Los señores Zondervan, su hijo, la cuidadora Lizbeth y el mayordomo de la familia, Douglas Jefferson, se encontraban en el gran salón sentados a la mesa esperando su comida, exceptuando el último, que solo se mantenía de pie a un lado para dar órdenes a los lacayos que servirían la cena junto a él.
Estos llegaron tras un rato y empezaron a servir a los comensales, que hablaban despreocupadamente entre ellos menos Ughbert, a quien no le interesaba entablar conversación con nadie. Él solo comía, enfrascado en sus pensamientos de siempre y tratando de no alterarse más de lo debido mientras Hobo le miraba desde debajo de la mesa. Nadie sabía que estaba allí esa rata, normalmente Harold y Eléonore le pedían al chico que no dejara que el roedor fuera allí mientras comían, pues a su madre le daba miedo desde que llegó, pero le dejó quedársela porque parecía ser lo único que le levantaba la moral a ese muchacho. Llevaba meses con él, se hizo su mejor amiga y ya la quería más que a nada. ¿Hasta qué punto llegaría este hecho? Le gustaba pasar tiempo solo o con la rata, mucho más que con otros humanos.
Conversaban sobre el tema del suicidio en la casa, les extrañaba a los señores que Lizbeth no se asustara de aquel hecho o que fuera a inducirla a lo mismo, sin embargo ella prefirió no tenerlo en cuenta y aceptó sin más.
También estuvieron hablando sobre los trabajos que hizo Lizbeth anteriormente, y eso a los señores Zondervan les ayudó a encaminarse por el historial de su nueva empleada. Esta les dijo que tenía veintiún años y llevaba cuidando niños desde los dieciséis. No les dio muchos detalles sobre su pasado, pero hablaron en su lugar de las buenas referencias que la anterior familia le había dado a los Zondervan. Justo antes de ir con los barones, había estado con una familia de clase alta que no poseía ningún título, únicamente eran unos ricos artistas, quienes habían quedado satisfechos con el trabajo de Lizbeth y enviaron una carta a los barones cuando la muchacha les dijo que aceptaría el trabajo de cuidar a Ughbert. Por lo que sabían Harold y Eléonore, ella era perfecta para ese trabajo y por eso la habían aceptado tan rápido a pesar de que se encargara de cuidar niños más jóvenes.
Durante la cena, Ughbert compartió unas miradas con su nueva cuidadora que estaba sentada frente a él, por parte de ella, sonrientes y alegres, por parte de él desconfiadas y llenas de odio, y eso le dolía un poco a la pelirroja. Los padres se percataron de esto y miraron enfadados a su hijo, pero de nuevo, sin decir nada, él cogió su plato y se marchó a una de las salas cercanas de descanso en la que lograría estar solo. Su rata salió de debajo de la mesa corriendo tras su amo y Lizbeth se percató de esto, asustándose y subiendo los pies repentinamente sobre su silla, chillando.
—¡AAH! ¡Una rata!–Chillo nerviosa, pues no se esperaba encontrarse con algo así en una mansión tan lujosa y bien cuidada.
Los cabezas de familia se rieron un poco al ver la reacción de Lizbeth y la miraron divertidos, sin embargo también se sintieron algo culpables por no mencionarle el detalle de la rata al llegar, de modo que pensaron en que era el momento de hacerlo.
—Tranquila, Lizbeth,—Pidió Harold, tratando de cesar su risa.—es la mascota de Ughbert, es inofensiva.
La pelirroja suspiró de alivio al ver cómo la rata se iba por la puerta del comedor que sostenía el mayordomo, y en cuanto salió el animal, este cerró la puerta detrás de Hobo. Ella bajó sus pies de la silla con bastante vergüenza al haber hecho eso delante de unas personas tan importantes que le estaban dando trabajo.
—¡Discúlpenme! P-pero... ¿es seguro que un animal como ese ande por la casa a sus anchas? Podría... Transmitir enfermedades y hacer sus necesidades por ahí.
—Ah, no te preocupes por eso, está amaestrada.—Respondió Eléonore intentando calmar a la nueva niñera viéndose amigable con ella. Mientras tanto los lacayos ya empezaban a quitar los platos que se vaciaban.—No sabemos cómo, pero nuestro hijo logró que se comportara como un perro. Es un animal obediente y limpio, a mi personalmente me da repelús y no me gusta que ande por aquí mientras comemos... Pero siempre sigue a Ughbert y no se puede evitar.
—Uf... Bueno, les ruego que perdonen mi comportamiento y mis comentarios...—Se disculpaba Lizbeth agachando la cabeza.—No quería insinuar nada contra ustedes o su familia.
Tanto Harold como su esposa rieron levemente otra vez y el primero hizo un gesto a los sirvientes para que quitaran lo demás, ya que habían acabado todos, y así hicieron mientras se levantaban de la mesa.
—Ya te he dicho que te relajes.—Repetía el cabeza de familia a la muchacha, también con un tono amistoso como su mujer, no eran personas serias o desagradables.—Aquí no juzgamos a nadie, es normal que hagas preguntas sobre el entorno en el que te vas a poner a trabajar, sin embargo puedes estar tranquila, porque aquí limpian cada día un montón de veces y es imposible que la suciedad pueda tener cabida en esta casa.
La joven cuidadora sonrió calmada e hizo una leve reverencia ante los amos de la mansión.
—No lo pongo en duda,—Comentaba, ya algo más tranquila.–puedo ver que todo reluce y se ve perfectamente limpio. Y bueno, si quieren, ya que hemos acabado podría ir a ver a Ughbert, creo que empezamos con mal pie y quizá convendría que nos conociéramos más estando solos.
—Sí, eso teníamos que decirte.—Añadió la madre, antes de que Lizbeth se encaminara a la puerta para abandonar la sala.—Es de vital importancia que no dejes solo mucho rato a Ughbert mientras nosotros no estemos. Él tiende a desaparecer por la casa, y desde que hace eso he notado que se ha vuelto muy ajeno a todo lo demás, no queremos que eso siga pasando, de modo que intente pasar tiempo con él sin agobiarle, agradeceríamos mucho cualquier avance.
—Me esforzaré muchísimo con su hijo, señora.
—¡Genial! Mañana abandonaremos la casa temprano.—Anunciaba el padre.—Y como puede que no nos veamos le dejaremos una nota con algunas cosas importantes u otras que se nos hayan pasado por alto comentar. Si ocurre algo grave le dejaremos una dirección de correo a la que escribirnos o un teléfono para que nos contacte, nuestros sirvientes le facilitarán todo eso en el caso de que suceda cualquier imprevisto y volveremos de inmediato si nos es posible, ellos saben en qué hotel nos alojamos en Amsterdam,
—Claro señor.—Contestaba otra vez la nanny.—Trataré de hacerlo todo lo mejor posible para que Ughbert se encuentre a gusto conmigo.
—Bien, entonces ya puede marcharse, nosotros nos vamos a dormir, mañana nos espera un largo viaje.
—Buenas noches señores, tengan un buen trayecto.
