miércoles, 2 de noviembre de 2016

Capítulo 7: Baño peculiar

La mañana pasó rápido. Ughbert desayunó mientras leía un periódico y lo comentaba junto a Lizbeth. Ambos se habían sentado en una salita acogedora que frecuentaba Ughbert para estar solo, o en su defecto con una sirvienta o su anterior nanny. Le resultaba más cómodo estar solo con Hobo, porque Patricé le molestaba continuamente con preguntas o exigencias sobre su indumentaria, a ella no le gustaba nada que se viera desarreglado ni siquiera para desayunar a solas. Y sin embargo, en ese momento ahí estaba, desayunando en camisón mientras le daba un cacho de tostada a su rata. La nueva cuidadora pelirroja le permitía esas cosas, incluso lo de bajar en pijama se lo sugirió ella. Sin duda, Lizbeth parecía superar con creces a su anterior nanny. Aunque de momento era su segundo día en la mansión Zondervan y era probable que se volviera irritable como los demás. Ughbert sabía que eso era muy difícil que ocurriese, pues sentía que ella no era como los demás de esa casa, además de que Hobo le repetía a su amo que el verdadero problema no estaba en ella, es más, podría ayudarle con su ''trabajo'' en un futuro si es que lo llegaba a comprender.

Mientras Ughbert terminaba de desayunar, Lizbeth tenía que acudir al lavabo un momento, de modo que avisó al chico y salió de la sala con su permiso. Entonces, Hobo habló a Ughbert sin más, ya que ahí si podría responder.

—''¿No crees que es hora de empezar?''-Preguntaba la rata, mientras miraba a su amo desde su regazo.

—¿Empezar qué..?-Preguntó con reparo Ughbert, en un tono bajo, por si alguien desde fuera lo oía.

—''Tú lo sabes, amo. Tú mismo dijiste anoche que querías que Jefferson fuese el primero.''

—¿Cómo sabes tú eso? Lo dije en bajo, ni siquiera Lizbeth lo pudo oír...

—"Las ratas tenemos muy buen oído".

—Igualmente yo me refería a que fuese el primero en ser despedido...

Lizbeth llegaba del baño. Antes de entrar a la sala con Ughbert, se colocó la media de la pierna derecha, no quería parecer desarreglada ni mucho menos que se le viese dicha pierna. Pero justo entonces empezó a oír al chico hablar.

—"Se que no te referías a eso, estás más que preparado para asesinarle..."

—No empieces con eso otra vez... No voy a... matar a Jefferson solo porque tú estés segura de que hay que hacerlo...

—"No es porque esté segura, es porque cumplo órdenes de alguien que ha visto los planes de esa gentuza y lo que quieren hacer contigo y tu familia."

Ughbert quiso ignorarla otra vez, sentía que eso de verdad no lo estaba diciendo ella y que se estaba volviendo loco.

—Ughbert... ignórala... Ella no te esta diciendo nada de eso... Las ratas no hablan...

—"Técnicamente no estoy hablando, estoy pensando, y ahora cállate, la cuidadora te va a oír".

Ughbert de repente miró a la puerta, con una cara de desconcierto y miedo, no solo porque pudiera oírle, si no porque cada vez que Hobo le hablaba de ese macabro tema se imaginaba teniendo que asesinar a alguien y eso no le gustaba.

Lizbeth había oído algo, pero fue hacia atrás para hacer como que estaba llegando. El joven se levantó corriendo de su sitio, tirando a Hobo de su regazo, que saltó a otro sofá, con lo que le quedaba de tostada en la boca. Luego él se fue a la puerta y la abrió, pudo ver cómo Lizbeth "llegaba". Entonces dio un suspiro de alivio y se apoyó en el marco de la puerta.

Ella fingió no haber oído nada, pero aquello ciertamente la dejó inquieta, el chico estaba hablando solo y de asesinar a uno de sus sirvientes... Empezaba a pensar que era probable que él hubiese matado a su anterior nanny y lo hiciese parecer un suicidio, pero debía buscar pruebas o intentar sacarle cosas haciendo lo que hasta ahora: confiar en él y ser amable... antes de que le de por matarla a ella...
Muchas cosas no le cuadraban a la chica, tal vez simplemente estuviera algo ido de la cabeza pero no tuviera culpa de nada, solo tenía que conocerle mejor e ignorar que hablara solo.

—¿Te encuentras bien?.—Preguntaba ella, preocupada.—Pareces más pálido de lo habitual.

—Solo me... me ha dado un mareo, no es nada...—Contestaba el chico, irguiéndose.—Será mejor que vaya a tomar el fresco, tráeme un abrigo y salgamos.

Asintió la chica y rápidamente subió hasta el cuarto de Ughbert. Una vez allí pudo ver como dos doncellas hacían la cama del joven Zondervan y recogían su ropa sucia entre cuchicheos. Cuando entró Lizbeth, se detuvieron de repente y la miraron fijamente sin decirle nada, ni siquiera un saludo, pero a ella le importó poco y menos, cogiendo la gabardina de Ughbert del armario.

—Buenos días.—Dijo secamente la pelirroja, marchándose otra vez. No tenía intención de hablar con nadie a parte de Ughbert, pues ya le habían demostrado que nadie quería hacerlo. Únicamente fueron ''amables'' con ella el ayudante de cocina y el mayordomo, que su amabilidad era más bien lujuria, pero desde luego no había sido borde con la joven como las otras marujas del servicio.

Bajó de nuevo con la negra gabardina en los brazos y se reunió en la puerta de la sala con Ughbert. Allí le abrigó con la prenda y salieron al jardin trasero. Lizbeth se sentó en uno de los bancos que había por ahí y dejó que Ughbert hiciera lo que quisiera, pero este solo fue hasta un montículo de nieve y se echó allí. A eso se refería con ''jugar en la nieve'', era un chico muy raro, pero al parecer no le extrañaba a la pelirroja. Esta simplemente le miraba, aunque tras un rato se dio cuenta de que no estaba ni enfadado ni contento, simplemente parecía triste.
Se levantó del banco y fue hasta Ughbert, poniéndose de cuclillas al lado de él. Tenía la mirada perdida en el cielo y suspiraba tristemente, formando vaho que salía de su boca de lo frío que estaba el ambiente.

—¿No se te pasa el mareo?—Cuestionaba Lizbeth al chico, que seguía recostado en la fría nieve, sin moverse.

—No es eso...—Respondió él, manteniendo su mirada fija en el grisaceo cielo que se expandía sobre ellos.—Solo estoy empezando a sentirme vacío.

—¿Por qué? Tienes muchas cosas, padres que te quieren, dinero, poder... ¿Qué es lo que te hace sentir mal?

—¿A ti te interesa eso?

—Claro que sí, en mis manos está hacerte feliz, así que si lo deseas podemos volver dentro y charlar.

—Me gustaría hablar aquí, si no tienes demasiado frío.

—Yo no, pero tú solo tienes dos capas de ropa, puedes resfriarte...

—¿Qué más da si enfermo? Voy a hacer exactamente lo mismo que en mi día a día; estar echado en mi cama o acudiendo a estúpidas clases que no me sirven de nada, o quizá esconderme de todo el mundo.

—Igualmente se pasa muy mal cuando se está malo, pero yo estaré para cuidarte.

Ughbert se incorporó y luego se levantó. Lizbeth le siguió y él se le quedó mirando. Ella también le miraba en silencio, esperando que le dijera algo, pero él no dijo nada y se dirigió hasta dentro de la casa. Le había obedecido. Si se hubiese tratado de Patricé no lo hubiera hecho y hubiera seguido tirado en la nieve, bueno, es que si hubiese sido por Patricé ni siquiera hubiera salido de la mansión porque no le dejaría.

Lizbeth entró también tras el joven amo y este directamente subió a la planta de arriba hasta su cuarto. La pelirroja vio que entraba en el baño y cerraba la puerta, así que por si acaso se le quedó esperando fuera de la habitación, pues tal vez tenía que usarlo antes de bañarse y no quería que le resultase incómodo.
No pasaron más de dos minutos y el chico salió de allí al fin. Al no ver a Lizbeth se extrañó y salió de la habitación para ver si estaba allí, y al verla la miró extrañado.

—¿Qué haces aquí fuera?—Preguntó sin más Ughbert.—¿No tenías que prepararme el baño?

—Sí, pero pensé que ibas a... hacer algo y no quería incomodar con mi presencia...—Contestó Lizbeth.

—Solo han sido aguas menores... Mi hora para... lo otro es por la noche así que no te preocupes...

—En ese caso vayamos a hacer ese relajante baño.

Recordó la chica que debía encender el calentador antes de llenar la bañera, y estaba dispuesta a bajar, pero el joven la detuvo, pues este estaba encendido ya para hacer el té caliente de por la mañana. Entonces ella solo abrió el grifo del agua caliente y comenzó a llenar la bañera.
Aquel sitio era enorme, no tanto como su cuarto, pero el aseo era bastante elegante también. El suelo estaba hecho de un mármol violeta oscuro brillante y en las paredes azulejos del mismo color, aunque un poco más claro, con algunos salteados de color gris. Estaba claro que al chico le gustaba mucho el color morado, porque a parte de los azulejos de las paredes y el suelo, había unas alfombrillas del mismo color bastante suaves para cuando saliera mojado de la bañera. Esta estaba al fondo del lavabo y era blanca, con las patas doradas.
Se había dado cuenta Lizbeth de que usaban la nuevísima red de alcantarillado que estaban empezando a desarrollar. Ellos al ser tan ricos se lo podían permitir, y vio que el retrete era muy poco parecido a lo que estaba acostumbrada a ver en casas no tan adineradas, era una especie de caja cuadrada a la que se le levantaba una tapadera y tenía un agujero con agua dentro. Lo había observado en su propio baño la noche anterior, y aun seguía sin asimilarlo, era todo demasiado moderno. En cambio la bañera parecía funcionar de otra manera; bajo ella había una especie de tubo que se metía por la pared, y desde la ventana se veía que ere tubo salía de allí y daba justo al jardín, osea que al vaciar la bañera podías regar las plantas y así ahorrar agua de alguna manera.

