miércoles, 7 de diciembre de 2022

Capítulo 20: Segundo interrogatorio

El despertador sonó a las siete de la mañana, aunque casi no hizo falta, puesto a que Hobo justamente entró por uno de sus pequeños pasadizos para meterse en la cama de Ughbert bastante rápido, seguidamente poniéndole las patas en la cara, no sin antes pisotearle los pechos a Lizbeth, que aún seguía ahí, vestida completamente. Ambos evidentemente despertaron sobresaltados y la miraron con cierta alarma, incorporándose en la cama.

—¡¿Qué pasa?!—Preguntaba asustada Lizbeth, también algo aturdida por el sonido molesto y repetitivo del despertador del chico.

—''Han llegado Lord y Lady Zondervan...''—Avisaba la rata, a lo que Ughbert se espantó y retiró las cortinas del dosel con fuerza, levantándose de la cama de un salto, y golpeando el despertador para apagarlo.—''Eso, será mejor que os deis prisa o se enterarán de que habéis estado haciendo guarradas... y matando gente.''

—Tú se supone que no debías estar escuchando eso...—Gruñó algo avergonzado y enfadado Ughbert, mientras se ponía una bata para disimular ante sus padres, ya llevaba su pijama también, pero debía seguir simulando que pasaba frío.

—No hicimos nada, simplemente... le alivié un poco.—Aclaraba la pelirroja, muy ruborizada, sentándose en el lateral de la cama, ya que no podía levantarse.—Pero él no me hizo nada a mi...

—No le des explicaciones a esta, debemos ir rápido antes de que esas garrapatas les empiecen a decir cosas a mis padres.

La joven doncella solo asintió y ambos se prepararon, poniéndose sus zapatos, Lizbeth con el extra de su prótesis de pierna, el muchacho la ayudó inmediatamente, y una vez listos y con sus batas puestas decidieron peinarse en el tocador mutuamente y después ir a lavarse la cara y las manos. 

Mientras estaban en el baño, llamaron a la puerta insistentemente, la joven adulta se quedó encerrada en el baño mientras Ughbert iba a abrir, y ahí vio a sus padres con una cara de preocupación notable y Jefferson con cara de vinagre detrás de ellos.

—¡Ughbert, mi amor!—Exclamaba Elèonore, abrazando a su hijo fuertemente, él hizo lo mismo, se sentía muy alterado, a parte de porque Lizbeth se encontraba allí, porque no sabía cómo iba a responder ante la desaparición de tantos empleados.—¿Te encuentras bien? Lizbeth llamó ayer por teléfono y dijo que los sirvientes se estaban comportando raro, sobre todo contigo, así que vinimos lo antes posible para ver qué sucede...

—Vamos a ir todos al salón para saber lo que ha ocurrido en estos días, al parecer han desaparecido algunas personas, es muy preocupante.—Hablaba Harold, compartiendo la preocupación de su esposa por su primogénito.

—Sí, han pasado muchas cosas... debemos hablar de esto...—Respondía Ughbert, con cara de molestia, que sus padres estuvieran allí entorpecería su misión, porque era muy posible que llamaran de nuevo a ese detective, y si empezaban a estar más atentos a los sucesos en la mansión lo tendrían sumamente difícil a partir de ese momento.

—Bien, queríamos avisar a Lizbeth para que viniera también a decir lo que ha pasado, pero no está en su habitación, incluso su cama está hecha...—La madre del joven por curiosidad miró dentro del cuarto de su hijo, pero allí no había nada destacable.—¿Crees que se habrá marchado en la noche...?

—Claro que no, ella jamás haría eso.—Respondió Ughbert, mirándoles con seriedad.—Prometió cuidarme.

—Tiene razón querida, vi antes que sus pertenencias siguen en su alcoba, incluso su ropa está doblada sobre la cama.—Mencionó el padre, recordando lo que vio en la habitación.—¿Dónde se habrá metido...? ¿Estará en la cocina haciéndote el desayuno?

—No, le dijimos el primer día que cuidara a nuestro hijo, no que le hiciera la comida, de eso se encarga la cocinera.

—Tsk... Lizbeth, puedes salir.—Dijo el adolescente, lo suficientemente alto como para que ella lo escuchara. Los padres de este se quedaron atónitos al escuchar eso, y entraron a la habitación, solo para ver cómo salía la joven pelirroja del baño, con cierto reparo.

—¡¿Q-qué estás haciendo aquí?!—Interrogó Elèonore escandalizada.—¿Habéis dormido juntos?

—Sí, señora Zondervan... Nuestra preocupación se hizo muy grande al ver que empezaba a faltar servidumbre en la mansión...—Trataba de justificarse Lizbeth, yendo hacia ellos aún vestida con su camisón, bata y el pelo suelto.—De modo que dormimos en esta habitación ya que tiene cerrojo por si algo malo sucedía en la noche... La mía no tiene y me sentía algo insegura allí sola.

—Es cierto, madre, padre, ambos nos sentíamos desprotegidos, algo está muy mal aquí.—Reforzaba Ughbert el argumento de la chica.—No le digan nada malo a ella, por favor.

—Está bien, no os preocupéis, comprendemos la situación, ayer por teléfono se le oía muy preocupada, así que lo dejaremos pasar por esta vez mientras no haya ocurrido nada indecente.

—¿A qué se refiere, padre?—Preguntó Ughbert, haciéndose el tonto, a lo que su madre miró a su esposo frunciendo el ceño.

—Harold, nuestro hijo es puro e inocente, no sería capaz de tocar a la niñera... de hecho repele cualquier contacto humano... hasta me cuesta creer que haya accedido a dormir con ella en la misma cama...

 —Con todo respeto, creo que primero deberíamos aclarar las desapariciones en lugar de cuestionarnos por qué hemos dormido juntos, la cama es enorme, no nos hemos tocado en toda la noche, ya está bien.—Ughbert haciéndose el ofendido, teniendo que mentir. Salió al final de su cuarto apartando un poco a sus padres, los cuales se quedaron ciertamente sorprendidos con su comportamiento, su hijo les estaba pareciendo distinto, y el ambiente cada vez más perturbado. Jefferson seguía en el pasillo esperando, escuchando atentamente toda la conversación, Ughbert al fijarse en este le miró con odio, aunque no dijo ni una sola palabra.

—Vale hijo, pero, ¿no te vas a vestir antes de bajar?—El hombre adulto se había quedado quieto, observando cómo los dos se miraban de esa manera, se notaba a leguas la tensión entre el mayordomo y el muchacho.—Probablemente llamemos al detective Van Dijken y preferiría que estuvieras presentable.

—Sí, padre, pueden ir bajando, Lizbeth me vestirá y luego ella se irá a vestir también, no tardaremos demasiado.—Ughbert volvió a entrar a su cuarto y miró a la pelirroja, quien asintió y rápido fue hasta su armario para prepararle su ropa.

—De acuerdo hijo, te esperamos abajo.—Le dijo Elèonore y entonces ellos dos y Jefferson se marcharon de allí cerrando la puerta.

—''Esto se está prendiendo pero bien.''—Habló Hobo, que sabía estado escuchando desde el suelo, escondida bajo un sillón.

—Me da la sensación de que esto es una especie de espectáculo para alguien ahí abajo...—Gruñó Ughbert, pensando en lo que le dijo su padre.—Van a llamar a ese detective de nuevo como sospechaba...

—Lo siento... no debí haber llamado a tus padres ayer...—Se disculpó la niñera tristemente mientras iba hacia el armario para sacar la ropa del chico.

—Ya discutimos sobre eso, pensaste que hacías lo correcto, no pasa nada.—Contestó él, yendo hacia ella y agarrando una de sus mano antes de que sacara nada.—Yo también hice cosas de las que no me siento orgulloso, son cosas que pasan...

—Bueno, pero tú lo que haces es para salvar a tu familia...

—No me refiero a lo de matar gente...—Se quedó callado un momento, pensando en si debía confesarle lo ocurrido con Izaäk, no quería engañarla, y le mataría tarde o temprano, así que su ''romance'' no podría salir de ningún modo.

—¿Y a qué te refieres entonces...?—Ella le miró, preocupándose, pero Ughbert le apartó la mirada y la soltó finalmente.

—No creo que debamos hablar de ello ahora mismo, vamos a vestirnos, mis padres nos esperan y debemos enfrentarnos primero a asuntos más importantes.

—Está bien...—No dijo nada más la muchacha y prefirió ir sacando toda la ropa del muchacho moreno mientras él iba a por sus zapatos.

Después de eso, en un incómodo silencio, Ughbert se vistió con ayuda de Lizbeth, se puso sus zapatos, y luego esta se fue a su cuarto para cambiarse, diciéndole antes a él que fuera bajando porque ella tardaba más en arreglarse. 

Lizbeth no podía parar de pensar en lo que le dijo el chico, ya que a esas alturas le contaba todo, o eso era lo que ella pensaba, y le angustiaba no saber qué era lo que hizo Ughbert de lo que se arrepentía.

Este se encontraba ya completamente arreglado bajando las escaleras a la planta cero y caminó lentamente con Hobo en el hombro hasta llegar al gran salón, donde vio a todos los sirvientes reunidos frente a los barones Zondervan.

—Ughbert... Cuéntanos qué ha pasado desde tu punto de vista, por favor.—Pidió directamente la madre del chico, aún con aires de preocupación. El ambiente estaba realmente turbio, la servidumbre se encontraba inquieta y se miraban unos a otros.

—Hace días empezaron a desaparecer algunos sirvientes, creo que Meike fue la primera, o quizá Ben, no recuerdo muy bien.—Contestó el chico tratando de parecer confuso e inocente.—Lo raro es que, según he oído, aún están sus pertenencias aquí...

—¿Dejaron sus cosas aquí?—Interrogó Harold, sorprendido hacia los empleados de su hogar.

—Sí, ahora mismo faltan Meike, Ben, Angelien y Antonella.—Informaba Claire, el ama de llaves, seriamente.—Estas dos parece que se fueron ayer, hubo un problema en la lavandería y supuestamente Angelien fue a buscar a alguien para repararla mientras los demás tenían su rato libre, y al parecer Antonella desapareció mientras todos dormíamos.

—Cuatro empleados... ¡nos han dejado cuatro empleados!—Exclamó Elèonore, frustrada.—Y lo peor es que no sabemos ni lo que ha ocurrido aquí en tan sólo unos días....

—Ah, eso es otra... me han dicho que habéis tratado mal a nuestro hijo, como eso sea cierto de aquí se irá más gente, y con una mala recomendación por nuestra parte a otras casas o trabajos,

—Con todo respeto, señor Zondervan, su hijo nos trata como seres inferiores y nos habla con desdén,—Habló con serenidad fingida Douglass Jefferson.—cambió mucho cuando salieron por la puerta, y seguramente esa nueva nanny le está enseñando todo eso.

—Disculpa, pero aquí cuando no están mis padres mando yo, y si no te gusta te aguantas, es tu trabajo estar a nuestro servicio.—Refunfuñaba Ughbert visiblemente enfadado, pero tratando de mantener la calma.—De hecho te empecé a hablar mal la noche antes de que mis padres se fueran mientras dormían porque estabas molestando a la señorita Van Divel, y rehusabas a dejarla en paz a pesar de sus repetidas súplicas por dejarla ir, por supuesto no iba a permitir que ocurriera semejante acoso en mi casa, y después de ello todos vosotros os pusisteis en una especie de huelga, vuestro trabajo se empezó a ver ciertamente deficiente, ¿quieres que hable más? ¿Como de tu intento de agresión hacia mi...?

—Douglass... ¿Es eso cierto?—Harold se empezó a enfurecer considerablemente mirando al mayordomo con odio mientras apretaba los puños.

—¡Claro que no, señor! ¡Este crío está mintiendo! Está en edad de ser rebelde y travieso, seguramente sólo se ve amenazado por mi y trata de defender su territorio.

—Otra vez me están comparando con un perro...—Se quejó Ughbert en bajo y miró hacia la puerta del gran salón esperando a que llegara Lizbeth, pero tardaba bastante, no había pensado lo mucho que podía costarle hacer las cosas por sí sola sin una pierna.

—Jefferson, vamos a llamar al detective otra vez y va a investigaros a todos y cada uno de vosotros, incluyendo a la niñera,—Habló esta vez la baronesa, igual de irritada que su esposo.—ella habrá visto de cerca lo ocurrido y seguramente podrá decirnos si ha visto esas cosas también o son invenciones de Ughbert, pero dado a que ella fue quien nos llamó en primer lugar, todo apunta a que no es así. 

—Creíamos que eras de fiar, pero nos estas decepcionando, tu manera de hablar de nuestro hijo no me gusta en absoluto.

—Señores Zondervan, creo que deberíamos guardar la calma todos y hablar luego sobre nuestra situación con el señorito.—Opinaba ahora Claire.—Llamemos al detective y veamos si puede averiguar algo sobre lo que está ocurriendo...

—Claire, no sé si es usted consciente de la gravedad del asunto, ¡hablamos de que este ser casi agrede a nuestro hijo de quince años teniendo él como cuarenta!—Empezó a gritar Harold, ya no pudiendo contener su enojo.—¡Además de acosar a una empleada y encima estando nosotros en la mansión!

