domingo, 5 de octubre de 2014

Capítulo 2: Deseo de soledad.

Unos detectives llegaron a la mansión tras aquella inesperada muerte después de que los Zondervan llamaran a la comisaría de Roodeschool, había algo que no les cuadraba, ya que a parte de no haber ninguna nota de suicidio junto a Patricé, esta, días antes del suceso se encontraba como siempre.

El detective Van Dijken, un hombre alto de cabello castaño oscuro recogido en una coleta baja, se dispuso a interrogar a todos los residentes del complejo, incluyendo a los sirvientes y a Ughbert, pero como de costumbre, él no dijo nada, seguía absorto en sus pensamientos, con su rata amaestrada en el hombro mientras el detective perdía su paciencia con aquel muchacho.
Ambos estaban sentados en una sala apartada, uno frente al otro mirándose. El detective sostenía una libreta y un lápiz para apuntar lo que el chico quisiera aportar, pero no decía nada.

—Por última vez, chico,—Hablaba con un tono cansado y redundante el adulto.—necesito un testimonio tuyo, ya que eres la única persona que siempre estaba con la fallecida.

Tras una larga pausa, Ughbert le miró, inexpresivo y milagrosamente cedió a contestar:

—¿Cree usted que yo... la maté?—Cuestionó con un tono de voz bastante calmado, en bajo, algo que inquietó al detective.

—No descartamos esa posibilidad, ahora mismo todos en esta casa sois sospechosos, mis compañeros están analizando el cadáver y buscando pistas junto a este para determinar si efectivamente fue un suicidio o no.

—Yo... solo sé que ya estaba muerta cuando yo salí de mis clases... puede preguntarle a mi institutriz. Ahora si ha terminado... déjeme en paz.—Ughbert se levantó con su rata al hombro todavía, y el detective Van Dijken lo imitó, observando con desconcierto y sospechas al chico moreno de ojos grises.

—Hablaremos después, no creas que esto ha terminado aún.—Él salió de aquella sala junto al chico para volver con el resto a la destilería donde estaba el cadáver de la niñera, aunque Ughbert desapareció, no quería volver a ver aquello.

El detective, al encontrar a sus padres junto al resto de agentes, comentó que las respuestas del adolescente fueron muy escuetas y forzadas, y como siempre, los progenitores respondieron que él tenía un problema de socialización desde hacía meses y no solía hablar con nadie, y menos con desconocidos, así que ya era bastante que se dignara a responderle. Eso al detective le dio más motivos para sospechar de Ughbert, además de que la difunta era su cuidadora personal y el muchacho manifestaba muchas veces que no se sentía cómodo con ella, llegando incluso a hablarle bastante mal cuando acababa con su paciencia.
Por suerte para el joven, su profesora particular dijo que había estado con él todo el día practicando con su oboe, además de gustarle la música también tocaba su instrumento favorito, y no lo hacía nada mal para tener sólo quince años. La institutriz Matilde le enseñaba sobre música los martes y los miércoles, y el día del suceso justamente era un martes, de modo que el chico tenía una coartada, así que el detective no se fijó más en él.
Matilde explicó a Van Dijken que la fallecida había estado por la mañana con ellos dos ensayando, pero a las doce del mediodía se marchó inexplicablemente y no volvió, sin embargo, Ughbert estuvo todo el rato con su profesora y después fue con su madre para que le tomara las medidas de un nuevo traje con la modista, pero antes de eso les dieron la noticia de que Patricé estaba ahorcada.
Los demás también tenían pruebas de que no podían ser los autores del ''crimen'', nadie había visto a Patricé a partir de las doce de la tarde, y los demás se encontraban haciendo labores diarias, o al menos eso era lo que todos aseguraban, pocas cosas se podían demostrar y no siempre los ajentes estaban dispuestos a partirse el lomo por un caso absurdo.
Entonces para ellos no hubo más dudas: Patricé Donelly se había ahorcado ella sola, únicamente les quedaba determinar el por qué lo hizo. Lo que iban a preguntar acto seguido los detectives sería si la cuidadora vivió algún tipo de suceso trágico o si tuvo un desengaño amoroso, pero nadie más que Rick, el ayuda de cámara, sabía nada. Este hombre era su hermano, estaba muy unido a ella y contó que había estado bien y no tenía ninguna relación, o al menos que él supiera, cosa que le extrañaba ya que era una mujer muy seria, recatada y que odiaba el amor, no se le ocurría ningún motivo por el que su hermana quisiera acabar con su propia vida o mentirle acerca de lo que hacía, menos aún la posibilidad de llevar una doble vida.