—Buenas noches.—Se despidieron Harold y Eléonore al unísono y se fueron acompañados por Jefferson a su alcoba.
Lizbeth se fue por la puerta por la que se fueron Ughbert y su rata y buscó la sala donde se podía encontrar el joven.
Aún no conocía bien la mansión, así que miró por todas las salas cercanas hasta abrir una en la que él estaba sentado, abrió la puerta del todo, entrando y se acercó a él, que estaba recostado en un sofá y había dejado su plato en una mesita cercana.
La chica hizo una leve reverencia al chico para mostrarle su respeto, pero este le hizo una seca señal con la mano para que se detuviera.
—Deja de hacer eso.—Pidió molesto, mirándole mal.—No somos japoneses, no hace falta que hagas una reverencia cada vez que me veas.
—L-lo siento joven Zondervan.—Contestó ella, cortada, e intentó pensar en algo para arreglar el asunto.—¿Quiere el postre? Veo que no lo ha tomado.
Durante unos segundos él no dijo nada, solo la miró fijamente y al final asintió sin moverse demasiado.
—Por favor.—Acabó diciendo el adolescente de cabello negro.—Y ya que vas a la cocina, llévate mi plato. Estaré en mi habitación, supongo que ya sabes cual es.
Ughbert se levantó de repente y se marchó, y Hobo, que estaba sentada en otro sofá, salió corriendo detrás de él. La pelirroja solo dio un resoplido, se llevó el plato vacío del chico y se marchó hacia la cocina, aunque no sabía muy bien dónde estaba y se quedó algo perdida. Por suerte pasó por donde estaba ella el ayudante de cocina, Izaäk y se ofreció a mostrarle el camino. Este era un chico de diecisiete años que era el sobrino de la cocinera y tenía el rango más bajo en la casa, sin embargo tenía un carácter positivo y despreocupado, incluso a veces se paseaba por la mansión como si fuera suya y a Ughbert esto le molestaba mucho, pero nunca se llegó a quejar de su comportamiento ya que solo le sorprendió haciendo esto dos veces y las pasó por alto.
Al llegar a la planta baja vio como toda la servidumbre estaba cenando en su comedor particular, excepto algunos como el mayordomo o algún que otro lacayo o sirvienta que aún estaban trabajando en las plantas superiores. Cuando la pelirroja entró, todos la miraron dejando de hablar de repente, y el ama de llaves, una señora vestida completamente de negro bastante seria, algo baja y de cabello café, se levantó, y con una mueca de desagrado se acercó a Lizbeth.
—Creo que no nos han presentado formalmente.—Habló de repente la señora, tratando de esbozar una sonrisa no muy sincera.—Soy Claire, el ama de llaves.
—Encantada, yo soy Lizbeth Van Divel, la nueva cuidadora de Ughbert.—Contestó ella un tanto extrañada, pues el resto de sirvientes dejó de mirarla y siguieron cenando en completo silencio.—Siento molestarles cuando están cenando, pero Ughbert me pidió el postre y que llevara esto aquí.—Alzó un poco el plato sucio, y Claire se lo cogió algo bruscamente, buscando con la mirada a Izaäk, que era quien se encargaba de lavar la vajilla.
—Esto lo lavará el chico rubio.—Masculló la mujer, intentando mantener su sonrisa, por falsa que pareciera.—Usted no tiene por qué traer los platos sucios, no es su trabajo.
—Oh... Está bien, ¿pueden darme al menos un postre de sobra para el joven Zondervan?
—Ahora se lo lleva uno de los nuestros, usted no se preocupe.—Cada vez Claire estaba algo más irritada por la presencia de la pelirroja de ojos marrones, costándole más mantener la sonrisa de pega que arrugaba más su rostro.
—Si no le importa, yo soy su niñera, me lo ha pedido a mi, ustedes cenen tranquilos, yo lo llevaré.
Unos cuantos la miraron mal, y ella realmente no sabía por qué, no les había hablado mal, solo cumplía las órdenes del chico, le daba la sensación de que no era bien recibida entre los sirvientes, quizá por ser más joven y estar en un rango más alto en la casa. El único que no la miraba mal era el ayudante de cocina, quien la había acompañado hasta allí, y cuando Claire vio esto, le dio el plato sucio a él, que se fue a lavarlo con resignación.
Al final, el ama de llaves le hizo un gesto a una doncella rubia, y esta se levantó de la mesa en silencio, cogió un plato limpio sirviendo sobre este un pedazo de tarta de chocolate y nata, el único que había quedado sobre la bandeja, y se lo dio a Lizbeth de mala gana, con poco cuidado y casi queriendo que se le cayera, mas ella lo sostuvo bien.
—Bueno, ahí está el postre del niño,—Gruñó de mala gana otra vez la señora de negro,—menos trabajo para nosotros, ahora si nos lo permite vamos a seguir cenando.
—De acuerdo... Gracias... supongo.—Contestó Lizbeth, realmente poco agradecida. No dijo nada más y abandonó la sala mientras los sirvientes que se habían levantado se volvían a sentar en su mesa a terminar su cena. Como ese comportamiento seguía pareciéndole muy extraño a Lizbeth, ella se quedó junto a una de las paredes del pasillo que estaba cercana a la puerta, para ver si decían algo de ella, no pudo evitarlo, aunque realmente pensara que lo mejor fuera ignorarlo para no estar incómoda en la mansión.
—Hemos tenido suerte.—Comentaba una mujer, que probablemente sería una de las sirvientas menores.—Esa zopenca nos va a quitar gran trabajo con el niñato estirado.
—Desde luego Sarah,—Corroboró un hombre, que Lizbeth no era capaz de reconocer, pues no había hablado con ninguno de los sirvientes masculinos a excepción de Izaäk.—Quizá hasta nos facilitará el trabajo.
—Bueno, ¡dejad la tertulia y terminad la dichosa comida!—Gritó una mujer que parecía mayor al resto. Lizbeth no podía ver quién lo dijo ni saber lo que hacían, así que para no tardar más se fue corriendo hasta las escaleras para subir a las habitaciones.
Una vez Lizbeth llegó al primer piso, el mayordomo jefe salió de la habitación de los señores Zondervan al fondo del mismo pasillo mientras sostenía un candil encendido. Al ver sola a Lizbeth se le acercó a paso rápido con una cara que no dejaba ver mucha confianza a la joven niñera nueva.
—Hola, preciosidad.—Saludó este, en un tono clarísimo de coqueteo.—¿Qué haces por los pasillos aún? Es algo tarde ya.
—Le llevaba el postre al joven Zondervan.—Respondió alegremente ella, como siempre, a pesar de la incomodidad de la situación: Jefferson se le estaba acercando demasiado, con una cara de lujuria.
—Bueno, quizá cuando el joven amo se duerma podemos tomar una copa en mi alcoba o en la tuya...–Jefferson la acorraló en la pared con una mano, mientras Lizbeth trataba de sostener el plato con el pastel con ambas manos sin poder hacer mucho más contra aquel hombre.
