Deseó hacer eso desde que ella casi le dijo que entre ellos había algo más que amistad o una relación entre doncella y amo, deseaba posar sus labios sobre los de aquella hermosa y joven mujer que entró en su mansión para cuidarle, y en aquel momento pudo hacerlo, tuvo el valor de hacerlo, aunque en el momento más inoportuno, ¿o quizá era todo lo contrario?
Ughbert besó a Lizbeth para tranquilizarla tras descubrir sus atroces crímenes, ella estaba tan asustada que huyó de él, pero él la atrapó y le confesó lo que hizo. Ahora tocaba decirle todo, absolutamente todo, y era todo o nada... La pelirroja se había quedado quieta durante los pocos segundos que duró el beso, y cuando el de cabello negro se apartó de ella, ambos se miraron. Lizbeth parecía un poco más tranquila y receptiva, pero ahora se rehusaba a soltar palabra.
Ughbert cogió su pierna falsa del suelo y levantó un poco su falda para volver a ponérsela, y aunque le costó un poco porque no sabía, logró hacerlo finalmente tras un momento de silencio algo incómodo.
—Lo siento... Quería hacerte entender que jamás te haría daño, te lo dije antes y te lo vuelvo a repetir.—Dijo el muchacho, agachando la cabeza y mirando al suelo, tratando de ocultar su cara con su pelo, de lo avergonzado que se encontraba.—No quería que tuvieras nada que ver, y de verdad quiero explicarte bien todo esto y que lo comprendas. He sentido una presión enorme, por lo que me he visto obligado a hacer esto, Hobo me lo pide... Y no de su parte, es parte de algo peor...
—¿D-de qué estás hablando...?—Pudo preguntar ella, sin enterarse casi de nada tocando sus labios con la yema de los dedos.
—Te lo explicaré en mi habitación si decides venir, pero quiero que sepas que si quieres entregarme a la policía... dejaré que lo hagas, pero mi familia está en peligro, y si te enterabas de esto y querías delatarme... básicamente me dijeron que debía deshacerme de ti también... pero antes de hacer eso prefiero ir a la cárcel, a un manicomio o que me sentencien a muerte, antes de tener que matarte yo mismo con mis propias manos desearía morirme yo, pero te pediría que salvases tú a mi familia.
Ella se quedó en blanco un momento tratando de procesar todo aquello, no terminaba de entenderlo.
—Eh... T-te escucharé...—Dijo finalmente.—Me quedé en esta mansión porque quería saber qué sucede, pero... no me esperaba que fuera tan turbio y que realmente hayas sido capaz de hacer algo así...
—Todo tiene su por qué, Lizbeth, sígueme y te lo demostraré, y haré que Hobo también lo haga.—Ughbert se levantó del suelo y le tendió la mano a la pelirroja, quien, aún en shock, decidió agarrarle y levantarse también, asegurándose de que su prótesis estaba bien puesta.
Él no volvió a decir nada, solo caminó apresuradamente hasta las escaleras para subir a las habitaciones e ir a la suya. Los dos llegaron sin hablarse mutuamente, cerraron la puerta e instintivamente miraron hacia la jaula de barrotes negros y decoraciones exageradas en la que estaba la rata, y esta, al ver sus caras no se esperaba nada bueno.
—''No sé qué haces aquí con Lizbeth, deberías estar aprovechando...''—Decía, quieta en mitad de su receptáculo.
—Lo sabe todo. Me ha visto intentando acuchillar a Antonella.—Anunció el moreno seriamente y sin tapujos ante Lizbeth.—Tienes que mostrarle ahora lo que me enseñaste a mi, y debemos darnos prisa, como alguien vea el cadáver de la otra sí que estaremos en un grave problema.
—''Bueno, no se le puede pedir nada mejor a un adolescente...''—Hobo se puso en sus dos patas traseras, caminando como un humano y abrió sola su jaula, saliendo de esta. Ughbert buscó por su cuarto los folios de papel que el animal usó para demostrarle a él que lo que decía era cierto, y una vez los tuvo en su poder se los dio a la muchacha. Ella permanecía aún callada, pero agarró los papeles y miró esos arcaicos dibujos a carboncillo, esos garabatos perturbadores y erráticos que eran obra del roedor marrón.
—Aunque no te lo creas, Lizbeth, Hobo pintó eso, es cierto que mi don no es dibujar, pero desde luego es imposible que yo haya podido hacer esos dibujos, y si es necesario Hobo misma te los repetirá ante tus ojos.
