La mañana pasó rápido. Ughbert desayunó mientras leía un periódico y lo comentaba junto a Lizbeth. Ambos se habían sentado en una salita acogedora que frecuentaba Ughbert para estar solo, o en su defecto con una sirvienta o su anterior nanny. Le resultaba más cómodo estar solo con Hobo, porque Patricé le molestaba continuamente con preguntas o exigencias sobre su indumentaria, a ella no le gustaba nada que se viera desarreglado ni siquiera para desayunar a solas. Y sin embargo, en ese momento ahí estaba, desayunando en camisón mientras le daba un cacho de tostada a su rata. La nueva cuidadora pelirroja le permitía esas cosas, incluso lo de bajar en pijama se lo sugirió ella. Sin duda, Lizbeth parecía superar con creces a su anterior nanny. Aunque de momento era su segundo día en la mansión Zondervan y era probable que se volviera irritable como los demás. Ughbert sabía que eso era muy difícil que ocurriese, pues sentía que ella no era como los demás de esa casa, además de que Hobo le repetía a su amo que el verdadero problema no estaba en ella, es más, podría ayudarle con su ''trabajo'' en un futuro si es que lo llegaba a comprender.
Mientras Ughbert terminaba de desayunar, Lizbeth tenía que acudir al lavabo un momento, de modo que avisó al chico y salió de la sala con su permiso. Entonces, Hobo habló a Ughbert sin más, ya que ahí si podría responder.
—''¿No crees que es hora de empezar?''-Preguntaba la rata, mientras miraba a su amo desde su regazo.
—¿Empezar qué..?-Preguntó con reparo Ughbert, en un tono bajo, por si alguien desde fuera lo oía.
—''Tú lo sabes, amo. Tú mismo dijiste anoche que querías que Jefferson fuese el primero.''
—¿Cómo sabes tú eso? Lo dije en bajo, ni siquiera Lizbeth lo pudo oír...
—"Las ratas tenemos muy buen oído".
—Igualmente yo me refería a que fuese el primero en ser despedido...
Lizbeth llegaba del baño. Antes de entrar a la sala con Ughbert, se colocó la media de la pierna derecha, no quería parecer desarreglada ni mucho menos que se le viese dicha pierna. Pero justo entonces empezó a oír al chico hablar.
—"Se que no te referías a eso, estás más que preparado para asesinarle..."
—No empieces con eso otra vez... No voy a... matar a Jefferson solo porque tú estés segura de que hay que hacerlo...
—"No es porque esté segura, es porque cumplo órdenes de alguien que ha visto los planes de esa gentuza y lo que quieren hacer contigo y tu familia."
Ughbert quiso ignorarla otra vez, sentía que eso de verdad no lo estaba diciendo ella y que se estaba volviendo loco.
—Ughbert... ignórala... Ella no te esta diciendo nada de eso... Las ratas no hablan...
—"Técnicamente no estoy hablando, estoy pensando, y ahora cállate, la cuidadora te va a oír".
Ughbert de repente miró a la puerta, con una cara de desconcierto y miedo, no solo porque pudiera oírle, si no porque cada vez que Hobo le hablaba de ese macabro tema se imaginaba teniendo que asesinar a alguien y eso no le gustaba.
Lizbeth había oído algo, pero fue hacia atrás para hacer como que estaba llegando. El joven se levantó corriendo de su sitio, tirando a Hobo de su regazo, que saltó a otro sofá, con lo que le quedaba de tostada en la boca. Luego él se fue a la puerta y la abrió, pudo ver cómo Lizbeth "llegaba". Entonces dio un suspiro de alivio y se apoyó en el marco de la puerta.
Ella fingió no haber oído nada, pero aquello ciertamente la dejó inquieta, el chico estaba hablando solo y de asesinar a uno de sus sirvientes... Empezaba a pensar que era probable que él hubiese matado a su anterior nanny y lo hiciese parecer un suicidio, pero debía buscar pruebas o intentar sacarle cosas haciendo lo que hasta ahora: confiar en él y ser amable... antes de que le de por matarla a ella...
Muchas cosas no le cuadraban a la chica, tal vez simplemente estuviera algo ido de la cabeza pero no tuviera culpa de nada, solo tenía que conocerle mejor e ignorar que hablara solo.
Mientras Ughbert terminaba de desayunar, Lizbeth tenía que acudir al lavabo un momento, de modo que avisó al chico y salió de la sala con su permiso. Entonces, Hobo habló a Ughbert sin más, ya que ahí si podría responder.