—¡Le juro que yo no hice nada de lo que dice Ughbert! ¡El resto le dirá que miente!—El mayordomo miró con nerviosismo a sus compañeros de trabajo, pero estos no sabían qué responder, se miraban unos a otros, querían encubrir lo que hizo, pues también podrían salir más cosas que hicieron los demás, pero no se atrevían a mentir ante el señor Zondervan. 

—Nosotros no vimos nada de eso...—Habló finalmente Claire, quien era de las más mayores y decididas.—Llevo muchos años conociendo a Douglass y es incapaz de abusar de niños y mujeres.

—¡Eso es mentira!—De pronto se vio a Lizbeth apareciendo por la puerta doble del salón, entrando y dirigiéndose hacia la pequeña multitud de gente. Había podido escuchar lo último que dijo el ama de llaves.—Jefferson lleva acosándome sexualmente y hablando mal a Ughbert desde que se fueron, no hagan caso a estas personas señores Zondervan, son todos unos mentirosos y se encubren unos a otros porque no han estado haciendo su trabajo. Y si, este mal llamado hombre casi agrede a su hijo, me tuve que interponer para que no lo hiciera.

—Ah, por fin te dignas a aparecer...—Habló con desdén la cocinera, que era quien más rabia le tenía a Lizbeth, probablemente por celos.—¿Cómo te atreves a hacer esperar a los barones en un momento tan crucial?

—Disculpen mi tardanza, señores Zondervan...

—No se apure, señorita Van Divel,—Contestó gentilmente Elèonore.—Díganos qué más ocurrió.

—Eso es casi todo, tanto Jefferson como el resto de sirvientes decidieron jugar a cuestionar las órdenes del señorito y descuidar sus quehaceres, además de agredirnos verbalmente.

—¡No le hagan caso a esta buscona!—Volvió a chillar Jefferson, bastante inquieto.—Han visto cómo ha estado durmiendo con su hijo, seguramente quiere seducirle para llevarse su fortuna!

—Seguro que ha sido ella quien ha hecho desaparecer a nuestros compañeros.—Comentaba metiendo cizaña Sarah, una de las criadas, quien usualmente no se metía en aquellas cosas, pero estaba triste y nerviosa porque sus amigas más preciadas en la casa ya no estaban.—Habrá tardado tanto para ocultar las pruebas...

—¡Sois unas ratas venenosas...!—Gritó enfadado Ughbert de pronto, aunque se dio cuenta de que lo que dijo quizá no era lo más adecuado y miró a Hobo, que estaba en el suelo mirándole fijamente.—Quiero decir... ¡sois algo mucho peor que no puedo ni alcanzar a describir! Lizbeth desde que ha llegado me ha protegido, ha tratado de ser amable conmigo y me ha hecho ser menos callado y recluido, pero no tiene que ver con la necedad que estáis diciendo, de hecho, tal y como ha dicho mi madre: si hubiera hecho algo malo no se hubiera molestado en llamarles por teléfono preocupada.

—Es cierto... hemos notado ese gran cambio.—Contestó la madre del chico, mirando a este.—No sé qué habrá pasado exactamente en estos días, pero es obvio que el trabajo de la señorita Van Divel está siendo impecable, lo otro realmente no importa tanto, lo que importa ahora son las desapariciones.

—Y desde luego no ayuda tu nefasta actitud, Jefferson,—Continuó Harold la frase de su esposa, con una mueca seria y demostrando su ganas de echar a ese tipo de sus dominios.—Así que vamos a prescindir de tus servicios, estás despedido.

En ese instante, Lizbeth y Ughbert se miraron, no sabían si eso era bueno o era malo, ya que debían asesinarlo, y si se iba de la mansión les costaría más encontrarle, pero por otro lado fuera de la mansión podrían acorralarle y esconder mejor su cadáver, además contaban con el apoyo de Satanás para ver a dónde se iba.

—¡¿Qué?! ¡No pueden despedirme! ¡Llevo muchos años en esta mansión siendo su mayordomo!—Se quejaba exaltado el hombre.

—Ya, yen estos años jamás nos habías fallado, hasta ahora.—Volvió a hablar la baronesa.—Espero que comprendas que agredir a nuestro hijo de cualquier manera es una cosa deplorable que no podemos permitir.

—¡Pero él pateó mis partes! ¡Y la niñera me pegó un puñetazo!

—Yo te pegué por intentar golpear a Ughbert.—Gruñó la pelirroja, encarándose a Douglass.

—Y yo por insultarnos, porque ya me estabas hartando.—Insistía el chico, mirando con rabia al mayordomo, quien estaba altamente alterado todavía. 

Siguieron discutiendo por unos minutos, Lizbeth no volvió a decir nada, solo se quedó mirando disimuladamente a la doncella de compañía de Elèonore, quien estaba también en absoluto silencio, con cara de no entender qué pasaba ahí, ya que esta acababa de llegar con los barones y no sabía nada de lo ocurrido, pero la pelirroja dedujo que también estaría metida en los asuntos del resto de sirvientes. 

—''Algo me dice que la siguiente será Jetta''.—Mencionó Hobo hacia Lizbeth mientras los demás se gritaban y Ughbert se agobiaba, tuvo que alejarse a mirar por la ventana, tanto ruido le aturdía, y todo ahí se estaba saliendo de control.—''Ella es la doncella personal de la madre de Ughbert, seguramente no sepa nada de lo ocurrido y le pida explicaciones a los demás cuando estén solos... obviamente me encargaré de espiarles''. 

Aún sin poder decir nada, Lizbeth estaba escuchando al roedor e hizo un muy leve gesto con la cabeza indicando que le había escuchado. Ughbert también lo oyó, pero seguía mirando a la ventana pensativo sobre lo que podía pasar a partir de ese momento, con sus padres en la mansión y con los detectives, que seguramente tendrían que volver a interrogar a todos, su cometido se volvería mucho más complicado con tanta gente vigilando cada movimiento de todos.

De pronto, entre todo el jaleo, Harold acabó la discusión pidiendo silencio.

—¡Basta! Ahora mismo vamos a llamar a la policía y al detective Van Dijken.—Resolvió, finalmente fulminando con la mirada a Jefferson otra vez, padre e hijo se parecían bastante cuando estaban enfadados.—Y tú, como ya he dicho: estás despedido y no hay nada que puedas hacer para que te contratemos de nuevo. Después del interrogatorio o lo que tenga que pasar te irás de mi mansión.

—Muy bien, como digas, Harold.—Respondió el ya ex empleado de la casa, olvidándose del respeto que pudiera tenerle a ese hombre, puesto a que ya lo despidió.—Pero cuando esa mujer o tu hijo rarito se vuelvan en contra vuestra os arrepentiréis de esta decisión.

Al escuchar aquello, el barón Zondervan se acercó peligrosamente al ex mayordomo y le agarró de las solapas de su traje, casi levantándolo del suelo, muy enfadado.

—¡No dudaré en pegarte yo también como sigas insultando a mi hijo! El despido no es lo peor que te puede ocurrir...

—Harold, cariño, deja a ese desgraciado por ahora, llamemos al detective, han de investigar cuanto antes.—Habló su esposa, tomándole del hombro por detrás para tranquilizarle, y luego se alejaron los dos y miraron a sus sirvientes.—Bien, nadie se va a mover de esta sala hasta que llegue la policía, esperemos que se resuelva pronto. ¿Falta alguien más a parte de los desaparecidos?

—Izaäk.—Respondió escuetamente el ama de llaves.—Pero él está en su cuarto reposando, ayer sufrió un incidente y tuvimos que llamar al médico, seguramente ya se encuentre mucho mejor, solo tuvo un desvanecimiento por el cambio de temperatura ya que fue asignado a la caldera para sustituir a Ben.

—Ah, el doctor Smith y su hija son testigos de una de las discusiones que tuvimos al ir a ver a Izaäk.—Volvió a hablar Ughbert.—Tal vez convendría llamarlos para que dijeran su testimonio, por si acaso.

—Los llamaremos entonces.—Concluyó Harold, acercándose al teléfono, aunque antes de marcar volvió a mirar a sus empleados.—Si es posible traed al chico aquí también, necesitarán hablar con todos.

Claire asintió y miró a Sarah haciéndole un gesto con la cabeza para que esta fuera. De modo que la criada rubia se puso en marcha rápidamente para llamar al ayudante de la cocinera.

Harold se encargó de llamar a la policía y al detective Van Dijken mientras Elèonore mantenía la vista fija en todos y cada uno de los sirvientes, paseándose por la sala para clavar sus ojos azules en los de aquellas personas. Los rostros de cada uno de ellos eran muy variados: unos mostraban miedo, otros rabia, otros incertidumbre, y Jetta era la única que simplemente estaba confusa mirando a sus compañeros, estaba deseando preguntar qué rayos había pasado. Obviamente la baronesa tenía en cuenta que su doncella personal no tenía nada que ver con los sucesos ya que estuvo con ellos en el viaje, aunque igualmente tendría que ser interrogada, o al menos eso era lo que sospechaba.

Pasaron unos largos minutos, casi todos en la sala estaban callados, aunque la familia Zondervan y Lizbeth se habían quedado charlando sentados en unos sofás sobre lo acontecido aquellos días. La pelirroja contó su experiencia con Ughbert, diciendo que al principio estaba reacio a hablar demasiado y no parecía estar contento, pero con tan solo pasar unas horas juntos rápido cogió confianza con la chica y se hicieron amigos. Obviamente evitaron decir unas cuantas cosas sobre los asesinatos que Ughbert cometió y algunas otras cosas ciertamente incómodas para ellos, sin embargo para los padres del joven era más que evidente que podría haber algo más que amistad, ese cambio tan radical de su hijo no se podía deber solo a juntarse con una persona nueva aleatoria, de hecho pasó por sus cabezas algo que antes de partir no tenían presente: Ughbert estaba creciendo y madurando de verdad, ser raro, desaliñado y tétrico solo lo hacía especial, era un joven que destacaba, muy talentoso, pero desarrollaba excentricidades a medida que crecía, después de todo, así son los artistas, y su hijo era uno de ellos.

—Sabes hijo, quisiera pedirte perdón por sobreprotegerte.—Dijo Elèonore, agarrando la mano del muchacho suavemente sobre su pierna, ya que ambos se encontraban sentados juntos en el mismo sofá.—Creo que tu padre también estará de acuerdo en que cometimos una equivocación y debimos escucharte.

—Sí, es obvio que sabes defenderte más que de sobra solo, bueno, con un poco de ayuda, pero has demostrado que te estás volviendo todo un hombre.—Confirmaba Harold, sintiéndose orgulloso.

—Gracias... es que he visto cosas muy raras y el trato de todo el mundo hacia mi es despreciable.—Contestó Ughbert mirando al suelo un poco avergonzado, pero evitando decir todo lo que sabía, quería advertir a sus padres del gran peligro que corrían, mas era imposible, no le iban a creer.—También quería demostrar que puedo cuidar de mi hogar sin depender de nadie, así que hice lo que debía.

—Bien hecho hijo, pero cuando llegue la policía tendrás que ser totalmente sincero con ellos... sobre todo si algo involucra a Lizbeth...

—Madre... ya dijimos que ella no hizo nada, de hecho me defendió.

—No me refiero a eso... me refiero a...—Elèonore fue interrumpida por un sonido que golpeaba las puertas de la mansión insistentemente, por lo que se detuvo de hablar y todos se levantaron de los sillones, la mujer luego dirigió su mirada a los sirvientes.—Debe ser el detective... vamos, que alguien vaya a abrir.

—Yo no, yo estoy despedido.—Rió con cinismo Douglass, apoyado en una pared.

—Tú sigue, que aún te llevas un buen puñetazo.—Advirtió seriamente Harold, cada vez más impacientado y nervioso, pero solo recibió un suspiro de pesadez por parte del otro hombre, que no dijo nada más.

Ludger fue a abrir la puerta, y poco después volvió al gran salón siendo acompañado por el detective Van Dijken, unos policías, y una chica adolescente de cabello dorado y elegantemente recogido. Esta llevaba un vestido de color azul oscuro con flores y bordados y un sombrerito del mismo color que adornaba su peinado.

Los Zondervan y Lizbeth se acercaron a ellos y Harold le dio la mano al detective para saludarle.

—Bienvenido de nuevo, señor Van Dijken, lamentamos haberle llamado tan temprano.—Dijo este recibiendo el apretón de manos del otro adulto.

—No se preocupe, barón Zondervan, es mi trabajo y mi deber resolver casos.—Respondió seriamente el detective.—Me dijeron ustedes que desaparecieron cuatro empleados misteriosamente en estos días que se marcharon, ¿no es así?

—Correcto, estamos muy confusos ahora mismo, no sabemos si se marcharon, huyeron de alguien o si les ocurrió algo malo.—Añadió la baronesa.

—Bien, pues si lo permiten empezaremos a investigar por la casa para buscar pruebas que nos puedan decir algo sobre su paradero, después les interrogaremos a todos los presentes sin excepción, aunque no hayan estado aquí, es necesario.

