la cocina a preparar el chocolate mientras él acababa, y de paso trataba de hacerle algún dulce en la cocina. Cuando iba a ponerse manos a la obra para empezar un simple bizcocho, la cocinera apareció por allí y carraspeó tras ella, haciendo que se sorprendiera y girara bruscamente.

—¿Qué haces en mi cocina, brujita?—Le dijo de manera despectiva Gertrud.

—Le estoy preparando la merienda al señorito Zondervan.—Se explicó de manera seria Lizbeth.—¿Y por qué me llamas así?

—Nadie entra en mi cocina salvo yo y quien yo diga, y tú no puedes entrar. Pegaste a mi compañero Douglas y por lo tanto no eres bienvenida aquí ni en toda la planta del servicio.

—¡Él se metió con Ughbert primero y le insultó! No voy a dejar que abuse de él de esa manera. Además yo estoy por encima de todos vosotros en cuanto a rango, así que entraré si yo quiero en la cocina, y esta misma noche me encargaré de llamar a los señores Zondervan para que vengan y vean lo que está pasando aquí.

—El mayordomo principal está por encima de las cuidadoras, y no seas ingenua, ¿piensas que los Zondervan te va a creer a ti antes que a nosotros? Solo eres una niñata nueva en el servicio y ya te crees la mejor por pasar más tiempo con ese mocoso, eres un objeto, como todos nosotros, solo servimos para complacer a los amos, apréndete eso de una vez.

—¿Piensas tú que repitiéndome lo mismo que el otro voy a cambiar de opinión? Aquí la mala no soy yo, no sé por qué sois así de desagradecidos y malvados con un chico de quince años, pero yo no soy igual que vosotros, solo me encargo de cuidar a Ughbert y nada más, si tengo que ponerme en vuestro camino lo haré, no te quepa la menor duda.

—Muy bien, nosotros somos mayores y somos más en número, de aquí a que lleguen los Zondervan pueden pasar muchas cosas...—Gertrud le dio la espalda a Lizbeth bastante malhumorada tras esa amenaza tan severa.—No te dejes nada encendido, y procura no quemarme la cocina.

—Sí su majestad.—Dijo en tono de burla ella y la cocinera simplemente salió a prisa. La pelirroja se quedó allí haciendo su bizcocho para olvidarse del servicio, cada vez comprendía más que Ughbert quisiera hacerles daño, aquello escalaba a puntos muy amenazantes, y a su vez era muy extraño, ¿y si fueron sus propios compañeros los que se deshicieron de Meike y Ben? Lizbeth tenía muchas preguntas.

Hobo pasó por la puerta de la cocina observando cómo Lizbeth preparaba alguna que otra cosa, y como había acabado de vigilar a las doncellas en la lavandería optó por subir a la habitación de su dueño para decirle lo que oyó.
Pasó por los pasadizos, ya que las puertas estaban cerradas y no podía pasar, así que se coló por uno de sus múltiples agujeros especiales para aparecer en la habitación del chico sin que fuera detectada, una vez allí solo tuvo que empujar la puerta del baño, que sí estaba entrecerrada. Ughbert estaba en la bañera sumergido hasta el cuello, con los ojos cerrados, relajado, pero poco le duraría la relajación, ya que Hobo tenía noticias frescas para él.

—''Ughbert, he vuelto y tengo varias cosas que comunicarte.''—Habló primero la rata, haciendo que el moreno abriera los ojos y mirara hacia ella, que se acercaba correteando hacia él.

—Cuenta antes de que venga Lizbeth.—Pidió él de manera seca, mirándola seriamente.

—''Ella está haciendo un bizcocho en la cocina, así que no te preocupes por ella, tardará un poco, pero las otras dos se han puesto a cotorrear a cerca de ti, y la lavandera ha dicho que como encuentre tu broche se lo piensa quedar, después de soltarte un montón de improperios.''

—Menos mal que mi broche está en mi cuarto... espero que Lizbeth no lo vea, ¿podrías esconderlo? Está en el suelo con el pañuelo.