—Esto... esto es muy surrealista, Ughbert...—Pudo decir la pelirroja, mirando hasta el último de los papeles con dibujos.—Pero entiendo que si es cierto a ti te haya costado aceptarlo también... Hobo no necesita dibujar más para que me crea que lo hizo ella, acaba de salir sola de su jaula a dos patas como un humano, hizo aquel estropicio en la cocina en el momento más oportuno, y hace cosas que una rata normal no puede hacer, lo he visto, aunque no la pueda oír hablar.
—¿Me crees?—Preguntaba atónito el muchacho, mirándola mientras Hobo avanzaba hacia él para subirse a sus hombros como siempre, pero a mitad de camino, el suelo bajo sus patas comenzó a brillar en rojo, y un círculo luminoso con un pentáculo demoníaco dibujado apareció girando, lo que hizo que la rata mirara hacia abajo sorprendida y luego les mirara a ellos.
—''¡Está listo! ¡Prepárate Ughbert!''—Pudo chillarle, y luego emitió un chillido que Lizbeth también escuchó, y esta miró espantada hacia la rata, viendo cómo el círculo se prendía en fuego y engullía al animal hasta hacerlo desaparecer hasta que todo se apagó, sin dejar rastro de nada.
—¡HOBO!—Chilló asustado el joven Zondervan y corrió hasta el sitio donde su mascota desapareció, apoyando sus manos en el suelo mientras quedaba de rodillas en este.
—¡¿Qué rayos ha sido eso?!—Gritó también Lizbeth, cada vez más paranoica.
—C-creo que ha sido uno de esos portales que ella misma me dijo que la llevaban al infierno por la noche cuando nadie estaba cerca para verlo... Ha dicho que me prepare... algo va a pasar, Lizbeth...
—N-no soy muy creyente, pero no me gustaría ir al infierno, Ughbert...—Ella estaba muerta de miedo, pero Ughbert agarró su mano para tratar de tranquilizarla, aunque a pesar de todo a él también le daba bastante apuro aquel asunto, Hobo le decía que tenía que bajar al infierno y le convertirían en demonio, ¿pero por qué a él?
Tras preguntarse muchas cosas en sus mentes y no saber qué decir, un portal más grande y esta vez en vertical, apareció de la nada frente a ellos, con las mismas llamaradas y dibujos satánicos alrededor. Este emitía un calor indescriptible, el cual hizo al chico despojarse de la chaqueta de su traje, eso si, sin dejar de lado la incredulidad que le causaba el hecho de tener semejante cosa delante de sus ojos.
Lizbeth quedó con la boca abierta, y retrocedió un paso a causa del sofoco y el pánico.
—Nos están invitando a entrar, Liz...—Habló el joven, dudando de si entrar o no, no sabía qué le deparaba al otro lado, se mantenía serio, pero muy en el fondo estaba inquieto, y solo se mantenía así para que Lizbeth no le viera asustado y ella no tuviera más miedo.
—¿D-de verdad quieres entrar ahí? No sabes qué puede haber, ¿y si es una trampa?—Lizbeth se puso tras él, agarrándole de un brazo para impedirle avanzar.
—Si Hobo entra y sale de esos portales a su medida creo que nosotros podremos entrar, aunque eso sí, ella afirmó que es un demonio...
—Ya sabía yo que estaba endemoniada... ¿Y.. qué hacemos?
—Yo debo entrar, me han pedido que haga un trabajo, lo he hecho, y no solo sé que es real, si no que si no lo hago me pueden matar a mi y a mi familia como te he dicho, Ben me lo confirmó antes de morir, así que mi futuro lo veo negro de una manera u otra... porque yo solo no podré manejar los asesinatos a partir de aquí, habrá demasiada gente y no tengo pruebas de lo que los sirvientes querían hacer a mi familia. Por lo cual si me descubren me encarcelarán o me ejecutarán, ¿qué hay de malo entonces ir al infierno antes de tiempo? Me ahorraré muchas cosas...
—Ese es un pensamiento muy oscuro... Pero desgraciadamente tienes razón... Vamos allá...—Lizbeth de nuevo agarró la mano de Ughbert y suspiró, intentando sonreír, aunque no de una manera muy realista.
—¿Vas a venir conmigo? ¿No me odias por lo que he hecho...?
—Claro que no te odio... Iré contigo hasta el mismo infierno... literalmente.