—Eh... Eh...—Ella no sabía qué decir, solo miraba de un lado a otro tratando de evitar la mirada fija de aquel mayordomo. Empezaba a ponerse un tanto nerviosa ante esto, no podía irse sin armar un escándalo, y no quería que el primer día dijesen algo de ella que no era cierto, ya la habían insultado bastante. Solo pudo respirar hondo y tratar de ser lo más amable posible con Jefferson para que este no se enfadara.—Lo siento... Hice un largo viaje hasta aquí y estoy cansada... Me gustaría dormir cuanto antes...—Ella trató de irse por el hueco que había libre, ya que el mayordomo sostenía el candil para ver por el oscuro pasillo, y con esa mano no podía acorralarla. Aunque no tuvo mucho éxito, porque él aproximaba su cuerpo a ella, sin importarle lo más mínimo el pastel que se interponía entre ellos y casi estaba a punto de pegarse al voluminoso pecho de Lizbeth. Jefferson era muchísimo más alto que la pelirroja. Tenía pelo castaño oscuro y un cuerpo esbelto, de cara era normal, y aunque fuera un hombre muy atractivo, Lizbeth no tendría ninguna intención de hacer nada con él, pues era pura y solo fue allí a trabajar.
—Serán solo unos instantes.—Insistía él, y se inclinó para poder besarla, pero de pronto Ughbert salió de su cuarto y miró aquella escena en silencio, pero con una mirada gélida con los ojos bastante abiertos.
La puerta del cuarto de Ughbert estaba justo frente a ambos sirvientes, y el chico había escuchado toda la conversación. Miró con furia al hombre, que se apartó de inmediato de la pobre chica al oír al chico salir,y ella se quitó de la pared, mirando asustada.
—J-joven Zondervan...—Susurró ella en voz baja, sintiéndose culpable y avergonzada.—Y-yo...
—Silencio Lizbeth.—Pidió este con un tono sereno, a diferencia de lo que su rostro decía, mirando al mayordomo, que tenía cara de haber sido pillado in fraganti.—Lo he oído todo, y da gracias que el cuarto de mis padres esté alejado y no puedan oír bien esta insolencia, Douglas.
—Señorito, váyase a la cama, ahora es cuando los sirvientes tienen que relajarse.—Soltó tan tranquilo Jefferson mientras pasaba su brazo libre por los hombros de Lizbeth, la cual tenía la cara roja como su pelo.
—¡Déjeme en paz! ¡No quiero nada con usted!—Protestó, apartándose de él de nuevo y fue junto a Ughbert.—Perdóneme joven... No he tenido nada que ver, lo juro...
—Ya lo sé, por favor, métete en mi cuarto y deja el postre sobre la mesita de noche.—Contestó seriamente el muchacho de ojos grises, sin despegar su mirada de odio del mayordomo.
Esta le hizo caso, entró a la habitación de Ughbert y se quedó allí, sentándose en una silla tras dejar el pastel donde él le dijo. Hobo estaba ya en su jaula echada tranquilamente sobre un montoncito de heno que tenía a modo de cama, pero cuando vio a Lizbeth se aproximó a las rendijas más cercanas a la pelirroja y se subió sobre las dos patas traseras mientras se agarraba a los pequeños barrotes. La miró moviendo los bigotes de manera curiosa, y la chica se dio cuenta y fue a mirarla de cerca. No le pareció tan desagradable como antes estando ahí dentro y pudiendo mirarla a poca distancia, es más, le pareció un animal bastante bonito..
Mientras tanto, en el pasillo, el mayordomo estaba inmóvil frente a su joven amo, esperando que le dijera algo, pues este se había quedado en absoluto silencio, como si quisiera causar cierta tensión.
—Si fuera por mi, estarías despedido.—Advirtió muy severamente Ughbert a su empleado por fin.—Pero lastimosamente no tengo ninguna prueba de tu desacato y no quisiera meter a la nueva cuidadora en todo esto para que te acuse también.
—Intentaré que no vuelva a ocurrir, señorito.—Contestó sonriendo burlesco Jefferson mientras daba la espalda al chico y se fue alejando por el pasillo.—Pero no puedo prometer nada... No puede impedir que los sirvientes se relacionen entre ellos, y Lizbeth es una mujer muy atractiva... Buenas noches, duérmase pronto.
Bajó por las escaleras oscuras desapareciendo con su candil, y Ughbert dio un gruñido muy molesto.
—Mayordomo inepto... Algún día te las verás conmigo y no será agradable...—Masculló para sí, dándose la vuelta para entrar a la habitación.
Cerró la puerta detrás de él y vio cómo Lizbeth estaba en cuclillas, mirando la jaula de la rata, con un poco menos de miedo. En cuanto se dio cuenta de que Ughbert había entrado, se levantó y le miró, con un poco de apuro pensando que le iba a reñir. Había notado que su habitación era bastante grande, quizá un poco más que la de ella, y tenía su propio baño, También era toda violeta con algo de dorado, las paredes tenían un papel bastante bonito en tonos morados con decoraciones más oscuras, y debajo de este un friso de madera oscura de poco más de un metro de altura.
Hobo miró a su dueño en mitad del silencio sepulcral que había allí, y este, después de estar mirándola un rato, cambió su mirada hacia Lizbeth, quien esperaba a que él le dijera algo.
—Perdón.—Se disculpó él con seriedad, pero no con tanto odio como había hecho antes.
—¿Por qué se disculpa, joven Zondervan?—Preguntó la chica de ojos marrones, al ver que Ughbert no continuaba hablando.
—He sido un grosero, tú no tienes la culpa de nada y te he hablado como si hubieses venido especialmente para fastidiarme.
—No le culpo joven Zon...
—No me llames más así.—Interrumpió, y luego suspiró tratando de mantener la calma.—Llámame Ughbert, y no seas tan formal, al menos cuando estemos a solas.
—Está bien... Ughbert... Pues eso, que no te culpo de nada, comprendo que estés molesto porque tus padres quieran que tengas nanny siendo tan mayor... Pero debo cumplir con mi trabajo, lo siento mucho.
—Solo quiero hacer cosas por mi solo, aunque me temo que para aprender necesitaré tu ayuda.
—Por supuesto, yo haré cuanto pueda por ti.
Lizbeth sonrió al chico, aunque este se mantenía serio, erguido ante ella. Aún llevaba su traje puesto, pues no podía desvestirse solo, llevaba varias capas de ropa y se le hacía tedioso.
—Lo primero sería que... me ayudaras a desvestirme y me dieras el conjunto para dormir...—Comentó, mirando su complejo traje.
—Claro, dime dónde guardas tu ropa de dormir y te la prepararé.
Ughbert señaló una cómoda al otro lado de la habitación y, mientras él se sentaba en el borde de la cama, ella iba a la cómoda que le dijo y buscó por los cajones hasta dar con el que tenía los pijamas. Sacó una camisa abotonada negra y un pantalón del mismo color y los estiró un poco, poniendo las prendas sobre la cama. Todos los pijamas de Ughbert eran de colores oscuros, a excepción de uno que era blanco, pero que parecía estar por estrenar y al fondo del cajón.