—''Claro, ahora voy, pero, ¿sabes ya qué vas a hacer?''

—Desde luego que sí, he visto los tanques de agua en los que se lava la ropa y todos esos productos de limpieza, algo se me ha ocurrido, sí, pero antes de hacer eso debemos asegurarnos de que nadie entre en la lavandería y pueda deshacerme del cadáver, por desgracia mis túneles no comunican con esa sala y no lo puedo llevar, así que he de pensar cómo trasladar un cuerpo sin que nadie me vea.

—''Seguro que algo se te ocurre, amo, ahora relájate, debes prepararte...''

Él solo asintió y volvió a cerrar los ojos mientras Hobo volvía a irse para vigilar por la mansión.

Lizbeth por su parte había dejado la masa en el horno y debía esperar un rato, así que mientras tanto fue a su cuarto para recoger un papel con números que le dieron los Zondervan en caso de emergencia, y obviamente ese caso lo era. Una vez se hubo hecho con el papel, se dirigió hacia el gran salón, donde estaba el teléfono de la casa. Ella, siguiendo las instrucciones que venían escritas en el papel, marcó el número del hotel en el que se alojaban los Zondervan, o al menos eso esperaba, porque era la primera vez que usaba aquel aparato tan moderno y extraño.
De pronto, una voz femenina salió por uno de los extremos del teléfono y eso sorprendió bastante a la pelirroja, que no se esperaba aquello.

—''Buenos días, operadora Groninga-Amsterdam, ¿en qué puedo servirle?''

—H-hola...—La voz de Lizbeth se puso bastante temblorosa.¿Podría ponerme con el hotel Bloemen, por favor?

—''Ahora mismo señorita, un momento.''—Se oyó algo raro tras el altavoz del teléfono y luego pareció cortarse el sonido, pero al momento volvió y otra persona, esta vez de voz masculina, habló.

—''Hotel Bloemen Amsterdam, ¿qué desea?''

—Buenas, quería preguntar si pueden ponerme con los barones Zondervan, soy la niñera de su hijo.

—''Sí, ellos se alojaron aquí hace unos días, déjeme comprobar que se encuentran en el hotel ahora mismo, manténgase a la espera, por favor.''

—Sí...—Ella se quedó esperando en silencio con el teléfono en la mano, pegado a su cara, sin saber qué hacer, y unos largos minutos después, una mujer se puso al teléfono:

—''¿Lizbeth? Soy Elèonore, ¿pasa algo malo?''—Preguntó la madre de Ughbert, a quien se le notaba cierto nerviosismo.

—Oh, menos mal señora Zondervan...—Suspiró la de ojos marrones, poniéndose la mano libre en el pecho.—Dos de sus empleados han desaparecido y el resto de su personal está muy alterado, se comportan muy raro con Ughbert, incluso Jefferson ha intentado agredirle tras insultarle.—Eso último lo dijo más bajo por si acaso llegaba a oírla alguien, pero por fortuna estaba sola en el salón.

—''¡¿Qué?! ¡¿Lo estás diciendo en serio?!''

—Por supuesto que sí, ¡necesito que si es posible vengan cuanto antes! A mi no me toman en serio, y a Ughbert tampoco, el comportamiento de todo el servicio ha cambiado radicalmente desde que se fueron ustedes...

—''No te preocupes, le diré a Harold que volvamos en seguida a la casa, ¿alguien sabe que has llamado?''

—No, no hay nadie por aquí, están ocupados con la colada, o eso quiero pensar, quiero que vuestra llegada les pille de sorpresa para que no finjan ser como antes de su ida y me dejen por mentirosa.

—''Tranquila, llegaremos mañana como muy tarde a Groninga, intentad aguantar como podáis, pero que nuestro hijo no sufra, ¿de acuerdo?''

—Por supuesto, me interpondré en lo que haga falta para que no le hagan daño.

—''Gracias, nos veremos cuando lleguemos, hasta mañana, gracias por avisar...''