Mientras ambos esperaban a que se llenara el tubo de baño, Ughbert se quitó la gabardina y el camisón, quedando en ropa interior. Allí hacía bastante frío, pero a él no parecía importarle demasiado. Lizbeth cogió una toalla grande para secarle después y otra pequeña para envolver su pelo mojado, ya que era largo necesitaría secarlo bien y que no se resfriase.

Tal y como le enseñaron, Lizbeth metió una pastilla de jabón aromatizado dentro de la bañera y, remangando sus mangas empezó a hacer espuma con sus manos.
El chico la miraba. Su anterior cuidadora lo hacía igual, pero de mala manera y muchas veces ponía el agua ardiendo, tanto que Ughbert acababa escaldado. Esperaba con toda su alma que Lizbeth no le hiciera lo mismo ni tuviera que esperar a que se enfriase un poco.

Al final se llenó del todo y el joven Zondervan miró de reojo a la pelirroja. Obviamente le daba vergüenza desnudarse delante de ella, y aunque fuera lanzado para algunas cosas, no lo era para eso, pues Patricé solía quitarle la ropa de una manera muy bruta, sin esperar a nada y le resultaba realmente incómodo, a pesar de que le había visto y bañado durante tantos años.
Lizbeth lo captó rápido por suerte y apartó la mirada para evitar ver desnudo al chico y que no se sintiera violento.

—Cuando hayas entrado avísame.—Dijo ella, sin mirar, y entonces Ughbert se despojó de su ropa interior al fin e introdujo el pie derecho para comprobar la temperatura del agua, por suerte estaba genial: ni muy caliente ni muy fría, así que se metió entero y se empezó a relajar.

—Ya está.—Contestó el chico de pelo negro y entonces la cuidadora volvió a mirar hacia allí.—Está perfecto.

—Menos mal... Pensaba que me iba a equivocar, con todas estas cosas tan modernas...

—A veces lo nuevo trae muchos inconvenientes, pero lo has hecho bien.

—Gracias... Bueno, al menos espero que lo demás me salga correcto también.

—Te saldrá bien, no te preocupes.

Lizbeth sonrió y cogió una esponja, pensando en qué debía hacer. Antes debía preguntarle a él, ya que aun no sabía la mecánica de todo aquello.

—Esto... Ughbert... Me dijeron que tú me dirías cómo hacer todo esto, porque hay hábitos del baño que tienes que explicarme para que los pueda llevar a cabo o en otros casos tú mismo...

—Lo único que tienes que hacer es lavarme el pelo, los hombros, la espalda, los brazos y el torso, del resto me ocupo yo.—Explicó el chico, quizá un tanto avergonzado, recordando algunas cosas de Patricé.—La anterior nanny no preguntaba siquiera y me frotaba violentamente con la esponja por todo el cuerpo, le daba igual si me molestaba o no, según ella, ''debía quedar muy limpio''.—Él hizo un tono de burla, imitándola incluso con las manos.

La cuidadora nueva se rió, aunque el chico aun ni sonreía, pero se sentía realmente aliviado de que ella fuese más gentil.

—No te preocupes, yo te daré libertad en ese sentido,—Contestaba echando jabón en la esponja.—voy a respetar tu intimidad y no voy a hacer nada que no quieras.

—Me agrada mucho esto, a decir verdad.—El joven Zondervan vio cómo iba a empezar con la esponja, pero de repente la detuvo.—Te prediría por favor que empezases por lavar mi pelo.

—Oh, de acuerdo, disculpa, no lo sabía.

Ughbert miraba a Lizbeth seriamente, pero después miró hacia otro lado y disimuladamente esbozó una sonrisa, algo que realmente nunca hacía bajo ninguna circunstancia y no quería hacer delante de ella aun.

Con cuidado mojó el oscuro cabello del muchacho con un balde que llenaba de agua y lo echaba por encima con cuidado de no mojarle la cara por accidente. Tras eso cogió el champú y se lo echó en la mano, después poniendo las dos en la cabeza de Ughbert. Allí empezó a masajear y a hacer espuma por su pelo. Él se quedó quieto y tranquilo recostado en la bañera, nunca se había sentido tan relajado a la hora del baño. No podía comparar la suavidad y delicadeza de Lizbeth con la rapidez y tosquedad de Patricé, que lo único bueno que le sacaba a esa situación era que acababa muy limpio, pero dolorido y con la piel roja de los refrotes de la esponja.

Al acabar de lavarle y aclararle el pelo, Lizbeth volvió a coger la esponja y miró al chico.

—Tu pelo ya está limpio,—Informaba la joven cuidadora.—¿por donde quieres que empiece a lavarte?

—Por los hombros está bien, pero creo que bañar a alguien no tiene ciencia específica, así que hazlo como tú quieras, no voy a morderte si te equivocas.

—Está bien.—Dijo ella con una risilla y comenzó a frotar lentamente con la esponja con las clavículas y hombros de Ughbert, que no podía creer el cuidado con el que estaba tratando su piel.

Al futuro barón de Zondervan le estaba pareciendo el mejor baño de su vida cuando Lizbeth recorría toda la parte superior de su mojado cuerpo con la esponja y con un mimo ejemplar, sin dejar un rincón sin limpiar. Llegó a tal punto de relax y satisfacción, que cuando la joven estaba lavando ya su pecho tras haber limpiado sus brazos y axilas, sintió algo que jamás había podido sentir en esas circunstancias, y realmente no sabía si podía suponer un percance...
Tenía sus manos bajo el agua cuando notó por casualidad su entrepierna un tanto hinchada. Él se sorprendió. Sabía poco de sexualidad, lo básico que le enseñaban en clases de biología, pero no sabía qué significaba realmente que aquello se pusiera de esa manera, y, aunque a veces se levantara así, siempre se le pasaba al ir al baño.
Le daba mucha vergüenza confiarle algo como eso a su cuidadora nueva, pero tenía que hacerlo, él se preocupaba mucho por cada mínima cosa que le pasara y estaría un buen rato preocupado si no consultaba con alguien lo que le sucedía.

—Lizbeth...—Susurró él, intentando no cruzar la mirada con ella, que estaba ya enfrente suyo, lavándole aun la zona del estómago.—¿Puedo confiarte un pequeño dilema que estoy sufriendo en este momento...?

—Por supuesto... ¿no estás a gusto?

—Sí, lo estoy, pero... Hay una parte de mi que ha sufrido un cambio...

—¿A qué te refieres?

Él se señaló la entrepierna, pero no se veía nada por la espuma. Ella se extrañó, pero rápidamente vino una idea a su cabeza: ¿era posible que hubiera tenido una erección solo con eso?

—Normalmente... Eso de ahí no está duro, ahora sí, ¿es malo?

Todo quedó en silencio. Lizbeth se quedó muda y bastante roja, no sabía que contestarle a eso.

—M-malo no es... No te preocupes... Es muy natural...—Trataba de explicar con la voz totalmente temblorosa.—Suele pasar cuando estás en una situación muy relajada como ahora mismo o cuando... Ves algo que te gusta mucho...

—Bueno... Sabiendo que no es malo...—Ughbert suspiró, mirando hacia el agua, un poco incómodo.—Muchas veces me he levantado con... eso... de la misma manera, pero no duraba, ahora no parece volver a la normalidad.

—Es probable que tus padres me maten por decirte algo como esto: pero lo mejor será que explores un poco tu cuerpo y encontrarás tú solo un remedio... ¿Quieres que te deje solo y así terminas de lavarte lo que queda en intimidad?

—Si no te importa... Te lo agradecería....

Dio un cambio bastante grande desde el día anterior; de parecer totalmente rudo, antisocial y borde, a ser caballeroso, amable y bueno con ella, algo que le hizo sentir muy bien a la nanny.

Abandonó el baño para dejarle espacio y que terminase lo que fuera. Era cierto que el hecho de que se hubiera excitado cuando ella le estaba bañando le sorprendió y despistó. Ughbert era un adolescente y esas cosas eran normales, es más, le extrañaba que no supiera nada de antes, y era probable que sus padres hubiesen tratado de mantenerle puro o algo así.
Quiso no pensar más en la posible inocencia de Ughbert o acabaría pensando cosas raras. Empezaba ver interesante al joven, y no podía evitarlo, le resultaba atractivo y misterioso, y también muy poco apropiado...

Continuará...

lunes, 10 de octubre de 2016

Capítulo 6: La mañana más movida

Amaneció nevando en abundancia sobre la mansión Zondervan. Eran las siete de la mañana, Lord Harold y Lady Eléonore se habían marchado ya hacia Amsterdam hacía una hora.
El despertador de Ughbert sonó. Siempre lo programaba a esa hora para aprovechar al máximo su día, además de que no le gustaba nada que le despertara nadie, y ahora que tenía una criada nueva, sentía la necesidad de causarle una mejor impresión. Sin embargo, Ughbert no podría permitírselo todo el rato, pues tenía otra cosa entre manos.
Nada más abrir los ojos se desperezó e intentó apagar el despertador estirando una mano desde su posición. Cuando lo logró, se frotó los ojos para despegárselos y se incorporó, mirando hacia la ventana; aun nadie había entrado para correr las cortinas como hacían habitualmente para que despertara de una manera más natural. Rápidamente notó el chico que las criadas empezaban a flaquear en su trabajo, porque tampoco habían entrado a recoger su ropa sucia del día anterior.

Qué osadía por la mañana...–Masculló, mientras miraba directamente al cesto de la ropa aun ahí, junto a la puerta, en el mismo sitio que la noche anterior. Después giró su cabeza hacia la jaula de Hobo, que estaba ya despierta también y le miraba fijamente. Resonó en su cabeza un: ''Buenos días, amo, ¿cómo has amanecido?'', seguido de una risa floja.–De buenos días nada... Parece que alguien está rogando un despido... 