Entonces Lizbeth se puso frente a él y lo primero que hizo fue quitarle el camafeo que llevaba al cuello, así como el pañuelo que había bajo este. Fue dejándolo todo sobre la cama por el momento, luego continuó desabrochando la casaca del traje, y Ughbert se levantó para facilitarle el trabajo de quitárselo, ya que este era largo por la parte de detrás e irremediablemente se había sentado encima de él.
La cuidadora le quitó la prenda y la dejó sobre la cama para luego colocarla, seguido de ello comenzó a desabrocharle la camisa poco a poco, Ughbert pudo ver que estaba concentrada en aquello, se notaba que Lizbeth era una profesional con los niños, seguramente tenía que cambiarles una y otra vez porque se manchaban la ropa a menudo, y para ella ese trabajo era como respirar.
Cuando acabó de desabrochar los botones de la camisa azul verdosa del chico, se la quitó y también la dejó doblada en la cama. Ughbert tenía un torso delgado, bastante normal, aunque quizá un poco marcado, cuidaba mucho su alimentación, pero estaba bastante flacucho aun así, Lizbeth pensó que probablemente él no comiera demasiado, pero eso ya lo comprobaría más adelante.
Ninguno de los dos hablaba, y tardaban bastante en volver a mirarse otra vez porque Ughbert trataba de evitarlo, no se sentía igual que cuando su anterior cuidadora le cambiaba. Antes sentía indiferencia, y esta vez nerviosismo, pero era posible que fuese porque Lizbeth era más joven y era nueva, podía darle un poco de vergüenza que le desvistiera una semi-desconocida que se aproximara más a su edad a que lo hiciera una señora ya entrada en años a la que conocía de toda la vida.
La pelirroja hizo sentarse de nuevo al adolescente y se puso de rodillas frente a él para quitarle los zapatos. Tras ello los guardó en el zapatero que poseía Ughbert, y seguido de ello volvió a él para quitarle los calcetines largos que usaba. Primero le quitó el de la pierna derecha y luego el de la izquierda y dejó ambos junto al resto de prendas.
—Tienes un traje algo peculiar.—Comentaba Lizbeth para romper el hielo.—Los trajes no suelen ser violetas, pero el tuyo es precioso y tiene una tela bastante suave y resistente.
—Suelo diseñar mis propios trajes y elegir las telas,—Dijo brevemente el joven.—mi madre y sus costureros me los fabrican, es dueña de una gran empresa de moda.
—Sí, ya estaba enterado de eso, no me extraña que tengas tan buen gusto vistiendo, es muy bonito. Ah, levántate otra vez, por favor.—Sonriente, Lizbeth esperó que Ughbert se levantara, y cuando lo hizo, ella llevó sus manos a su cinturón y se lo desató, dejándolo desabrochado sin quitárselo del todo. Luego de ello, desabrochó los botones de su pantalón y comenzó a bajárselo.
Él se puso un tanto rojo, por lo que ella dijo de su atuendo y porque no estaba acostumbrado a que una chica así de joven le desnudara, aunque también pensaba en que quizá eso de aprender a vestirse solo podía esperar un poco.
Sacó una pierna y luego la otra, dejando que la chica le quitara su última prenda del todo, aún quedaba su ropa interior, pero esa se la cambiaría al día siguiente cuando tuviera que bañarse.
Lizbeth, cogió el pijama y se lo puso al chico, poniéndole primero la camisa y abrochándola y luego los pantalones. Una vez listo, él solo se puso sus pantuflas para no estar descalzo y se puso a recoger parte de su ropa.
—¿Qué haces? Puedo recogerlo yo todo...—Dijo la pelirroja mirando a Ughbert.
—Algunas cosas las guardo para otro día si están limpias y otras las llevan a la lavandería por la mañana.—Respondió él sin pararse a mirarla, separando los calcetines, el pañuelo y la camisa, que eran para lavar, de los pantalones y la casaca, que eran para guardarse.—De modo que solo tengo que guardar esto en el armario y lo demás alguna sirvienta lo recogerá por la mañana.
—Oh, de acuerdo, en ese caso deja que te ayude.
Ughbert puso la ropa sucia en una cesta que tenía para ello junto a la puerta, y mientras Lizbeth le ayudó, guardando lo pantalones y la casaca en un armario bien doblados.
Al estar el joven preparado por fin pudo coger su preciado pastel de chocolate y comenzó a comérselo sobre su cama. Su niñera, se quedó quieta sin saber qué hacer o si podía marcharse, mirándole intentando encontrar las palabras adecuadas para no molestarle otra vez.
—Disculpa...—Alzo la voz Lizbeth, queriendo captar la atención de Ughbert de nuevo, ya que este se había quedado mirando a la nada mientras masticaba con tranquilidad su delicioso postre.—¿Quieres algo más o me puedo marchar?
El muchacho la miró de vuelta, terminando de masticar y tragar lo que tenía en la boca.
—Quiero que te quites la cofia.—Respondió decidido, mirándola, como si ya tuviera preparada esa respuesta.
—¿Mi cofia? ¿Quieres ver mi pelo?
—Sí.
Ella se sorprendió al oír esa escueta afirmación y entonces no dudó en quitarse la funda blanca que resguardaba su pelo, y se vio como llevaba un moño recogido con varias pinzas. Al deshacer su recogido, cayó por sus hombros su melena rizada del color del fuego, y Ughbert la miró impresionado, pues nunca había visto a nadie con ese color de pelo y realmente tenía mucha curiosidad desde que vio los mechones sueltos que se le salían por la cofia.
—Tu pelo es precioso.—Admitió, con su típica cara seca, aunque quizá demostrando un poco de sorpresa.—Jamás vi a nadie que tuviera el pelo de ese color tan peculiar.
—Gracias Ughbert...—Agradeció halagada la chica, mientras se peinaba un poco con los dedos.—He de admitir que me causó más problemas que otra cosa, pero me gusta ser diferente.
—Lo diferente suele ser mejor que lo común.
—Bueno... Supongo...—Ella se quedó sonriendo tímidamente y mirando al suelo mientras aún continuaba con el cabello suelto y las pinzas y la cofia entre sus manos. Estuvo unos segundos en silencio pensando en que aquel chico era peculiar, pero no estaba siendo tan desagradable como imaginaba que sería, ella sabía que podía ahondar en él con tiempo y buen trato.—¿Deseas algo más?
—No, gracias, tengo mi jarra de agua, mi tarta y pronto me entrará sueño, así que puedes retirarte., debes estar agotada del viaje, como le dijiste a ese patán.
—De acuerdo, si quieres alguna otra cosa solo llámame y acudiré en seguida.
Asintiendo, Ughbert abrió su propia cama y se echó en ella arropándose mientras su nueva niñera se alejaba dándole las buenas noches y se iba por fin de ese cuarto para volver al suyo.