—De nada señora Zondervan, adiós...

Las dos colgaron y Lizbeth volvió a echar un vistazo alrededor suyo; por suerte nadie la vio ni oyó, ni siquiera Hobo, de hecho esta se encontraba en la cocina, viendo qué podría hacer para que las doncellas se distrajeran con otro trabajo y no ayudaran a la lavandera para dejarla sola para Ughbert. La pelirroja volvió a la cocina tras asegurarse de que no había nadie cerca y se encontró con Hobo, la cual la miró, quedándose quieta sobre sus dos patas traseras.

—¿Qué haces aquí, Hobo? Esa arpía de la cocinera te va a dar un escobazo si te pilla.—Dijo Lizbeth en voz baja, mirando a la puerta por si acaso, aunque al ver que seguía sola, agarró un trozo de pan que había sobre la mesa y se agachó para dárselo a la rata.—Toma, cuando el bizcocho esté hecho te daré un trozo.

—''Me acabas de dar una idea genial, Lizbeth, al final nos vas a ser muy útil...''—Hobo habló para sí, porque ella no la podía escuchar, pero cogió con la boca el trozo de pan y se puso a roerlo sentada en el suelo.

—Qué adorable... pero seguro que está endemoniada o algo así... encontraré la respuesta a que Ughbert pueda escucharte hablar.—La joven se acercó al horno y miró de cerca este para ver cómo iba el bizcocho.—Ah, aún le queda un rato, voy a ver cómo está tu dueño... Y te hablo como si me entendieses, definitivamente voy a quedarme loca yo también...

—''Has acertado en ambas cosas, ¿quién lo diría? Ughbert elije bastante bien, matarte sería un desperdicio.''

Lizbeth se marchó de la cocina pero Hobo se quedó comiendo, ella ya estaba maquinando un plan, y tener el estómago lleno le ayudaría.
La muchacha de cabello rojo y rizado pasó por las escaleras principales, llegando al pasillo de las alcobas, y una vez ahí entró a la del muchacho, yendo al baño, donde continuaba el chico en remojo. Entrar este la miró y se incorporó en la bañera, quedando sentado.

—¿Ya preparaste el chocolate?—Preguntó él, algo animado.

—No, pero estoy haciendo un bizcocho,—Respondió ella, cerrando la puerta tras de sí.—Si te digo la verdad no me fío mucho de la comida que nos prepare esta gente, pueden escupir en ella o hacer cosas peores...

—Tienes razón, no descartes que nos quieran incluso envenenar.

—Uf... pues a partir de ahora prepararé yo nuestra comida cuando ellos no estén en la cocina... Igualmente ignoremos eso por ahora, ¿estás un poco mejor con ese baño?

—Sí, pude entrar en calor, gracias, creo que ya me puedes lavar el pelo.

—Ahora mismo.—Sonriente, ella se acercó a la bañera preparando el champú y el balde de agua para aclarar el pelo y así comenzó a lavárselo al chico.

Mientras ella le lavaba el pelo con cuidado, masajeando su cuero cabelludo con las yemas de los dedos, Lizbeth pensó en la llamada que acababa de hacer, se sentía mucho más aliviada sabiendo que los padres de Ughbert llegarían al día siguiente, sin embargo no sabía si debía comunicárselo a él también, quería saber qué era capaz de hacer por sí solo, y si sabía que sus padres llegarían pronto tal vez se quedaría quieto hasta el momento en que entraran por la puerta y despidieran a los sirvientes que le molestaban.

Tras el momento del baño los dos decidieron ir a merendar a la cocina. Ya eran las 6 de la tarde y el bizcocho estaba listo. El resto de personas en la casa estaban ocupados con sus labores y otros tenían día libre ya que no tenían nada que hacer, como Jefferson, un lacayo que hacía de camarero en la cena o la comida, la criada encargada de la basura, y la cocinera, que más que nada estaba con su sobrino cuidando de él.
Ughbert sabía que en ese momento podía actuar porque a parte de que algunas empleadas estaban con lo de la colada, otros como la ama de llaves o el nuevo encargado de la caldera, estaban ocupados en sus tareas, así como la limpiadora general, que de esta se encargaría él de distraerla por otro medio.

