La lavandería estaba hecha un asco: había agua por todas partes, algunas gotas de sangre, sábanas y ropa tiradas por ahí, todo estaba mal. Las ropas de Ughbert y Lizbeth también estaban empapadas y descoloridas por los productos químicos que había en el agua, así que debían irse apresuradamente hasta la habitación de vuelta sin que nadie les viera ni viera aquel estropicio. No sabían cómo iban a hacerlo, pero era evidente que debían actuar ya, pues los sirvientes estaban empezando a llegar de su tiempo libre y al ser día de colada la lavandería debía estar concurrida para esas horas.
Lizbeth había echado el cubo con la sangre en el tubo de lavado e hizo que el líquido con toda esa mezcla repugnante que había quedado se fuera por las cañerías, no quedando nada en el tambor, salvo algunos restos que no serían visibles a menos que alguien se acercara mucho a verlo.
Iban a marcharse ya con la cesta hacia otro lugar en el que pudieran esconderse, pero entonces Hobo entró apresuradamente y les miró alarmada.
—''¡Cuidado, viene Antonella!''—Les gritó ella, aunque no les daría tiempo a huír sin ser vistos, de modo que Lizbeth dejó la cesta a un lado y Ughbert se puso delante de esta para disimular.
La criada entró y al verles se quedó extrañada, poniéndose a mirar la lavandería.
—¿Qué ha pasado aquí?—Preguntaba confusa.—¿Y qué hacen los dos aquí?
—Ah... ¡yo vine a ver si podía sacar la ropa del agua para que no se encogiera ni oliera mal!—Se excusó Lizbeth.
—Pero yo le dije que no era cosa suya y le dije que no lo hiciera, pero es muy testaruda,—Intervino Ughbert, adoptando una cara seria e inexpresiva como de costumbre mientras se cruzaba de brazos, aunque esta vez por dentro estaba luchando por no temblar de nervios, como saliera mal estaban perdidos.—además también corría el riesgo de que se rompiera ese cachibache defectuoso junto a ella, y pues hemos acabado así porque alguien puso productos de más y nos salpicó toda esa agua. ¡No tienes ni idea de lo enfadado que estoy ahora mismo!
—¡J-juro que no he sido yo, señorito!—Exclamaba la sirvienta italiana, juntando sus manos con pavor.—¡Debió haber sido Angelien...! ¡Era ella quien estaba antes aquí haciendo la colada!
—''Y se supone que la rata aquí soy yo, miradla, echándole las culpas a su compañera''.—Mascullaba Hobo, riéndose desde detrás de la mujer.—''Haced que salga de aquí, haré algo para que no vuelva a entrar nadie en esta habitación''.—Entonces se marchó correteando sin dar más explicaciones.
—Ya veremos después quién ha sido... Por ahora quiero que las dos os vayáis, vais a tener que hacer la colada otro día, así que hoy encargáos de otras labores. Tú, Lizbeth, ve a cambiarte y después me ayudarás a cambiarme, ¿de acuerdo?
—Por supuesto, Ughbert...—Respondía la pelirroja, también bastante inquieta, pero al igual que el adolescente trataba de mantener la calma lo máximo posible para no parecer sospechosa, era la primera vez que se sentía así.
—¿Y qué puedo hacer mientras vienen a arreglar el tambor de lavado?—Cuestionaba Antonella, mirando la cesta grande, que parecía supurar un líquido rojizo mezclado con el agua.—¡U-un momento! ¡¿E-es eso sangre?!
Los dos se giraron bruscamente a ver la cesta y era cierto que estaba saliéndose un poco de agua rojiza por entre el mimbre de esta en el fondo.
—¡Ah! D-deben ser... los productos...—Resolvió rápidamente Ughbert, siendo rápido.—Se han mezclado con los colores de la ropa desteñida y el agua, y además como ese cilindro está roto no hemos podido escurrir la ropa, es normal que se haya mojado todo, no te preocupes, Antonella, acabamos de ver a Angelien y está bien, no se ha herido con la maquinaria por suerte.