¿Qué estaba pasando ahí? ¿Estaba hablando a la rata? ¿La rata de alguna manera le estaba hablando a él? 
Aquel era su secreto: podía oír hablar a su rata. Hobo no hablaba realmente, sin embargo, Ughbert era capaz de oírla en sus pensamientos y sentía que podía hablarle de verdad, el problema era que el chico no podía hablar mentalmente con ella, debía contestarla en voz alta, lo que conllevaba la posibilidad de que le pillasen hablando.
No sería un problema si hablara de cosas normales, total, es un adolescente, puede gustarle hablarle a los animales como a cualquier otra persona que tenga mascotas y las quiera. Pero ella no le decía cosas normales, Hobo le hablaba de matar...
Ughbert no quería hacerle caso, trataba de negarse a todas sus propuestas, mas ella siempre le decía que matara a sus criados por el bien de su familia. ¿Bien para quien? Era verdad que sus sirvientes eran un poco descuidados y no hacían demasiado bien sus labores o se olvidaban de algunas, pero eso no le daba motivos para asesinarles. Por el momento, Hobo le dijo que trataría de apartar el tema hasta que algo gordo ocurriera y tuviera que creérselo. Y eso pasó. Cuando Patricé murió, Hobo le dijo a Ughbert que no había pasado por casualidad; había sido gracias a Satanás.

El joven Zondervan rehusaba de creerla, y se pensaba que todo era producto de su propia imaginación. ¿Ratas que hablaban y predecían desgracias? ¿Satán pidiendo a un chico que mate a sus sirvientes? ¡Patrañas! Todo era fruto de su perturbada y oscura mente, que había estado decayendo año tras año. Pero... ¿entonces cómo explicaba esa tan acertada predicción de muerte y los garabatos que había hecho Hobo por sí misma? ¡Era imposible que una rata normal pudiera hacer eso! Aunque también podía habérselo imaginado porque estaba distorsionando su realidad. Y lo de la predicción...

Dejó de pensar de golpe en todo aquello cuando de repente su puerta sonó: alguien estaba dando golpecitos en ella para ver si podía entrar, y dado a que las demás sirvientas y lacayos sabían que debían pasar sin permiso para llevarse la ropa, y hacer otras cosas, pudo saber que era su nueva cuidadora, que no sabía ese dato aun. Y de hecho, en ese momento escuchó su voz.

¿Ughbert?–Preguntaba con cautela detrás de la puerta, intentando no molestar.–¿Puedo pasar?

Claro, entra.–Contestó Ughbert, aun echado, colocándose el pelo.

La habitación estaba totalmente a oscuras, aunque por la ventana podía pasar un poco de luz entre cortina y cortina. Lizbeth entró y al verlo todo oscuro y con olor a cerrado, puso una cara muy rara y miró al chico.

–Buenos días, Lizbeth.–Saludó este secamente, levantándose de la cama, yendo hacia las cortinas y retirándolas él mismo. Entonces el sol por fin iluminó todo su cuarto, cegándole un poco.

–Buenos días, Ughbert.–Contestó ella, sonriendo como de costumbre, y ahora con motivos, porque parecía que él no estaba de tan mal humor como ayer, aunque seguía teniendo ese carácter frío.–¿Has dormido bien?

–Sí, pero despertar ha sido una hez de res.–Súbitamente, Ughbert dio un giro brusco hacia ella, con el rostro enfadado.

–¿Te he despertado malamente? ¡Lo siento mucho!–Decía ella, arrepentida por haber llamado a su puerta.–Es que al oír tu despertador pensé que...

–Deja de culparte por todo. Por supuesto que no has sido tú, me ha despertado el despertador.

–Oh... ¿Entonces... por qué te has levantado mal?

–Porque deberían haber recogido mi ropa sucia de anoche y tenían que haber abierto las cortinas mientras estaba dormido para despertarme de manera algo más natural.

–Y si querías despertarte naturalmente, ¿por qué te pones un despertador?

–Porque quiero levantarme temprano, a esta hora, si no me lo hubiese puesto me hubiese quedado durmiendo hasta las diez por lo menos. Y a mi me gusta dormir muy poco.

Así tenía las ojeras aquellas aquel muchacho, tenía los ojos prácticamente negros por los párpados, y con su blanca piel parecía un muerto, pero a Lizbeth no le desagradaba, es más, con ese aspecto le resultaba muy guapo.

–Bueno, yo misma lo haré cada mañana ahora, no te preocupes.–Le dijo Lizbeth.–Y de paso me llevaré tu ropa sucia a la lavandería.

–No.–Contestó él muy seriamente.–Ese trabajo pertenece a las sirvientas vagas.

–En ese caso, ¿quieres que las avise?

–Ya se darán cuenta. Ahora quiero desayunar y jugar en la nieve.

Había nevado toda la noche. Él al abrir la ventana antes se dio cuenta de esto y quiso ir a jugar por el jardín nevado antes de ir a bañarse y acudir a sus aburridas clases.

–Bien, ¿quieres que te vista ya?–Volvió a preguntar la pelirroja amablemente.

–Sí, por favor, luego tendré que darme un baño... Pero no puedo salir así.

–No tienes visitas ni están tus padres, podrías reconsiderar bajar a tomar el desayuno con el camisón de noche y luego ponerte un abrigo para salir a jugar con la nieve y no resfriarte. Luego te das el baño caliente y te sentará de maravilla.

Ughbert la miró muy serio, manteniendo su mirada fija en los ojos marrones de Lizbeth, a lo que ella se estremeció un poco, pensando que había dicho algo malo. Sin embargo Ughbert solo se lo estaba pensando, él siempre era severo, exceptuando algunas pocas veces con su rata, solo sonreía a esta muy de vez en cuando, pero era probable que pronto con Lizbeth sucediera lo impensable.

–Tienes razón, estoy en mi mansión,–Contestó finalmente, tras habérselo pensado.–supongo que hoy puedo ir en pijama. Normalmente notifican las visitas, así que si viene alguien me lo dirán y me podré preparar, o si no... Que se fastidien, estoy en mi casa.

Lizbeth rió un poco y asintió. Luego observó el oscuro cabello del chico, estaba enmarañado y descolocado.

–¿Quieres que te peine?–Lizbeth, con toda confianza, se acercó despacio y con una mano colocó un mechón que tenía en la cara.

El joven se mantuvo callado, pero cada vez estaba más a gusto. Hobo le estaba hablando todo el rato mentalmente y le costaba pensar con claridad en lo que le decía Lizbeth. 

–''Deberías ser prudente con la nueva''.–Decía la rata en la cabeza del muchacho.–''Es buena, pero si mete las narices demasiado en esto tendrás que acabar con ella también''.

Ughbert dio un gruñido mirando hacia el suelo, y la cuidadora se asustó y se apartó bruscamente, de nuevo arrepintiéndose de haber hecho algo así sin permiso. Cuando él se dio cuenta de que Lizbeth lo notó, volvió a mirar hacia ella.

–Eh...–Ughbert puso cara de culpabilidad y negó con las manos.–Siento haberte asustado... No era por ti. Claro que puedes peinarme, eso no me molesta en absoluto.–Miró hacia la jaula del roedor con fiereza, y este también observó como su dueño parecía molesto. Obviamente no le podía contestar, estaba Lizbeth delante, así que simplemente dejó de hablarle.

–¿Ocurre algo?–Preguntó ella, fijándose en que estaba mirando hacia Hobo.

–También se han olvidado de limpiar la jaula de mi mascota... Eso me molesta, puede coger una infección si no se le cambia una vez cada dos semanas.

Si lleva mucho puedo hacerlo yo.

–Lizbeth, cíñete a las cosas que yo te pida, hay trabajos que no tienes por qué hacer tú. Eres nanny, no doncella ni criada ni nada de eso, estás por encima de toda esa gentuza.

–Como mandes... Entonces siéntate en el tocador y te peinaré, y después tomarás tu desayuno.

Ughbert asintió y se sentó en la silla de su tocador frente al espejo. Se había fijado en que Lizbeth ya se había vestido y arreglado, pero su pelo permanecía dentro de esa molesta cofia blanca que le tapaba todo. El chico quería ver su pelo suelto, no envuelto en un feo paño que escondía su belleza.

–¿Has desayunado tú ya?–Preguntó el joven Zondervan, mientras su cuidadora sacaba un cepillo de un cajón y comenzaba a cepillar su cabellera, que no era precisamente corta.

–Sí, me levanté a las seis y luego esperé aquí cerca a que te despertaras.

–¿Has entablado conversación con alguien del servicio?

–No, la verdad, ayer me dio la impresión de que no era bien recibida por ellos, y ha sido muy incómodo desayunar sola con gente mirándome mal... Si me lo permites decir...

–Claro que te lo permito, es cierto, si no quieres comer con ellos puedes comer conmigo, no me importa, además te tendrán que servir ellos la comida y será bastante satisfactorio para ti.

–¿Lo dices en serio? Puede que me meta en problemas por eso...

–Mientras estés conmigo no, y aquí se hace lo que yo digo, si no les gusta se tienen que aguantar, para eso son el maldito servicio.

Lizbeth sonrió peinándole lentamente. Tenía un pelo realmente bonito y negro como el carbón, casi le llegaba a los hombros, y tenía una forma muy rara, pero seguía siendo precioso a pesar de estar un poco sucio ya.

Ughbert se mantenía serio mientras le peinaban, pero por dentro se sentía un poco más feliz que antes, Lizbeth le transmitía más tranquilidad y libertad que la otra cuidadora que tenía. Aunque aun quedaba la prueba de la bañera, y ahí sabría si era realmente apta o no.

Cuando acabaron, Ughbert se levantó, pero en vez de ir a la puerta, le cogió el peine a Lizbeth y luego la sentó en la silla. Ella se dejó, un tanto sorprendida, claro.

–Sintiéndolo mucho creo que te voy a quitar esa cosa.–Dijo el chico, señalando a la cofia. Ella podía verle desde el espejo.–Me gusta mucho tu pelo y quiero hacerte yo un peinado.

–¿Sabes hacer eso?–Preguntó ella, extrañada.–Es raro que un chico sepa peinar.

–¿Y los barberos y mayordomos qué? 

–Visto así... Bueno, es que me sorprende.