Lizbeth y el muchacho de cabello negro bajaron a la cocina y cogieron todas las cosas para llevarlas al piso de arriba, donde estaba la salita del té donde normalmente tomaban algo entre horas.
Una vez allí tan solo tomaron su chocolate y el bizcocho y charlaron sobre la ventisca que no se detenía. Eso le dio una idea al chico, podía jugar con la temperatura bajo cero a su favor, pero primero debía alejar a una de las doncellas de la que se encargaba de lavar la ropa, y de paso distraer a Lizbeth.

Estaban tranquilos, sin embargo, la tranquilidad duró poco, puesto a que un chillido agudo se pudo escuchar desde la planta baja. Ellos tenían la puerta de la sala abierta por si acaso Hobo llegaba, pero en ningún momento se la vio, aquel lugar estaba bastante cerca de las escaleras que llevaban al ala del servicio.

—¡AAAHH! ¡RATTO DISGUSTOSO! ¡Mira lo que has hecho en la cocina!—Gritaba escandalosamente la limpiadora italiana, que parecía estar subiendo al piso superior, se oían pasos rápidos, como de alguien corriendo.

Ughbert se levantó apresuradamente y miró a Lizbeth, aparentando estar confuso.

—Voy a ver que ocurre, ¿vienes?—Comentó este, haciendo que la pelirroja se levantara también sorprendida y asintiera.

—Sí... vamos.—Los dos ni siquiera tuvieron ocasión de salir del todo de la sala de descanso cuando de pronto divisaron a Hobo correteando por el suelo, subiéndose sobre su dueño, totalmente cubierta de harina.

—¡Hobo!—Exclamó Ughbert, aunque luego vio correr a Antonella, que al verlos a los tres se detuvo y los miró con enfado.

—¡Signore Hugo Berto! ¡Su rata hizo un destrozo en la cucina! ¡Tiró un saco entero de harina por todos lados y dejó un olor horrible junto a sus heces! ¡Ahora tengo que limpiarlo todo de nuevo!

—''Sígueme la corriente, le he montado una buena en la cocina, ahora tendrá que limpiar todos los rincones, y te dejé las llaves de la lavandería en la cama.''—Le informó la rata al chico.

—¡Maldita sea! ¡Lo siento mucho, Antonella! Nunca se ha portado tan mal...—Se disculpó Ughbert de mentira, era la hora de actuar. Miró a Hobo fingiendo enfado, mientras la agarraba frente a su cara.—¡Ahora te pienso meter en la jaula como castigo! Se acabó ir correteando sola por todos lados.

—Yo recogeré todo esto mientras tú la llevas a la habitación...—Comentó Lizbeth, sin saber qué decir, recogiendo las tazas y los platos que usaron en la merienda.—¿Te veo después?

—Claro, estaré en la habitación...

—Me voy a limpiar... Cazzo... —Molesta, Antonella se fue por donde vino y desapareció de sus vistas.

Ughbert no dijo nada más y subió con Hobo hasta su cuarto. Lizbeth esperó a que Ughbert también estuviera lejos y dejó las cosas que cogió sobre la mesa otra vez. Algo no le olía nada bien, estaba claro que Hobo hizo eso por algo, y estaba relacionado con su dueño. Iba a seguirlo para ver qué hacía, pero Antonella la interceptó antes y le agarró del brazo.

—¿Dónde vas? ¿No ibas a recoger eso?—Le interrogaba seriamente, se notaba que la italiana estaba cansada y tenía ojeras.¿Acaso quieres darme más trabajo aún? ¡Estoy muerta de limpiar toda esta mansión gigantesca!

—¡Está bien, está bien! Ahora voy...—Lizbeth se soltó mirándola de vuelta con algo de molestia y volvió a la sala para recogerlo todo, habría más momentos para intentar descubrir qué tramaba ese muchacho siniestro.