—''¿No crees que es hora de empezar?''-Preguntaba la rata, mientras miraba a su amo desde su regazo.
—¿Empezar qué..?-Preguntó con reparo Ughbert, en un tono bajo, por si alguien desde fuera lo oía.
—''Tú lo sabes, amo. Tú mismo dijiste anoche que querías que Jefferson fuese el primero.''
—¿Cómo sabes tú eso? Lo dije en bajo, ni siquiera Lizbeth lo pudo oír...
—"Las ratas tenemos muy buen oído".
—Igualmente yo me refería a que fuese el primero en ser despedido...
Lizbeth llegaba del baño. Antes de entrar a la sala con Ughbert, se colocó la media de la pierna derecha, no quería parecer desarreglada ni mucho menos que se le viese dicha pierna. Pero justo entonces empezó a oír al chico hablar.
—"Se que no te referías a eso, estás más que preparado para asesinarle..."
—No empieces con eso otra vez... No voy a... matar a Jefferson solo porque tú estés segura de que hay que hacerlo...
—"No es porque esté segura, es porque cumplo órdenes de alguien que ha visto los planes de esa gentuza y lo que quieren hacer contigo y tu familia."
Ughbert quiso ignorarla otra vez, sentía que eso de verdad no lo estaba diciendo ella y que se estaba volviendo loco.
—Ughbert... ignórala... Ella no te esta diciendo nada de eso... Las ratas no hablan...
—"Técnicamente no estoy hablando, estoy pensando, y ahora cállate, la cuidadora te va a oír".
Ughbert de repente miró a la puerta, con una cara de desconcierto y miedo, no solo porque pudiera oírle, si no porque cada vez que Hobo le hablaba de ese macabro tema se imaginaba teniendo que asesinar a alguien y eso no le gustaba.
Lizbeth había oído algo, pero fue hacia atrás para hacer como que estaba llegando. El joven se levantó corriendo de su sitio, tirando a Hobo de su regazo, que saltó a otro sofá, con lo que le quedaba de tostada en la boca. Luego él se fue a la puerta y la abrió, pudo ver cómo Lizbeth "llegaba". Entonces dio un suspiro de alivio y se apoyó en el marco de la puerta.
Ella fingió no haber oído nada, pero aquello ciertamente la dejó inquieta, el chico estaba hablando solo y de asesinar a uno de sus sirvientes... Empezaba a pensar que era probable que él hubiese matado a su anterior nanny y lo hiciese parecer un suicidio, pero debía buscar pruebas o intentar sacarle cosas haciendo lo que hasta ahora: confiar en él y ser amable... antes de que le de por matarla a ella...
Muchas cosas no le cuadraban a la chica, tal vez simplemente estuviera algo ido de la cabeza pero no tuviera culpa de nada, solo tenía que conocerle mejor e ignorar que hablara solo.
—¿Te encuentras bien?.—Preguntaba ella, preocupada.—Pareces más pálido de lo habitual.
—Solo me... me ha dado un mareo, no es nada...—Contestaba el chico, irguiéndose.—Será mejor que vaya a tomar el fresco, tráeme un abrigo y salgamos.
Asintió la chica y rápidamente subió hasta el cuarto de Ughbert. Una vez allí pudo ver como dos doncellas hacían la cama del joven Zondervan y recogían su ropa sucia entre cuchicheos. Cuando entró Lizbeth, se detuvieron de repente y la miraron fijamente sin decirle nada, ni siquiera un saludo, pero a ella le importó poco y menos, cogiendo la gabardina de Ughbert del armario.
—Buenos días.—Dijo secamente la pelirroja, marchándose otra vez. No tenía intención de hablar con nadie a parte de Ughbert, pues ya le habían demostrado que nadie quería hacerlo. Únicamente fueron ''amables'' con ella el ayudante de cocina y el mayordomo, que su amabilidad era más bien lujuria, pero desde luego no había sido borde con la joven como las otras marujas del servicio.
Bajó de nuevo con la negra gabardina en los brazos y se reunió en la puerta de la sala con Ughbert. Allí le abrigó con la prenda y salieron al jardin trasero. Lizbeth se sentó en uno de los bancos que había por ahí y dejó que Ughbert hiciera lo que quisiera, pero este solo fue hasta un montículo de nieve y se echó allí. A eso se refería con ''jugar en la nieve'', era un chico muy raro, pero al parecer no le extrañaba a la pelirroja. Esta simplemente le miraba, aunque tras un rato se dio cuenta de que no estaba ni enfadado ni contento, simplemente parecía triste.