Zanjado el asunto, los detectives y policías de Roodeschool volvieron a la villa, y la familia Zondervan hizo un funeral y luego entierro en su propio cementerio para la difunta Patricé.
Su hermano Rick lloró desconsolado por haber perdido a su única hermana, aún no se creía que ella se hubiera marchado tan abruptamente sin despedirse, sin dejar ni una sola nota para él ni para nadie más, simplemente eso no entraba dentro de su mente.
Al final del día, tras enterrar a la mujer, Harold Zondervan dio permiso al hermano de Patricé para que fuera a Irlanda a dar la noticia a su familia, ya que ambos hermanos eran irlandeses, y entonces Rick partió al día siguiente hacia su tierra natal habiendo prometido a la familia que volvería tras unos meses, entre viajes y quedarse allí un tiempo, y la familia lo aceptó sin problemas, prometiendo que le devolverían su puesto a su regreso.

Pasaron los días y todo volvió a la normalidad, la pena se iba marchando entre el servicio, aunque nunca estuvo presente en Ughbert, pues este no apreciaba mucho a la difunta, no se alegraba de su muerte, pero era cierto que tampoco le causaba tristeza, sus sentimientos para los demás eran un enigma, de modo que nadie sabía si consolarlo o simplemente dejarle en paz.
El comportamiento de Ughbert no se debía a los lujos que tuvo desde que nació, no era el típico niño mimado al que le daban de todo, era un chico obediente, ayudaba a sus padres y a los sirvientes, y era también muy pulcro y limpio, no existía un adolescente más eficiente que él, la única pega es que se hacía notar muy poco y casi siempre se mantenía escondido en sus pasadizos secretos de la mansión, la riqueza no fue la que le hizo parecer borde y frío, simplemente, el chico era así, de pocas palabras y misterioso, pero no era malo y solo contestaba mal cuando estaba muy agobiado.

Sin embargo las tornas cambiaron después del decimoquinto cumpleaños de Ughbert, pues empezó a cambiar su manera de pensar: se volvía más desconfiado y cada vez deseaba más estar solo cuando sus padres trabajaban y dejaban la mansión.
Día tras día se daba cuenta de que todo era mucho mejor sin criadas entrometidas y cotillas o mayordomos pesados e insistentes. Los evitaba a toda costa, y unos pensamientos intrusivos se colaban en su cerebro de vez en cuando, pensando en qué pasaría si se deshiciera de todos ellos, que desaparecieran sin más o les ocurriera algo que hiciera que no volvieran a aparecer en su vida en el futuro. Jamás se sintió tan libre como en ese instante en el que Patricè, su niñera desde pequeño, ya no estaba más pendiente de cada paso que daba. Se sentía libre, más relajado al saber que nadie le reñiría por llevar su cabello suelto como le gustaba, o que nadie amenazara con cortárselo, como hacía esa mujer cuando le peinaba a tirones que realmente le dolían. La susodicha, a parte de ser brusca al peinar al muchacho, también acostumbraba a agarrar a su rata Hobo de la cola cuando aparecía sin que ella se lo esperara, y la apartaba bruscamente, tirándola hacia otro lado, eso era algo que Ughbert odiaba y le hacía sentir muy mal, el maltrato a su mascota no le sentaba nada bien, menos cuando oía a esta chillar al estar colgada boca abajo de la huesuda y sucia mano de aquella niñera espantosa. En resumen: Era normal que Ughbert sintiera que un gran peso en su vida se había desintegrado, y esa sensación le gustó bastante, era el dulce sabor de la libertad.

Sin embargo, no duraría mucho la tranquilidad que le brindaba el presente, su futuro, su destino, le tenía deparada otra cosa mucho más grande.

Continuará.

jueves, 2 de octubre de 2014

Capítulo 1: La familia Zondervan.

(Advertencia: esto es una adaptación del capítulo 1 que escribí en 2014, de modo que probablemente haya cosas que me hayan quedado mal redactadas, igualmente espero poder ponerlo a la altura de mi escritura actual, disfrutad de la historia aunque no sea profesional, le pongo mucho cariño :))

_____________________________


Se encontraba la ciudad de Groninga toda nevada bajo el grisáceo cielo plagado de nubes blanquecinas, su gente recorría las calles y hacía sus compras bien abrigados. Esta se dividía notablemente entre nobles y gente de clase obrera y baja, se notaba por las llamativas ropas de los ricos y las harapientas de los pobres, que solían vestir marrón y blanco sobre todo.

Por esos tiempos había gremios de criadas que eran contratadas para trabajar en las casas y mansiones más selectas de su ciudad, al menos las más cualificadas para el trabajo. Este en principio era sencillo y estaba bien pagado, aunque muchas veces había ricos poco modélicos que trataban con desdén y maldad a sus empleadas, pero dado a la época, esto no les importaba, ya que al menos recibían una paga respetable y no tenían otro empleo mejor o si quiera un hogar en el que vivir, de modo que cualquier trabajo en una acomodada mansión de lujo merecería la pena a pesar de tener que soportar a un crío maleducado o a una familia abusiva.