Él, mientras tanto, estaba junto a Hobo en la habitación, sonreía mirando satisfecho a su mascota, y esta se metió sola en la jaula para esperar.

—Lo has hecho muy bien, Hobo, gracias.—Dijo Ughbert, maliciosamente contento.—Ahora me toca a mi, Antonella y Lizbeth están ocupadas, ahora voy a por Angelien, debe estar ya en la lavandería.

—''No es nada, a partir de aquí empezará lo bueno, buena suerte~''—El joven cerró la jaula de Hobo como si él la hubiera encerrado, aunque ella podía abrirla siempre que quisiera, pero para mantener la mentira decidió quedarse ahí.

Ughbert se metió por el túnel secreto de su habitación y caminó hasta la planta de los sirvientes. Los pasillos secretos por desgracia no llegaban hasta la lavandería, pero sí hasta el pasillo de aquel piso, y había diversos sitios por donde se podía mirar al exterior sin tener que salir, de modo que así él podía vigilar si alguien venía para que no le vieran.
El pasillo estaba vacío, parecía no haber nadie por allí, de modo que Ughbert se acercó a la salida más próxima a él y lentamente abrió la apertura del friso de la pared para mirar antes de salir. Oyó unos pasos y decidió cerrar la puertecita del pasadizo para que no le pillaran, observó por un hueco en la pared que Lizbeth se dirigía a la cocina con los platos, pensó que lo hizo antes, puede que se retrasara, pero no le dio mucha importancia, y cuando esta se metió en la cocina, Ughbert se puso al otro lado del pasadizo secreto para mirar a la cocina, y allí vio a la pelirroja con la sirvienta italiana, que limpiaba el desastre que hizo Hobo.

—¡Qué asco me da esa rata! ¿A usted no?—Gruñía molesta Antonella hacia la otra chica.

—Al principio me dio algo de reparo,—Contestó Lizbeth.pero luego ha sido un animal muy dócil y amigable, viéndola de cerca es agradable, no sé por qué le ha dado por hacer esto.

—Pues si te digo la verdad yo tampoco, desde que el señorito la trajo se portó bien, y de repente hace esta guarrada, ¡a la próxima la pienso aplastar con la fregona y ahogarla con el agua de fregar!

—No creo que sea para tanto... Yo te ayudaré a limpiar, pero no le hagas nada a Hobo, Ughbert la quiere mucho, sé que no es una mascota nada usual, pero no puedes matarla.

—Espera a que me vuelva a ensuciar algo, tal vez se encuentra con un pastelito relleno de matarratas.

La de ojos marrones no supo qué responder, o más bien se calló lo que quería responderle, y simplemente cogió una bayeta para limpiar las encimeras con ella.
El muchacho, aprovechando que ellas dos estaban ocupadas, volvió a la salida del otro lado del pasadizo, saliendo al pasillo de la servidumbre, acto seguido entró despacio a la lavandería y cerró la puerta tras él para asegurarse de que nadie le veía allí.
Angelien se encontraba allí, clasificando la ropa en los cestos correspondientes, y al ver que llegó el chico otra vez, le miró algo seriamente.

—Señorito, ya le he dicho que si encuentro su broche se lo llevaré, aún no lo he encontrado.—Le dijo, y acto seguido siguió con lo suyo.

—No he venido a eso,—Aclaró Ughbert, yendo hacia el estante en el que había un montón de productos para lavar.es que normalmente te ayudan otras sirvientas y como Meike no está y Antonella y Lizbeth están ocupadas limpiando la cocina pensé en ayudarte yo, si no te importa, no tengo nada que hacer, nunca está de más aprender algo nuevo.

—Supongo que sí, si le hace ilusión adelante, los tambores de lavado están llenos de agua y esta está empezando a hervir, ahora que está por el estante de los productos de limpieza, coja la cal viva, el jabón y el plomo.