Ughbert ahora sonrió complacido y ambos avanzaron lentamente entre las llamas, atravesando el humeante portal de fuego con los ojos cerrados.
Comenzó a hacer un calor tan intenso que ellos sentían que se iban a desmayar, acostumbrados al clima frío en el que vivían, aquello era un suplicio, sin embargo debían aguantar lo mejor posible. Abrieron los ojos y vieron que se encontraban en un largo pasillo de piedra rojiza con unas puertas dobles enormes en una pared, y en la otra de enfrente unos ventanales por los que se veía un extenso paraje lleno de árboles negros y hojas naranjas brillantes y alguna que otra casa entre estos. También había ríos de lava y montículos altos de piedra, todo un hermoso y raro paisaje infernal, como si se tratara de un campo normal en la Tierra, pero a su manera.
Junto a las puertas que divisaron frente a ellos les esperaba una diablesa joven muy elegante de cabello rubio recogido y un vestido púrpura y naranja con decoraciones de pentáculos rojos. Esta tenía unos cuernos medianos de color beige en lados desiguales de su cabeza, uno más arriba que el otro, y una cola color magenta terminada en una flecha similar a un corazón. Sus orejas eran puntiagudas y alargadas, tenía colmillos pequeños y sonreía emocionada mientras miraba a los recién llegados con sus expresivos y grandes ojos de color rosado y pupilas de felino.
—¡Bienvenidos al Infierno!—Exclamó contenta, acercándose corriendo hacia Ughbert y Lizbeth, primero agarrándole la mano al muchacho, agitándola.—Yo me llamo Tiris Diábolus, pero podéis llamarme Tir, soy la hija de Satanás y os haré de guía hasta su palacio.
—Vaya... me esperaba algo mucho más tétrico aquí abajo...—Comentó Ughbert, mirando a aquella chica de piel tostada, pero con un calor insoportable, estaba empezando a sudar.—Yo soy Ughb....
—¡Ughbert Zondervan! Ya lo sé... lo sabe casi todo el mundo por aquí, ¡eres nuestra salvación!—Tir agarró de la otra mano a Lizbeth e hizo a ambos avanzar hacia la puerta, que comenzaba a abrirse sola en un movimiento pesado y lento.—Pero mi padre os lo contará todo después, ahora lo mejor será que os lleve con él y os convierta en semi-demonios antes de que os de un sofoco del calor, estamos aún en la corteza terrestre para evitar este tipo de cosas, pero aun así hace mucho calor para un humano normal.
—¿En la qué?—Preguntó Lizbeth, quien estaba realmente confusa, mientras seguía a la chica demonio y entraban los tres en el recinto que tenían delante.
—La corteza terrestre, ¡es la capa exterior de la Tierra! ¡Debajo de eso hay magma y muchas cosas calientes! Pero tranquilos, este sitio es seguro por unas horas para los humanos, hicimos pruebas con la magia que recibimos de vosotros, pudimos hacer una barrera protectora para que la presión y el calor no os maten, así que será mejor que nos demos prisa para la transformación.
—Genial, vamos entonces, aún así el calor me está matando.—Respondió desganado Ughbert mientras todos entraban a una especie de zona residencial lujosa con el suelo de piedra roja como la sala anterior, solo que había subidas y bajadas por todos lados, escaleras, túneles, casas a diferentes niveles del suelo. Aquello dejó maravillados a los jóvenes y se quedaron mirando todo por donde pasaban.
Se fijaron en que en el suelo empezaba a haber caminos de azulejos negros bastante elegantes, arbustos negros decorando las calles y algún que otro árbol y demonios paseando.
Aquello simplemente era otro mundo, no cabía en sus cabezas que eso tan pacífico y agradable fuera el infierno. Lo que más les llamó la atención fue un enorme castillo de piedra negra y roja que se expandía hasta el techo y se fusionaba con este en la parte superior. Tenía bastantes torres y balcones con ventanas muy elegantes con decoración dorada y negra por toda la fachada visible, aquello debía ser la residencia de Satán como mínimo.
—Ese es el castillo donde vivimos, ahí es donde tenemos que ir.—Explicaba Tir amablemente.—Y bueno, por vuestras caras estoy segura de que estáis impresionados, ¿os imaginabais un montón de gente gritando metida en lava o siendo torturada?
—Sí, la verdad...—Comentaba Lizbeth, siendo sincera.—Es extraño... Pero supongo que esta zona es para vosotros y demonios de alta clase o algo así.