Ella allí se quitó su uniforme, lo guardó para el día siguiente, se puso cómoda y se acostó, habiendo finalizado su trabajo ese primer día.
Continuará!
Estos llegaron tras un rato y empezaron a servir a los comensales, que hablaban despreocupadamente entre ellos menos Ughbert, a quien no le interesaba entablar conversación con nadie. Él solo comía, enfrascado en sus pensamientos de siempre y tratando de no alterarse más de lo debido mientras Hobo le miraba desde debajo de la mesa. Nadie sabía que estaba allí esa rata, normalmente Harold y Eléonore le pedían al chico que no dejara que el roedor fuera allí mientras comían, pues a su madre le daba miedo desde que llegó, pero le dejó quedársela porque parecía ser lo único que le levantaba la moral a ese muchacho. Llevaba meses con él, se hizo su mejor amiga y ya la quería más que a nada. ¿Hasta qué punto llegaría este hecho? Le gustaba pasar tiempo solo o con la rata, mucho más que con otros humanos.
Conversaban sobre el tema del suicidio en la casa, les extrañaba a los señores que Lizbeth no se asustara de aquel hecho o que fuera a inducirla a lo mismo, sin embargo ella prefirió no tenerlo en cuenta y aceptó sin más.
También estuvieron hablando sobre los trabajos que hizo Lizbeth anteriormente, y eso a los señores Zondervan les ayudó a encaminarse por el historial de su nueva empleada. Esta les dijo que tenía veintiún años y llevaba cuidando niños desde los dieciséis. No les dio muchos detalles sobre su pasado, pero hablaron en su lugar de las buenas referencias que la anterior familia le había dado a los Zondervan. Justo antes de ir con los barones, había estado con una familia de clase alta que no poseía ningún título, únicamente eran unos ricos artistas, quienes habían quedado satisfechos con el trabajo de Lizbeth y enviaron una carta a los barones cuando la muchacha les dijo que aceptaría el trabajo de cuidar a Ughbert. Por lo que sabían Harold y Eléonore, ella era perfecta para ese trabajo y por eso la habían aceptado tan rápido a pesar de que se encargara de cuidar niños más jóvenes.
Durante la cena, Ughbert compartió unas miradas con su nueva cuidadora que estaba sentada frente a él, por parte de ella, sonrientes y alegres, por parte de él desconfiadas y llenas de odio, y eso le dolía un poco a la pelirroja. Los padres se percataron de esto y miraron enfadados a su hijo, pero de nuevo, sin decir nada, él cogió su plato y se marchó a una de las salas cercanas de descanso en la que lograría estar solo. Su rata salió de debajo de la mesa corriendo tras su amo y Lizbeth se percató de esto, asustándose y subiendo los pies repentinamente sobre su silla, chillando.
—¡AAH! ¡Una rata!–Chillo nerviosa, pues no se esperaba encontrarse con algo así en una mansión tan lujosa y bien cuidada.
Los cabezas de familia se rieron un poco al ver la reacción de Lizbeth y la miraron divertidos, sin embargo también se sintieron algo culpables por no mencionarle el detalle de la rata al llegar, de modo que pensaron en que era el momento de hacerlo.
—Tranquila, Lizbeth,—Pidió Harold, tratando de cesar su risa.—es la mascota de Ughbert, es inofensiva.
La pelirroja suspiró de alivio al ver cómo la rata se iba por la puerta del comedor que sostenía el mayordomo, y en cuanto salió el animal, este cerró la puerta detrás de Hobo. Ella bajó sus pies de la silla con bastante vergüenza al haber hecho eso delante de unas personas tan importantes que le estaban dando trabajo.
—¡Discúlpenme! P-pero... ¿es seguro que un animal como ese ande por la casa a sus anchas? Podría... Transmitir enfermedades y hacer sus necesidades por ahí.
—Ah, no te preocupes por eso, está amaestrada.—Respondió Eléonore intentando calmar a la nueva niñera viéndose amigable con ella. Mientras tanto los lacayos ya empezaban a quitar los platos que se vaciaban.—No sabemos cómo, pero nuestro hijo logró que se comportara como un perro. Es un animal obediente y limpio, a mi personalmente me da repelús y no me gusta que ande por aquí mientras comemos... Pero siempre sigue a Ughbert y no se puede evitar.
—Uf... Bueno, les ruego que perdonen mi comportamiento y mis comentarios...—Se disculpaba Lizbeth agachando la cabeza.—No quería insinuar nada contra ustedes o su familia.
Tanto Harold como su esposa rieron levemente otra vez y el primero hizo un gesto a los sirvientes para que quitaran lo demás, ya que habían acabado todos, y así hicieron mientras se levantaban de la mesa.
—Ya te he dicho que te relajes.—Repetía el cabeza de familia a la muchacha, también con un tono amistoso como su mujer, no eran personas serias o desagradables.—Aquí no juzgamos a nadie, es normal que hagas preguntas sobre el entorno en el que te vas a poner a trabajar, sin embargo puedes estar tranquila, porque aquí limpian cada día un montón de veces y es imposible que la suciedad pueda tener cabida en esta casa.
La joven cuidadora sonrió calmada e hizo una leve reverencia ante los amos de la mansión.
—No lo pongo en duda,—Comentaba, ya algo más tranquila.–puedo ver que todo reluce y se ve perfectamente limpio. Y bueno, si quieren, ya que hemos acabado podría ir a ver a Ughbert, creo que empezamos con mal pie y quizá convendría que nos conociéramos más estando solos.
—Sí, eso teníamos que decirte.—Añadió la madre, antes de que Lizbeth se encaminara a la puerta para abandonar la sala.—Es de vital importancia que no dejes solo mucho rato a Ughbert mientras nosotros no estemos. Él tiende a desaparecer por la casa, y desde que hace eso he notado que se ha vuelto muy ajeno a todo lo demás, no queremos que eso siga pasando, de modo que intente pasar tiempo con él sin agobiarle, agradeceríamos mucho cualquier avance.
—Me esforzaré muchísimo con su hijo, señora.
—¡Genial! Mañana abandonaremos la casa temprano.—Anunciaba el padre.—Y como puede que no nos veamos le dejaremos una nota con algunas cosas importantes u otras que se nos hayan pasado por alto comentar. Si ocurre algo grave le dejaremos una dirección de correo a la que escribirnos o un teléfono para que nos contacte, nuestros sirvientes le facilitarán todo eso en el caso de que suceda cualquier imprevisto y volveremos de inmediato si nos es posible, ellos saben en qué hotel nos alojamos en Amsterdam,
—Claro señor.—Contestaba otra vez la nanny.—Trataré de hacerlo todo lo mejor posible para que Ughbert se encuentre a gusto conmigo.
—Bien, entonces ya puede marcharse, nosotros nos vamos a dormir, mañana nos espera un largo viaje.
—Buenas noches señores, tengan un buen trayecto.
—Buenas noches.—Se despidieron Harold y Eléonore al unísono y se fueron acompañados por Jefferson a su alcoba.