Ughbert se quedó en silencio y miró de reojo uno de los tanques, comenzó a imaginarse lo que podía hacer, solo deseaba que nadie entrara a la lavandería, Lizbeth y Antonella estaban cerca y tal vez podrían oír gritos salir de allí, por lo cual intentó pensar en una solución a aquello.
Primero hizo lo que la sirvienta le pidió y buscó por los estantes los frascos con los productos que le dijo. Los dejó en una mesita cercana y luego se acercó a los tambores de agua, se subió a los escalones que había frente a ellos para mirar el agua burbujeante desde arriba, y observó que dicho tanque era lo suficientemente ancho y profundo como para meter a una persona adulta en este, de hecho era incluso más alto que el propio muchacho y la sirvienta. Angelien miró al chico, este estaba con la cabeza metida entre el vapor que ascendía del agua hirviendo, y su cara se empezó a volver roja y a humedecerse.

—Tenga cuidado, se puede quemar,—Advertía esta, dejando de lado la ropa que tenía que separar y caminó hacia el chico.—Mire, debe echar unas tres cucharadas grandes de cal y dos de plomo en el primer tanque, en el segundo solo eche una pastilla de jabón, y en el tercero nada, no eche más producto del que le he dicho porque puede quemarse la ropa o decolorarse.

—De acuerdo...—Rápidamente cogió el bote de cal y lo echó prácticamente entero en el agua cuando la mujer se giró de vuelta para seguir con su trabajo, y luego hizo lo mismo con el de plomo, apartándose un poco para no respirar los productos químicos, luego removió un poco dicho agua con el palo con el que se giraba la ropa.—Angelien... creo que se ha colado un animal o algo en el tanque, vi algo en el fondo, mira.—Dijo Ughbert, bajándose de los escalones y secándose la cara con la manga de su traje, se apartó yendo marcha atrás hacia la mesa en la que dejó los objetos y cogió la pastilla de jabón marrón mientras la sirvienta, confusa, hizo caso al muchacho moreno subiendo donde él estuvo antes y mirando al agua también.

—Es imposible que se cuele algún animal aquí abajo sin que yo lo vea... Espero que no haya sido su rata, aunque yo no veo nada entre todo este vapor.—Angelien metía incrédula su cabeza cada vez más en el tanque lleno de agua hirviendo, soportando semejante calor y los vapores nocivos gracias a tener que hacerlo casi todas las semanas, y mientras hacía esto, Ughbert cogió una cinta gruesa de una prenda que encontró por el suelo y se puso tras la mujer, pero a una distancia prudente.

—Mi rata está en mi habitación, he tenido que castigarla por ensuciar la cocina y darle más trabajo a tus compañeras en este día tan laborioso, por eso vine a ayudarte.

—Vaya, pues es bastante considerado de su parte, pero yo no veo nada por aquí, ¿está seguro de que ha visto algo?

—Ah... probablemente vea el futuro y te haya visto a ti en el fondo de ese tanque, alimaña sarnosa.—Antes de que ella pudiera reaccionar a las palabras del joven de ojos grises, este desde detrás le rodeó el cuello con un brazo y con la mano libre le metió la pastilla de jabón en la boca, apretando para que no la cerrara, seguidamente puso la cinta que agarró antes sobre esta y la ató tras su cabeza bien fuerte para que no se desprendiera. Angelien trató de apartarse bastante exaltada, pues no se esperaba aquello, pero Ughbert agarró sus muñecas y las puso tras su espalda y trató de subirla por el tambor, elevándola y tirándola dentro de este tras hacer un gran esfuerzo. Los gritos ahogados de la mujer de la servidumbre se acallaron cuando fue sumergida de cabeza en el hirviente agua contaminada, y esta salpicó por todas partes inevitablemente, pero Ughbert, raudo, agarró la pesada tapadera metálica del gigantesco tubo y lo cerró, dejando que aquella señora se ahogara, se quemara, o lo que antes pasara, igualmente no sería una muerte nada rápida e indolora, el sufrimiento sería desgarrador.