–Mi madre me enseñó a hacer recogidos, y voy a hacerte uno muy bonito para que no tengas que ponerte eso.–Ughbert le quitó la tela de la cabeza y la dejó sobre la mesa del tocador. Fue nuevamente a su moño y empezó a retirar las pinzas que tenía, dejándolas también donde la cofia. Su pelo quedó suelto al final y se lo empezó a peinar lentamente y con cuidado de no darle tirones. El pelo de Lizbeth era largo y rizado, algo complicado de peinar, pero a Ughbert le gustaban los retos.

Ella se dejaba tranquilamente y quedaba sus ojos cerrados, mientras el chico peinaba con cuidado sus rojizos tirabuzones.

–Me sorprendes gratamente, Ughbert.–Mencionaba ella, aun siendo peinada.

–Es porque te has hecho una idea errónea de mi persona, señorita Lizbeth.–Contestó el chico, acabando de peinar y empezando a hacerle un recogido con las pinzas que había dejado antes.–Si se me trata bien y con educación puedo llegar a ser agradable.

–No he pensado en ningún momento que seas desagradable, solo no te gusta la gente, lo entiendo.

Ughbert no dijo nada y con una mano acarició la mejilla de Lizbeth desde atrás, pretendiendo quitarle el resto del pelo de la cara. Ante esto, ella no supo como reaccionar y tan solo miraba al joven a través del espejo, mientras este terminaba el peinado de ella, con gran profesionalidad.

–Terminado.–Concluyó el chico, apartándose un poco y dejó que se mirase bien.

Ella se encontraba muy guapa, francamente le había gustado como quedó. Se giró a Ughbert sonriente y le miró a los ojos.

–Es precioso...–Dijo hacia él, que la miraba también admirando su belleza, mas no cambió su seria expresión por el momento, aunque realmente lo quisiera hacer.–Muchas gracias Ughbert.

–Quien es hermosa va a quedar hermosa con lo que sea que se haga.–Volvió a decir el chico sin más, y entonces se puso unas zapatillas de andar por casa y se dirigió hasta la jaula de Hobo, abriéndola y dejando que saliera, y luego acudió hasta la puerta, dispuesto a ir a por su desayuno.

La chica se quedó sorprendida por esa respuesta y se sonrojó de golpe, nunca le habían elogiado de semejante manera, aunque fuese una indirecta, a ella le pareció directa a más no poder.
Aun impactada recogió sus cosas y fue directa a la salida detrás de Ughbert.
No dijo nada, solo le siguió hasta la cocina, donde algunas sirvientas preparaban el desayuno del chico, mientras otras simplemente no hacían nada y charlaban con los lacayos que estaban ''libres''. Sin embargo, al entrar, los sirvientes detuvieron sus actividades para mirar a su amo, y se quedaron quietos, con las manos juntas, apoyadas en sus vientres.

–Buenos días, señor Zondervan.–Dijeron todos a coro, haciendo una pequeña reverencia.

–Que se hayan marchado mis padres no quiere decir que podáis descuidar vuestras labores.–Contestó seriamente Ughbert, mirando con furia a todos, aunque no levantaba nunca la voz, no le gustaba gritar, pues para ser severo eso no era preciso.–Mi ropa sucia sigue en mi cuarto y la jaula de Hobo debía haber sido limpiada hace dos días, ya apesta, por no hablar de que nadie ha retirado las cortinas esta mañana y me he despertado tarde.

–Con su permiso, señor...–Decía una de las doncellas, con algo de miedo.–¿Eso ahora no le corresponde a la señorita Van Divel?

–Por supuesto que no.–Volvió a decir el chico.–Lo que le corresponde a la señorita Van Divel es cuidar de mi y estar ahí para necesidades primarias o cosas que yo le pueda pedir al momento, y a vosotros no os concierne en absoluto su trabajo en la casa.

–Con Patricé si nos concernía.–Contestó de una manera algo borde, el ayudante de cocina, que había entrado en la sala desde la zona de descanso de la sevidumbre, completamente despreocupado.

La cocinera, que estaba allí, terminando de calentar una cacerola de leche, le miró y le agarró de manera brusca, haciendo que se quedara quieto.

–Disculpe la insolencia de mi sobrino...–Dijo esta, con un poco de apuro. –Aun no tiene muy claro el concepto del respeto...

–Soy consciente de ello y de sus paseos nocturnos por la casa, algún día me encargaré de hablar con él personalmente a solas, pero ahora lo único que deseo es desayunar y dejaros claro que si no se os da otra orden u otro plan de trabajo, nadie debe descuidar sus tareas.

–Si me lo permite, señor...–Claire, el ama de llaves salió de detrás de ellos, ya que estaba preparando algo en el comedor junto a Jefferson y acababan de entrar en la cocina por la puerta del pasillo.–Usted comuníqueme las cosas con las que esté descontento a mi o al señor Jefferson y nosotros nos encargaremos de que los sirvientes lo sepan. No debería molestarse en bajar aquí y perder su valioso tiempo.

–Silencio Claire.–Contestó fríamente sin mirarla.–Yo hago lo que quiero y por lo que veo vosotros también, porque os recuerdo que estáis descuidando hasta las tareas más cruciales en esta mansión, y los buenos modales que debéis mantener, y no lo voy a permitir, a menos que queráis un despido inmediato. Puede que mis padres se hayan marchado, pero eso no es motivo, repito.

Todos se quedaron callados. Lizbeth no sabía qué decir y simplemente se quedó en silencio, mirando al suelo, no se quería meter en nada. Jefferson la miraba desde atrás con una sonrisa de pervertido. Pero Ughbert acabó mirando atrás y le vio mirando al trasero de su cuidadora.

–¿No tenéis nada que hacer?–Preguntó Ughbert con crudeza.–Llevadme el desayuno rápido arriba, y tú, Jefferson, deja de admirar las posaderas de la señorita Van Divel.

Ughbert se encaminó hacia la puerta y Lizbeth le siguió sin decir nada. Hobo les esperaba en las escaleras que conectaban la parte de abajo de la mansión con la de arriba. Para ser una rata tenía bien claro que no le gustaba pisar ahí, y más aun por lo que pensaba de los sirvientes. A partir de ahí siguió a su amo y a Lizbeth y seguido de ellos, una sirvienta le dio la bandeja del desayuno a Jefferson para que lo llevara a la planta superior.



Continuará...

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Capítulo 5: Problemáticos siervos.

Los señores Zondervan, su hijo, la cuidadora Lizbeth y el mayordomo de la familia, Douglas Jefferson, se encontraban en el gran salón sentados a la mesa esperando su comida, exceptuando el último, que solo se mantenía de pie a un lado para dar órdenes a los lacayos que servirían la cena junto a él.
Estos llegaron tras un rato y empezaron a servir a los comensales, que hablaban despreocupadamente entre ellos menos Ughbert, a quien no le interesaba entablar conversación con nadie. Él solo comía, enfrascado en sus pensamientos de siempre y tratando de no alterarse más de lo debido mientras Hobo le miraba desde debajo de la mesa. Nadie sabía que estaba allí esa rata, normalmente Harold y Eléonore le pedían al chico que no dejara que el roedor fuera allí mientras comían, pues a su madre le daba miedo desde que llegó, pero le dejó quedársela porque parecía ser lo único que le levantaba la moral a ese muchacho. Llevaba meses con él, se hizo su mejor amiga y ya la quería más que a nada. ¿Hasta qué punto llegaría este hecho? Le gustaba pasar tiempo solo o con la rata, mucho más que con otros humanos.

Conversaban sobre el tema del suicidio en la casa, les extrañaba a los señores que Lizbeth no se asustara de aquel hecho o que fuera a inducirla a lo mismo, sin embargo ella prefirió no tenerlo en cuenta y aceptó sin más.
También estuvieron hablando sobre los trabajos que hizo Lizbeth anteriormente, y eso a los señores Zondervan les ayudó a encaminarse por el historial de su nueva empleada. Esta les dijo que tenía veintiún años y llevaba cuidando niños desde los dieciséis. No les dio muchos detalles sobre su pasado, pero hablaron en su lugar de las buenas referencias que la anterior familia le había dado a los Zondervan. Justo antes de ir con los barones, había estado con una familia de clase alta que no poseía ningún título, únicamente eran unos ricos artistas, quienes habían quedado satisfechos con el trabajo de Lizbeth y enviaron una carta a los barones cuando la muchacha les dijo que aceptaría el trabajo de cuidar a Ughbert. Por lo que sabían Harold y Eléonore, ella era perfecta para ese trabajo y por eso la habían aceptado tan rápido a pesar de que se encargara de cuidar niños más jóvenes.

Durante la cena, Ughbert compartió unas miradas con su nueva cuidadora que estaba sentada frente a él, por parte de ella, sonrientes y alegres, por parte de él desconfiadas y llenas de odio, y eso le dolía un poco a la pelirroja. Los padres se percataron de esto y miraron enfadados a su hijo, pero de nuevo, sin decir nada, él cogió su plato y se marchó a una de las salas cercanas de descanso en la que lograría estar solo. Su rata salió de debajo de la mesa corriendo tras su amo y Lizbeth se percató de esto, asustándose y subiendo los pies repentinamente sobre su silla, chillando.

—¡AAH! ¡Una rata!–Chillo nerviosa, pues no se esperaba encontrarse con algo así en una mansión tan lujosa y bien cuidada.

Los cabezas de familia se rieron un poco al ver la reacción de Lizbeth y la miraron divertidos, sin embargo también se sintieron algo culpables por no mencionarle el detalle de la rata al llegar, de modo que pensaron en que era el momento de hacerlo.

—Tranquila, Lizbeth,—Pidió Harold, tratando de cesar su risa.—es la mascota de Ughbert, es inofensiva.

La pelirroja suspiró de alivio al ver cómo la rata se iba por la puerta del comedor que sostenía el mayordomo, y en cuanto salió el animal, este cerró la puerta detrás de Hobo. Ella bajó sus pies de la silla con bastante vergüenza al haber hecho eso delante de unas personas tan importantes que le estaban dando trabajo.

—¡Discúlpenme! P-pero... ¿es seguro que un animal como ese ande por la casa a sus anchas? Podría... Transmitir enfermedades y hacer sus necesidades por ahí.