Lizbeth se fue por la puerta por la que se fueron Ughbert y su rata y buscó la sala donde se podía encontrar el joven.
Aún no conocía bien la mansión, así que miró por todas las salas cercanas hasta abrir una en la que él estaba sentado, abrió la puerta del todo, entrando y se acercó a él, que estaba recostado en un sofá y había dejado su plato en una mesita cercana.
La chica hizo una leve reverencia al chico para mostrarle su respeto, pero este le hizo una seca señal con la mano para que se detuviera.
—Deja de hacer eso.—Pidió molesto, mirándole mal.—No somos japoneses, no hace falta que hagas una reverencia cada vez que me veas.
—L-lo siento joven Zondervan.—Contestó ella, cortada, e intentó pensar en algo para arreglar el asunto.—¿Quiere el postre? Veo que no lo ha tomado.
Durante unos segundos él no dijo nada, solo la miró fijamente y al final asintió sin moverse demasiado.
—Por favor.—Acabó diciendo el adolescente de cabello negro.—Y ya que vas a la cocina, llévate mi plato. Estaré en mi habitación, supongo que ya sabes cual es.
Ughbert se levantó de repente y se marchó, y Hobo, que estaba sentada en otro sofá, salió corriendo detrás de él. La pelirroja solo dio un resoplido, se llevó el plato vacío del chico y se marchó hacia la cocina, aunque no sabía muy bien dónde estaba y se quedó algo perdida. Por suerte pasó por donde estaba ella el ayudante de cocina, Izaäk y se ofreció a mostrarle el camino. Este era un chico de diecisiete años que era el sobrino de la cocinera y tenía el rango más bajo en la casa, sin embargo tenía un carácter positivo y despreocupado, incluso a veces se paseaba por la mansión como si fuera suya y a Ughbert esto le molestaba mucho, pero nunca se llegó a quejar de su comportamiento ya que solo le sorprendió haciendo esto dos veces y las pasó por alto.
Al llegar a la planta baja vio como toda la servidumbre estaba cenando en su comedor particular, excepto algunos como el mayordomo o algún que otro lacayo o sirvienta que aún estaban trabajando en las plantas superiores. Cuando la pelirroja entró, todos la miraron dejando de hablar de repente, y el ama de llaves, una señora vestida completamente de negro bastante seria, algo baja y de cabello café, se levantó, y con una mueca de desagrado se acercó a Lizbeth.
—Creo que no nos han presentado formalmente.—Habló de repente la señora, tratando de esbozar una sonrisa no muy sincera.—Soy Claire, el ama de llaves.
—Encantada, yo soy Lizbeth Van Divel, la nueva cuidadora de Ughbert.—Contestó ella un tanto extrañada, pues el resto de sirvientes dejó de mirarla y siguieron cenando en completo silencio.—Siento molestarles cuando están cenando, pero Ughbert me pidió el postre y que llevara esto aquí.—Alzó un poco el plato sucio, y Claire se lo cogió algo bruscamente, buscando con la mirada a Izaäk, que era quien se encargaba de lavar la vajilla.
—Esto lo lavará el chico rubio.—Masculló la mujer, intentando mantener su sonrisa, por falsa que pareciera.—Usted no tiene por qué traer los platos sucios, no es su trabajo.
—Oh... Está bien, ¿pueden darme al menos un postre de sobra para el joven Zondervan?
—Ahora se lo lleva uno de los nuestros, usted no se preocupe.—Cada vez Claire estaba algo más irritada por la presencia de la pelirroja de ojos marrones, costándole más mantener la sonrisa de pega que arrugaba más su rostro.
—Si no le importa, yo soy su niñera, me lo ha pedido a mi, ustedes cenen tranquilos, yo lo llevaré.
Unos cuantos la miraron mal, y ella realmente no sabía por qué, no les había hablado mal, solo cumplía las órdenes del chico, le daba la sensación de que no era bien recibida entre los sirvientes, quizá por ser más joven y estar en un rango más alto en la casa. El único que no la miraba mal era el ayudante de cocina, quien la había acompañado hasta allí, y cuando Claire vio esto, le dio el plato sucio a él, que se fue a lavarlo con resignación.
Al final, el ama de llaves le hizo un gesto a una doncella rubia, y esta se levantó de la mesa en silencio, cogió un plato limpio sirviendo sobre este un pedazo de tarta de chocolate y nata, el único que había quedado sobre la bandeja, y se lo dio a Lizbeth de mala gana, con poco cuidado y casi queriendo que se le cayera, mas ella lo sostuvo bien.
—Bueno, ahí está el postre del niño,—Gruñó de mala gana otra vez la señora de negro,—menos trabajo para nosotros, ahora si nos lo permite vamos a seguir cenando.
—De acuerdo... Gracias... supongo.—Contestó Lizbeth, realmente poco agradecida. No dijo nada más y abandonó la sala mientras los sirvientes que se habían levantado se volvían a sentar en su mesa a terminar su cena. Como ese comportamiento seguía pareciéndole muy extraño a Lizbeth, ella se quedó junto a una de las paredes del pasillo que estaba cercana a la puerta, para ver si decían algo de ella, no pudo evitarlo, aunque realmente pensara que lo mejor fuera ignorarlo para no estar incómoda en la mansión.
—Hemos tenido suerte.—Comentaba una mujer, que probablemente sería una de las sirvientas menores.—Esa zopenca nos va a quitar gran trabajo con el niñato estirado.
—Desde luego Sarah,—Corroboró un hombre, que Lizbeth no era capaz de reconocer, pues no había hablado con ninguno de los sirvientes masculinos a excepción de Izaäk.—Quizá hasta nos facilitará el trabajo.
—Bueno, ¡dejad la tertulia y terminad la dichosa comida!—Gritó una mujer que parecía mayor al resto. Lizbeth no podía ver quién lo dijo ni saber lo que hacían, así que para no tardar más se fue corriendo hasta las escaleras para subir a las habitaciones.
Una vez Lizbeth llegó al primer piso, el mayordomo jefe salió de la habitación de los señores Zondervan al fondo del mismo pasillo mientras sostenía un candil encendido. Al ver sola a Lizbeth se le acercó a paso rápido con una cara que no dejaba ver mucha confianza a la joven niñera nueva.
—Hola, preciosidad.—Saludó este, en un tono clarísimo de coqueteo.—¿Qué haces por los pasillos aún? Es algo tarde ya.
—Le llevaba el postre al joven Zondervan.—Respondió alegremente ella, como siempre, a pesar de la incomodidad de la situación: Jefferson se le estaba acercando demasiado, con una cara de lujuria.
—Bueno, quizá cuando el joven amo se duerma podemos tomar una copa en mi alcoba o en la tuya...–Jefferson la acorraló en la pared con una mano, mientras Lizbeth trataba de sostener el plato con el pastel con ambas manos sin poder hacer mucho más contra aquel hombre.