—Deduces bien, Lizbeth.—Le respondió la diablesa, que aparentemente ya sabía su nombre.—Esta es la zona buena del Infierno, aquí viene la gente que ha hecho cosas malas para conseguir un bien mayor, por ejemplo lo que Ughbert está haciendo: matando gente que quiere asesinaros y robaros, y de hecho ya lo han hecho antes con otras personas, por lo cual estás matando asesinos, cosa que debe ser premiada, pero no deja de ser quitar vidas. Esas personas personas una vez mueren llegan al pasillo en el que estabais, solo que más lejos donde hay un enorme juzgado, donde cada humano es juzgado por sus actos, y se decide si merece estar aquí, o bajar a la parte mala, la cual es el típico infierno en el que todo el mundo piensa cuando se dice esa palabra.
—¿Y que hay del cielo? ¿Existe?—Preguntó Ughbert, que no hablaba mucho porque atendía a todo lo que sus ojos alcanzaban a ver, y a la vez a la voz de Tiris.—Me refiero a Dios y todo eso.
—No existe un Dios como tal, o sea, no es el Dios cristiano, ni el judío, ni nada de eso, es un ente superior llamado Supremo, y tiene su reino en el Cielo, pero no deja de ser un ángel todopoderoso.
—¿Y él se encarga de llevar a las personas buenas allí?—Continuó Lizbeth con el interrogatorio.
—Creo que este tema lo vamos a dejar para después, no soy la indicada para hablar de esto, yo solo hablo de cosas de aquí abajo.
—De acuerdo...—La chica pelirroja miró extrañada a Ughbert y este también la miró de la misma manera.
Habían pasado todos por una plaza de aspecto agradable con una fuente de magma en el centro de ella, pero Tir hizo que los dos se apartaran de ella por si acaso.
—Tened cuidado con la lava o el magma por ahora, no sois inmunes a ello.—Informaba la rubia.—En un momento llegaremos al castillo, no os preocupéis, sé que con esas ropas tan abundantes lo estaréis pasando mal.
—Sí, y huele muy raro, siento que voy a desmayarme.—El adolescente de cabello negro se pasó la muñeca por la frente, tratando de secarse el sudor de esta.
—Aguanta un poco más...—Trató de relajar Lizbeth al chico, pasándole la mano por la espalda.
—Sí, tranquilo, después de esta caminata tendrás un aspecto increíble y te sentirás más fuerte, de por sí lo eres, imagínate lo que podrás hacer siendo como nosotros. Y Lizbeth, tú también eres bastante dura, también tenemos sorpresas para ti, y quién sabe, tal vez recuperarás algo que echabas de menos.
—Uh, ¡eso suena bien!—Ahora los dos estaban de mejor humor, habían llegado algo inseguros y con cierto miedo, pero ahora que habían conocido a Tir se encontraban mucho más relajados, ella se la veía buena chica, se tomó la molestia de explicarles casi todas sus dudas.
Tras unos segundos más de caminar pudieron ver frente a sus narices un inmenso río de lava que rodeaba el castillo, y un enorme puente de piedra y metal lo atravesaba para permitirles entrar. Los tres pasaron por encima de este mientras Tir seguía diciendo que no se asomasen por los pasamanos por si acaso les saltaba alguna gota incandescente, que se lo podrían curar, pero dolía en su estado.
Ya frente a las enormes puertas rojas del castillo, Ughbert y Lizbeth levantaron sus cabezas para mirarlo en todo su esplendor, aquello era lo más impresionante que vieron jamás, aún no lo creían del todo, a pesar de ser algo tan cliché, era bastante cierto.
Las puertas tenían dos enormes figuras de cabezas de cabras doradas, y estas se abrieron solas como las del principio, dejando ver una enorme estancia muy similar a la de una iglesia, solo que en tonos negros y rojos mayormente, sin bancos y con un enorme altar al fondo, con un trono grande y recargado de piedra negra tallada. Este estaba vacío, se podía ver que el asiento y el respaldo estaban forrados con algo mullido de color violeta oscuro.
Todos se quedaron en la entrada, y Tir pareció extrañarse al no ver a su padre allí.