—Ah, no te preocupes por eso, está amaestrada.—Respondió Eléonore intentando calmar a la nueva niñera viéndose amigable con ella. Mientras tanto los lacayos ya empezaban a quitar los platos que se vaciaban.—No sabemos cómo, pero nuestro hijo logró que se comportara como un perro. Es un animal obediente y limpio, a mi personalmente me da repelús y no me gusta que ande por aquí mientras comemos... Pero siempre sigue a Ughbert y no se puede evitar.

—Uf... Bueno, les ruego que perdonen mi comportamiento y mis comentarios...—Se disculpaba Lizbeth agachando la cabeza.—No quería insinuar nada contra ustedes o su familia.

Tanto Harold como su esposa rieron levemente otra vez y el primero hizo un gesto a los sirvientes para que quitaran lo demás, ya que habían acabado todos, y así hicieron mientras se levantaban de la mesa.

—Ya te he dicho que te relajes.—Repetía el cabeza de familia a la muchacha, también con un tono amistoso como su mujer, no eran personas serias o desagradables.—Aquí no juzgamos a nadie, es normal que hagas preguntas sobre el entorno en el que te vas a poner a trabajar, sin embargo puedes estar tranquila, porque aquí limpian cada día un montón de veces y es imposible que la suciedad pueda tener cabida en esta casa.

La joven cuidadora sonrió calmada e hizo una leve reverencia ante los amos de la mansión.

—No lo pongo en duda,—Comentaba, ya algo más tranquila.–puedo ver que todo reluce y se ve perfectamente limpio. Y bueno, si quieren, ya que hemos acabado podría ir a ver a Ughbert, creo que empezamos con mal pie y quizá convendría que nos conociéramos más estando solos.

—Sí, eso teníamos que decirte.—Añadió la madre, antes de que Lizbeth se encaminara a la puerta para abandonar la sala.—Es de vital importancia que no dejes solo mucho rato a Ughbert mientras nosotros no estemos. Él tiende a desaparecer por la casa, y desde que hace eso he notado que se ha vuelto muy ajeno a todo lo demás, no queremos que eso siga pasando, de modo que intente pasar tiempo con él sin agobiarle, agradeceríamos mucho cualquier avance.

—Me esforzaré muchísimo con su hijo, señora.

 —¡Genial! Mañana abandonaremos la casa temprano.—Anunciaba el padre.—Y como puede que no nos veamos le dejaremos una nota con algunas cosas importantes u otras que se nos hayan pasado por alto comentar. Si ocurre algo grave le dejaremos una dirección de correo a la que escribirnos o un teléfono para que nos contacte, nuestros sirvientes le facilitarán todo eso en el caso de que suceda cualquier imprevisto y volveremos de inmediato si nos es posible, ellos saben en qué hotel nos alojamos en Amsterdam,

—Claro señor.—Contestaba otra vez la nanny.—Trataré de hacerlo todo lo mejor posible para que Ughbert se encuentre a gusto conmigo.

—Bien, entonces ya puede marcharse, nosotros nos vamos a dormir, mañana nos espera un largo viaje.

—Buenas noches señores, tengan un buen trayecto.

—Buenas noches.—Se despidieron Harold y Eléonore al unísono y se fueron acompañados por Jefferson a su alcoba.

Lizbeth se fue por la puerta por la que se fueron Ughbert y su rata y buscó la sala donde se podía encontrar el joven.
Aún no conocía bien la mansión, así que miró por todas las salas cercanas hasta abrir una en la que él estaba sentado, abrió la puerta del todo, entrando y se acercó a él, que estaba recostado en un sofá y había dejado su plato en una mesita cercana.
La chica hizo una leve reverencia al chico para mostrarle su respeto, pero este le hizo una seca señal con la mano para que se detuviera.

—Deja de hacer eso.—Pidió molesto, mirándole mal.—No somos japoneses, no hace falta que hagas una reverencia cada vez que me veas.

—L-lo siento joven Zondervan.—Contestó ella, cortada, e intentó pensar en algo para arreglar el asunto.—¿Quiere el postre? Veo que no lo ha tomado.

Durante unos segundos él no dijo nada, solo la miró fijamente y al final asintió sin moverse demasiado.

—Por favor.—Acabó diciendo el adolescente de cabello negro.—Y ya que vas a la cocina, llévate mi plato. Estaré en mi habitación, supongo que ya sabes cual es.

Ughbert se levantó de repente y se marchó, y Hobo, que estaba sentada en otro sofá, salió corriendo detrás de él. La pelirroja solo dio un resoplido, se llevó el plato vacío del chico y se marchó hacia la cocina, aunque no sabía muy bien dónde estaba y se quedó algo perdida. Por suerte pasó por donde estaba ella el ayudante de cocina, Izaäk y se ofreció a mostrarle el camino. Este era un chico de diecisiete años que era el sobrino de la cocinera y tenía el rango más bajo en la casa, sin embargo tenía un carácter positivo y despreocupado, incluso a veces se paseaba por la mansión como si fuera suya y a Ughbert esto le molestaba mucho, pero nunca se llegó a quejar de su comportamiento ya que solo le sorprendió haciendo esto dos veces y las pasó por alto.

Al llegar a la planta baja vio como toda la servidumbre estaba cenando en su comedor particular, excepto algunos como el mayordomo o algún que otro lacayo o sirvienta que aún estaban trabajando  en las plantas superiores. Cuando la pelirroja entró, todos la miraron dejando de hablar de repente, y el ama de llaves, una señora vestida completamente de negro bastante seria, algo baja y de cabello café, se levantó, y con una mueca de desagrado se acercó a Lizbeth.

—Creo que no nos han presentado formalmente.—Habló de repente la señora, tratando de esbozar una sonrisa no muy sincera.—Soy Claire, el ama de llaves.

—Encantada, yo soy Lizbeth Van Divel, la nueva cuidadora de Ughbert.—Contestó ella un tanto extrañada, pues el resto de sirvientes dejó de mirarla y siguieron cenando en completo silencio.—Siento molestarles cuando están cenando, pero Ughbert me pidió el postre y que llevara esto aquí.—Alzó un poco el plato sucio, y Claire se lo cogió algo bruscamente, buscando con la mirada a Izaäk, que era quien se encargaba de lavar la vajilla.

—Esto lo lavará el chico rubio.—Masculló la mujer, intentando mantener su sonrisa, por falsa que pareciera.—Usted no tiene por qué traer los platos sucios, no es su trabajo.

—Oh... Está bien, ¿pueden darme al menos un postre de sobra para el joven Zondervan?

—Ahora se lo lleva uno de los nuestros, usted no se preocupe.—Cada vez Claire estaba algo más irritada por la presencia de la pelirroja de ojos marrones, costándole más mantener la sonrisa de pega que arrugaba más su rostro.

—Si no le importa, yo soy su niñera, me lo ha pedido a mi, ustedes cenen tranquilos, yo lo llevaré.

Unos cuantos la miraron mal, y ella realmente no sabía por qué, no les había hablado mal, solo cumplía las órdenes del chico, le daba la sensación de que no era bien recibida entre los sirvientes, quizá por ser más joven y estar en un rango más alto en la casa. El único que no la miraba mal era el ayudante de cocina, quien la había acompañado hasta allí, y cuando Claire vio esto, le dio el plato sucio a él, que se fue a lavarlo con resignación.

Al final, el ama de llaves le hizo un gesto a una doncella rubia, y esta se levantó de la mesa en silencio, cogió un plato limpio sirviendo sobre este un pedazo de tarta de chocolate y nata, el único que había quedado sobre la bandeja, y se lo dio a Lizbeth de mala gana, con poco cuidado y casi queriendo que se le cayera, mas ella lo sostuvo bien.

—Bueno, ahí está el postre del niño,—Gruñó de mala gana otra vez la señora de negro,—menos trabajo para nosotros, ahora si nos lo permite vamos a seguir cenando.

—De acuerdo... Gracias... supongo.—Contestó Lizbeth, realmente poco agradecida. No dijo nada más y abandonó la sala mientras los sirvientes que se habían levantado se volvían a sentar en su mesa a terminar su cena. Como ese comportamiento seguía pareciéndole muy extraño a Lizbeth, ella se quedó junto a una de las paredes del pasillo que estaba cercana a la puerta, para ver si decían algo de ella, no pudo evitarlo, aunque realmente pensara que lo mejor fuera ignorarlo para no estar incómoda en la mansión.

—Hemos tenido suerte.—Comentaba una mujer, que probablemente sería una de las sirvientas menores.—Esa zopenca nos va a quitar gran trabajo con el niñato estirado.

—Desde luego Sarah,—Corroboró un hombre, que Lizbeth no era capaz de reconocer, pues no había hablado con ninguno de los sirvientes masculinos a excepción de Izaäk.—Quizá hasta nos facilitará el trabajo.

—Bueno, ¡dejad la tertulia y terminad la dichosa comida!—Gritó una mujer que parecía mayor al resto. Lizbeth no podía ver quién lo dijo ni saber lo que hacían, así que para no tardar más se fue corriendo hasta las escaleras para subir a las habitaciones.

Una vez Lizbeth llegó al primer piso, el mayordomo jefe salió de la habitación de los señores Zondervan al fondo del mismo pasillo mientras sostenía un candil encendido. Al ver sola a Lizbeth se le acercó a paso rápido con una cara que no dejaba ver mucha confianza a la joven niñera nueva.

—Hola, preciosidad.—Saludó este, en un tono clarísimo de coqueteo.—¿Qué haces por los pasillos aún? Es algo tarde ya.

—Le llevaba el postre al joven Zondervan.—Respondió alegremente ella, como siempre, a pesar de la incomodidad de la situación: Jefferson se le estaba acercando demasiado, con una cara de lujuria.

—Bueno, quizá cuando el joven amo se duerma podemos tomar una copa en mi alcoba o en la tuya...–Jefferson la acorraló en la pared con una mano, mientras Lizbeth trataba de sostener el plato con el pastel con ambas manos sin poder hacer mucho más contra aquel hombre.