—Eh... Eh...—Ella no sabía qué decir, solo miraba de un lado a otro tratando de evitar la mirada fija de aquel mayordomo. Empezaba a ponerse un tanto nerviosa ante esto, no podía irse sin armar un escándalo, y no quería que el primer día dijesen algo de ella que no era cierto, ya la habían insultado bastante. Solo pudo respirar hondo y tratar de ser lo más amable posible con Jefferson para que este no se enfadara.—Lo siento... Hice un largo viaje hasta aquí y estoy cansada... Me gustaría dormir cuanto antes...—Ella trató de irse por el hueco que había libre, ya que el mayordomo sostenía el candil para ver por el oscuro pasillo, y con esa mano no podía acorralarla. Aunque no tuvo mucho éxito, porque él aproximaba su cuerpo a ella, sin importarle lo más mínimo el pastel que se interponía entre ellos y casi estaba a punto de pegarse al voluminoso pecho de Lizbeth. Jefferson era muchísimo más alto que la pelirroja. Tenía pelo castaño oscuro y un cuerpo esbelto, de cara era normal, y aunque fuera un hombre muy atractivo, Lizbeth no tendría ninguna intención de hacer nada con él, pues era pura y solo fue allí a trabajar.
—Serán solo unos instantes.—Insistía él, y se inclinó para poder besarla, pero de pronto Ughbert salió de su cuarto y miró aquella escena en silencio, pero con una mirada gélida con los ojos bastante abiertos.
La puerta del cuarto de Ughbert estaba justo frente a ambos sirvientes, y el chico había escuchado toda la conversación. Miró con furia al hombre, que se apartó de inmediato de la pobre chica al oír al chico salir,y ella se quitó de la pared, mirando asustada.
—J-joven Zondervan...—Susurró ella en voz baja, sintiéndose culpable y avergonzada.—Y-yo...
—Silencio Lizbeth.—Pidió este con un tono sereno, a diferencia de lo que su rostro decía, mirando al mayordomo, que tenía cara de haber sido pillado in fraganti.—Lo he oído todo, y da gracias que el cuarto de mis padres esté alejado y no puedan oír bien esta insolencia, Douglas.
—Señorito, váyase a la cama, ahora es cuando los sirvientes tienen que relajarse.—Soltó tan tranquilo Jefferson mientras pasaba su brazo libre por los hombros de Lizbeth, la cual tenía la cara roja como su pelo.
—¡Déjeme en paz! ¡No quiero nada con usted!—Protestó, apartándose de él de nuevo y fue junto a Ughbert.—Perdóneme joven... No he tenido nada que ver, lo juro...
—Ya lo sé, por favor, métete en mi cuarto y deja el postre sobre la mesita de noche.—Contestó seriamente el muchacho de ojos grises, sin despegar su mirada de odio del mayordomo.
Esta le hizo caso, entró a la habitación de Ughbert y se quedó allí, sentándose en una silla tras dejar el pastel donde él le dijo. Hobo estaba ya en su jaula echada tranquilamente sobre un montoncito de heno que tenía a modo de cama, pero cuando vio a Lizbeth se aproximó a las rendijas más cercanas a la pelirroja y se subió sobre las dos patas traseras mientras se agarraba a los pequeños barrotes. La miró moviendo los bigotes de manera curiosa, y la chica se dio cuenta y fue a mirarla de cerca. No le pareció tan desagradable como antes estando ahí dentro y pudiendo mirarla a poca distancia, es más, le pareció un animal bastante bonito..
Mientras tanto, en el pasillo, el mayordomo estaba inmóvil frente a su joven amo, esperando que le dijera algo, pues este se había quedado en absoluto silencio, como si quisiera causar cierta tensión.
—Si fuera por mi, estarías despedido.—Advirtió muy severamente Ughbert a su empleado por fin.—Pero lastimosamente no tengo ninguna prueba de tu desacato y no quisiera meter a la nueva cuidadora en todo esto para que te acuse también.
—Intentaré que no vuelva a ocurrir, señorito.—Contestó sonriendo burlesco Jefferson mientras daba la espalda al chico y se fue alejando por el pasillo.—Pero no puedo prometer nada... No puede impedir que los sirvientes se relacionen entre ellos, y Lizbeth es una mujer muy atractiva... Buenas noches, duérmase pronto.
Bajó por las escaleras oscuras desapareciendo con su candil, y Ughbert dio un gruñido muy molesto.
—Mayordomo inepto... Algún día te las verás conmigo y no será agradable...—Masculló para sí, dándose la vuelta para entrar a la habitación.
Cerró la puerta detrás de él y vio cómo Lizbeth estaba en cuclillas, mirando la jaula de la rata, con un poco menos de miedo. En cuanto se dio cuenta de que Ughbert había entrado, se levantó y le miró, con un poco de apuro pensando que le iba a reñir. Había notado que su habitación era bastante grande, quizá un poco más que la de ella, y tenía su propio baño, También era toda violeta con algo de dorado, las paredes tenían un papel bastante bonito en tonos morados con decoraciones más oscuras, y debajo de este un friso de madera oscura de poco más de un metro de altura.
Hobo miró a su dueño en mitad del silencio sepulcral que había allí, y este, después de estar mirándola un rato, cambió su mirada hacia Lizbeth, quien esperaba a que él le dijera algo.
—Perdón.—Se disculpó él con seriedad, pero no con tanto odio como había hecho antes.
—¿Por qué se disculpa, joven Zondervan?—Preguntó la chica de ojos marrones, al ver que Ughbert no continuaba hablando.
—He sido un grosero, tú no tienes la culpa de nada y te he hablado como si hubieses venido especialmente para fastidiarme.
—No le culpo joven Zon...
—No me llames más así.—Interrumpió, y luego suspiró tratando de mantener la calma.—Llámame Ughbert, y no seas tan formal, al menos cuando estemos a solas.
—Está bien... Ughbert... Pues eso, que no te culpo de nada, comprendo que estés molesto porque tus padres quieran que tengas nanny siendo tan mayor... Pero debo cumplir con mi trabajo, lo siento mucho.
—Solo quiero hacer cosas por mi solo, aunque me temo que para aprender necesitaré tu ayuda.
—Por supuesto, yo haré cuanto pueda por ti.
Lizbeth sonrió al chico, aunque este se mantenía serio, erguido ante ella. Aún llevaba su traje puesto, pues no podía desvestirse solo, llevaba varias capas de ropa y se le hacía tedioso.
—Lo primero sería que... me ayudaras a desvestirme y me dieras el conjunto para dormir...—Comentó, mirando su complejo traje.
—Claro, dime dónde guardas tu ropa de dormir y te la prepararé.
Ughbert señaló una cómoda al otro lado de la habitación y, mientras él se sentaba en el borde de la cama, ella iba a la cómoda que le dijo y buscó por los cajones hasta dar con el que tenía los pijamas. Sacó una camisa abotonada negra y un pantalón del mismo color y los estiró un poco, poniendo las prendas sobre la cama. Todos los pijamas de Ughbert eran de colores oscuros, a excepción de uno que era blanco, pero que parecía estar por estrenar y al fondo del cajón.