—¿Dónde se habrá metido...? Debería estar aquí para recibiros.—Comentó ella, entrando al castillo siendo seguida por los dos humanos, quienes miraban la gran sala mientras tanto. Se fijaron en una puerta de madera oscura en el lateral izquierdo de la iglesia satánica, esa zona estaba oscura y oculta entre varias columnas de aparente mármol gris oscuro, por ahí también había otras puertas que estaban abiertas y podían verse escaleras o simples salas normales, al otro lado había lo mismo, salvo por unas escaleras enormes que iban hacia plantas superiores, justo al final de la sala.
—¿Satanás...?—Cuestionó con algo de miedo Lizbeth.
—¡Exacto! Pero seguro que no tarda, no os preocupéis, si morís al menos tendréis la certeza de que volveréis aquí! Bueno, directamente sufriréis mucho dolor y vuestro cuerpo físico se separará de vuestras almas y vuestros cadáveres reaparecerán en la misma sala donde os transportásteis desde la tierra.
—¡No nos digas eso!—Chilló asustada la pelirroja de ojos marrones.
—A Tir le gusta el humor negro, no le hagáis mucho caso.—Una voz extraña salió de detrás de ellos, era de chica, y Ughbert pudo reconocerla rápido y no tardó en girarse, sin embargo vio a una chica delgada y de estatura media de cabello marrón lacio a la altura de los hombros, con un cuerno en mitad de la cabeza de color chocolate. Esta tenía grandes orejas de roedor y los ojos grandes, con los iris rojos y la esclerótica negra. También tenía grandes dientes delanteros, bigotes y una gran cola rosada de rata. Vestía un sencillo vestido de color beige con rallas marrones a la altura del talón y unas botas victorianas negras y doradas.
—¿Ho...bo?—Interrogó bastante aturdido el chico de ojos grises.—¿Estoy alucinando por el calor o esta es mi puñetera rata?
—¿Te esperabas que tuviera la misma forma patética que ahí arriba?—Respondió la chica rata, que aparentemente se trataba de Hobo.—¿O que quizá fuera un monstruo raro y repugnante? No, yo soy una diablesa elegante aquí.
—Esto es bastante inesperado.—Dijo Lizbeth, mirando a Hobo.—Pero encantada de conocerte oficialmente.
—Igualmente Liz, tenía ganas de hablarte y que pudieras escuchar lo que digo, si las cosas salen bien, cuando volvamos a la Tierra podrás escucharme tú también en mi forma de rata.
—¿Si salen bien?—Volvía a preguntar Ughbert.—¿Es que hay algo que pueda salir mal?
—Cabe la posibilidad de que tengáis que volver a la Tierra sin poderes por algún fallo en la zona protegida y nos veamos obligados a quitar el recubrimiento mágico y devolveros allí,—Explicaba Tir, mirando impaciente por todos lados, aunque dejó de hacerlo para mirar al muchacho.—si esto sucede no podéis volver aquí hasta proporcionarnos más poder y que esto sea estable el suficiente tiempo como para convertiros. Pero no os preocupéis, está todo bajo control, vuestras vidas aquí abajo no correrán peligro si no os tiráis de cabeza a la lava y os mantenéis quietecitos hasta que os conviertan, tampoco os vais a ahogar por el azufre ni morir de calor, por ahora... si se hace de prisa no pasará nada.
Ellos se quedaron en silencio, básicamente porque estaban ahí parados perdiendo tiempo, sin embargo poco más duró, pues un hombre alto trajeado con cuernos enormes y deformados salió de una de las puertas del lateral de la catedral y se sentó en el trono, haciendo un gesto con la mano indicándoles que fueran hacia él.
—Ahí está el jefe, preparaos.—Dijo Hobo, sonriendo perversa, y todos avanzaron por la catedral hasta llegar frente al trono de Satanás, en el que estaba este sentado, totalmente serio, mirándoles fijamente con sus ojos negros de cuencas oscuras y profundas. Tenía un aspecto de humano casi normal, solo que su piel era mulata rojiza, tenía cuernos color canela largos y con una forma extraña, tenía orejas alargadas de demonio y una cola roja con la punta terminada en una flecha de color negro. Su cabello era negro y largo echado hacia atrás con un mechón retorcido ante su cara, sus cejas eran pobladas con el vello disparejo, y tenía un bigote fino que se levantaba hacia arriba en los extremos junto a una barba de chivo bastante peculiar. Vestía un traje negro con rayas granates y por dentro llevaba una camisa gris con una pajarita roja. Las solapas de este tenían varios picos y en una de ellas había un bordado de un pentagrama amarillo.
—Bienvenidos a mi reino, disculpad la tardanza, estaba haciendo cosas importante.—Mencionaba el diablo de manera sosegada.