Se levantó del banco y fue hasta Ughbert, poniéndose de cuclillas al lado de él. Tenía la mirada perdida en el cielo y suspiraba tristemente, formando vaho que salía de su boca de lo frío que estaba el ambiente.
—¿No se te pasa el mareo?—Cuestionaba Lizbeth al chico, que seguía recostado en la fría nieve, sin moverse.
—No es eso...—Respondió él, manteniendo su mirada fija en el grisaceo cielo que se expandía sobre ellos.—Solo estoy empezando a sentirme vacío.
—¿Por qué? Tienes muchas cosas, padres que te quieren, dinero, poder... ¿Qué es lo que te hace sentir mal?
—¿A ti te interesa eso?
—Claro que sí, en mis manos está hacerte feliz, así que si lo deseas podemos volver dentro y charlar.
—Me gustaría hablar aquí, si no tienes demasiado frío.
—Yo no, pero tú solo tienes dos capas de ropa, puedes resfriarte...
—¿Qué más da si enfermo? Voy a hacer exactamente lo mismo que en mi día a día; estar echado en mi cama o acudiendo a estúpidas clases que no me sirven de nada, o quizá esconderme de todo el mundo.
—Igualmente se pasa muy mal cuando se está malo, pero yo estaré para cuidarte.
Ughbert se incorporó y luego se levantó. Lizbeth le siguió y él se le quedó mirando. Ella también le miraba en silencio, esperando que le dijera algo, pero él no dijo nada y se dirigió hasta dentro de la casa. Le había obedecido. Si se hubiese tratado de Patricé no lo hubiera hecho y hubiera seguido tirado en la nieve, bueno, es que si hubiese sido por Patricé ni siquiera hubiera salido de la mansión porque no le dejaría.
Lizbeth entró también tras el joven amo y este directamente subió a la planta de arriba hasta su cuarto. La pelirroja vio que entraba en el baño y cerraba la puerta, así que por si acaso se le quedó esperando fuera de la habitación, pues tal vez tenía que usarlo antes de bañarse y no quería que le resultase incómodo.
No pasaron más de dos minutos y el chico salió de allí al fin. Al no ver a Lizbeth se extrañó y salió de la habitación para ver si estaba allí, y al verla la miró extrañado.
—¿Qué haces aquí fuera?—Preguntó sin más Ughbert.—¿No tenías que prepararme el baño?
—Sí, pero pensé que ibas a... hacer algo y no quería incomodar con mi presencia...—Contestó Lizbeth.
—Solo han sido aguas menores... Mi hora para... lo otro es por la noche así que no te preocupes...
—En ese caso vayamos a hacer ese relajante baño.
Recordó la chica que debía encender el calentador antes de llenar la bañera, y estaba dispuesta a bajar, pero el joven la detuvo, pues este estaba encendido ya para hacer el té caliente de por la mañana. Entonces ella solo abrió el grifo del agua caliente y comenzó a llenar la bañera.
Aquel sitio era enorme, no tanto como su cuarto, pero el aseo era bastante elegante también. El suelo estaba hecho de un mármol violeta oscuro brillante y en las paredes azulejos del mismo color, aunque un poco más claro, con algunos salteados de color gris. Estaba claro que al chico le gustaba mucho el color morado, porque a parte de los azulejos de las paredes y el suelo, había unas alfombrillas del mismo color bastante suaves para cuando saliera mojado de la bañera. Esta estaba al fondo del lavabo y era blanca, con las patas doradas.
Se había dado cuenta Lizbeth de que usaban la nuevísima red de alcantarillado que estaban empezando a desarrollar. Ellos al ser tan ricos se lo podían permitir, y vio que el retrete era muy poco parecido a lo que estaba acostumbrada a ver en casas no tan adineradas, era una especie de caja cuadrada a la que se le levantaba una tapadera y tenía un agujero con agua dentro. Lo había observado en su propio baño la noche anterior, y aun seguía sin asimilarlo, era todo demasiado moderno. En cambio la bañera parecía funcionar de otra manera; bajo ella había una especie de tubo que se metía por la pared, y desde la ventana se veía que ere tubo salía de allí y daba justo al jardín, osea que al vaciar la bañera podías regar las plantas y así ahorrar agua de alguna manera.