—Por supuesto, lo que haga falta.—Harold invitó al cuerpo policíaco a mirar por la mansión en busca de pruebas, y estos se pusieron en marcha, aunque la chica que llegó con ellos se mantuvo en el salón, escribiendo en una libreta que tenía. Los dueños de la casa no supieron exactamente quién era ella y por qué estaba allí, tal vez era una chica en prácticas.

—Disculpe, ¿quién es usted, señorita?—Cuestionó Elèonore, confusa.

—Buenos días, mi nombre es Greta Van Dijken, soy la hija del detective, solo estoy tratando de aprender el oficio de mi padre.—Contestó sonriente la muchacha.—Siento no haberme presentado antes, estaba apuntando las cosas esenciales sobre la base de este caso.

—Oh, pues adelante, puede investigar usted también.

La joven asintió, pero antes de ir a alguna otra parte miró a Ughbert, se quedó observándole detenidamente, y este al darse cuenta frunció el ceño molesto, ya que ella no decía nada.

—¿Quieres algo?—Preguntó escuetamente el chico, con sus brazos cruzados.

—Hm... según tu lenguaje corporal no pareces muy abierto a conversar.—Le habló Greta, manteniendo sus ojos color miel sobre los grises de Ughbert, mientras también apoyaba su lápiz en sus propios labios, pensativa.

—La verdad es que no, y me molesta que alguien se me quede mirando fijamente, así que no lo hagas.

—Tranquilo Ughbert, no creo que lo haga con mala intención.—Habló Lizbeth, quien estaba junto a él en todo momento.

—Quisiera interrogarle personalmente, señorito Zondervan.—Continuó hablando Greta, mostrándose alegre y dispuesta a seguir con su trabajo.—Hay diversos rumores sobre usted en el pueblo, todos ellos muy variopintos, ¿podría desmentirlos?

—¿Pero tú eres detective o una periodista de pacotilla?—Cuestionaba en adolescente, mirándola con indiferencia.

—Aprendo a ser detective, y saber de usted me ayudará a comprender en cierto modo qué sucedió o está sucediendo en su hogar, ¿me lo permite?

Ughbert se mantenía reacio a aquello, sin embargo su madre carraspeó, ya que seguía ahí junto a su esposo y Lizbeth escuchando la conversación.

—Vamos, creo que es mejor para ti que te interrogue ella a que lo haga el detective o cualquier otro de esos policías.—Le dijo la mujer a su hijo.—¿No recuerdas lo mal que se te dio el interrogatorio de Patricè?

—Se me va a dar mal cualquier interrogatorio, madre, no me gusta hablar con extraños de mi vida personal.

—Oye, pero es mejor que te haga preguntas una chica guapa de tu edad a que lo haga un señor mayor, ¿no?—Preguntaba su padre, añadiendo una pequeña risa con picardía.

—Tsk, qué remedio...

A Ughbert se le vio molesto, y Lizbeth en cambio estaba celosa por dentro, sabía que el comentario del señor Zondervan iba encaminado a un sitio que no le gustaba, sin embargo también era consciente de que el adolescente estaba enamorado de ella, y no se iría fácilmente con otra.

—Gracias por acceder, ¡esto me ayudará con mi aprendizaje!—Greta sonrió feliz y agarró de la muñeca al muchacho.—Ven, llévame a una sala donde podamos estar a solas y pueda preguntarte cosas.

—¡Pero...!—Ughbert se quedó perplejo, y la pelirroja también se alteró, con intención de seguirles.

—Voy con vosotros, tengo que cuidar de Ughbert...

—En un interrogatorio solo puede estar la persona interrogada, lo siento, señorita.—La rubia le echó una mirada maliciosa a la más mayor, que frunció el ceño y se sintió altamente retada.

—''Ojo, esa perra rubita va a ganarte el terreno como no hagas algo''.—Mencionaba Hobo hacia la de ojos marrones.—''Iré a ver qué ocurre ahí''.

La rata se subió por la ropa del joven y se posó en su hombro, cosa que dio un poco de repelús a la otra adolescente, pero intentó ignorarlo para llevarse rápido a Ughbert a una de las salas de descanso para hablar con él.

Los demás esperaron a que el detective y su equipo acabara de analizar toda la mansión, y mientras tanto, Greta y Ughbert acabaron en una de las salas de descanso, sentados uno frente al otro, y la rata del chico se puso en su regazo para oír lo que hablaban.
Durante unos largos segundos ambos quedaron en absoluto silencio, aunque por parte de la muchacha esto era intencionado, para ver cómo reaccionaba el contrario. Sin embargo, este mantenía su vista fija en ella, con el ceño ligeramente fruncido, también esperaba a que se le hiciera alguna pregunta.

—Bueno, señorito Zondervan...—Empezó a hablar Greta, dejando su cuaderno y pluma sobre la mesa.—Cuénteme cómo se sintió cuando su anterior nanny se suicidó.

—Me sentí muy liberado después de muchos años.—Respondió con total sinceridad e inexpresividad.—Creía que este tema lo dejamos hace una semana y media cuando eso pasó, ¿a qué viene que me preguntes esto ahora?

—Quiero saber si de alguna manera a ti te viene bien que desaparezcan los demás empleados de la mansión...

—La verdad es que el resto me da igual, especialmente Patricè era quien me amargaba la vida, y supongo que ella debía estar igual de podrida por dentro para sentir que debía acabar con la suya, es algo que ignoro y que no me hubiese gustado saber de alguien que me ha tratado mal desde que tengo memoria, no siento pena por ella, pero no tiene nada que ver conmigo.

—Está bien... en ese caso... hablemos de los rumores...

—Ilústrame, ¿qué se dice por el pueblo sobre el hijo retraído de los barones Zondervan?

—Principalmente... desde que llegó su nueva nanny se ha estado hablando de que... probablemente ella haya logrado convencer a Patricè para cometer un suicidio o matarla cubriendo el asesinato como tal y así ocupar su puesto, al ser más joven y atractiva habrá pensado en acercarse a usted para diversas cosas.

—Parece que es lo típico pensar que la señorita Van Divel vino expresamente a seducirme por mi fortuna y hacer cosas malas a los otros empleados, sin embargo contamos con un historial de buenas reseñas de familias que la tuvieron trabajando en sus hogares, muchos de ellos adinerados, y jamás se acercó a ninguno de ellos por dinero, sé que es una persona honrada y servicial que trabaja duro para ganarse su paga justamente, así que no me dio motivos para pensar que viene por eso, además no creo que supiera mucho a quién debía cuidar, se especializa en niños, no sabía que venía a cuidar de alguien que es casi un adulto.

—Vaya, para no querer hablar está dándome mucha conversación.—Greta se había puesto a escribir cosas apresuradamente en la libreta mientras había escuchado la respuesta de Ughbert, y él mantenía su posición recta e incómoda.

—Tienes suerte de que así sea, ni siquiera he desayunado y debería estar de peor humor, sin embargo  alguien deberá desmentir todos esos absurdos bulos sobre una persona que es todo bondad.

—Bueno, si está seguro de que esa mujer es buena por ahora le voy a creer, supongo que ya se le interrogará a ella, entonces iremos con usted, tendrá que responderme a varias cosas más.

—Está bien... ¿qué quieres saber?—Él se quedó mirándola, debía soportar las tonterías de esa chica si quería que no sospecharan de él, podría venirle bien en un futuro tener buena relación con ella para no ser pillado, sin embargo podían pasar muchas cosas y era impredecible.

—Pues...¿alguien estuvo en esta sala ayer...?—El tono de la muchacha cambió a uno algo más monótono de repente y se levantó del sitio, observando la mesa detenidamente. Vio que tenía unas manchitas por el centro en el mantel, así que pasó su mano por estas, estaban aún húmedas, pues por el frío y las pocas horas que pasaron desde la charla con Antonella, no dio tiempo a que se secasen del todo.

—Lizbeth y yo nos tomamos un té anoche para relajarnos, estábamos muy nerviosos.—Respondió con seguridad Ughbert, aunque le había dado un escalofrío el cambio repentino de la chica, que en primer momento pareció alegre y amistosa.

Greta pasó sus dedos ligeramente humedecidos bajo su nariz y percibió un aroma algo fuerte, aunque no se notaba mucho por el estado de la mancha. Miró por la mesa y vio marcas de tres platillos en el terciopelo del mantel, por lo que sospechó que había otra persona con ellos.

—¿Hubo otra persona con ustedes...?—Miró de reojo al muchacho.—Hay tres marcas de platos, y supongo que su rata no toma té.

—Pusimos otro plato con pastas para acompañarlo.—Resolvió rápidamente el futuro barón, y decidió levantarse también de la silla, sosteniendo a su rata entre sus manos.

—Ajá, ¿y por qué no hay migajas de dichas pastas? Las pastas de té se desmenuzan con facilidad, y en esta tela es muy fácil que se queden pegadas.

—Existen las servilletas, señorita Greta, pusimos algunas sobre el mantel para no manchar, el té se debió derramar un poco al servirlo fuera de la bandeja de la tetera.

La intensidad del momento había cambiado de manera radical, ahora ella iba directa al cuello y comenzó a sospechar fuertemente sobre lo ocurrido en esa sala, Ughbert empezaba a ponerse un poco ansioso porque en algún momento se le acabarían las excusas buenas.

—Bueno, supongo que le voy a tener que creer, un caballero debe ser educado al comer y es probable que no haya dejado migajas, pero lo del té derramado es raro... huele algo fuerte...

—Ah... eh... confieso que echamos un poquito de licor... No se lo digas a mis padres...

—¿Era eso...? Bien, me mantendré callada, quizá ese secretillo no haga daño a nadie...

Ahora de nuevo el ambiente se quedó tranquilo, Greta creyó a Ughbert por el momento, él se sintió aliviado, pero no pensó que algo como las marcas de las tazas y platos en el mantel le fuera a delatar, debía ser más cuidadoso en un futuro.

La muchacha miró por la sala más detenidamente por si algo se le escapaba, pero no vio nada que le hiciera sospechar, así que se acercó a Ughbert otra vez.

—Aquí no hay nada relevante para el caso, solo se ha descubierto que usted bebe a escondidas, aunque es complicado que no se sienta tentado viviendo literalmente en una fábrica de ginebra.—La rubia se rió de manera coqueta, de nuevo cambiando su actitud para verse nuevamente alegre ante el chico, que trataba de mantenerse alerta por cualquier cosa que ella hiciera, sabía que trataba de incriminarlo en algo.

—Sí... la verdad es que solo quiero que se me vea como más adulto, eso es todo.—Respondía Ughbert de manera contundente.—Me asignaron otra niñera y tengo casi dieciséis años, es absurdo...

—Supongo que sus padres no le dejan crecer por miedo a perder a su niño... aunque la verdad es que se está convirtiendo en un apuesto hombre...—Greta intentó aproximarse más al muchacho de pelo negro, y este retrocedía un poco a su vez, aunque acabó tocando con su espalda contra la silla de la mesa de costura, y ella aprovechó para quedarse casi pegada a él, mirándole muy de cerca a los ojos, con un rostro amenazante otra vez.—Solo espero que esa idea en tu cabeza no te haga hacer locuras por nadie...

—¿Tú entiendes el concepto de ''espacio personal"?—Preguntó Ughbert, sintiéndose cada vez más incómodo y enfadado, además se sentía muy confuso ya que Greta cambiaba de ánimo cada varios segundos, haciendo que se inquietara y no supiera ya cómo responder, así que le puso una de las manos en el pecho despacio para alejarla.—Te pido amablemente que te apartes, para interrogar a alguien no hace falta esto.

—He visto interrogatorios de todo tipo, y algunos son muy violentos...—La rubia de ojos ámbar acabó por apartarse del contrario, poniéndose neutral.—Han desaparecido muchas personas en poco tiempo en esta mansión, todos empleados, tanto usted como Lizbeth son los más sospechosos, así que estaré vigilando siempre que pueda.

—¿Me estás amenazando? Me da igual la presión que quieras ponerme encima, pueden haberse ido por mil razones, o alguno de los otros ha podido traicionarles, ¿qué sé yo?

—No es una amenaza, señorito Zondervan, solo hago mi trabajo, tómelo como usted quiera... Pero esa joven, Lizbeth, puede ser la causante de todo, y, o bien usted está intentando encubrirla porque le ha convencido, o aún no se ha dado cuenta.

—Puedes pensar lo que quieras, pero Lizbeth no ha hecho nada malo delante de mi y sé que por detrás tampoco, y ahora, si ya hemos terminado esta tontería, me gustaría irme.—Ughbert no esperó respuesta y caminó con Hobo en las manos hacia la puerta de la habitación.

—Es evidente que tengo que preguntar qué has estado haciendo estos días y y los momentos en los que desaparecieron los empleados, pero se lo dejaré a un profesional...—Refunfuñó la rubia, siguiéndole frustrada, y él no le respondió, solo abrió la puerta y se marchó al salón para reunirse con sus padres otra vez.