—Eh... Eh...—Ella no sabía qué decir, solo miraba de un lado a otro tratando de evitar la mirada fija de aquel mayordomo. Empezaba a ponerse un tanto nerviosa ante esto, no podía irse sin armar un escándalo, y no quería que el primer día dijesen algo de ella que no era cierto, ya la habían insultado bastante. Solo pudo respirar hondo y tratar de ser lo más amable posible con Jefferson para que este no se enfadara.—Lo siento... Hice un largo viaje hasta aquí y estoy cansada... Me gustaría dormir cuanto antes...—Ella trató de irse por el hueco que había libre, ya que el mayordomo sostenía el candil para ver por el oscuro pasillo, y con esa mano no podía acorralarla. Aunque no tuvo mucho éxito, porque él aproximaba su cuerpo a ella, sin importarle lo más mínimo el pastel que se interponía entre ellos y casi estaba a punto de pegarse al voluminoso pecho de Lizbeth. Jefferson era muchísimo más alto que la pelirroja. Tenía pelo castaño oscuro y un cuerpo esbelto, de cara era normal, y aunque fuera un hombre muy atractivo, Lizbeth no tendría ninguna intención de hacer nada con él, pues era pura y solo fue allí a trabajar.

—Serán solo unos instantes.—Insistía él, y se inclinó para poder besarla, pero de pronto Ughbert salió de su cuarto y miró aquella escena en silencio, pero con una mirada gélida con los ojos bastante abiertos.

La puerta del cuarto de Ughbert estaba justo frente a ambos sirvientes, y el chico había escuchado toda la conversación. Miró con furia al hombre, que se apartó de inmediato de la pobre chica al oír al chico salir,y ella se quitó de la pared, mirando asustada.

—J-joven Zondervan...—Susurró ella en voz baja, sintiéndose culpable y avergonzada.—Y-yo...

 —Silencio Lizbeth.—Pidió este con un tono sereno, a diferencia de lo que su rostro decía, mirando al mayordomo, que tenía cara de haber sido pillado in fraganti.—Lo he oído todo, y da gracias que el cuarto de mis padres esté alejado y no puedan oír bien esta insolencia, Douglas.

—Señorito, váyase a la cama, ahora es cuando los sirvientes tienen que relajarse.—Soltó tan tranquilo Jefferson mientras pasaba su brazo libre por los hombros de Lizbeth, la cual tenía la cara roja como su pelo.

—¡Déjeme en paz! ¡No quiero nada con usted!—Protestó, apartándose de él de nuevo y fue junto a Ughbert.—Perdóneme joven... No he tenido nada que ver, lo juro...

—Ya lo sé, por favor, métete en mi cuarto y deja el postre sobre la mesita de noche.—Contestó seriamente el muchacho de ojos grises, sin despegar su mirada de odio del mayordomo.

Esta le hizo caso, entró a la habitación de Ughbert y se quedó allí, sentándose en una silla tras dejar el pastel donde él le dijo. Hobo estaba ya en su jaula echada tranquilamente sobre un montoncito de heno que tenía a modo de cama, pero cuando vio a Lizbeth se aproximó a las rendijas más cercanas a la pelirroja y se subió sobre las dos patas traseras mientras se agarraba a los pequeños barrotes. La miró moviendo los bigotes de manera curiosa, y la chica se dio cuenta y fue a mirarla de cerca. No le pareció tan desagradable como antes estando ahí dentro y pudiendo mirarla a poca distancia, es más, le pareció un animal bastante bonito..
Mientras tanto, en el pasillo, el mayordomo estaba inmóvil frente a su joven amo, esperando que le dijera algo, pues este se había quedado en absoluto silencio, como si quisiera causar cierta tensión.

—Si fuera por mi, estarías despedido.—Advirtió muy severamente Ughbert a su empleado por fin.—Pero lastimosamente no tengo ninguna prueba de tu desacato y no quisiera meter a la nueva cuidadora en todo esto para que te acuse también.

—Intentaré que no vuelva a ocurrir, señorito.—Contestó sonriendo burlesco Jefferson mientras daba la espalda al chico y se fue alejando por el pasillo.—Pero no puedo prometer nada... No puede impedir que los sirvientes se relacionen entre ellos, y Lizbeth es una mujer muy atractiva... Buenas noches, duérmase pronto.

Bajó por las escaleras oscuras desapareciendo con su candil, y Ughbert dio un gruñido muy molesto.

—Mayordomo inepto... Algún día te las verás conmigo y no será agradable...—Masculló para sí, dándose la vuelta para entrar a la habitación.

Cerró la puerta detrás de él y vio cómo Lizbeth estaba en cuclillas, mirando la jaula de la rata, con un poco menos de miedo. En cuanto se dio cuenta de que Ughbert había entrado, se levantó y le miró, con un poco de apuro pensando que le iba a reñir. Había notado que su habitación era bastante grande, quizá un poco más que la de ella, y tenía su propio baño, También era toda violeta con algo de dorado, las paredes tenían un papel bastante bonito en tonos morados con decoraciones más oscuras, y debajo de este un friso de madera oscura de poco más de un metro de altura.

Hobo miró a su dueño en mitad del silencio sepulcral que había allí, y este, después de estar mirándola un rato, cambió su mirada hacia Lizbeth, quien esperaba a que él le dijera algo.

—Perdón.—Se disculpó él con seriedad, pero no con tanto odio como había hecho antes.

—¿Por qué se disculpa, joven Zondervan?—Preguntó la chica de ojos marrones, al ver que Ughbert no continuaba hablando.

—He sido un grosero, tú no tienes la culpa de nada y te he hablado como si hubieses venido especialmente para fastidiarme.

—No le culpo joven Zon...

—No me llames más así.—Interrumpió, y luego suspiró tratando de mantener la calma.—Llámame Ughbert, y no seas tan formal, al menos cuando estemos a solas.

—Está bien... Ughbert... Pues eso, que no te culpo de nada, comprendo que estés molesto porque tus padres quieran que tengas nanny siendo tan mayor... Pero debo cumplir con mi trabajo, lo siento mucho.

—Solo quiero hacer cosas por mi solo, aunque me temo que para aprender necesitaré tu ayuda.

—Por supuesto, yo haré cuanto pueda por ti.

Lizbeth sonrió al chico, aunque este se mantenía serio, erguido ante ella. Aún llevaba su traje puesto, pues no podía desvestirse solo, llevaba varias capas de ropa y se le hacía tedioso.

—Lo primero sería que... me ayudaras a desvestirme y me dieras el conjunto para dormir...—Comentó, mirando su complejo traje.

—Claro, dime dónde guardas tu ropa de dormir y te la prepararé.

Ughbert señaló una cómoda al otro lado de la habitación y, mientras él se sentaba en el borde de la cama, ella iba a la cómoda que le dijo y buscó por los cajones hasta dar con el que tenía los pijamas. Sacó una camisa abotonada negra y un pantalón del mismo color y los estiró un poco, poniendo las prendas sobre la cama. Todos los pijamas de Ughbert eran de colores oscuros, a excepción de uno que era blanco, pero que parecía estar por estrenar y al fondo del cajón.

Entonces Lizbeth se puso frente a él y lo primero que hizo fue quitarle el camafeo que llevaba al cuello, así como el pañuelo que había bajo este. Fue dejándolo todo sobre la cama por el momento, luego continuó desabrochando la casaca del traje, y Ughbert se levantó para facilitarle el trabajo de quitárselo, ya que este era largo por la parte de detrás e irremediablemente se había sentado encima de él.
La cuidadora le quitó la prenda y la dejó sobre la cama para luego colocarla, seguido de ello comenzó a desabrocharle la camisa poco a poco, Ughbert pudo ver que estaba concentrada en aquello, se notaba que Lizbeth era una profesional con los niños, seguramente tenía que cambiarles una y otra vez porque se manchaban la ropa a menudo, y para ella ese trabajo era como respirar.
Cuando acabó de desabrochar los botones de la camisa azul verdosa del chico, se la quitó y también la dejó doblada en la cama. Ughbert tenía un torso delgado, bastante normal, aunque quizá un poco marcado, cuidaba mucho su alimentación, pero estaba bastante flacucho aun así, Lizbeth pensó que probablemente él no comiera demasiado, pero eso ya lo comprobaría más adelante.

Ninguno de los dos hablaba, y tardaban bastante en volver a mirarse otra vez porque Ughbert trataba de evitarlo, no se sentía igual que cuando su anterior cuidadora le cambiaba. Antes sentía indiferencia, y esta vez nerviosismo, pero era posible que fuese porque Lizbeth era más joven y era nueva, podía darle un poco de vergüenza que le desvistiera una semi-desconocida que se aproximara más a su edad a que lo hiciera una señora ya entrada en años a la que conocía de toda la vida.

La pelirroja hizo sentarse de nuevo al adolescente y se puso de rodillas frente a él para quitarle los zapatos. Tras ello los guardó en el zapatero que poseía Ughbert, y seguido de ello volvió a él para quitarle los calcetines largos que usaba. Primero le quitó el de la pierna derecha y luego el de la izquierda y dejó ambos junto al resto de prendas.

—Tienes un traje algo peculiar.—Comentaba Lizbeth para romper el hielo.—Los trajes no suelen ser violetas, pero el tuyo es precioso y tiene una tela bastante suave y resistente.

—Suelo diseñar mis propios trajes y elegir las telas,—Dijo brevemente el joven.—mi madre y sus costureros me los fabrican, es dueña de una gran empresa de moda.

—Sí, ya estaba enterado de eso, no me extraña que tengas tan buen gusto vistiendo, es muy bonito. Ah, levántate otra vez, por favor.—Sonriente, Lizbeth esperó que Ughbert se levantara, y cuando lo hizo, ella llevó sus manos a su cinturón y se lo desató, dejándolo desabrochado sin quitárselo del todo. Luego de ello, desabrochó los botones de su pantalón y comenzó a bajárselo.

Él se puso un tanto rojo, por lo que ella dijo de su atuendo y porque no estaba acostumbrado a que una chica así de joven le desnudara, aunque también pensaba en que quizá eso de aprender a vestirse solo podía esperar un poco.
Sacó una pierna y luego la otra, dejando que la chica le quitara su última prenda del todo, aún quedaba su ropa interior, pero esa se la cambiaría al día siguiente cuando tuviera que bañarse.
Lizbeth, cogió el pijama y se lo puso al chico, poniéndole primero la camisa y abrochándola y luego los pantalones. Una vez listo, él solo se puso sus pantuflas para no estar descalzo y se puso a recoger parte de su ropa.