Mientras ambos esperaban a que se llenara el tubo de baño, Ughbert se quitó la gabardina y el camisón, quedando en ropa interior. Allí hacía bastante frío, pero a él no parecía importarle demasiado. Lizbeth cogió una toalla grande para secarle después y otra pequeña para envolver su pelo mojado, ya que era largo necesitaría secarlo bien y que no se resfriase.
Tal y como le enseñaron, Lizbeth metió una pastilla de jabón aromatizado dentro de la bañera y, remangando sus mangas empezó a hacer espuma con sus manos.
El chico la miraba. Su anterior cuidadora lo hacía igual, pero de mala manera y muchas veces ponía el agua ardiendo, tanto que Ughbert acababa escaldado. Esperaba con toda su alma que Lizbeth no le hiciera lo mismo ni tuviera que esperar a que se enfriase un poco.
Al final se llenó del todo y el joven Zondervan miró de reojo a la pelirroja. Obviamente le daba vergüenza desnudarse delante de ella, y aunque fuera lanzado para algunas cosas, no lo era para eso, pues Patricé solía quitarle la ropa de una manera muy bruta, sin esperar a nada y le resultaba realmente incómodo, a pesar de que le había visto y bañado durante tantos años.
Lizbeth lo captó rápido por suerte y apartó la mirada para evitar ver desnudo al chico y que no se sintiera violento.
—Cuando hayas entrado avísame.—Dijo ella, sin mirar, y entonces Ughbert se despojó de su ropa interior al fin e introdujo el pie derecho para comprobar la temperatura del agua, por suerte estaba genial: ni muy caliente ni muy fría, así que se metió entero y se empezó a relajar.
—Ya está.—Contestó el chico de pelo negro y entonces la cuidadora volvió a mirar hacia allí.—Está perfecto.
—Menos mal... Pensaba que me iba a equivocar, con todas estas cosas tan modernas...
—A veces lo nuevo trae muchos inconvenientes, pero lo has hecho bien.
—Gracias... Bueno, al menos espero que lo demás me salga correcto también.
—Te saldrá bien, no te preocupes.
Lizbeth sonrió y cogió una esponja, pensando en qué debía hacer. Antes debía preguntarle a él, ya que aun no sabía la mecánica de todo aquello.
—Esto... Ughbert... Me dijeron que tú me dirías cómo hacer todo esto, porque hay hábitos del baño que tienes que explicarme para que los pueda llevar a cabo o en otros casos tú mismo...
—Lo único que tienes que hacer es lavarme el pelo, los hombros, la espalda, los brazos y el torso, del resto me ocupo yo.—Explicó el chico, quizá un tanto avergonzado, recordando algunas cosas de Patricé.—La anterior nanny no preguntaba siquiera y me frotaba violentamente con la esponja por todo el cuerpo, le daba igual si me molestaba o no, según ella, ''debía quedar muy limpio''.—Él hizo un tono de burla, imitándola incluso con las manos.
La cuidadora nueva se rió, aunque el chico aun ni sonreía, pero se sentía realmente aliviado de que ella fuese más gentil.
—No te preocupes, yo te daré libertad en ese sentido,—Contestaba echando jabón en la esponja.—voy a respetar tu intimidad y no voy a hacer nada que no quieras.
—Me agrada mucho esto, a decir verdad.—El joven Zondervan vio cómo iba a empezar con la esponja, pero de repente la detuvo.—Te prediría por favor que empezases por lavar mi pelo.
—Oh, de acuerdo, disculpa, no lo sabía.
Ughbert miraba a Lizbeth seriamente, pero después miró hacia otro lado y disimuladamente esbozó una sonrisa, algo que realmente nunca hacía bajo ninguna circunstancia y no quería hacer delante de ella aun.
Con cuidado mojó el oscuro cabello del muchacho con un balde que llenaba de agua y lo echaba por encima con cuidado de no mojarle la cara por accidente. Tras eso cogió el champú y se lo echó en la mano, después poniendo las dos en la cabeza de Ughbert. Allí empezó a masajear y a hacer espuma por su pelo. Él se quedó quieto y tranquilo recostado en la bañera, nunca se había sentido tan relajado a la hora del baño. No podía comparar la suavidad y delicadeza de Lizbeth con la rapidez y tosquedad de Patricé, que lo único bueno que le sacaba a esa situación era que acababa muy limpio, pero dolorido y con la piel roja de los refrotes de la esponja.
Al acabar de lavarle y aclararle el pelo, Lizbeth volvió a coger la esponja y miró al chico.
—Tu pelo ya está limpio,—Informaba la joven cuidadora.—¿por donde quieres que empiece a lavarte?