Ambos llegaron al salón, la chica solo fue a hablar con su padre sobre lo que hablaron, y Ughbert no dijo nada, solo pensó en lo que debería hacer a partir de ese momento, sabía que esa muchacha iba a ser un gran problema, además igualmente le iba a tocar otro interrogatorio, bastante más pesado.

Después de hablar un poco más sobre lo que supuestamente hizo Ughbert en ausencia de sus padres, decidieron no decir nada más hasta que se acabara el interrogatorio y volvieran todos los agentes, Lizbeth también se mantuvo callada para no hacer sospechar a nadie, pero Hobo fue con ella y le contó lo sucedido. Evidentemente a Lizbeth le sentó muy mal oír que esa niñata trataba de incriminarla a ella y a su chico, pero intentó verse calmada porque sabía que muchas personas sospechaban de ella y de su relación con Ughbert.
Los Zondervan acabaron pidiendo el desayuno a los sirvientes mientras la policía acababa, y mientras cocinaban y ponían las cosas eran vigilados por Van Dijken por si algo ocurría.
Pudieron desayunar al menos yendo al gran comedor, Ughbert estaba muerto de hambre y no había podido comer nada desde que se levantó, estaba de tan mal humor que no volvió a decir ni una sola palabra a nadie, solo se limitó a comer y a pensar en lo ocurrido. Lizbeth estaba preocupada, también sospechó que esa muchacha planeaba algo raro, quería hablarlo con Ughbert, pero estaban sus padres delante todavía, y también el detective y su hija. Otro de los detectives estaba en la planta subterránea de la mansión para vigilar a los sirvientes mientras por su parte tomaban su desayuno, y ya cuando todo el mundo acabó volvieron al salón para empezar los interrogatorios oficiales.

Continuará.

domingo, 7 de noviembre de 2021

Capítulo 19: La fábula de las cabras y el lobo

Después de la cena, Ughbert y Lizbeth junto a Hobo se habían retirado a la salita de descanso para esperar a Antonella. La pelirroja durante la preparación de la cena había estado en la cocina vigilando a los sirvientes por si se les ocurría hacer algo indebido, y de paso, cuando estos cenaron ella se puso a hacer el té para después, aunque en ese momento no le añadió el ingrediente estrella porque alguien podría verla.
Fue junto a Ughbert con la bandeja del té, con su tetera y sus tres tazas para ellos.
Mientras esperaban a la doncella italiana que llegaría en breves instantes, Ughbert aprovechó para echar un poco del contenido del bote de laudano en la tetera, así se mezclaría todo y Antonella no sospecharía de que querían envenenarla.

—Espera, ¿qué haces?—Preguntaba Lizbeth mirando lo que hizo el chico.—Tendremos que beber nosotros también...

—Sí, pero creo que nos dijeron que estas cosas no nos afectaban ahora, ¿no?—Respondió Ughbert y luego miró a Hobo para que ella le diese una respuesta.

—''Exacto, ahora que sois semi-demonios el veneno y algunas otras sustancias no os afectarán como a los humanos corrientes, con esa cantidad de laudano probablemente os sintiérais un poco mareados, pero se os pasaría en seguida.''—Aclaraba la rata mirando a su dueño y luego a la pelirroja.

—Entonces esto nos vendrá de lujo.—La muchacha de cabello rizado esbozó una sonrisa algo maquiavélica y se puso a servir el té caliente en las tazas. Justo en ese momento entró por la puerta la sirvienta encargada de la limpieza y se reverenció ante ellos para saludar.

—Buenas noches señorito Zondervan y Lizbeth.—Saludó con extrañeza mientras se acercaba a una silla y se sentaba, mirando con duda las tazas, estaba segura de que había algo muy raro en todo aquello.

—¡Hola Antontella!—Contestaba la cuidadora, fingiendo una sonrisa calurosa.—Me alegra que hayas acudido al final.

—Sí, eso, espero que disfrutes con nosotros.—Mencionaba también Ughbert, con un tono algo más seco para hacer creíble la situación.

—Déjenme clara una cosa... ¿de qué trata todo esto...? Es que no logro comprender por qué me invitan de repente a un té por la noche... solo a mi...

—Ya te lo hemos dicho, necesitas un descanso de haber trabajado hoy mientras los demás estaban de paseo por ahí.—Ughbert agarró delicadamente su taza después de hablar para comenzar a beber.

—Bueno... no estoy segura de si debería tomar té de noche...

—Ah, no te preocupes, es una infusión relajante.—Dijo Lizbeth, tratando de parecer confiable y amable.—Puedes beber tranquila, pero si no te apetece puedo prepararte otra cosa... 

—No no... bueno, me lo beberé... Aunque... ¿me podrías cambiar la taza...? 

—¿Está sucia o algo? ¿O es que no te fías de nosotros?

—¡No, no es eso...! E-es que... bueno, verán... en la servidumbre hay... cierta inquietud y rumores a cerca de la desaparición de nuestros compañeros...

—Vaya tontería,—Dijo Ughbert de repente.—la falta de sirvientes también nos afectaría a nosotros, cuando vengan mis padres se va a armar una buena polémica, probablemente hasta abran una investigación policial y debamos contratar más personal o averiguar lo que está ocurriendo. Pero si te inquieta lo del té lo mezclaremos de nuevo en la tetera para que veas que no tiene nada.

—Por favor... y disculpen la desconfianza... 

—Lo comprendemos, yo también sentiría miedo.—Lizbeth abrió la tapa de la tetera y taza a taza fue vertiendo sus contenidos en esta lentamente, luego volvió a servir el líquido amarronado en ellas y las entregó al moreno y a la italiana nuevamente, agarrando también la suya.—Espero que estés más tranquila ahora, todos beberemos el mismo contenido.

—Vale, muchas gracias... no sé qué me ha pasado por la cabeza al pensar que me íbais a envenar.—Antonella finalmente rió un poco y los otros dos se miraron entre sí y también se rieron con ella, pero a la vez de ella, solo ellos sabían lo que le esperaba...

—''Pobre e ingenua Antonella, te van a salir caras las veces que has tratado de darme un escobazo o ahogarme en el agua apestosa de fregar.''—Repercutía la voz de Hobo en la cabeza de los semi-demonios mientras estos continuaban sentados en sus sitios, ella estaba en el regazo de Ughbert simplemente escuchando la conversación. 

Cuando la cosa parecía relajarse todos empezaron a tomar su té y a charlar sobre cosas varias, Antonella se encontraba más confiada, y Ughbert ya estaba pensando en cómo proceder con su siguiente asesinato, aunque aún debía asegurarse de ciertas cosas antes de nada.

—Una cosa, Antonella, ¿le has dicho a alguien más que ibas a estar aquí?—Preguntó el adolescente de cabello negro, mirando fijamente a la criada.

—Eh... no, ¿por qué?—Ella de nuevo se puso un poco tensa, mirando con algo de miedo al chico.

—Ah, porque luego querrán más privilegios todos, y no se puede, evidentemente.

—Bueno, no hubiera pasado nada si se lo hubieras comentado a alguien, con dejarles claro que no se puede es suficiente.—Aclaraba Lizbeth, terminando de beber, estando confiada en que no le pasaría nada.

—Está bien... Por cierto... No quiero ser indiscreta ni nada, pero... ¿usted y el señorito... tienen algún tipo de relación sentimental?—De nuevo cuestionaba la asistenta, viendo que estaban muy cerca la mayor parte del tiempo. Ellos dos se miraron de nuevo por unos segundos y luego volvieron a mirar a Antonella.

—Sí... tampoco tendríamos que ocultarlo más...—Admitió Ughbert, aunque fuera para tener una coartada para lo de la lavandería.—Cuando estábamos en la lavandería... Ella y yo nos estábamos besando, por eso... tal vez actuamos un poco nerviosos cuando nos viste allí.

—¡Ah! S-si...—Exclamó Lizbeth, podíendose colorada de la vergüenza.—Bueno... probablemente no sea muy apropiado, pero es cierto... Te rogamos discrección con esto y que no digas nada a nadie... confiamos en ti...

—No diré nada, lo prometo...—Se le vio sorprendida, sin embargo su expresión estaba somnolienta, su taza estaba casi vacía, pues había bebido casi todo el té, y estaba a punto de quedarse dormida.—Ah... creo que debería retirarme ya... estoy muy cansada...

—Sí, ahora que lo dices yo también tengo bastante sueño.—El joven de ojos grisaceos fingió un bostezo mientras se tapaba la boca con la mano.—Este té es bastante fuerte.

—En efecto, tiene hierbas relajantes para dormir bien, veréis como esta noche vamos a descansar muy bien todos.—Lizbeth sonreía aún amablemente mientras se levantaba y empezaba a recoger las tazas para ponerlas en la bandeja de nuevo.

—Todos lo necesitamos a decir verdad.—Ughbert se levantó también del sofá en el que estaba, y miró de reojo a Antonella, ella se levantaba con dificultad tras ellos, estaba tambaleándose un poco y tuvo que apoyarse en una pared para no caerse.—¿Te encuentras bien, Antonella?

—Estoy... algo... mareada, señorito... c-creo que no me ha sentado bien, s-siento que me voy a desmayar...—Contestaba con dificultad la mujer.

—Claro, has ingerido una peligrosa cantidad de láudano y vas a quedar dormidita como un bebé, nadie te va a poder despertar en unas largas horas...

—...Y en esas horas pueden pasar muchas cosas.—Terminó Lizbeth la frase de Ughbert mientras empezaban a reírse maliciosamente y la criada miraba atónita y aterrorizada a ambos chicos.

—¡¿C-cómo lo han hecho...?! ¡Ustedes están bien y han bebido lo mismo!—Exclamó con horror, tratando de escabullirse por la puerta, pero Lizbeth se adelantó y se puso frente a ella para taparle el paso.

—Digamos que somos especiales...—Susurró el adolescente, acercándose a ella por el frente, mientras la pelirroja por atrás la agarraba de los brazos y se los ponía a la espalda para que no se moviera hasta que quedara inconsciente. Hobo se había subido en el hombro izquierdo de Ughbert, y la criada italiana, al ver cómo esta cada vez estaba más cerca de su cara empezó a negar con la cabeza, aunque estaba atontada por el laudano.

—¡D-dejadme en paz...!—Exigía temblorosa con debilidad.—Y-yo no he hecho nada...

—Oh... sí que lo has hecho: acordaste crear una conspiración hacia los Zondervan con tus compañeros, y uno a uno estáis pagando por ello, y aunque aún no hayáis hecho nada a nuestra familia sé que habéis cometido más crímenes y que sois bastante ''buenos'' en ello.

—¿Cómo sabes eso...?—Ella cada vez estaba más asustada y adormilada, casi no aguantaba en pie y Lizbeth la mantenía agarrada, aunque esto no era un problema, pues la pelirroja era más corpulenta y alta que Antonella.

—Alguien nos ayuda y nos ha mostrado todo lo que teníamos que saber para proteger a los que os han dado trabajo y hogar, y no ha sido Dios ni el espíritu santo, de hecho, te voy a decir un secreto, Antonella: hemos bajado hasta el mismísimo infierno y os hemos visto a todos maquinar contra los Zondervan. 

—S-sois... ¿demonios...? ¿Los dos...?

—Los tres.—Ughbert sonrió mientras le ponía la rata en la cara y esta le ponía las patas en las mejillas chirriando a modo de risa maligna. La criada quería gritar, pero acabó desmayándose, no sabían si fue exactamente por Hobo o por el láudano, pero igualmente se la podían llevar ahora para el siguiente paso de su plan.

—"¿No puedes ser menos teatral?"—Le preguntó Hobo a su dueño, mientras aún seguía en sus manos.

—Me he emocionado, esto es bastante divertido.—Contestó sonriendo pérfido Ughbert. 

—No sabes cuánto me alegra verte contento.—Dijo Lizbeth hacia el moreno, mirándole con ternura mientras sujetaba a Antonella.—Pero bueno, luego lo hablamos mejor, debemos llevar a esta inútil a algún sitio seguro y pensar en qué haremos para acabar con ella. Hobo, ¿puedes salir y ver si queda alguien por la mansión?

—"¡Ahora mismo!"—Hobo saltó al suelo y salió de la habitación correteando, y al quedarse solos, la pelirroja volvió a mirar al moreno, esta vez algo más seria.

—Oye, Ughbert... Lo que has dicho antes de que tenemos algo... ¿lo has dicho en serio?

—No lo sé... tendremos que hablarlo luego a solas cuando esto termine, estos temas me confunden, pero es indudable que siento atracción por ti, y ahora que sabes del tema de Satán y todo este embrollo no tengo excusas para evitarlo más.

—Yo también siento atracción por ti... es obvio... pero tienes razón, lo hablaremos luego... creo que tuve una idea gracias a un cuento que solía contarles a los niños que cuidaba, la usaremos para nuestro cometido si te parece bien.

—De acuerdo, ahora vamos a ver si al moverla no nos ve nadie...—Ughbert prefirio dejar el tema de su amorío para un momento más tranquilo aunque se sintiera muy bien de escuchar que sus sentimientos eran correspondidos, pero en ese momento también estaba nervioso de ser atrapado. 