—¿Qué haces? Puedo recogerlo yo todo...—Dijo la pelirroja mirando a Ughbert.

—Algunas cosas las guardo para otro día si están limpias y otras las llevan a la lavandería por la mañana.—Respondió él sin pararse a mirarla, separando los calcetines, el pañuelo y la camisa, que eran para lavar, de los pantalones y la casaca, que eran para guardarse.—De modo que solo tengo que guardar esto en el armario y lo demás alguna sirvienta lo recogerá por la mañana.

—Oh, de acuerdo, en ese caso deja que te ayude.

Ughbert puso la ropa sucia en una cesta que tenía para ello junto a la puerta, y mientras Lizbeth le ayudó, guardando lo pantalones y la casaca en un armario bien doblados.
Al estar el joven preparado por fin pudo coger su preciado pastel de chocolate y comenzó a comérselo sobre su cama. Su niñera, se quedó quieta sin saber qué hacer o si podía marcharse, mirándole intentando encontrar las palabras adecuadas para no molestarle otra vez.

—Disculpa...—Alzo la voz Lizbeth, queriendo captar la atención de Ughbert de nuevo, ya que este se había quedado mirando a la nada mientras masticaba con tranquilidad su delicioso postre.—¿Quieres algo más o me puedo marchar?

El muchacho la miró de vuelta, terminando de masticar y tragar lo que tenía en la boca.

—Quiero que te quites la cofia.—Respondió decidido, mirándola, como si ya tuviera preparada esa respuesta.

—¿Mi cofia? ¿Quieres ver mi pelo?

—Sí.

Ella se sorprendió al oír esa escueta afirmación y entonces no dudó en quitarse la funda blanca que resguardaba su pelo, y se vio como llevaba un moño recogido con varias pinzas. Al deshacer su recogido, cayó por sus hombros su melena rizada del color del fuego, y Ughbert la miró impresionado, pues nunca había visto a nadie con ese color de pelo y realmente tenía mucha curiosidad desde que vio los mechones sueltos que se le salían por la cofia.

—Tu pelo es precioso.—Admitió, con su típica cara seca, aunque quizá demostrando un poco de sorpresa.—Jamás vi a nadie que tuviera el pelo de ese color tan peculiar.

—Gracias Ughbert...—Agradeció halagada la chica, mientras se peinaba un poco con los dedos.—He de admitir que me causó más problemas que otra cosa, pero me gusta ser diferente.

—Lo diferente suele ser mejor que lo común.

—Bueno... Supongo...—Ella se quedó sonriendo tímidamente y mirando al suelo mientras aún continuaba con el cabello suelto y las pinzas y la cofia entre sus manos. Estuvo unos segundos en silencio pensando en que aquel chico era peculiar, pero no estaba siendo tan desagradable como imaginaba que sería, ella sabía que podía ahondar en él con tiempo y buen trato.—¿Deseas algo más?

—No, gracias, tengo mi jarra de agua, mi tarta y pronto me entrará sueño, así que puedes retirarte., debes estar agotada del viaje, como le dijiste a ese patán.

—De acuerdo, si quieres alguna otra cosa solo llámame y acudiré en seguida.

Asintiendo, Ughbert abrió su propia cama y se echó en ella arropándose mientras su nueva niñera se alejaba dándole las buenas noches y se iba por fin de ese cuarto para volver al suyo.
Ella allí se quitó su uniforme, lo guardó para el día siguiente, se puso cómoda y se acostó, habiendo finalizado su trabajo ese primer día.

 Continuará! 

Capítulo 4: ¿Familia o servicio?

Las grandes compuertas de hierro de entrada a la mansión fueron abiertas por dos lacayos dando paso a un carruaje de madera poco adornado y muy corriente, tirado por dos caballos: uno marrón y otro negro con manchas blancas. Cuando el carro pasó, se cerraron las puertas y los dos sirvientes que quedaban lo siguieron hasta que se detuvo frente toda la gente que estaba allí.
El cochero se bajó y abrió la puerta del carruaje, de este salió una mujer joven, vestida con un vestido marrón hasta los tobillos, muy similar a los que solía llevar la plebe. Era demasiado sencillo, según Ughbert, no era más que una vulgar pobretona que quería ganar un dinero cuidando de un niño. Este se imaginaba a una mujer cascarrabias como la anterior, pero al salir, él se dio cuenta de que ella era bastante joven, sólo quedaba averiguar cómo sería su carácter.
La nueva niñera se acercó a los señores Zondervan e hizo una leve reverencia. Llevaba una cofia en la cabeza recogiendo su pelo y únicamente se podían ver dos mechones rizados y pelirrojos que salían de este y adornaban su pecosa cara. No era precisamente fea, y aunque era algo rolliza, eso no le restaba nada de belleza, es más, sus enormes senos hicieron que Lady Eléonore se incomodara un poco, ya que ella no era demasiado pechugona y seguramente tuviera el doble de edad que ella.

Buenas tardes Lord y Lady Zondervan.Saludó esta al acabar su reverencia, mirando a los cabezas de familia, luego miró a Ughbert, sonriendo alegremente.Hola a usted también, joven.

—¡Muy buenas, bienvenida a nuestro hogar!Respondió Harold, dedicándole una sonrisa, así como su mujer.

Lo mismo digo, señorita Lizbeth, espero que te sientas muy cómoda aquí.—Añadía también Eléonore, de manera cortés.

—Gracias.—La muchacha pelirroja aparentaba estar feliz, de hecho no parecía que ocultara lo contrario, sus ojos marrones tenían un brillo especial, se la veía entusiasmada con su nueva ocupación.

Ughbert no se molestó en contestar ni saludar, solamente fijó su gélida y turbia mirada en ella, como si quisiera perturbarla o algo similar. Ella se dio cuenta y entristeció su cara, pensando que él no se sentía cómodo, aunque tenía en mente que eso cambiara.

Sé que soy una extraña que va a entrar a tu casa así de repente, pero confío en que tú y yo nos llevemos bien.Le decía Lizbeth al muchacho de cabello negro, mas este seguía sin decir nada y continuó mirándole de mala manera.

Ughbert, no seas maleducado.Pidió su madre, disgustada.Ella está siendo amable contigo.

Discúlpale,Interrumpió Harold, rodeando los hombros con el brazo a su hijo, el cual se le veía bastante incómodo.Desde hace unos meses está algo extraño, será la pubertad, y la muerte de la anterior niñera no ha mejorado las cosas.

No se preocupe mi Lord, he tratado con múltiples niños muy problemáticos, no creo que Ughbert lo sea, y si lo es dudo que pueda ponerse a la altura de ellos.Lizbeth rió un poco, a lo que los padres del chico rieron también, pero no él, estaba hirviendo por dentro y debía callarse todo lo que deseaba soltar por la boca..

Bueno, Ughbert no es un chico problemático,–Aseguró Eléonore.solo es reservado, y le ha afectado bastante la muerte de Patricè, nadie sabe lo que le incitó a hacer lo que hizo y eso nos ha impactado a todos.

Exacto, pero se está haciendo un poco tarde, será mejor que pasemos todos a dentro y dejemos a los criados hacer sus labores.Lord Harold hizo una señal con su mano para indicar a los sirvientes que podían retomar su trabajo. Acto seguido todos a excepción del mayordomo se metieron dentro y este se encargó de cerrar la puerta al final cuando todos entraron.

Lizbeth, maravillada, vio el interior de ese gran hall en el que se había adentrado. La estancia era preciosa, decorada con tonos dorados y violetas, con muchos jarrones con flores o bien vacíos para decorar, algunas estatuas y algún que otro banco acolchado para decorar o descansar en algunas de las fiestas que solían preparar.
Aquella mansión se dividía en varios pisos, los subterráneos eran exclusivamente para la cocina y las habitaciones del servicio, así como algunas otras estancias para los pocos momentos de recreo que tenían ellos y la sala de la caldera, la cual estaba en el nivel más profundo.
Las plantas superiores eran las de las habitaciones de la familia o los invitados, y eran bastante más lujosas, espaciosas y coloridas que las del servicio, obviamente, aunque aparte de habitaciones también había salas lúdicas tanto para niños como para adultos y algunas otras salas como talleres o despachos.
Estaban aún en la planta que se encontraba a ras del suelo, y en ella había salones de baile, una biblioteca, una sala de descanso con grandes sofás y chimenea, y amplios pasillos en los que había grandes ventanales por los que se podían ver los preciosos jardines de la mansión.

Llevaron los señores Zondervan a la nueva cuidadora de Ughbert a uno de los salones para sentarse y charlar con ella de una manera más directa y cómoda, y el joven de la familia se quedó sentado en un sillón bastante más alejado de los otros, no quería tener nada que ver con la charla, pero no se iba porque sabía que sus padres se lo impedirían, y de cualquier manera iba a ser el centro de la conversación y que se iba a enfadar.

Bueno, señorita Lizbeth.Hablaba la madre de Ughbert de nuevo.—Tu puesto en una casa tan grande como esta puede resultar confuso, ya que no eres una sirvienta ni eres de la familia, pero intentaremos dejártelo todo claro para que no te pierdas.

De acuerdo, mi Lady.Asentía Lizbeth, agachando la cabeza como si estuviera haciendo una reverencia sentada.

Para empezar, tendrías el mismo rango que el ama de llaves,Informaba Harold.pero el mayordomo manda sobre ti. Sin embargo la anterior niñera de Ughbert, en ausencia de nosotros, era quien mandaba sobre él y sus quehaceres, de modo que, señorita Lizbeth, tú serás la única en la casa que podrá mandar sobre nuestro hijo y hacer cualquier cosa para su bien.

En otras palabras, serás como una doncella personal pero para todo el día y en todas las actividades de nuestro hijo.

Suena de maravilla.Contestaba la pelirroja, alegremente.–Pero... ¿qué pasa si Ughbert no me hace caso o rehúsa de hacer lo que le digo?