—Por los hombros está bien, pero creo que bañar a alguien no tiene ciencia específica, así que hazlo como tú quieras, no voy a morderte si te equivocas.
—Está bien.—Dijo ella con una risilla y comenzó a frotar lentamente con la esponja con las clavículas y hombros de Ughbert, que no podía creer el cuidado con el que estaba tratando su piel.
Al futuro barón de Zondervan le estaba pareciendo el mejor baño de su vida cuando Lizbeth recorría toda la parte superior de su mojado cuerpo con la esponja y con un mimo ejemplar, sin dejar un rincón sin limpiar. Llegó a tal punto de relax y satisfacción, que cuando la joven estaba lavando ya su pecho tras haber limpiado sus brazos y axilas, sintió algo que jamás había podido sentir en esas circunstancias, y realmente no sabía si podía suponer un percance...
Tenía sus manos bajo el agua cuando notó por casualidad su entrepierna un tanto hinchada. Él se sorprendió. Sabía poco de sexualidad, lo básico que le enseñaban en clases de biología, pero no sabía qué significaba realmente que aquello se pusiera de esa manera, y, aunque a veces se levantara así, siempre se le pasaba al ir al baño.
Le daba mucha vergüenza confiarle algo como eso a su cuidadora nueva, pero tenía que hacerlo, él se preocupaba mucho por cada mínima cosa que le pasara y estaría un buen rato preocupado si no consultaba con alguien lo que le sucedía.
—Lizbeth...—Susurró él, intentando no cruzar la mirada con ella, que estaba ya enfrente suyo, lavándole aun la zona del estómago.—¿Puedo confiarte un pequeño dilema que estoy sufriendo en este momento...?
—Por supuesto... ¿no estás a gusto?
—Sí, lo estoy, pero... Hay una parte de mi que ha sufrido un cambio...
—¿A qué te refieres?
Él se señaló la entrepierna, pero no se veía nada por la espuma. Ella se extrañó, pero rápidamente vino una idea a su cabeza: ¿era posible que hubiera tenido una erección solo con eso?
—Normalmente... Eso de ahí no está duro, ahora sí, ¿es malo?
Todo quedó en silencio. Lizbeth se quedó muda y bastante roja, no sabía que contestarle a eso.
—M-malo no es... No te preocupes... Es muy natural...—Trataba de explicar con la voz totalmente temblorosa.—Suele pasar cuando estás en una situación muy relajada como ahora mismo o cuando... Ves algo que te gusta mucho...
—Bueno... Sabiendo que no es malo...—Ughbert suspiró, mirando hacia el agua, un poco incómodo.—Muchas veces me he levantado con... eso... de la misma manera, pero no duraba, ahora no parece volver a la normalidad.
—Es probable que tus padres me maten por decirte algo como esto: pero lo mejor será que explores un poco tu cuerpo y encontrarás tú solo un remedio... ¿Quieres que te deje solo y así terminas de lavarte lo que queda en intimidad?
—Si no te importa... Te lo agradecería....
Dio un cambio bastante grande desde el día anterior; de parecer totalmente rudo, antisocial y borde, a ser caballeroso, amable y bueno con ella, algo que le hizo sentir muy bien a la nanny.
Abandonó el baño para dejarle espacio y que terminase lo que fuera. Era cierto que el hecho de que se hubiera excitado cuando ella le estaba bañando le sorprendió y despistó. Ughbert era un adolescente y esas cosas eran normales, es más, le extrañaba que no supiera nada de antes, y era probable que sus padres hubiesen tratado de mantenerle puro o algo así.
Quiso no pensar más en la posible inocencia de Ughbert o acabaría pensando cosas raras. Empezaba ver interesante al joven, y no podía evitarlo, le resultaba atractivo y misterioso, y también muy poco apropiado...
Continuará...
Asintió la chica y rápidamente subió hasta el cuarto de Ughbert. Una vez allí pudo ver como dos doncellas hacían la cama del joven Zondervan y recogían su ropa sucia entre cuchicheos. Cuando entró Lizbeth, se detuvieron de repente y la miraron fijamente sin decirle nada, ni siquiera un saludo, pero a ella le importó poco y menos, cogiendo la gabardina de Ughbert del armario.
—Buenos días.—Dijo secamente la pelirroja, marchándose otra vez. No tenía intención de hablar con nadie a parte de Ughbert, pues ya le habían demostrado que nadie quería hacerlo. Únicamente fueron ''amables'' con ella el ayudante de cocina y el mayordomo, que su amabilidad era más bien lujuria, pero desde luego no había sido borde con la joven como las otras marujas del servicio.