—Ah... Eso espero... ¿Me llevo la cesta entonces? No creo que haya sido buena idea meter la ropa ahí mojada, es mejor dejarla al aire hasta que se pueda lavar de nuevo.
—¡No!—Exclamaron los dos nuevos semi-demonios al unísono, empezando a agitarse cada vez más, puesto a que la sirvienta, a pesar de tener pocos estudios no parecía creerse del todo la historia que le estaban contando.
—Mejor déjala, no te vayas a manchar el uniforme, esto no se quita...—Dijo Ughbert, agarrándola por los hombros y haciendo que se diera la vuelta para guiarla hasta la puerta de la lavandería.—Vete a... no sé, descansar un poco o ver si Izaäk está bien...
—¡V-vale señorito!—Entonces una vez se soltó ella se fue corriendo con cara de sentirse en peligro.
—Eso ha sido muy desesperante...—Susurró Lizbeth, y luego suspiró, llevándose la mano al corazón.—Espero que no sospeche demasiado, probablemente piense que le hicimos algo a la otra...
—Sí, por eso tenemos que matarla ya.—Respondió en bajo Ughbert también, a lo que agarró la cesta y la escondió en un armario alto donde se guardaban las escobas, las fregonas y diversos cubos.—Quedaré esto por aquí mientras la lavandería siga abierta, así a simple vista nadie la verá.
Lizbeth asintió y los dos salieron de la sala, cerrando la puerta tras ellos, pero justamente Hobo apareció con la llave de la lavandería y su dueño se agachó para recogerla.
—''Ahí tienes, es tan fácil robarle las llaves a Claire, es una despistada, o bien ya ni se preocupa por la seguridad de esta casa''.—Comentaba Hobo, subiendose por la pierna del chico trepando hasta su hombro y quedándose allí, entonces este cerró con la llave la puerta y se la guardó.
—Bien hecho, justo a tiempo...—El muchacho sonrió pérfido y luego miró a su doncella personal y ahora compañera y protectora.—Vamos a cambiarnos, tenemos que pensar cómo haremos lo siguiente...
Ambos volvieron al piso superior rápidamente evitando que algunos sirvientes que volvían les vieran a pesar de que Antonella ya les vio, y de ahí subieron las escaleras hasta el primer piso donde se situaba la habitación del chico. Una vez allí, apresuradamente este se quitó la ropa manchada con bastante molestia, era su traje favorito, pero no volvió a mencionar aquello por no parecer quisquilloso, Lizbeth le sacó unas prendas nuevas de su armario y le ayudó a vestirse nuevamente, y una vez hecho ella misma fue a su cuarto a cambiarse.
Ughbert pensó en algo y salió de su habitación yendo hasta la de sus padres al fondo del pasillo, esta se encontraba cerrada, pero no con llave, así que entró y la cerró tras de sí para buscar algo que tenía consciencia de que su padre guardaba.
Aquella habitación era muy grande, excesivamente amplia, con unos ventanales enormes tapados por unas cortinas gruesas de color gris, se veía gracias a unos rayos de luz que entraban por un pequeño hueco que había entre estas, así que el chico de cabello negro podía ver casi con claridad. Se acercó a la cama, la cual era de matrimonio con una colcha negra y decoración de flores grises, también tenía un pesado dosel con cortinas grises recogidas en cuerdas en los barrotes de las esquinas que se podían desatar para tapar toda la cama. Él fue por el lado izquierdo de la cama y buscó en la mesilla de noche de ese lado que era la de su padre, aunque allí no encontró lo que tenía en mente.