Entonces Lizbeth se puso frente a él y lo primero que hizo fue quitarle el camafeo que llevaba al cuello, así como el pañuelo que había bajo este. Fue dejándolo todo sobre la cama por el momento, luego continuó desabrochando la casaca del traje, y Ughbert se levantó para facilitarle el trabajo de quitárselo, ya que este era largo por la parte de detrás e irremediablemente se había sentado encima de él.
La cuidadora le quitó la prenda y la dejó sobre la cama para luego colocarla, seguido de ello comenzó a desabrocharle la camisa poco a poco, Ughbert pudo ver que estaba concentrada en aquello, se notaba que Lizbeth era una profesional con los niños, seguramente tenía que cambiarles una y otra vez porque se manchaban la ropa a menudo, y para ella ese trabajo era como respirar.
Cuando acabó de desabrochar los botones de la camisa azul verdosa del chico, se la quitó y también la dejó doblada en la cama. Ughbert tenía un torso delgado, bastante normal, aunque quizá un poco marcado, cuidaba mucho su alimentación, pero estaba bastante flacucho aun así, Lizbeth pensó que probablemente él no comiera demasiado, pero eso ya lo comprobaría más adelante.
Ninguno de los dos hablaba, y tardaban bastante en volver a mirarse otra vez porque Ughbert trataba de evitarlo, no se sentía igual que cuando su anterior cuidadora le cambiaba. Antes sentía indiferencia, y esta vez nerviosismo, pero era posible que fuese porque Lizbeth era más joven y era nueva, podía darle un poco de vergüenza que le desvistiera una semi-desconocida que se aproximara más a su edad a que lo hiciera una señora ya entrada en años a la que conocía de toda la vida.
La pelirroja hizo sentarse de nuevo al adolescente y se puso de rodillas frente a él para quitarle los zapatos. Tras ello los guardó en el zapatero que poseía Ughbert, y seguido de ello volvió a él para quitarle los calcetines largos que usaba. Primero le quitó el de la pierna derecha y luego el de la izquierda y dejó ambos junto al resto de prendas.
—Tienes un traje algo peculiar.—Comentaba Lizbeth para romper el hielo.—Los trajes no suelen ser violetas, pero el tuyo es precioso y tiene una tela bastante suave y resistente.
—Suelo diseñar mis propios trajes y elegir las telas,—Dijo brevemente el joven.—mi madre y sus costureros me los fabrican, es dueña de una gran empresa de moda.
—Sí, ya estaba enterado de eso, no me extraña que tengas tan buen gusto vistiendo, es muy bonito. Ah, levántate otra vez, por favor.—Sonriente, Lizbeth esperó que Ughbert se levantara, y cuando lo hizo, ella llevó sus manos a su cinturón y se lo desató, dejándolo desabrochado sin quitárselo del todo. Luego de ello, desabrochó los botones de su pantalón y comenzó a bajárselo.
Él se puso un tanto rojo, por lo que ella dijo de su atuendo y porque no estaba acostumbrado a que una chica así de joven le desnudara, aunque también pensaba en que quizá eso de aprender a vestirse solo podía esperar un poco.
Sacó una pierna y luego la otra, dejando que la chica le quitara su última prenda del todo, aún quedaba su ropa interior, pero esa se la cambiaría al día siguiente cuando tuviera que bañarse.
Lizbeth, cogió el pijama y se lo puso al chico, poniéndole primero la camisa y abrochándola y luego los pantalones. Una vez listo, él solo se puso sus pantuflas para no estar descalzo y se puso a recoger parte de su ropa.
—¿Qué haces? Puedo recogerlo yo todo...—Dijo la pelirroja mirando a Ughbert.
—Algunas cosas las guardo para otro día si están limpias y otras las llevan a la lavandería por la mañana.—Respondió él sin pararse a mirarla, separando los calcetines, el pañuelo y la camisa, que eran para lavar, de los pantalones y la casaca, que eran para guardarse.—De modo que solo tengo que guardar esto en el armario y lo demás alguna sirvienta lo recogerá por la mañana.
—Oh, de acuerdo, en ese caso deja que te ayude.
Ughbert puso la ropa sucia en una cesta que tenía para ello junto a la puerta, y mientras Lizbeth le ayudó, guardando lo pantalones y la casaca en un armario bien doblados.
Al estar el joven preparado por fin pudo coger su preciado pastel de chocolate y comenzó a comérselo sobre su cama. Su niñera, se quedó quieta sin saber qué hacer o si podía marcharse, mirándole intentando encontrar las palabras adecuadas para no molestarle otra vez.
—Disculpa...—Alzo la voz Lizbeth, queriendo captar la atención de Ughbert de nuevo, ya que este se había quedado mirando a la nada mientras masticaba con tranquilidad su delicioso postre.—¿Quieres algo más o me puedo marchar?
El muchacho la miró de vuelta, terminando de masticar y tragar lo que tenía en la boca.
—Quiero que te quites la cofia.—Respondió decidido, mirándola, como si ya tuviera preparada esa respuesta.
—¿Mi cofia? ¿Quieres ver mi pelo?
—Sí.
Ella se sorprendió al oír esa escueta afirmación y entonces no dudó en quitarse la funda blanca que resguardaba su pelo, y se vio como llevaba un moño recogido con varias pinzas. Al deshacer su recogido, cayó por sus hombros su melena rizada del color del fuego, y Ughbert la miró impresionado, pues nunca había visto a nadie con ese color de pelo y realmente tenía mucha curiosidad desde que vio los mechones sueltos que se le salían por la cofia.
—Tu pelo es precioso.—Admitió, con su típica cara seca, aunque quizá demostrando un poco de sorpresa.—Jamás vi a nadie que tuviera el pelo de ese color tan peculiar.
—Gracias Ughbert...—Agradeció halagada la chica, mientras se peinaba un poco con los dedos.—He de admitir que me causó más problemas que otra cosa, pero me gusta ser diferente.
—Lo diferente suele ser mejor que lo común.
—Bueno... Supongo...—Ella se quedó sonriendo tímidamente y mirando al suelo mientras aún continuaba con el cabello suelto y las pinzas y la cofia entre sus manos. Estuvo unos segundos en silencio pensando en que aquel chico era peculiar, pero no estaba siendo tan desagradable como imaginaba que sería, ella sabía que podía ahondar en él con tiempo y buen trato.—¿Deseas algo más?
—No, gracias, tengo mi jarra de agua, mi tarta y pronto me entrará sueño, así que puedes retirarte., debes estar agotada del viaje, como le dijiste a ese patán.
—De acuerdo, si quieres alguna otra cosa solo llámame y acudiré en seguida.
Asintiendo, Ughbert abrió su propia cama y se echó en ella arropándose mientras su nueva niñera se alejaba dándole las buenas noches y se iba por fin de ese cuarto para volver al suyo.
Ella allí se quitó su uniforme, lo guardó para el día siguiente, se puso cómoda y se acostó, habiendo finalizado su trabajo ese primer día.
Continuará!
¡Muy buen capi!
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