Bajó de nuevo con la negra gabardina en los brazos y se reunió en la puerta de la sala con Ughbert. Allí le abrigó con la prenda y salieron al jardin trasero. Lizbeth se sentó en uno de los bancos que había por ahí y dejó que Ughbert hiciera lo que quisiera, pero este solo fue hasta un montículo de nieve y se echó allí. A eso se refería con ''jugar en la nieve'', era un chico muy raro, pero al parecer no le extrañaba a la pelirroja. Esta simplemente le miraba, aunque tras un rato se dio cuenta de que no estaba ni enfadado ni contento, simplemente parecía triste.
Se levantó del banco y fue hasta Ughbert, poniéndose de cuclillas al lado de él. Tenía la mirada perdida en el cielo y suspiraba tristemente, formando vaho que salía de su boca de lo frío que estaba el ambiente.
—¿No se te pasa el mareo?—Cuestionaba Lizbeth al chico, que seguía recostado en la fría nieve, sin moverse.
—No es eso...—Respondió él, manteniendo su mirada fija en el grisaceo cielo que se expandía sobre ellos.—Solo estoy empezando a sentirme vacío.
—¿Por qué? Tienes muchas cosas, padres que te quieren, dinero, poder... ¿Qué es lo que te hace sentir mal?
—¿A ti te interesa eso?
—Claro que sí, en mis manos está hacerte feliz, así que si lo deseas podemos volver dentro y charlar.
—Me gustaría hablar aquí, si no tienes demasiado frío.
—Yo no, pero tú solo tienes dos capas de ropa, puedes resfriarte...
—¿Qué más da si enfermo? Voy a hacer exactamente lo mismo que en mi día a día; estar echado en mi cama o acudiendo a estúpidas clases que no me sirven de nada, o quizá esconderme de todo el mundo.
—Igualmente se pasa muy mal cuando se está malo, pero yo estaré para cuidarte.
Ughbert se incorporó y luego se levantó. Lizbeth le siguió y él se le quedó mirando. Ella también le miraba en silencio, esperando que le dijera algo, pero él no dijo nada y se dirigió hasta dentro de la casa. Le había obedecido. Si se hubiese tratado de Patricé no lo hubiera hecho y hubiera seguido tirado en la nieve, bueno, es que si hubiese sido por Patricé ni siquiera hubiera salido de la mansión porque no le dejaría.
Lizbeth entró también tras el joven amo y este directamente subió a la planta de arriba hasta su cuarto. La pelirroja vio que entraba en el baño y cerraba la puerta, así que por si acaso se le quedó esperando fuera de la habitación, pues tal vez tenía que usarlo antes de bañarse y no quería que le resultase incómodo.
No pasaron más de dos minutos y el chico salió de allí al fin. Al no ver a Lizbeth se extrañó y salió de la habitación para ver si estaba allí, y al verla la miró extrañado.
—¿Qué haces aquí fuera?—Preguntó sin más Ughbert.—¿No tenías que prepararme el baño?
—Sí, pero pensé que ibas a... hacer algo y no quería incomodar con mi presencia...—Contestó Lizbeth.
—Solo han sido aguas menores... Mi hora para... lo otro es por la noche así que no te preocupes...
—En ese caso vayamos a hacer ese relajante baño.
Recordó la chica que debía encender el calentador antes de llenar la bañera, y estaba dispuesta a bajar, pero el joven la detuvo, pues este estaba encendido ya para hacer el té caliente de por la mañana. Entonces ella solo abrió el grifo del agua caliente y comenzó a llenar la bañera.
Aquel sitio era enorme, no tanto como su cuarto, pero el aseo era bastante elegante también. El suelo estaba hecho de un mármol violeta oscuro brillante y en las paredes azulejos del mismo color, aunque un poco más claro, con algunos salteados de color gris. Estaba claro que al chico le gustaba mucho el color morado, porque a parte de los azulejos de las paredes y el suelo, había unas alfombrillas del mismo color bastante suaves para cuando saliera mojado de la bañera. Esta estaba al fondo del lavabo y era blanca, con las patas doradas.