Salió de la sala poco después que Hobo y Lizbeth se limitó a mirarle para ver qué señales le hacía el chico, este a su vez vio que la rata volvía con ellos y les daba vía libre, pues ya no había nadie por el pasillo a esas horas y todo estaba oscuro.

Afortunadamente tenían cerca la salida y aún el hall principal estaba iluminado, pues era lo último que solía apagarse porque era lo más complicado, Jefferson era quien debía subirse a unas altas escaleras e ir apagando las velas de la lámpara de araña que había una por una con un instrumento alargado especial, y normalmente lo hacía a media noche, así que estaba a punto de llegar a hacerlo y Ughbert y Lizbeth debían darse prisa en trasladar a la inconsciente Antonella. 

Asegurándose de que en el hall no había nadie, los semi demonios salieron del pasillo donde se encontraban y atravesaron muy deprisa el gran recibidor hasta la puerta principal llevando al cuerpo entre los dos. Salieron de la mansión y tras atravesar el patio nevado se escondieron en un cobertizo cercano donde estaban las herramientas del jardín, allí se veía bastante poco, solo lo poco que entraba a través de una pequeña ventana.

—Bien, estamos a salvo de momento,—Comentó Ughbert, suspirando cansado.—Cuéntame qué has pensado, Liz, aún tenemos tiempo.

—Pues existe una fábula de un lobo y unas cabras que le contaba a los niños, el lobo engañó a las cabras pequeñas para entrar a su casa mientras su madre no estaba y se las comió enteras excepto a una que no pudo encontrar.—Explicaba muy resumidamente la chica de cabello rizado.—Cuando su madre llegó y vio el desastre la cabra menor que se escondió le contó todo y decidió vengarse del lobo. Cuando lo encontró durmiendo le rajó la barriga, sacó a todas sus hijas vivas y les metieron piedras en su lugar entre todas. Cuando este despertó tenía mucha sed, así que se inclinó a beber en el río pero se cayó en él por el peso, se hundió al fondo y se ahogó. Esa es mi idea, aprovechar que Antonella está inconsciente para abrir su estómago y meterle piedras, luego lo cosemos y la tiramos al río para que se ahogue, ¿qué te parece?

—Vaya...—Ughbert se quedó muy sorprendido y se rascó la cabeza mirando incrédulo a su cuidadora evitando sacar a relucir muchas incongruencias que tenía esa fábula, como el hecho de que el lobo no se enterase de que le estaban cortando la piel y los órganos, que no se muriera desangrado o simplemente no notara una costura gigante en su estómago, o lo más importante: ¿Por qué rayos algo como eso era para niños?—Es muy buena idea, la corriente del río se llevará el cuerpo hacia otro lugar y tardarán en encontrarla, ¿pero qué pasará cuando lo hagan? Además aún debemos ocultar los restos de Angelien, siguen en la lavandería...

—Eso ya no lo sé... dejemos ese cabo suelto por ahora... nos ocuparemos de quemar luego el cadáver de Angelien como hiciste con los otros o ya se nos ocurrirá lo que hacer con él.

Asintiendo, el joven de pelo negro miró por la ventana, las luces de la mansión se estaban haciendo más tenues cada vez hasta que se apagaron, entonces miró a su compañera como pudo, ya que ya no había demasiada luz de la luna, y le agarró la mano para avisarle.

—Creo que podemos salir ya, Jefferson ha apagado las luces del hall y se irá a dormir. Espero que nadie se de cuenta ya de que falta Antonella, nosotros, o que de verdad le haya dicho ella a alguien que se iba con nosotros, dudo que sea tan fácil todo esto.

—No pienses en eso, tal vez haya confiado mucho y realmente no haya avisado a nadie, en este punto estoy segura de que desconfían unos de otros por la desaparición de sus compañeros.

—Tienes razón, vamos... aunque... aquí hay tijeras de podar, pero no tenemos con qué coserle las tripas a esta tipeja.

—"Yo me encargo de eso chicos".—Habló Hobo de repente, que había estado muy callada.—"Lo estáis haciendo muy bien, no os preocupéis, hay más soluciones de las que pensáis, el poder que estáis recolectando al matar gente sirve para algo, no os atraparán si sabéis utilizarlo allí abajo".

 —Eso suena muy bien, me encargaré de que cuando volvamos nos expliquen sobre eso por si cometemos algún error.—Lizbeth cogió las tijeras y se las guardó en un bolsillo que tenía en su falda, ahí no se verían, entonces Hobo salió del cobertizo sola para buscar las cosas que necesitaban, mientras tanto los chicos pensaron en cómo harían para evitar mancharse de nuevo de sangre.

Después de pensar un rato decidieron  que sería Ughbert quien abriera en canal a la criada con las tijeras, ya que él podía quitarse la ropa sin problemas para hacer eso y luego volvérsela a poner, como ya no le afectaba la dura temperatura del invierno holandés podría lavarse fácilmente en el río si algo de sangre le salpicaba.

Entonces, tras acordar aquello, el chico y Lizbeth salieron del cobertizo arrastrando a Antonella hasta el bosque donde se encontraba una parte del río que pasaba junto a la mansión. Ambos se adentraron entre los árboles, y pronto se encontraron la alta valla metálica que cercaba el territorio de la mansión, Ughbert sabía que por ahí había una puerta por la que se podía salir y no necesitaba llave, pues sabía un truco para abrirla, y aunque alguien se quisiera colar por ahí, tenían mucha seguridad en la mansión y nadie podía entrar así porque sí.

Cuando atravesaron la puerta de la valla siguieron caminando con Antonella para llevarla hasta el río, y una vez empezaron a escuchar el agua fluir supieron que ya se encontraban cerca, pues entre la oscuridad de la noche y los árboles era difícil ver por dónde andaban, pero los rayos de luz de luna que pasaban por entre las ramas desnudas de los árboles del dejaba ver lo necesario.
Ya llegaron a la orilla, algunas zonas del río estaban congeladas por las bajas temperaturas, y había placas de hielo flotando y siendo arrastradas por la corriente, así se asegurarían de que si no moría ahogada la criada, se moriría de hipotermia porque tardarían en encontrarla, aquel río ya iba hacia otra región y se alejaba de las ciudades, así que era poco probable que encontrasen a Antonella antes de que muriera.
Colocaron el cuerpo en la hierba nevada junto a la orilla y Lizbeth sacó las tijeras de podar, dándoselas a Ughbert.

—Toma, córtala con cuidado de no mancharte, yo iré a buscar piedras.—Decía la pelirroja cuando el chico tomó la afilada herramienta.

—Me da que no te apetece mucho usar tijeras, ¿no?—Preguntaba con un tono jocoso el de pelo negro, sonriendo algo perverso.

—Pues no, la verdad es que no...—Contestó ella, poniéndose un tanto seria y cogiendo una piedra mediana del suelo.—creo que aún no estoy preparada para matar a nadie después de lo ocurrido hace años, ya que por culpa de aquello perdí mi pierna y tengo horribles cicatrices por mi cuerpo... y mi mente.

—Si no lo hubieras hecho probablemente hubieras perdido algo más que tu pierna, Lizbeth, tus actos fueron en defensa propia, y me gustó verte actuar de ese modo contra un indeseable.

—Pero ese indeseable tenía familia... y una hija que lo vio todo y que probablemente tenga un trauma de por vida tras ver cómo mataban a su padre.

—Ese no es tu problema, vi cómo se estaba comportando ese hombre contigo por el hecho de ser una mujer, ¿crees que hubiera respetado a su mujer y a su hija cuando esta creciera? Probablemente se hubiera convertido en un controlador y un maltratador.

—No sé si quiero hablar más de esto, es cierto que algunas veces le vi gritar a su mujer, pero no creo que se mereciera la muerte.

—Bueno, dejemos ese dilema moral para otro momento, el caso es que eso pasó hace años y tú estás bien, y tal y como dijo Satán: vas a tener que ayudarme en el futuro, así que tienes que intentar deshacerte de esos recuerdos.—Ughbert empezó a quitarse su ropa para no mancharla, primero sus zapatos, luego su casaca, su camisa, sus pantalones y sus medias, hasta quedar en ropa interior, había aprendido rápido a hacerlo solo. Luego dejó toda esta sobre una roca grande para que no se mojara con la nieve, y entonces le clavó las tijeras sin tapujos a la inconsciente Antonella debajo del esternón y volvió a mirar a Lizbeth, mientras del pecho de la sirvienta empezaba a brotar mucha sangre que estaba absorbiendo su ropa.—Yo también pensé en un principio en el daño que le estaba haciendo a estas personas y a sus familiares, pero su familia no tiene la culpa de que sean unos criminales, de hecho su tristeza durará unos meses después de su pérdida y después seguirán con sus vidas, en cambio si siguen vivos estos infraseres ya sabes lo que pasará, nos matarán como hicieron con anteriores víctimas, robaran y mancillarán el nombre de los Zondervan y luego seguirán haciendo exactamente lo mismo hasta que sean pillados. ¿Cuántos más tienen que caer?

—Wow... relájate, creo que una cosa no tiene que ver con la otra, el padre de familia que me atacó no era un delincuente, solo quería aprovecharse... pero olvidemos esto, ¿sí? Intentaré hacer más cosas para ayudar, no te preocupes.

El muchacho solo asintió y sacó las tijeras del cuerpo de Antonella que estaban cubiertas de sangre, las abrió y empezó a cortar torpemente la carne y la ropa con ellas, como no estaba muerta aún la sangre salía a borbotones, y se manchó bastante las manos y brazos, incluso le salpicó en las piernas, los calzones y el pecho. Lizbeth por su parte no dijo nada más y siguió buscando las piedras por la orilla y alrededores hasta que obtuvo la cantidad suficiente.
Ughbert ya había abierto todo el torso de la criada italiana y comenzó a sacar sus órganos poco a poco, ayudándose con las tijeras cortando algunas conexiones. Hizo una buena carnicería, y luego fue tirando al río los restos de carne que sacó. La joven adulta, cuando él terminó, fue dándole las piedras para que las metiera y que ella no se manchara, para ella quitarse la ropa era algo más complicado además de vergonzoso y no se podía permitir el mancharse otra prenda de nuevo, así que fue el adolescente el que colocó las piedras en el torso sangrante de Antonella. Solo faltaba que Hobo llegara con los utensilios que necesitaban para coserle el corte, de modo que ambos se sentaron a esperar junto a un árbol.

—A este paso se va a morir desangrada...—Mencionaba Ughbert, mirando hacia el cuerpo de Antonella tirado en el suelo, mientras sus órganos deshechados se iban flotando por el río, incluso pudieron ver que algún pez empezaba a llevárselos o a morderlos para comérselos, cosa que le pareció algo cómica al chico.—Mira esos peces, se están comiendo sus restos.

—Espero que Hobo venga rápido, estoy deseando descansar de una vez...—Contestó Lizbeth tratando de evitar ese tema porque le parecía algo asqueroso.

—Sí, yo también, creo que voy a lavarme mientras en el río, es un tanto incómodo estar sin ropa aquí aunque no esté pasando frío, es muy raro, siento la nieve y el viento pero no tengo frio.

—Yo tampoco, suelo salir con un abrigo a la nieve pero ahora no me hace falta, ser demonios está bastante bien, tampoco he sentido nada del laudano.

—La verdad es que hubiera sido un gran inconveniente envenenarnos a nosotros mismos también, pero bueno, a partir de ahora tenemos una ventaja bastante grande.—Ughbert se acabó levantando de nuevo y fue hacia el río, metiéndose lentamente y empezando a lavarse, tampoco podía sentir el agua helada, y le dio igual mojarse la ropa interior, pues podía quitársela e ir simplemente con sus pantalones de vuelta a la mansión y ya ponerse otros calzones al ponerse el pijama.

Tras unos momentos Hobo llegó corriendo con una bolsita en su boca y se puso junto a Lizbeth soltando la bolsa de tela, aunque luego miró a Ughbert, y algo alarmada se fue hasta la orilla y se puso a dos patas.

—''¡¿Pero qué haces, loco?!''—Exclamó a su modo el animal.—¡Te vas a congelar!

—¿Qué dices? No nos afecta la temperatura ya.—Contestó el chico, pensando que era evidente para ella, pero también extrañado por eso mismo.

—''¡Claro que sí! ¡¿Acaso no escuchas lo que se os dice?! ¡Satán dijo que aún sóis humanos y os podéis quemar y congelar! ¡Solo no sentís ni el frío ni el calor!''

—Ya, ¿y cómo pretendes que me limpie la sangre?

—''¡Si no hubieras hecho un trabajo tan sucio y desastroso no tendrías que limpiarte tanto! Sal de ahí antes de que te pase algo.''

Ughbert suspiró y terminó de lavarse, saliendo del agua, ya limpio. Lizbeth rápidamente levantó la capa exterior de su falda y rodeó a Ughbert para secarle, era lo bastante grande como para poder hacerlo, así que gracias a eso se secó bien y se quitó los calzones, ya que ahí estaba bien oculto, luego Lizbeth le ayudó a coger sus medias y sus pantalones para ponérselos y que se pudiera vestir bien sin que se le viera nada. Después de habérselo puesto, Lizbeth se apartó de él para colocarse de nuevo la falda y le ayudó a ponerse su camisa de nuevo y su casaca.