Manchas descoloridas se produjeron en algunas zonas del traje de Ughbert, aunque por fortuna no eran muy visibles, de lo contrario no tardarían en descubrir que fue él si ataban cabos en un futuro y encontraban su ropa. Ahora venía la parte más difícil, la que él no tenía pensada y era ciertamente peligrosa, no tenía a Hobo, no podía entrar a los pasadizos desde allí, y llevar el cadáver a rastras hasta las escaleras que bajaban a la caldera no era una opción segura tampoco. El tiempo ahora estaba en su contra, tarde o temprano alguien aparecería por allí para echar una mano con la colada, y los demás volverían de sus horas libres. Mirando por la sala observó algunas cestas en las que se llevaba la ropa, ¿era buena idea meter a Angelien en una de ellas y llevarla a otro sitio? Lo haría en cuanto esta se muriera definitivamente, y para ello solo tenía que esperar, pero los segundos se le hacían largos, pesados y agobiantes, pues Ughbert tenía la incertidumbre de que alguien entrara de repente a la lavandería, y más pudiendo oír los violentos movimientos dentro del tambor de lavado en el que se encontraba agonizando aún la sirvienta, aunque poco a poco estos se fueron apagando.
Cuando el muchacho se estaba tranquilizando, oyó unos pasos apresurados acercarse a la lavandería. Lo primero que se le ocurrió a este fue esconderse tras la puerta, y se quedó completamente quieto mientras alguien abría esta y miraba dentro. —¿Angelien? ¿Donde estás?—Aquella voz con aquel acento italiano fue inmediatamente reconocida por el adolescente moreno, y ya sabía de sobra que debía actuar rápido para quitarse de en medio a Antonella también antes de que decidiera mirar en ese tanque...—Dejé a la bastarda pelirroja en la cocina, ¿necesitas ayuda?

Ughbert vio que la mujer entró y miró por todos lados, incluso en la sala de los tendederos que estaba pegando a aquella, solo separadas por una puerta de cristal. Pasó prácticamente por delante del chico, pero no le vio, a lo que este aprovechó que ella se metió en la otra sala para irse corriendo de la lavandería e ir a la cocina, donde se suponía que encontraría a Lizbeth, al menos si Antonella descubría lo ocurrido con su compañera, no habría pruebas de que fue él, solo la pelirroja podría tener una sospecha, y ahí Ughbert empezó a sentirse perdido y muy nervioso.
Al entrar en la cocina lentamente con el corazón en un puño, observó que la niñera no estaba, ¡era su momento! La vida le dio una oportunidad más para asesinar a Antonella antes de descubrir lo que hizo con Angelien, de modo que una vez estuvo en la cocina, buscó entre los cajones un cuchillo, y agarró el más grande que pudo encontrar. Salió decidido de allí, poniendo rumbo a la lavandería otra vez empuñando aquella arma blanca, pero antes de entrar se la puso en la espalda para que la sirvienta no la viera y se espantase de buenas a primeras, iba a cometer su primer asesinato doble, dos asesinatos en menos de cinco minutos, cosa que fue fruto de la prisa y el miedo a ser descubierto, y desde luego no estaba pensando en las consecuencias...

Lizbeth volvía del piso de arriba con más productos de limpieza, y al llegar al pasillo de la servidumbre, se fijó en que el chico estaba caminando por este más adelante, de espaldas a ella, y lo que más escamó a la muchacha fue que él tenía un cuchillo bastante grande en su mano derecha, aquello dejó pálida a la pobre chica, se quedó inmóvil, no supo qué hacer y le empezó a faltar el aire de la ansiedad que le dio. Pero al ver a Ughbert entrar en la lavandería y mirar fijamente a algo o a alguien, la de ojos marrones corrió tirando la cesta con los productos de limpieza al suelo, y al acercarse al joven muchacho, le agarró la mano, y este se giró bruscamente, completamente asustado.