Sin embargo, había un lugar apartado de la ciudad, al que muchas criadas rehusarían de ir a trabajar después de lo que acontecería en ese mismo mes de octubre de mil ochocientos ochenta y cinco, aunque fuera la mansión más grande y lujosa de la familia más acomodada de la zona.

A una media hora en carruaje de la gran ciudad de Groninga se encontraba una pequeña villa llamada Roodeschool, donde a sus afueras, oculta por un bosque cercano, se hallaba la gran mansión de la familia Zondervan. Dicha familia contrataba a los mejores empleados domésticos que se podían encontrar en Groninga, y estos eran bien tratados, alimentados y sus habitaciones eran limpias, espaciosas y con casi tantos lujos como la propia familia, nadie aparentemente tenía de qué quejarse.
Todo el complejo Zondervan constaba de la mansión principal, donde tanto la familia como los criados vivían, grandes jardines y extensas tierras, en las que estaba el cementerio tras la mansión, que se hallaba apartado del jardín trasero y vallado, y los enebros junto a la destilería, ya que los Zondervan producían ginebra en su pequeña fábrica.

En resumen: la vida allí era un sueño para todo aquel que viviera en esa gigantesca casa, o al menos eso parecía desde fuera, pues la gente de clases inferiores era propensa a pensar que la nobleza era todo apariencias aunque por dentro todo estuviese mal en las familias pudientes. Mas no era así con los Zondervan, no... hasta ahora.

Vivían felices los cabezas de familia Lord Harold y Lady Eléonore Zondervan con su único hijo Ughbert, quien acababa de cumplir los quince años de su vida. Ellos estaban continuamente ocupados y siempre recibían visitas en la casa, aunque desde hacía un tiempo nadie más vivía con ellos, puesto a que los padres del barón Zondervan recientemente fallecieron de ancianos, y los de su mujer residían en otro sitio, y ninguno de los dos tenía hermanos que viviese junto a ellos, por lo cual estaban solos los tres con el servicio y sus amigos que les iban a visitar. 
El hijo de la pareja siempre iba bien vestido con un trajes hechos a medida, no le gustaba vestir informal, aunque era cierto que cuando no había visitas le gustaba quedarse en pijama, las pocas veces que su estricta niñera y cuidadora Patrice se lo permitía.
Ughbert era delgado y medía un metro sesenta y seis. Era de un rostro pálido como el hueso y poseía un sedoso cabello negro a media melena y ondulado que nunca se recogía, pero que cuidaba a la perfección. Siempre tenía ojeras bajo sus ojos grises azulados, restringía su sueño porque no le gustaba dormir más de la cuenta y quería aprovechar su día, y además tenía una pequeña peculiaridad: era difícil sacarle una palabra de la boca. No le gustaba hablar, sus padres determinaron que era cosa de la adolescencia, pues no quería relacionarse ni hablar con nadie de su edad, y solo se comunicaba cuando era realmente necesario, además en ocasiones su comportamiento era misterioso, sobre todo por el hecho de que adoptara a una rata de la calle y se la quedara de mascota, la cual nombró Hobo. Sus padres no se lo impidieron, ya que pocas cosas llamaban la atención de su hijo y casi nada le hacía sonreír, salvo esa pequeña criatura marrón, a la que comenzó a cuidar, bañar, alimentar y peinar, como si fuera su hermana pequeña, ella le hacía feliz.
La otra cosa que entusiasmaba al muchacho era la música, le apasionaba desde pequeño y le recordaba a su abuelo, quien era pianista, y muy bueno además. Este le enseñaba mucho sobre este tipo de arte y Ughbert gracias a él supo que tenía su mismo don, sin embargo no con el mismo instrumento, pues el chico se decantó más por el Oboe, de ahí que llamara a su rata ''Hobo''.

Llegó el día martes 20 de octubre, y sin motivo aparente, a las seis de la tarde, la cuidadora de Ughbert apareció ahorcada en la destilería de ginebra, todos supusieron que se había suicidado, mas no se encontró ninguna nota y nadie sabía por qué lo hizo. Ella estaba en la mitad de su vida, y como todos los demás sirvientes, ella vivía de lujo. Aquello consternó notablemente a la servidumbre y el ambiente se volvió turbio, incluso los barones Zondervan no sabían como obrar, pues les preocupó aquello, además de por la pobre asistenta, por su hijo, quien se quedó sin niñera y además podía suponer un trauma para él, puesto a que vivió junto a esa mujer casi toda su vida y siempre estaban juntos.

¿Qué habría hecho que se suicidara Patricè Donelly?