—Ya está, ¿contenta?—Cuestionó con algo de molestia el joven Zondervan hacia su rata.

—''Sí, no queremos que te mueras antes de completar el trabajo.''—Contestó Hobo, en un tono jocoso.—''Ahora, Lizbeth, cose a esta perra y la tiramos al río.''

—Bien, espero no mancharme yo ahora...—Lizbeth se desabrochó los botones de sus mangas y se remangó hasta por encima de los codos, cogiendo la aguja y el hilo gordo que Hobo le dejó en la bolsita, para luego ir hacia el cuerpo de Antonella y empezó a coserlo con cuidado de que no se saliera nada. 

Tras unos momentos de silencio, la pelirroja terminó su labor habiéndose manchado bastante poco, se lavó las manos en el río, y luego con ayuda de Ughbert la tiraron y dejaron que la corriente se la llevara. Por suerte poco a poco se iba hundiendo gracias a las piedras, ellos ya estaban limpios y todo acabó relativamente bien, ahora solo les quedaba deshacerse de los restos de Angelien y podían irse a dormir tranquilos, o al menos sintiendo que no tendrían nada más por hacer.

Ughbert cogió sus calzones con algo de verguenza y los escurrió, metiéndolos en la bolsa que Hobo habia traido, ahí entonces se marcharon de vuelta a la mansión con cuidado de no ser vistos ni oídos.

Entraron en la casa con sumo cuidado por la puerta principal, ahora todo estaba completamente a oscuras, Hobo fue por delante para ver si había alguien por allí, pero parecía que todo el mundo se había ido a dormir, así que rápidamente pero con cautela subieron las escaleras hasta las habitaciones. Ughbert abrió la puerta de su dormitorio y ambos entraron, cuando estuvieron dentro, Lizbeth cerró la puerta y el chico la miró seriamente.

—¿Qué hacemos ahora?—Preguntaba este, ligeramente inquieto.—Mañana mis padres estarán aquí y pueden ver lo que ha pasado en la lavandería, descubrirán que el tambor de lavado no está roto y probablemente haya algún resto de Angelien por ahí, después de todo Antonella era la que la había visto por última vez después de nosotros y los demás saben esto, si la encuentran muerta seremos sospechosos.

—Tranquilo, nadie puede sospechar de ti... puede que sospechen de mi primero.—Contestó ella, también preocupada.—Aunque podemos arreglárnoslas culpando a otros, si nos culpan podremos decir que tratan de inculparnos porque quieren rebelarse o algo así. Primero vamos a esconder bien el cuerpo, ahora Izaäk no es quien se encarga de la caldera, así que supongo que ya no podemos deshacernos de los cuerpos ahí, hay que buscar otro método antes de que empiece a oler mal el cadáver de Angelien.

—Vale, puedo intentar quedarla en el pasadizo secreto, pero el olor tarde o temprano se colará por las paredes, podíamos haberla llevado también al río, pero ir hacia la lavandería ahora sería peligroso porque nos pueden oír los demás transportarla.

—Entonces no sé lo que hacer, cerramos con llave la lavandería para que nadie entrara con la excusa de que el lavadero está roto y podía estallar, pero alguien podría forzar la puerta si no tienen la llave o seguramente alguien dispondrá de una copia.

—Sí, hay copias de todas las llaves guardadas, pero solo las tiene Claire, y esta las guarda en un sitio especial de la casa.—El adolescente se quedó pensando en qué hacer para que nadie descubriera el asesinato de Angelien, la encargada de la lavandería, pero todo estaba en su contra, acceder a ese lugar era algo de alto riesgo les iban a pillar si les escuchaban desde las habitaciones de los criados que estaban en la misma planta.

—''Oye, es probable que ahora recibáis más poder cuando Antonella muera en el agua,—Habló Hobo de repente, tal vez podáis usar algún portal del Infierno para trasladar el cuerpo de la otra a un lugar donde no la encuentren''.

—¿Podemos hacer eso? ¡Sería perfecto!—Exclamó Ughbert en un tono no muy alto pero contento.

 —''No estoy segura de si se pueda hacer, creo que los cadáveres no pueden pasar al Infierno, pero, ¿y de un lado a otro de la Tierra? ¡Satán, si me estás viendo y oyendo échanos una mano!''

—Sería un poco raro que nos estuviera viendo todo el...—Intentó hablar Lizbeth, pero fue cortada por un portal de fuego que se abrió ante ellos como antes.—Vale, nos ve todo el rato...

—Increíble, yo me ocupo de esto, guárdame las espaldas.—Le dijo el joven de cabello oscuro a su compañera pelirroja, y esta asintió, quedándose en la habitación con Hobo mientras él se metía en el portal de lleno.

Ughbert apareció en la lavandería, así que sin hacer mucho ruido fue hasta el armario donde había escondido la cesta dónde estaba el cuerpo despedazado de la sirvienta y se lo llevó hacia el portal. Al atravesarlo se encontró en un enorme lago que suponía que estaba bastante lejos de su localidad, puesto a que no alcanzaba a ver la mansión ni el pueblo más cercano a esta, pero eso era una buena señal, así que echó todo el contenido de la cesta de la ropa en el agua y dejó que los restos fueran desperdigados a causa del leve viento que había. El temporal de aquella mañana había amainado bastante, ahora nisiquiera nevaba aunque hiciera mucho frío.
Se deshizo de la cesta rompiéndola con una piedra y enterrando los trozos de paja y mimbre en la tierra y la nieve, entonces volvió al portal una vez el trabajo estuvo hecho y de nuevo fue a parar a su habitación. Lizbeth esperaba sentada en el borde de la cama del chico, parecía que no pasó nada malo, así que este se acercó a ella.

—Ya está, asunto resuelto, ojalá todo fuera así de fácil...—Mencionaba, agotado por tanto movimiento de aquel día.

—Bien, ahora podremos descansar tranquilos, espero...—Contestó la de ojos marrones, un poco más aliviada pero cansada también.—Oh, Hobo se ha ido en uno de esos mini portales, creo que la han llamado para comunicarle algo.

—Bueno, a saber... en fin, será mejor que descansemos de una vez, hoy ha sido un día muy surrealista y necesito descansar mi cabeza...

Lizbeth no dijo nada, solo se levantó y se puso frente al muchacho, poniendo sus manos en sus hombros, sonriendo gentilmente.

—Tienes una carga bastante grande ahora mismo para ser tan joven... y bueno, parece ser que yo también, pero a pesar de lo que te dije antes en el bosque, no pienso abandonarte, y si tengo que matar a alguien para defenderte lo haré.—Hablaba ella con un tono amoroso y delicado mientras le acariciaba el cabello y le miraba a sus grises y hermosos pero cansados ojos.—Ahora si quieres te ayudaré a ponerte el pijama y si me lo permites necesito asearme yo.

—Gracias Lizbeth... pero no te preocupes, ya puedo hacerlo solo hacerlo solo, tú puedes ir a descansar si lo deseas, también mereces un buen descanso...—Ughbert también observaba el bello rostro de la chica, aunque al poco ambos se apartaron y ella, dudando un poco se encogió de hombros y asintió.

—Vale... me iré a lavar y a cambiar de ropa, luego vendré por si necesitas algo antes de dormir.

El chico también asintió y luego la pelirroja se marchó mirándole de reojo todavía sonriendo, se podía notar una fuerte conexión entre los dos, se sentían altamente atraídos el uno por el otro, y harían algo al respecto.

Después de que Ughbert se limpiara la tierra de las manos y se volviera a asear bien, se quitó su ropa y se puso el pijama solo casi sin ningún problema, únicamente iba algo lento con los botones, pero al final pudo vestirse bien y se peinó para estar bien guapo cuando llegara su doncella personal, que ahora más que eso era su amiga, y algo más.
Esperó por unos minutos sentado en su cama leyendo un libro, hasta que de pronto, de un portal pequeño apareció Hobo saliendo de él. Saltó sobre la cama y se puso sobre su dueño, mirándole.

—''He estado hablando con el jefe,—Informaba la rata mientras el adolescente ponía un marcapáginas en su libro y lo dejaba en su mesilla de noche.—dice que no podemos abusar de los portales porque se pierde bastante poder, solo podemos usarlos en caso de que no haya una solución fácil, era muy posible que os pillaran con esto, pero ahora he provocado una avería real en el tubo de lavado para que todo sea más creíble, y si te has deshecho del cadáver de Angelien, no habrá ninguna pista''.

—Genial, pues gracias, a ti y a Satán, no me esperaba que nos ayudara tanto.—Respondió contento Ughbert.—La próxima vez pensaremos mejor las jugadas para que esto no vuelva a pasar, quise ir demasiado rápido.

—''Ya, pero todo ha salido bien, así que no te preocupes más y... ahora te recomiendo descansar mucho, yo me voy a dormir, los demonios también nos cansamos aquí en la Tierra.—Entonces el animal bajó de nuevo de la cama de su dueño y fue correteando hasta la jaula metiéndose en esta y cerrándola desde dentro.—¡Buenas noches, Ughbert!''

—Vale, descansa tú también, Hobo, buenas noches.

Iba a coger su libro de nuevo, pero entonces oyó unos golpecitos en la puerta y Lizbeth abrió esta, entrando y cerrándola después. Estaba vestida con un camisón de dormir de color beige que llegaba hasta sus tobillos y llevaba el cabello suelto y un candil. Ughbert la miró y se puso rojo sin saber qué decir.

—Lizbeth... iba a decirte que no necesitaba nada más, puedo ir yo a por lo que necesite.—Dijo el chico un tanto nervioso por su atuendo.

—Bueno, verás, no quiero dormir en mi cuarto porque no tiene cerrojo y... sinceramente no sé qué podrían hacer los sirvientes mientras dormimos,—Se explicó apenada la joven mientras se acercaba a la cama del chico.—me gustaría quedarme aquí si no tienes problemas... tu cama es bastante grande para los dos, incluso siendo yo tan... ancha.

—Ah, claro que te puedes quedar... también me sentiré más tranquilo durmiendo con alguien...

—Muchas gracias.—Lizbeth, al llegar a la cama del chico se sentó en uno de los bordes laterales y él se salió de las sábanas para ponerse de rodillas sobre esta y se puso tras la chica, poniendo sus manos sobre sus hombros y dándole un pequeño masaje.

—No tienes por qué agradecérmelo, disfruto mucho de tu compañía...—Comentaba el joven Zondervan, poniendo su cara junto al oído de la muchacha pelirroja, mientras presionaba delicadamente sus dedos sobre sus hombros y clavículas. Ella dio un suspiro de relajación y cerró los ojos, aunque pronto notó que una de las manos del chico fue a parar a su barbilla y giró la cara de ella hacia la suya para poder besarla, ahora sí era momento de hacer aquello en condiciones, los dos a solas y sin nada que les molestase.

Ella se había girado un poco hacia él correspondiendo al beso con delicadeza, y mientras se besaban, Ughbert rodeó el cuerpo de Lizbeth con sus brazos en un romántico gesto de amor.
Poco después tomaron distancia separando sus labios, ella le miró con la cara bastante enrojecida y luego decidió apartar la vista del chico, que se apartó y se sentó justo a su lado para poder verla mejor.

—Sabes, ahora sí es momento de hablar de nuestros sentimientos...—Volvió a hablar el chico, también algo avergonzado por lo que acababa de hacer.—Me he enamorado profundamente de ti, ya te dije todo lo que opino...

—Ughbert... yo también te amo... pero no sé si es pronto o si está bien esto... quiero decir... tus padres van a venir mañana y... me van a ver aquí durmiendo contigo, además puede que no sea la persona que esperan para ti en el futuro, soy una niñera y... soy pobre...

—¿Y qué? Estoy seguro de que la persona que esperan es la que yo quiero que esté conmigo y la que amo, porque solo quieren mi felicidad, y a mi me da igual que seas mayor que yo, que no seas de mi estatus social o si quiera que te falte media pierna o que según tú seas ''ancha'', yo te quiero igual, y la gente tendrá que aceptarlo.

Se quedó en silencio la joven adulta pelirroja y al final se lanzó a abrazarle fuertemente, bastante emocionada, jamás se había sentido así con otro chico, ni siquiera siendo más pequeña en los orfanatos en los que estuvo, simplemente se dedicó a cuidar de las personas y a tratar de aprender a defenderse en la calle por su cuenta, tuvo una vida dura desde muy pequeña y ahora la suerte estaba de su parte al darle a un joven rico que además de tratarla bien le dio poderes sobrenaturales y le hizo feliz.

—No entiendo cómo puedes ser tan perfecto... nadie me ha tratado tan bien como tú...—Sollozaba aún con emoción la chica mientras se separaban y él intentaba limpiarle las lágrimas.