Volvió a cerrar el cajón y esta vez caminó hasta una puerta mas pequeña junto a la cama que llevaba al baño de la habitación. En el cuarto de baño tuvo que abrir las cortinas porque estaba más oscuro, y al ver el botiquín de la pared se aproximó y lo abrió, viendo que allí había varias botellas de cristal con etiquetas, en las que ponía con una fuente elegante en grande lo que contenían. En una de ellas estaba escrito "láudano", lo cual era una mezcla de opio con alcohol y otros ingredientes para curar diversas enfermedades o aliviar dolores, era un buen calmante que podía usar para sus males.
El padre de Ughbert, el señor Harold Zondervan lo solía usar para sus jaquecas constantes, y le ayudaba bastante a dormir cuando sus dolores de cabeza no se lo permitían. Los concentrados ingredientes de aquella singular medicina le hicieron pensar a Ughbert en un plan que era menos peligroso para ellos y mucho más fácil de llevar a cabo, por lo que el joven agarró la botella, la cual tenía un poco más de la mitad de su contenido aún y se la guardó.
Poco después de dejar todo como estaba salió de la habitación de sus padres y se puso a esperar a Lizbeth en el pasillo, ella se estaría cambiando todavía, pues le era difícil por solo tener una pierna completa. Ughbert pensó en ello y realmente quería ayudarla, sin embargo no quería hacer que la pelirroja se sintiera incómoda, así que no dijo nada y simplemente esperó con Hobo, quien estuvo con él en todo momento y ya no mencionaba nada a cerca de lo que debía hacer, de hecho al joven le inquietaba su inusual silencio.
Tras varios minutos esperando, Lizbeth salió de su habitación, ya había cambiado su ropa, entonces miró al adolescente de ojos grises.
—¿Qué hacemos ahora?—Le preguntó ella al muchacho.—¿Tienes algo pensado?
—Tengo algo espectacular, Liz... ¿quieres tomar un té?—Contestó sonriendo de manera pérfida otra vez mientras abría su casaca por un lado, mostrándole la botellita que sobresalía de su bolsillo interior.—Creo que eso relajaría un poco a Antonella, deberíamos invitarla, está haciendo un trabajo excelente.
—Oh... Tienes razón, trabaja mucho, vamos a hacer un té especial para ella... ¿Qué ingrediente has traído?
—Laudano, de mi padre, muy concentrado y fuerte, unas gotas te calman y una cucharada te puede adormecer, hay que tener mucho cuidado al echarlo, ¿de acuerdo?
—Por supuesto~—Ambos rieron, pues evidentemente estaban siendo sarcásticos, tenían planeado hacer que bebiera té con laudano, echarían bastante cantidad como para dormirla y hacer algo con ella.
Bajaron nuevamente a buscar a Antonella, aunque para su desgracia ahora todos los sirvientes estaban llegando a la mansión y debían tener cuidado con lo que hacían y cuándo, así que Ughbert, pensando en que aún tenía influencia en la casa, reunió a los sirvientes en el gran salón a través de otra criada que pasaba por allí. Cuando todos, menos Izäak y Angelien aparecieron, estos se quedaron mirando a Ughbert, esperando que les dijera algo, aunque se notaba el ambiente turbio y pesado.
—¿Por qué nos ha convocado?—Preguntaba Jefferson con resquemor, cruzado de brazos y mirándole de manera seria.
—Para poner orden y asignar tareas más firmes. Es evidente que las cosas están yendo de mal en peor en esta casa, hoy era el día de la colada y nadie ha hecho nada puesto a que se ha roto uno de los tambores de lavado y es peligroso permanecer en la lavandería.—Explicaba de manera neutral el chico, teniendo ya calculado lo que iba a decir a su servidumbre.—Angelien ha ido a buscar a alguien para repararlo, pero no ha vuelto y me temo que no regrese, no sé qué está pasando, ya se han marchado dos sirvientes sin dar explicaciones y no quiero que hoy pase a tres.