Ughbert es un chico bueno, como hemos dicho antes.Repetía la madre, mirando de reojo al chico, que miraba a su vez con cara de odio a todo el mundo.—Te hará caso como a su otra cuidadora. Eso sí, él tendrá que acostumbrarse a tu presencia, los primeros días se mantendrá arisco hacia ti, deberías poder contentarlo con lo que se le apetezca y las atenciones que requiera, cumpliéndolas todas correctamente.

Entonces, el muchacho, sin poder callarse más, se levantó bruscamente del sillón que ocupaba y miró a sus padres con un prominente enfado, apretando los puños con furia.

¡Ya está bien, madre, padre!Vociferó.¡No soy un perro! ¡Me estáis abochornando!Se hizo un silencio incómodo, mientras ambos progenitores miraban a su hijo, dándose cuenta de cómo estaban hablando de él.Con vuestro permiso, voy a retirarme a mi habitación.

Sin decir una sola palabra más, el joven se fue de la sala indignado, hacia las escaleras que subían a las habitaciones.

 Disculpa por esto.Dijo Harold a Lizbeth, cuando Ughbert desapareció de sus vistas y sonó a lo lejos un portazo.Hay veces que nuestro hijo se comporta de manera poco usual y no sabemos como tratarle... Ha cambiado mucho...

 Déjenlo en mis manos, señores Zondervan.Insistía la mujer cuidadora.Ya he tratado con niños antes como he dicho y sabré cuidar del joven señorito, es mayor que los niños que suelo cuidar, así que probablemente sea más fácil hacer que se abra a mi.

Será genial si congenias con él pronto, eres joven, supongo que será más fácil que se sienta a gusto con alguien que tenga una edad cercana a la suya.Eléonore se levantó y su marido la siguió, y tras este Lizbeth hizo lo mismo, esperando alguna orden o algo.Si estás lista podemos llevarte a tu cuarto. Tu equipaje te lo subirán los lacayos en un momento.

Claro, cuanto antes me haga a la casa, antes podré ponerme a conocer a fondo al señorito.

Acompañaron los señores de la casa a la pelirroja hasta el piso de arriba, donde se encontraban las habitaciones, y durante el camino, ella se fijó en la decoración y lo grande que era aquella casa en comparación a las que había estado. El mayordomo les seguía en todo momento por si querían algo de té o lo que fuera, y se encargó de abrirles la puerta del cuarto nuevo de Lizbeth.

En este pasillo se encuentran las alcobas de la familia.Explicaba Harold a la cuidadora.No podemos ponerte en el piso de abajo con los otros sirvientes porque si Ughbert necesita algo de ti por la noche, es más rápido y seguro que te encuentres en el mismo pasillo que él y no tardes en acudir por si le pasa algo malo.

Ya tiene una campana por si acaso, y la hará sonar cuando necesite algo.Corroboraba la mujer de la casa.No lo hará mucho, últimamente está siendo muy independiente y no creo que te moleste por la noche.

Lizbeth entró a su habitación y la miró de arriba abajo; era preciosa, grande, acogedora y tenía un tocador propio. Ella estaba acostumbrada a trabajar en unas casas de clase media-baja y estas eran mucho más pequeñas que aquella mansión en la que se acababa de meter. Realmente fue una suerte ver aquel anuncio antes que nadie, o quizá alguien sí lo vio pero le daba miedo meterse en una casa en la que la niñera anterior se hubiera suicidado. Lizbeth ignoró aquello solo porque necesitaba hospedaje y bastante dinero, y esa era una gran oportunidad para establecerse en algún sitio, aunque realmente se pensaba que al ser de tan baja clase no la iban a aceptar, de modo que fue muy afortunada.

—¡Me encanta este sitio!—Exclamaba Lizbeth, acercándose a la cama y tocándola con las manos. Las sábanas eran de color morado muy oscuro, algo tétrico, pero le gustaban los tonos oscuros.La cama es muy blandita y tiene pinta de ser bastante cálida.

Nos alegra mucho que te encuentres cómoda.Contestaba sonriente Harold.Hasta mañana por la mañana no partiremos, de modo que hoy trataremos de hacer que conozcas el funcionamiento de ciertas cosas que tienen que ver con Ughbert, ya que él esperará que conozcas todo y no creo que él sepa instruirte.

Les escucharé encantada.Lizbeth dejó su bolso sobre su cama para que no le molestara de momento y se dispuso a seguir a sus nuevos señores para aprender sobre su trabajo.

Estos salieron del cuarto y ella volvió a seguirlos fuera de ahí. El mayordomo, que se había quedado en la puerta, la cerró cuando los tres salieron y volvió a seguirlos. Su primera parada fue el baño común del piso de las habitaciones, en el cual se hallaba una de las criadas limpiando la bañera arrodillada antes esta. La empleada, en cuanto vio a Harold y Eléonore soltó el paño que estaba usando y se puso de pie, haciendo una reverencia hacia ellos, dispuesta a marcharse para no molestar, pero la baronesa la detuvo.

Meike, tú has sido la que ha preparado el baño a Ughbert esta última semana, ¿no?–Preguntó hacia su criada de cabello marrón claro recogido con una cofia que ocultaba casi todo este.

Sí, mi Lady, yo me he encargado de prepararle el baño al señorito estos días.—Respondía ella con una tímida voz, sin mirar directamente a los ojos de nadie.

Pues si no te importa, ¿podrías enseñar a Lizbeth cómo preparar la bañera para nuestro hijo y lo indispensable para el baño?

Por supuesto, señora Zondervan.

En ese caso nosotros estaremos preparando las cosas para nuestro viaje,—Esta vez habló nuevamente Harold, quien se había quedado algo atrasado porque tenía algo de prisa.si deseas saber cualquier otra cosa solo baja y pregunta, Lizbeth.

De acuerdo, gracias por esta oportunidad, señor.—Agradeció Lizbeth sonriente, dando una ligera reverencia hacia los señores, y estos también sonreían, pero se marcharon rápido de allí, volviendo al salón.

La pelirroja se quedó a solas con la otra sirvienta, Meike Hertzberger, y esta no parecía estar muy contenta con la presencia de aquella muchacha en la casa. Era visiblemente más joven y sentía que no hacía falta allí, ya que Ughbert era bastante mayor como para tener una cuidadora, era un adolescente, y tener a una niñera joven y atractiva solo complicaría las cosas, al menos para la servidumbre.
Con pesar ayudó a Lizbeth a preparar el baño del chico y le explicó que llenara la bañera casi toda con agua caliente y un poco de agua fría con los dos grifos disponibles, luego que frotara algo de jabón de una pastilla dentro del agua para hacer espuma, y que después ayudase a Ughbert a lavar su cuerpo por donde él le diga. La nueva niñera se sintió algo extrañada al saber que debía lavar a un adolescente de quince años, pero como era algo que solía hacer con niños más pequeños simplemente trataría de obedecer y proceder como habitualmente hacía en otras casas, ignoraría el hecho de que era alguien más mayor puesto a que no se tomaba en vano su trabajo, quería ser profesional, y aquel sitio era el mejor en el que había estado, era obvio que tenía que dar la talla y una muy buena impresión.
Tras enseñar a Lizbeth a hacer todo aquello, Meike se fue deprisa del baño para no tener que ver más a la nueva, que por cierto, había notado la condescendencia con la que la trató la veterana del servicio. Lo achacó todo a la posible envidia, así que no le dio más importancia y se marchó para volver a preguntar algunas cosas a los señores de la mansión Zondervan, no les comentó a estos el hecho de que una de sus sirvientas le tratara mal el primer día, sabía que no podía caer bien a todo el mundo y no era una persona que se quejase de cosas tan absurdas, todos debían acostumbrarse a que estuviera trabajando allí como Patricè lo hizo.

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Pasó el tiempo y se hicieron las siete de la tarde, tocaba cenar para los señores y los sirvientes ya estaban poniendo la mesa del gran comedor otra vez. Lizbeth se había cambiado de ropa a su uniforme nuevo y se había instalado del todo en su habitación, sin embargo, al acabar de instalarse se dio cuenta de que no sabía qué hacer, no tenía ni idea de dónde debía cenar; si con la familia a esa hora, o con los sirvientes después de que los Zondervan cenaran y se fueran a dormir, así que quiso acudir al comedor para preguntar directamente, pero tenía algo de reparo en molestarles y equivocarse al interrumpirles o preguntarles algo tan descarado. Salió de su habitación para buscar a alguien con quien hablar para preguntarles este dilema, y, por pura suerte, Ughbert salió de su cuarto también tras tantas horas ahí metido y lo primero que vio fue a su niñera nueva asomada a la planta baja desde la barandilla, con un gesto extraño.

Ejem...Carraspeó este, acercándose a ella por un lado.¿No se supone que es la hora de la cena? ¿Qué haces aquí?

Oh, joven Zondervan.Dijo ella, girándose para mirarle y se inclinó un poco para mostrar respeto.Me siento un tanto confusa en cuanto a mi estatus en su mansión... No sé si tengo que comer con los sirvientes, con la familia o sola, y no me gustaría molestar a sus padres...

La anterior comía con la servidumbre,Contestó con desinterés y de manera breve.pero hoy mis padres quieren que cenes con nosotros.

En ese caso, ¿debo bajar al salón ahora con usted?Lizbeth se mantenía amable frente al chico, aunque este demostraba frialdad y desconfianza frente a ella. Él no quería otra, ya era muy mayor para esas cosas, pero sus padres seguían insistentes en que sí la necesitaba. No le quedaba otra que aguantarse.

Acompáñame.El joven bajó las escaleras, dejando a la cuidadora detrás, sin querer esperarla, y esta, le siguió sin decir nada más. Podía notar que a el señorito de la casa no le hacía ni pizca de gracia su presencia, pero desde luego no se iba a rendir fácilmente con Ughbert, conseguiría acercarse a él costase lo que costase, pues sabía que los adolescentes eran difíciles, sin embargo por dentro tenían mucho que ofrecer si se sentían comprendidos, Lizbeth era una persona extremadamente positiva y le daba igual el mal recibimiento que le pudieran dar, sabía que algo cambiaría con el tiempo, aunque no se esperaba que algunas cosas cambiasen a peor, ni siquiera el propio Ughbert Zondervan.