—Pero no llores... no soy perfecto, seguramente si esto sucediera al revés la gente podría pensar en tu entorno que yo soy un niño raro que no duerme, que juega y habla con ratas y toca canciones oscuras, el caso es que ahora los dos estamos juntos... ¿no? Quiero decir... ¿qué tipo de relación tenemos?

—Pues... supongo que somos... ¿pareja?

—Eso, pues ahora eres mi novia.—Ughbert se echó en la cama arropándose de nuevo y se quedó mirando alegremente a la pelirroja, quien se había quedado sonrojada pero contenta ante tal respuesta.—Venga, vamos a dormir, nos esperan cosas intensas mañana, van a venir mis padres al final...

—Sí...—Respondió y se subió un poco el camisón mientras seguía sentada para quitarse la prótesis de la pierna y así dormir cómoda como hacía todas las noches. Dejó esta apoyada en la misma cama para ponérsela por la mañana y entonces subió a esta y gateó hasta donde se había echado Ughbert para echarse a su lado y arroparse junto a él.—Tu cama es muy cómoda, me gusta mucho.

—Me alegro, espero que puedas dormir bien aquí.—El moreno acarició el rostro de la pelirroja y esta se le acercó para posar sus labios sobre los de él, ella no había tomado la iniciativa de hacerlo por sí misma, así que quiso hacerlo, aunque esta vez ambos estuvieron un rato más largo besándose y acariciándose, incluso se habían pegado sus cuerpos entre sí bajo las sábanas.

Ughbert podía sentir los pechos de Lizbeth sobre el suyo, y esto le hizo sentirse extraño, pero le gustaba aquello y no quería parar, de hecho se le quitó el poco sueño que tenía y comenzó a sentirse acalorado. Pudo sentir lo mismo que cuando ella le bañó por primera vez: su entrepierna empezaba a endurecerse y levantarse, y sentía un intenso calor ahí abajo. Se avergonzó porque estaba rozando a Lizbeth con su miembro y esta lo notó y se apartó del beso, mirándole muy sonrojada, aunque para ese punto el chico también lo estaba.

—Ughbert... ¿T-te sientes bien...?—Preguntó ella, echándose a un lado para no aplastarle.

—S-sí... bueno, me siento como aquella vez en la bañera... estoy algo acelerado y... siento calor, aunque es extraño cuando ya no nos afecta tanto la temperatura.—Respondió, apartando la mirada de ella, que le miraba atentamente.

—No es el mismo tipo de calor...—La pelirroja rió un poco y apartó las sábanas, mirando el bulto que se formaba entre las piernas del chico por debajo de su pijama.—Esta vez puedo ayudarte directamente... si quieres...

—¿De verdad...? ¿Qué es lo que vas a hacer...?

—Déjame enseñarte, y-yo no es que sepa mucho pero... intentaré algo, si te sientes incómodo y quieres que pare solo dímelo...—Ella puso sus manos en los bordes del elástico de su pantalón, aunque no los bajó y volvió a mirar al joven.—¿Puedo quitarte esto...?

—A-adelante...

Lizbeth, antes de hacer cualquier cosa decidió apartarse para ir hacia las cortinas moradas del dosel que rodeaban la cama y cerrarlas para tener más intimidad, por si Hobo decidía echar un vistazo, y cuando ambos estuvieron completamente tapados ella continuó con lo que iba a hacer. Y así estaría dispuesta a complacer el resto de la noche a su chico, y desde luego él también quería complacerla a ella y quería aprender a hacerlo.

Continuará...

martes, 9 de marzo de 2021

Capítulo 18: Sangre de demonio

 La lavandería estaba hecha un asco: había agua por todas partes, algunas gotas de sangre, sábanas y ropa tiradas por ahí, todo estaba mal. Las ropas de Ughbert y Lizbeth también estaban empapadas y descoloridas por los productos químicos que había en el agua, así que debían irse apresuradamente hasta la habitación de vuelta sin que nadie les viera ni viera aquel estropicio. No sabían cómo iban a hacerlo, pero era evidente que debían actuar ya, pues los sirvientes estaban empezando a llegar de su tiempo libre y al ser día de colada la lavandería debía estar concurrida para esas horas.

Lizbeth había echado el cubo con la sangre en el tubo de lavado e hizo que el líquido con toda esa mezcla repugnante que había quedado se fuera por las cañerías, no quedando nada en el tambor, salvo algunos restos que no serían visibles a menos que alguien se acercara mucho a verlo.
Iban a marcharse ya con la cesta hacia otro lugar en el que pudieran esconderse, pero entonces Hobo entró apresuradamente y les miró alarmada.

—''¡Cuidado, viene Antonella!''—Les gritó ella, aunque no les daría tiempo a huír sin ser vistos, de modo que Lizbeth dejó la cesta a un lado y Ughbert se puso delante de esta para disimular.

La criada entró y al verles se quedó extrañada, poniéndose a mirar la lavandería.

—¿Qué ha pasado aquí?—Preguntaba confusa.—¿Y qué hacen los dos aquí?

—Ah... ¡yo vine a ver si podía sacar la ropa del agua para que no se encogiera ni oliera mal!—Se excusó Lizbeth.

—Pero yo le dije que no era cosa suya y le dije que no lo hiciera, pero es muy testaruda,—Intervino Ughbert, adoptando una cara seria e inexpresiva como de costumbre mientras se cruzaba de brazos, aunque esta vez por dentro estaba luchando por no temblar de nervios, como saliera mal estaban perdidos.—además también corría el riesgo de que se rompiera ese cachibache defectuoso junto a ella, y pues hemos acabado así porque alguien puso productos de más y nos salpicó toda esa agua. ¡No tienes ni idea de lo enfadado que estoy ahora mismo!

—¡J-juro que no he sido yo, señorito!—Exclamaba la sirvienta italiana, juntando sus manos con pavor.—¡Debió haber sido Angelien...! ¡Era ella quien estaba antes aquí haciendo la colada!

—''Y se supone que la rata aquí soy yo, miradla, echándole las culpas a su compañera''.—Mascullaba Hobo, riéndose desde detrás de la mujer.—''Haced que salga de aquí, haré algo para que no vuelva a entrar nadie en esta habitación''.—Entonces se marchó correteando sin dar más explicaciones.

—Ya veremos después quién ha sido... Por ahora quiero que las dos os vayáis, vais a tener que hacer la colada otro día, así que hoy encargáos de otras labores. Tú, Lizbeth, ve a cambiarte y después me ayudarás a cambiarme, ¿de acuerdo?

—Por supuesto, Ughbert...—Respondía la pelirroja, también bastante inquieta, pero al igual que el adolescente trataba de mantener la calma lo máximo posible para no parecer sospechosa, era la primera vez que se sentía así.

—¿Y qué puedo hacer mientras vienen a arreglar el tambor de lavado?—Cuestionaba Antonella, mirando la cesta grande, que parecía supurar un líquido rojizo mezclado con el agua.—¡U-un momento! ¡¿E-es eso sangre?!

Los dos se giraron bruscamente a ver la cesta y era cierto que estaba saliéndose un poco de agua rojiza por entre el mimbre de esta en el fondo.

—¡Ah! D-deben ser... los productos...—Resolvió rápidamente Ughbert, siendo rápido.—Se han mezclado con los colores de la ropa desteñida y el agua, y además como ese cilindro está roto no hemos podido escurrir la ropa, es normal que se haya mojado todo, no te preocupes, Antonella, acabamos de ver a Angelien y está bien, no se ha herido con la maquinaria por suerte.

—Ah... Eso espero... ¿Me llevo la cesta entonces? No creo que haya sido buena idea meter la ropa ahí mojada, es mejor dejarla al aire hasta que se pueda lavar de nuevo.

—¡No!—Exclamaron los dos nuevos semi-demonios al unísono, empezando a agitarse cada vez más, puesto a que la sirvienta, a pesar de tener pocos estudios no parecía creerse del todo la historia que le estaban contando.

—Mejor déjala, no te vayas a manchar el uniforme, esto no se quita...—Dijo Ughbert, agarrándola por los hombros y haciendo que se diera la vuelta para guiarla hasta la puerta de la lavandería.—Vete a... no sé, descansar un poco o ver si Izaäk está bien...

 —¡V-vale señorito!—Entonces una vez se soltó ella se fue corriendo con cara de sentirse en peligro.

—Eso ha sido muy desesperante...—Susurró Lizbeth, y luego suspiró, llevándose la mano al corazón.—Espero que no sospeche demasiado, probablemente piense que le hicimos algo a la otra...

—Sí, por eso tenemos que matarla ya.—Respondió en bajo Ughbert también, a lo que agarró la cesta y la escondió en un armario alto donde se guardaban las escobas, las fregonas y diversos cubos.—Quedaré esto por aquí mientras la lavandería siga abierta, así a simple vista nadie la verá.

Lizbeth asintió y los dos salieron de la sala, cerrando la puerta tras ellos, pero justamente Hobo apareció con la llave de la lavandería y su dueño se agachó para recogerla.

—''Ahí tienes, es tan fácil robarle las llaves a Claire, es una despistada, o bien ya ni se preocupa por la seguridad de esta casa''.—Comentaba Hobo, subiendose por la pierna del chico trepando hasta su hombro y quedándose allí, entonces este cerró con la llave la puerta y se la guardó.

—Bien hecho, justo a tiempo...—El muchacho sonrió pérfido y luego miró a su doncella personal y ahora compañera y protectora.—Vamos a cambiarnos, tenemos que pensar cómo haremos lo siguiente...

Ambos volvieron al piso superior rápidamente evitando que algunos sirvientes que volvían les vieran a pesar de que Antonella ya les vio, y de ahí subieron las escaleras hasta el primer piso donde se situaba la habitación del chico. Una vez allí, apresuradamente este se quitó la ropa manchada con bastante molestia, era su traje favorito, pero no volvió a mencionar aquello por no parecer quisquilloso, Lizbeth le sacó unas prendas nuevas de su armario y le ayudó a vestirse nuevamente, y una vez hecho ella misma fue a su cuarto a cambiarse.
Ughbert pensó en algo y salió de su habitación yendo hasta la de sus padres al fondo del pasillo, esta se encontraba cerrada, pero no con llave, así que entró y la cerró tras de sí para buscar algo que tenía consciencia de que su padre guardaba.
Aquella habitación era muy grande, excesivamente amplia, con unos ventanales enormes tapados por unas cortinas gruesas de color gris, se veía gracias a unos rayos de luz que entraban por un pequeño hueco que había entre estas, así que el chico de cabello negro podía ver casi con claridad. Se acercó a la cama, la cual era de matrimonio con una colcha negra y decoración de flores grises, también tenía un pesado dosel con cortinas grises recogidas en cuerdas en los barrotes de las esquinas que se podían desatar para tapar toda la cama. Él fue por el lado izquierdo de la cama y buscó en la mesilla de noche de ese lado que era la de su padre, aunque allí no encontró lo que tenía en mente.
Volvió a cerrar el cajón y esta vez caminó hasta una puerta mas pequeña junto a la cama que llevaba al baño de la habitación. En el cuarto de baño tuvo que abrir las cortinas porque estaba más oscuro, y al ver el botiquín de la pared se aproximó y lo abrió, viendo que allí había varias botellas de cristal con etiquetas, en las que ponía con una fuente elegante en grande lo que contenían. En una de ellas estaba escrito "láudano", lo cual era una mezcla de opio con alcohol y otros ingredientes para curar diversas enfermedades o aliviar dolores, era un buen calmante que podía usar para sus males.
El padre de Ughbert, el señor Harold Zondervan lo solía usar para sus jaquecas constantes, y le ayudaba bastante a dormir cuando sus dolores de cabeza no se lo permitían. Los concentrados ingredientes de aquella singular medicina le hicieron pensar a Ughbert en un plan que era menos peligroso para ellos y mucho más fácil de llevar a cabo, por lo que el joven agarró la botella, la cual tenía un poco más de la mitad de su contenido aún y se la guardó.

Poco después de dejar todo como estaba salió de la habitación de sus padres y se puso a esperar a Lizbeth en el pasillo, ella se estaría cambiando todavía, pues le era difícil por solo tener una pierna completa. Ughbert pensó en ello y realmente quería ayudarla, sin embargo no quería hacer que la pelirroja se sintiera incómoda, así que no dijo nada y simplemente esperó con Hobo, quien estuvo con él en todo momento y ya no mencionaba nada a cerca de lo que debía hacer, de hecho al joven le inquietaba su inusual silencio.

Tras varios minutos esperando, Lizbeth salió de su habitación, ya había cambiado su ropa, entonces miró al adolescente de ojos grises.

—¿Qué hacemos ahora?—Le preguntó ella al muchacho.—¿Tienes algo pensado?

—Tengo algo espectacular, Liz... ¿quieres tomar un té?—Contestó sonriendo de manera pérfida otra vez mientras abría su casaca por un lado, mostrándole la botellita que sobresalía de su bolsillo interior.—Creo que eso relajaría un poco a Antonella, deberíamos invitarla, está haciendo un trabajo excelente.

—Oh... Tienes razón, trabaja mucho, vamos a hacer un té especial para ella... ¿Qué ingrediente has traído?