—Como dijimos antes a nosotros también nos parece muy extraño ya que sus pertenencias siguen en la mansión.—Mencionaba el ama de llaves Claire, mostrándose más preocupada que de costumbre.—No teníamos que haber salido hoy estando las cosas así, ¿nadie ha visto a Angelien?
Ella miró a sus compañeros y ellos negaron, menos Antonella, que asintió y levantó la mano un poco para captar la atención de los demás.
—Yo la vi antes, estaba trabajando con ella hasta que nos separamos y luego el señorito me dijo que se marchó a buscar a alguien que arreglase el lavadero.—Habló la criada de manera tímida.
—Ah, así que el chico es el último que ha visto a Angelien, ¿eh?—El mayordomo, aún sin abandonar los gestos de antes, miraba cada vez más desconfiado a Ughbert.—Qué casualidad... ¿Quién dice que tú no te hayas deshecho de los otros dos?
—Para ser exactos fui yo la última en verla, la vi salir por la puerta de la entrada.—Se metió Lizbeth agresivamente.—¿Estás insinuando acaso que un niño de quince años le ha hecho algo a unas señoras de treinta y muchos? ¿O quizá a un tipo enorme, fuerte y alto como Ben? Por favor...
—Bueno, ese niñato débil y delgaducho quizá por sí solo no, pero ha empezado todo esto desde que estás aquí tú y estáis demasiado juntitos, tal vez hayas sido tú, las pelirrojas tienen muy mala fama...
—¡¿Disculpa?!
De pronto entró al salón Izaäk con las mejillas rojas mirando la escena, parecía haber estado escuchando desde la puerta. Tenía la ropa mal colocada, pero se había intentado vestir rápido aun estando débil ya que había estado en pijama en su cama.
—¡Dejadles en paz!—Exclamó este, con dificultades, a lo que todos le miraron de manera extraña.—Si algo he descubierto últimamente es que Ughbert puede parecer serio y misterioso por fuera, ¡pero por dentro tiene un gran corazón! Cuando vino a verme esta mañana estuvo muy preocupado por mi, y empezamos a ser amigos ya hace días, ¡no sé por qué le tenéis esta manía cuando seguramente no ha hecho nada!
—¡Izaäk, vuelve a tu cuarto a descansar que pronto necesitaremos más ayuda!—Recriminaba su tía la cocinera, pareciendo excesivamente enfadada y nerviosa.
—¡No quiero! Esta mierda me parece injusta, si no os agradan los Zondervan, ¿por qué seguís aquí? ¿Aguantáis por las comodidades que tenéis incluso siendo sirvientes? ¡Espero que no tengáis la osadía de quejaros cuando otros criados viven y son tratados peor por los amos.
—¡Otro niño estúpido que no entiende nada de esto...!—Se quejaba Jefferson, colocándose el cabello hacia atrás.—¡Si no entienes cállate y vete a dormir, creo que te ha dado fiebre y estás delirando!
En ese punto todos se pusieron a discutir entre sí intentando mandar al adolescente a descansar, pero este rehusaba de ello, yendo junto a Ughbert para ponerse de su parte. Se armó mucho escándalo en la sala, hasta que al final, el muchacho de cabello negro se agobió y dio un pisotón en el suelo.
—¡BASTA YA!—Gritó enfadado como nunca antes lo hizo, mirando con ira a los sirvientes.—¡Ya dije hace tiempo que os despediría si dependiera de mi, ineptos! ¡No tengo la necesidad de hacer daño a nadie! Soy un noble y jamás faltaría el respeto de esa manera a mi familia manchando su reputación, y si los desgraciados de vuestros amigos han huído no es ni mi culpa ni la de Lizbeth, pero como vuelva a oír una sola palabra más que sea despectiva hacia ella juro que esta vez no me quedaré quieto, sobre todo va por ti, Jefferson, un niñato como yo, por muy ''debilucho'' que sea, no se va a dejar achantar por un retardado mental como tú.