—¡UGHBERT!—Chilló horrorizada, arrebatándole el cuchillo con fuerza de la mano. Aunque cuando vio a la sirvienta italiana girarse hacia ellos, Lizbeth escondió el arma tras su espalda y entonces los tres hicieron contacto visual, uno muy tenso e incómodo, también confuso y aterrador.—U-Ughbert.... H-hobo se ha escapado y... ¡v-voy a buscarla!

El chico de ojos grises estaba sudando de puro terror, Lizbeth le frustró el intento de asesinato de Antonella habiendo visto finalmente sus intenciones, y esta no sabía exactamente qué ocurría, así que mientras la otra joven se iba corriendo de allí, Ughbert la miró intentando pensar en algo.

—¿Qué pasa? ¿Dónde está Angelien?—Preguntó directamente la doncella limpiadora. Y tras esa pregunta se oyó un estruendo dentro del tanque de agua donde esta estaba aún muriéndose.—¿Y qué es ese ruido?

—Ah... Ella me avisó de que... se ha roto ese tambor y al hervir el agua se mueve,—Explicó de manera rápida sin pensárselo demasiado, pero rogando por que se creyera esa mentira para así poder ir cuanto antes detrás de la pelirroja.ha ido a llamar a alguien para que venga a arreglarlo, no te preocupes, tú vuelve a limpiar la cocina, urge más que esté limpia para hacer la cena...

—De acuerdo... ¿Y le pasa algo a su niñera? Parecía muy nerviosa.

—No te pagamos para que hagas tantas preguntas, además no lo sé, no le gustará que Hobo se escape porque os da trabajo si rompe algo. Vuelve a la cocina, es peligroso estar aquí, si eso estalla no quiero ninguna baja más.

—Bueno... volveré a la cocina, avisaré al resto para que no entren.

—Bien....

Los dos salieron de allí, y en cuanto llegaron a la cocina vieron que Lizbeth no estaba allí solo el cuchillo sobre la encimera, así que Ughbert no medió más palabras con su otra sirvienta y se fue corriendo a buscarla bastante desesperado, deseaba con toda su alma que no hubiera ido a delatarle, no podría matarla si eso ocurriera.
Pronto la interceptó a mitad de las escaleras hacia la planta superior, pero esta al verle simplemente trató de huir bastante asustada, lo malo es que ella no podía correr correctamente, y acabó tropezando y cayendo al suelo en mitad del amplio pasillo de la planta cero.

—¡No me toques! ¡Lo sabía, eres un monstruo! ¡Fuiste tú!—Chillaba ella, empezando a llorar y a retroceder como podía en el suelo, hasta chocar contra una pared, donde no pudo hacerlo más.

—Te dije que te marcharas de esta casa...—Habló el muchacho de ojos grises, con un aura oscura, pero inquieto a la vez, sin moverse del sitio.Te dije que quería que estuvieses a salvo y que aquí no lo estarías.

—¿M-mataste a Ben y a Meike...?—Lizbeth Aún seguía en shock.—No se lo diré a nadie... pero no me mates Ughbert...

—No es el mejor sitio para hablar de esto, pero sí, yo maté a esos dos desgraciados sin empatía, y acabo de meter en un tanque de la lavandería a Angelien, y pienso hacer lo mismo con todos los puñeteros sirvientes de esta casa... Sobre todo quiero hacer sufrir a Jefferson.

—Ughbert... no... Esto está mal...La de ojos color café estaba pálida, pegada completamente a la pared y sin poder levantarse, pues su prótesis se había desprendido de su pierna amputada, así que Ughbert, viendo que ella estaba aterrorizada y no se podía mover, se agachó y la recogió, dándosela, ella solo la agarró violentamente y le apuntó con esta como si le impidiera avanzar.

El muchacho no sabía cómo empezar a explicarle todo aquello, primero debía hacer que ella se tranquilizase, y hacerla entrar en razón para ir a otro sitio dónde no pudieran escuchar otros una conversación como esa, así que él, estando aún agachado frente a Lizbeth, apartó su prótesis, ya que aún la usaba como barrera, y se acercó más a la chica, apartando los rizos rojos de su cara y la besó en los labios tiernamente.

Continuará.

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