Se había dado cuenta Lizbeth de que usaban la nuevísima red de alcantarillado que estaban empezando a desarrollar. Ellos al ser tan ricos se lo podían permitir, y vio que el retrete era muy poco parecido a lo que estaba acostumbrada a ver en casas no tan adineradas, era una especie de caja cuadrada a la que se le levantaba una tapadera y tenía un agujero con agua dentro. Lo había observado en su propio baño la noche anterior, y aun seguía sin asimilarlo, era todo demasiado moderno. En cambio la bañera parecía funcionar de otra manera; bajo ella había una especie de tubo que se metía por la pared, y desde la ventana se veía que ere tubo salía de allí y daba justo al jardín, osea que al vaciar la bañera podías regar las plantas y así ahorrar agua de alguna manera.
Mientras ambos esperaban a que se llenara el tubo de baño, Ughbert se quitó la gabardina y el camisón, quedando en ropa interior. Allí hacía bastante frío, pero a él no parecía importarle demasiado. Lizbeth cogió una toalla grande para secarle después y otra pequeña para envolver su pelo mojado, ya que era largo necesitaría secarlo bien y que no se resfriase.
Tal y como le enseñaron, Lizbeth metió una pastilla de jabón aromatizado dentro de la bañera y, remangando sus mangas empezó a hacer espuma con sus manos.
El chico la miraba. Su anterior cuidadora lo hacía igual, pero de mala manera y muchas veces ponía el agua ardiendo, tanto que Ughbert acababa escaldado. Esperaba con toda su alma que Lizbeth no le hiciera lo mismo ni tuviera que esperar a que se enfriase un poco.
Al final se llenó del todo y el joven Zondervan miró de reojo a la pelirroja. Obviamente le daba vergüenza desnudarse delante de ella, y aunque fuera lanzado para algunas cosas, no lo era para eso, pues Patricé solía quitarle la ropa de una manera muy bruta, sin esperar a nada y le resultaba realmente incómodo, a pesar de que le había visto y bañado durante tantos años.
Lizbeth lo captó rápido por suerte y apartó la mirada para evitar ver desnudo al chico y que no se sintiera violento.
—Cuando hayas entrado avísame.—Dijo ella, sin mirar, y entonces Ughbert se despojó de su ropa interior al fin e introdujo el pie derecho para comprobar la temperatura del agua, por suerte estaba genial: ni muy caliente ni muy fría, así que se metió entero y se empezó a relajar.
—Ya está.—Contestó el chico de pelo negro y entonces la cuidadora volvió a mirar hacia allí.—Está perfecto.
—Menos mal... Pensaba que me iba a equivocar, con todas estas cosas tan modernas...
—A veces lo nuevo trae muchos inconvenientes, pero lo has hecho bien.
—Gracias... Bueno, al menos espero que lo demás me salga correcto también.
—Te saldrá bien, no te preocupes.
Lizbeth sonrió y cogió una esponja, pensando en qué debía hacer. Antes debía preguntarle a él, ya que aun no sabía la mecánica de todo aquello.
—Esto... Ughbert... Me dijeron que tú me dirías cómo hacer todo esto, porque hay hábitos del baño que tienes que explicarme para que los pueda llevar a cabo o en otros casos tú mismo...
—Lo único que tienes que hacer es lavarme el pelo, los hombros, la espalda, los brazos y el torso, del resto me ocupo yo.—Explicó el chico, quizá un tanto avergonzado, recordando algunas cosas de Patricé.—La anterior nanny no preguntaba siquiera y me frotaba violentamente con la esponja por todo el cuerpo, le daba igual si me molestaba o no, según ella, ''debía quedar muy limpio''.—Él hizo un tono de burla, imitándola incluso con las manos.
La cuidadora nueva se rió, aunque el chico aun ni sonreía, pero se sentía realmente aliviado de que ella fuese más gentil.
—No te preocupes, yo te daré libertad en ese sentido,—Contestaba echando jabón en la esponja.—voy a respetar tu intimidad y no voy a hacer nada que no quieras.
—Me agrada mucho esto, a decir verdad.—El joven Zondervan vio cómo iba a empezar con la esponja, pero de repente la detuvo.—Te prediría por favor que empezases por lavar mi pelo.
—Oh, de acuerdo, disculpa, no lo sabía.
Ughbert miraba a Lizbeth seriamente, pero después miró hacia otro lado y disimuladamente esbozó una sonrisa, algo que realmente nunca hacía bajo ninguna circunstancia y no quería hacer delante de ella aun.