—Estás últimamente muy subidito, ¿pretendes ir de macho alfa con tu nueva mujer?—El adulto, sintiéndose amenazado, pero sin rendirse, plantaba cara a Ughbert mientras el resto permanecía en silencio absoluto.—¿No podías simplemente esperar al día en que tus papis escogieran a una chica noble como tú? Una de cabellos dorados, que sepa tocar algún instrumento o alguna tontería así de ricos? Tienes que conformarte con la sirvienta que te baña y te viste, hasta para eso eres inútil...
Ughbert no dijo nada, solo se acercó a Jefferson corriendo y le pegó una fuerte patada en los testículos, dejándole sin respiración y cayendo de rodillas al suelo, jadeando del dolor.
—Anda, mira, parece ser que no soy inútil para todo...—Ughbert le dio la espalda a él y a todos los demás sirvientes, conteniendo su macabra risa. El resto de la sala quedó perplejo aún callados, y Lizbeth e Izaäk miraron al chico y luego al mayordomo, que se había tendido en el suelo, agarrándose la zona afectada mientras gruñía dolorido.
—¡M-malnacido hijo de puta!—Gimoteó, tembloroso.
—''Ooooh, ¡en todas las bolas!''—Chillaba Hobo divirtiéndose bastante, quien ahora estaba con Lizbeth en su hombro.—''Le tenías bastantes ganas a Jefferson por lo que se ve''.
—Quiero que os pongáis con la cena, y que limpiéis concienzudamente TODA la mansión de arriba abajo, y como vea algún tipo de sabotaje en la comida o algo sucio lo vais a lamentar, se acabó estar de vagos como cuando mis padres marcharon, ahora no pienso ser nada blando con basura como vosotros, mis padres se han portado muy bien con vosotros durante todos estos años y así se lo pagáis...—Ahora se giró dramáticamente y les miró de nuevo con fuego en su mirada del odio que les tenía.—¡No pienso ser el chico retraído de antes, no pienso quedarme callado, y no pienso dejar que NADIE trate de pisarme! ¡¿ENTENDIDO?!
La servidumbre estaba de piedra, nadie jamás había visto a Ughbert así, pero su nuevo yo mitad demonio hacía que su sangre hirviera y que su coraje aumentara, su fuerza mental y física estaban empezando a crecer notablemente, y aunque no se notara también estaba pasando con Lizbeth, pues a pesar de que no hubiera dicho gran cosa esa vez, ahora tenía más ganas de hacerles sufrir a todos ellos, pero sabía que debía guardar las apariencias para no hacerles sospechar aún más.
—Ya le habéis oído, no hagáis las cosas más difíciles y simplemente haced vuestro trabajo.—Añadió la pelirroja, pareciendo más severa, pero los demás se había quedado tan sorprendidos que no sabían ni lo que hacer, estaban petrificados.
—Ughbert...—Dijo perplejo Izaäk.—¿Qué te ocurre...?
—¿Que qué me ocurre?—Preguntó molesto el otro adolescente, intentando relajarse.—Mi familia se ha portado bien con la servidumbre siempre, se os paga muy bien, tenéis un buen espacio y bastante tiempo libre para que descanséis, ¿y cómo me lo pagan ellos? Tratándome mal, insultándome, acusándome a mi y a Lizbeth de hacer cosas malas, y Jefferson acosando a Lizbeth desde el maldito primer día que pisó esta casa. ¡Estoy cansado! La gente explota algún día y ella me ha hecho madurar y darme cuenta de que estar callado es lo peor.
Tras un leve silencio mirando al suelo, el rubio cenizo volvió a mirarle y suspiró.
—Sí la verdad es que tienes toda la razón, parece que los más jóvenes somos los que tenemos más cabeza aquí, ellos no se han estado comportando bien, nada bien, y lo he visto y oído yo mismo cuando no estáis.