—Laudano, de mi padre, muy concentrado y fuerte, unas gotas te calman y una cucharada te puede adormecer, hay que tener mucho cuidado al echarlo, ¿de acuerdo?

—Por supuesto~—Ambos rieron, pues evidentemente estaban siendo sarcásticos, tenían planeado hacer que bebiera té con laudano, echarían bastante cantidad como para dormirla y hacer algo con ella.

Bajaron nuevamente a buscar a Antonella, aunque para su desgracia ahora todos los sirvientes estaban llegando a la mansión y debían tener cuidado con lo que hacían y cuándo, así que Ughbert, pensando en que aún tenía influencia en la casa, reunió a los sirvientes en el gran salón a través de otra criada que pasaba por allí. Cuando todos, menos Izäak y Angelien aparecieron, estos se quedaron mirando a Ughbert, esperando que les dijera algo, aunque se notaba el ambiente turbio y pesado.

 —¿Por qué nos ha convocado?—Preguntaba Jefferson con resquemor, cruzado de brazos y mirándole de manera seria.

—Para poner orden y asignar tareas más firmes. Es evidente que las cosas están yendo de mal en peor en esta casa, hoy era el día de la colada y nadie ha hecho nada puesto a que se ha roto uno de los tambores de lavado y es peligroso permanecer en la lavandería.—Explicaba de manera neutral el chico, teniendo ya calculado lo que iba a decir a su servidumbre.—Angelien ha ido a buscar a alguien para repararlo, pero no ha vuelto y me temo que no regrese, no sé qué está pasando, ya se han marchado dos sirvientes sin dar explicaciones y no quiero que hoy pase a tres.

—Como dijimos antes a nosotros también nos parece muy extraño ya que sus pertenencias siguen en la mansión.—Mencionaba el ama de llaves Claire, mostrándose más preocupada que de costumbre.—No teníamos que haber salido hoy estando las cosas así, ¿nadie ha visto a Angelien?

Ella miró a sus compañeros y ellos negaron, menos Antonella, que asintió y levantó la mano un poco para captar la atención de los demás.

—Yo la vi antes, estaba trabajando con ella hasta que nos separamos y luego el señorito me dijo que se marchó a buscar a alguien que arreglase el lavadero.—Habló la criada de manera tímida.

—Ah, así que el chico es el último que ha visto a Angelien, ¿eh?—El mayordomo, aún sin abandonar los gestos de antes, miraba cada vez más desconfiado a Ughbert.—Qué casualidad... ¿Quién dice que tú no te hayas deshecho de los otros dos?

 —Para ser exactos fui yo la última en verla, la vi salir por la puerta de la entrada.—Se metió Lizbeth agresivamente.—¿Estás insinuando acaso que un niño de quince años le ha hecho algo a unas señoras de treinta y muchos? ¿O quizá a un tipo enorme, fuerte y alto como Ben? Por favor...

—Bueno, ese niñato débil y delgaducho quizá por sí solo no, pero ha empezado todo esto desde que estás aquí tú y estáis demasiado juntitos, tal vez hayas sido tú, las pelirrojas tienen muy mala fama...

—¡¿Disculpa?!

De pronto entró al salón Izaäk con las mejillas rojas mirando la escena, parecía haber estado escuchando desde la puerta. Tenía la ropa mal colocada, pero se había intentado vestir rápido aun estando débil ya que había estado en pijama en su cama.

—¡Dejadles en paz!—Exclamó este, con dificultades, a lo que todos le miraron de manera extraña.—Si algo he descubierto últimamente es que Ughbert puede parecer serio y misterioso por fuera, ¡pero por dentro tiene un gran corazón! Cuando vino a verme esta mañana estuvo muy preocupado por mi, y empezamos a ser amigos ya hace días, ¡no sé por qué le tenéis esta manía cuando seguramente no ha hecho nada!

—¡Izaäk, vuelve a tu cuarto a descansar que pronto necesitaremos más ayuda!—Recriminaba su tía la cocinera, pareciendo excesivamente enfadada y nerviosa.

—¡No quiero! Esta mierda me parece injusta, si no os agradan los Zondervan, ¿por qué seguís aquí? ¿Aguantáis por las comodidades que tenéis incluso siendo sirvientes? ¡Espero que no tengáis la osadía de quejaros cuando otros criados viven y son tratados peor por los amos.

—¡Otro niño estúpido que no entiende nada de esto...!—Se quejaba Jefferson, colocándose el cabello hacia atrás.—¡Si no entienes cállate y vete a dormir, creo que te ha dado fiebre y estás delirando!

En ese punto todos se pusieron a discutir entre sí intentando mandar al adolescente a descansar, pero este rehusaba de ello, yendo junto a Ughbert para ponerse de su parte. Se armó mucho escándalo en la sala, hasta que al final, el muchacho de cabello negro se agobió y dio un pisotón en el suelo.

—¡BASTA YA!—Gritó enfadado como nunca antes lo hizo, mirando con ira a los sirvientes.—¡Ya dije hace tiempo que os despediría si dependiera de mi, ineptos! ¡No tengo la necesidad de hacer daño a nadie! Soy un noble y jamás faltaría el respeto de esa manera a mi familia manchando su reputación, y si los desgraciados de vuestros amigos han huído no es ni mi culpa ni la de Lizbeth, pero como vuelva a oír una sola palabra más que sea despectiva hacia ella juro que esta vez no me quedaré quieto, sobre todo va por ti, Jefferson, un niñato como yo, por muy ''debilucho'' que sea, no se va a dejar achantar por un retardado mental como tú. 

 —Estás últimamente muy subidito, ¿pretendes ir de macho alfa con tu nueva mujer?—El adulto, sintiéndose amenazado, pero sin rendirse, plantaba cara a Ughbert mientras el resto permanecía en silencio absoluto.—¿No podías simplemente esperar al día en que tus papis escogieran a una chica noble como tú? Una de cabellos dorados, que sepa tocar algún instrumento o alguna tontería así de ricos? Tienes que conformarte con la sirvienta que te baña y te viste, hasta para eso eres inútil... 

Ughbert no dijo nada, solo se acercó a Jefferson corriendo y le pegó una fuerte patada en los testículos, dejándole sin respiración y cayendo de rodillas al suelo, jadeando del dolor.

—Anda, mira, parece ser que no soy inútil para todo...—Ughbert le dio la espalda a él y a todos los demás sirvientes, conteniendo su macabra risa. El resto de la sala quedó perplejo aún callados, y Lizbeth e Izaäk miraron al chico y luego al mayordomo, que se había tendido en el suelo, agarrándose la zona afectada mientras gruñía dolorido.

 —¡M-malnacido hijo de puta!—Gimoteó, tembloroso.

—''Ooooh, ¡en todas las bolas!''—Chillaba Hobo divirtiéndose bastante, quien ahora estaba con Lizbeth en su hombro.—''Le tenías bastantes ganas a Jefferson por lo que se ve''.

—Quiero que os pongáis con la cena, y que limpiéis concienzudamente TODA la mansión de arriba abajo, y como vea algún tipo de sabotaje en la comida o algo sucio lo vais a lamentar, se acabó estar de vagos como cuando mis padres marcharon, ahora no pienso ser nada blando con basura como vosotros, mis padres se han portado muy bien con vosotros durante todos estos años y así se lo pagáis...—Ahora se giró dramáticamente y les miró de nuevo con fuego en su mirada del odio que les tenía.—¡No pienso ser el chico retraído de antes, no pienso quedarme callado, y no pienso dejar que NADIE trate de pisarme! ¡¿ENTENDIDO?!

La servidumbre estaba de piedra, nadie jamás había visto a Ughbert así, pero su nuevo yo mitad demonio hacía que su sangre hirviera y que su coraje aumentara, su fuerza mental y física estaban empezando a crecer notablemente, y aunque no se notara también estaba pasando con Lizbeth, pues a pesar de que no hubiera dicho gran cosa esa vez, ahora tenía más ganas de hacerles sufrir a todos ellos, pero sabía que debía guardar las apariencias para no hacerles sospechar aún más.

 —Ya le habéis oído, no hagáis las cosas más difíciles y simplemente haced vuestro trabajo.—Añadió la pelirroja, pareciendo más severa, pero los demás se había quedado tan sorprendidos que no sabían ni lo que hacer, estaban petrificados.

—Ughbert...—Dijo perplejo Izaäk.—¿Qué te ocurre...?

—¿Que qué me ocurre?—Preguntó molesto el otro adolescente, intentando relajarse.—Mi familia se ha portado bien con la servidumbre siempre, se os paga muy bien, tenéis un buen espacio y bastante tiempo libre para que descanséis, ¿y cómo me lo pagan ellos? Tratándome mal, insultándome, acusándome a mi y a Lizbeth de hacer cosas malas, y Jefferson acosando a Lizbeth desde el maldito primer día que pisó esta casa. ¡Estoy cansado! La gente explota algún día y ella me ha hecho madurar y darme cuenta de que estar callado es lo peor.

Tras un leve silencio mirando al suelo, el rubio cenizo volvió a mirarle y suspiró.

—Sí la verdad es que tienes toda la razón, parece que los más jóvenes somos los que tenemos más cabeza aquí, ellos no se han estado comportando bien, nada bien, y lo he visto y oído yo mismo cuando no estáis.

—Señorito...—Claire intentó acercarse a Ughbert y juntó sus manos agachando su cabeza ante él, un poco temblorosa.—En nombre de todos los sirvientes de esta casa le pedimos perdón... N-no era nuestra intención acabar así con usted, le juro que a partir de ahora seremos más organizados, pero por favor, no se lo diga a los señores Zondervan, no nos despida, ¡no tenemos a dónde ir!

Ughbert sabía de sobra que eso era una burda mentira para que ellos siguieran con sus planes malvados, y se contuvo mucho para no decirles nada más, pero relajó un poco su expresión mirando al ama de llaves, era la segunda con más poder en la servidumbre, de modo que debía mantenerse bien con ella hasta que tuviera que eliminarla, más que nada para conseguir sus llaves y evitar más confrontamientos.

—No todos tenéis la misma culpa, Claire, pero sí tengo que informar a mis padres de toda esta insolencia, Jefferson ha tratado de agredirme y no ha parado de insultarnos y eso es muy grave, así que ellos decidirán qué hacer con vosotros, y será mejor que encontréis a los que faltan... Ahora me retiraré... Id a vuestros trabajos e Izaäk a recuperarse a la cama.—El mencionado al escuchar eso solo asintió y le tocó el hombro para luego irse también.

—Sí, señorito, le diré que no vuelva a faltaros al respeto nunca más...—Claire se inclinó un poco ante él, pero Ughbert no contestó y simplemente miró a otro lado mientras los sirvientes se iban marchando de ahí. Jefferson se había recuperado más o menos y no dudó en echarle una mirada de odio al chico antes de salir.

—Eres muy valiente frente a los demás, pero ya veremos cómo te desenvuelves estando solo...—Le amenazó con rabia y luego se marchó, aunque el de cabello negro no le hizo mucho caso, pues no dudaría en cortarle el cuello incluso si estuviera solo con él, pudo con Ben, que era más fuerte sin duda, solo tenía que tener un buen arma a mano.

Pensando en su plan de ahora, el muchacho siguió a los sirvientes aún y se aproximó a Antonella, deteniéndola mientras los demás abandonaban el gran salón y se iban a hacer sus trabajos.

—Antonella, espera, debemos hablar...—Habló este, no muy alto, mientras Lizbeth y Hobo estaban desde atrás, mirando calladas.

—¿Qué necesita...?—Cuestionaba con algo de temor la italiana.

—Siento mucho haberos gritado, como le dije a Claire no todos tenéis la culpa, tú solo has hablado mal de mi rata a veces, pero bueno, no es un animal del gusto de mucha gente, de modo que no te culpo, así que, por esforzarte tanto quisiera que descansaras un poco tomando un té con nosotros.

—¿De verdad? Es un poco extraño...

—No creo, bueno, hoy estuviste trabajando mientras los demás estaban en sus horas libres, y quiero ser menos distante con los que os portáis bien conmigo así que te invito formalmente, si no te apetece no hay problema, seguramente prefieras descansar para mañana.

 —Está bien, acepto su propuesta, señorito, muchas gracias...—Aunque Antonella hubiera accedido a ir era evidente que no se notaba segura, sin embargo Lizbeth se le acercó y le sonrió.

—No seas tímida, ¡el señorito Zondervan es más amable de lo que parece!—Le dijo con seguridad la pelirroja, siguiendo su actitud habitual amigable y cercana, aunque por dentro la estuviera conduciendo a la misma muerte.—Si quieres te esperamos en la salita del té un rato después de vuestra cena.

 —Bien, entonces les veré después, iré a asearme si me permiten.—La criada hizo una reverencia y se retiró finalmente.

Lizbeth miró a Ughbert cuando la otra finalmente desapareció de la sala y ambos sonrieron pérfidamente, después de aquello idearían un plan para hacer desaparecer a la sirvienta, y solo deseaban que aquello saliera bien fuera como fuera...

Continuará...