Con cuidado mojó el oscuro cabello del muchacho con un balde que llenaba de agua y lo echaba por encima con cuidado de no mojarle la cara por accidente. Tras eso cogió el champú y se lo echó en la mano, después poniendo las dos en la cabeza de Ughbert. Allí empezó a masajear y a hacer espuma por su pelo. Él se quedó quieto y tranquilo recostado en la bañera, nunca se había sentido tan relajado a la hora del baño. No podía comparar la suavidad y delicadeza de Lizbeth con la rapidez y tosquedad de Patricé, que lo único bueno que le sacaba a esa situación era que acababa muy limpio, pero dolorido y con la piel roja de los refrotes de la esponja.
Al acabar de lavarle y aclararle el pelo, Lizbeth volvió a coger la esponja y miró al chico.
—Tu pelo ya está limpio,—Informaba la joven cuidadora.—¿por donde quieres que empiece a lavarte?
—Por los hombros está bien, pero creo que bañar a alguien no tiene ciencia específica, así que hazlo como tú quieras, no voy a morderte si te equivocas.
—Está bien.—Dijo ella con una risilla y comenzó a frotar lentamente con la esponja con las clavículas y hombros de Ughbert, que no podía creer el cuidado con el que estaba tratando su piel.
Al futuro barón de Zondervan le estaba pareciendo el mejor baño de su vida cuando Lizbeth recorría toda la parte superior de su mojado cuerpo con la esponja y con un mimo ejemplar, sin dejar un rincón sin limpiar. Llegó a tal punto de relax y satisfacción, que cuando la joven estaba lavando ya su pecho tras haber limpiado sus brazos y axilas, sintió algo que jamás había podido sentir en esas circunstancias, y realmente no sabía si podía suponer un percance...
Tenía sus manos bajo el agua cuando notó por casualidad su entrepierna un tanto hinchada. Él se sorprendió. Sabía poco de sexualidad, lo básico que le enseñaban en clases de biología, pero no sabía qué significaba realmente que aquello se pusiera de esa manera, y, aunque a veces se levantara así, siempre se le pasaba al ir al baño.
Le daba mucha vergüenza confiarle algo como eso a su cuidadora nueva, pero tenía que hacerlo, él se preocupaba mucho por cada mínima cosa que le pasara y estaría un buen rato preocupado si no consultaba con alguien lo que le sucedía.
—Lizbeth...—Susurró él, intentando no cruzar la mirada con ella, que estaba ya enfrente suyo, lavándole aun la zona del estómago.—¿Puedo confiarte un pequeño dilema que estoy sufriendo en este momento...?
—Por supuesto... ¿no estás a gusto?
—Sí, lo estoy, pero... Hay una parte de mi que ha sufrido un cambio...
—¿A qué te refieres?
Él se señaló la entrepierna, pero no se veía nada por la espuma. Ella se extrañó, pero rápidamente vino una idea a su cabeza: ¿era posible que hubiera tenido una erección solo con eso?
—Normalmente... Eso de ahí no está duro, ahora sí, ¿es malo?
Todo quedó en silencio. Lizbeth se quedó muda y bastante roja, no sabía que contestarle a eso.
—M-malo no es... No te preocupes... Es muy natural...—Trataba de explicar con la voz totalmente temblorosa.—Suele pasar cuando estás en una situación muy relajada como ahora mismo o cuando... Ves algo que te gusta mucho...
—Bueno... Sabiendo que no es malo...—Ughbert suspiró, mirando hacia el agua, un poco incómodo.—Muchas veces me he levantado con... eso... de la misma manera, pero no duraba, ahora no parece volver a la normalidad.
—Es probable que tus padres me maten por decirte algo como esto: pero lo mejor será que explores un poco tu cuerpo y encontrarás tú solo un remedio... ¿Quieres que te deje solo y así terminas de lavarte lo que queda en intimidad?
—Si no te importa... Te lo agradecería....
Dio un cambio bastante grande desde el día anterior; de parecer totalmente rudo, antisocial y borde, a ser caballeroso, amable y bueno con ella, algo que le hizo sentir muy bien a la nanny.
Abandonó el baño para dejarle espacio y que terminase lo que fuera. Era cierto que el hecho de que se hubiera excitado cuando ella le estaba bañando le sorprendió y despistó. Ughbert era un adolescente y esas cosas eran normales, es más, le extrañaba que no supiera nada de antes, y era probable que sus padres hubiesen tratado de mantenerle puro o algo así.
Quiso no pensar más en la posible inocencia de Ughbert o acabaría pensando cosas raras. Empezaba ver interesante al joven, y no podía evitarlo, le resultaba atractivo y misterioso, y también muy poco apropiado...
Continuará...
¡Genial capítulo!
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