—Señorito...—Claire intentó acercarse a Ughbert y juntó sus manos agachando su cabeza ante él, un poco temblorosa.—En nombre de todos los sirvientes de esta casa le pedimos perdón... N-no era nuestra intención acabar así con usted, le juro que a partir de ahora seremos más organizados, pero por favor, no se lo diga a los señores Zondervan, no nos despida, ¡no tenemos a dónde ir!
Ughbert sabía de sobra que eso era una burda mentira para que ellos siguieran con sus planes malvados, y se contuvo mucho para no decirles nada más, pero relajó un poco su expresión mirando al ama de llaves, era la segunda con más poder en la servidumbre, de modo que debía mantenerse bien con ella hasta que tuviera que eliminarla, más que nada para conseguir sus llaves y evitar más confrontamientos.
—No todos tenéis la misma culpa, Claire, pero sí tengo que informar a mis padres de toda esta insolencia, Jefferson ha tratado de agredirme y no ha parado de insultarnos y eso es muy grave, así que ellos decidirán qué hacer con vosotros, y será mejor que encontréis a los que faltan... Ahora me retiraré... Id a vuestros trabajos e Izaäk a recuperarse a la cama.—El mencionado al escuchar eso solo asintió y le tocó el hombro para luego irse también.
—Sí, señorito, le diré que no vuelva a faltaros al respeto nunca más...—Claire se inclinó un poco ante él, pero Ughbert no contestó y simplemente miró a otro lado mientras los sirvientes se iban marchando de ahí. Jefferson se había recuperado más o menos y no dudó en echarle una mirada de odio al chico antes de salir.
—Eres muy valiente frente a los demás, pero ya veremos cómo te desenvuelves estando solo...—Le amenazó con rabia y luego se marchó, aunque el de cabello negro no le hizo mucho caso, pues no dudaría en cortarle el cuello incluso si estuviera solo con él, pudo con Ben, que era más fuerte sin duda, solo tenía que tener un buen arma a mano.
Pensando en su plan de ahora, el muchacho siguió a los sirvientes aún y se aproximó a Antonella, deteniéndola mientras los demás abandonaban el gran salón y se iban a hacer sus trabajos.
—Antonella, espera, debemos hablar...—Habló este, no muy alto, mientras Lizbeth y Hobo estaban desde atrás, mirando calladas.
—¿Qué necesita...?—Cuestionaba con algo de temor la italiana.
—Siento mucho haberos gritado, como le dije a Claire no todos tenéis la culpa, tú solo has hablado mal de mi rata a veces, pero bueno, no es un animal del gusto de mucha gente, de modo que no te culpo, así que, por esforzarte tanto quisiera que descansaras un poco tomando un té con nosotros.
—¿De verdad? Es un poco extraño...
—No creo, bueno, hoy estuviste trabajando mientras los demás estaban en sus horas libres, y quiero ser menos distante con los que os portáis bien conmigo así que te invito formalmente, si no te apetece no hay problema, seguramente prefieras descansar para mañana.
—Está bien, acepto su propuesta, señorito, muchas gracias...—Aunque Antonella hubiera accedido a ir era evidente que no se notaba segura, sin embargo Lizbeth se le acercó y le sonrió.
—No seas tímida, ¡el señorito Zondervan es más amable de lo que parece!—Le dijo con seguridad la pelirroja, siguiendo su actitud habitual amigable y cercana, aunque por dentro la estuviera conduciendo a la misma muerte.—Si quieres te esperamos en la salita del té un rato después de vuestra cena.
—Bien, entonces les veré después, iré a asearme si me permiten.—La criada hizo una reverencia y se retiró finalmente.
Lizbeth miró a Ughbert cuando la otra finalmente desapareció de la sala y ambos sonrieron pérfidamente, después de aquello idearían un plan para hacer desaparecer a la sirvienta, y solo deseaban que aquello saliera bien fuera como fuera...
Continuará...