—Estabas en el váter, padre.—Reía Tir, señalando la puerta, que aparentemente llevaba a un retrete.
—¡¿Y eso qué les importa a ellos?!—Exclamó de repente Satán, aunque luego suspiró, con su mano creó una pantalla mágica delante de ellos donde se veían a los sirvientes de la casa en varias ocasiones reunidos hablando de lo que harían a espaldas de ellos, cosas que al chico le interesaba saber con detalle. Luego Satán miró al chico para dirigirse a él.—Vayamos al grano; Ughbert Zondervan, has sido elegido para ser el primer enviado humano del Infierno. Como ya sabrás, tus empleados son una banda organizada de criminales, asesinos, estafadores y ladrones, lo tienen todo, y llevan años planeando atacar a tu familia y ganarse la confianza suficiente como para poder quedarse solos en la mansión y robar lo que sea posible en algún viaje, y esta era su ocasión perfecta, pero entonces observé por casualidad esa parte del mundo y decidí darte una oportunidad, estabas lleno de odio y tristeza y no sabías por qué a pesar de tener una familia que te ama y un estatus social envidiable, yo te diré por qué: porque eres lo que estábamos buscando. Envié a Hobo para que tus sentimientos fueran proyectados hacia algo a lo que pudieras aferrarte, y una mascota era algo ideal, además era idónea para transmitirte mi mensaje, costó que la creyeras, pero al final decidiste hacerlo, y de hecho debo felicitarte, muchacho.
El adolescente de cabello negro miraba la pantalla mágica mientras escuchaba lo que le decía el señor oscuro, aunque también escuchaba frases que soltaban sus sirvientes, lo que le dejaba bien claro que era cierto lo que le decían.
—Por lo que puedo ver es cierto...—Mencionaba Ughbert, volviendo a mirar a Satán, aunque ya estaba realmente sofocado por el calor y le costaba mantenerse derecho.—Bueno, el encargado de la caldera me confirmó parte de aquello, pero siempre había alguna que otra duda...
—Ahora lo podrás ver con tus propios ojos. Tenían pensado robaros cosas durante el viaje de tus padres, dejarían las cosas en un sitio seguro, y al llegar del viaje, querían usarte de rehén para que tus padres les cedieran todo lo que tuviera tu familia y así no te harían nada, pero no cumplirían su promesa y quemarían toda la mansión con vosotros dentro para eliminar todo rastro de pruebas. Pero yo actué, e hice que Patricè se suicidara y tus padres retrasaran su viaje para buscar una nueva asistenta para ti, ahí es donde entra Lizbeth, ella les arruinó los planes haciéndote más osado, y trataron de portarse mal con ella para que se fuera, aunque al ver que no pudieron simplemente intentaron llevarla a su terreno, también sin éxito, y ahora estamos aquí... Pero voy a dejarme de cháchara y os voy a convertir en mitad demonios para que podáis moveros sin problemas por aquí, no quiero que os muráis antes de tiempo.
—Espere... ¿yo por qué debo convertirme también?—Preguntó Lizbeth igual de acalorada y mareada que Ughbert, atreviéndose a hablar al ver que el demonio parecía ser alguien amigable dentro de su seriedad.
—Porque tú has demostrado una lealtad impresionante hacia Ughbert, por lo cual mereces también lo mismo que él aquí abajo, he decidido nombrarte su protectora debido a que estás dispuesta a hacer cosas peligrosas por él, y también por otras cosas que destacan de ti, tienes carta blanca para ayudarle en los asesinatos que prosiguen, darle coartadas, esconder cadáveres, o matar a alguien si él está con otra cosa importante.
—N-no creo poder matar a nadie...
—¿Estás segura de eso?—Satán sonrió perverso y levantó su mano derecha hacia la pantalla, arrastrando sus dedos índice y corazón sobre esta haciendo algo de magia, haciendo que la imagen cambiara.
Ahora se podía ver una cocina pequeña de una casa de clase media, donde un hombre medio calvo, gordo y aparentemente borracho golpeaba y acorralaba a una Lizbeth más joven en una pared, ella estaba asustada y presentaba moratones en su cara y sus muñecas, pedía por favor al tipo aquel que la dejara en paz, que iba a dimitir, y él, sin hacerle caso comenzó a levantar las faldas de su vestido e intentaba bajar su ropa interior. La joven pelirroja le empujó y cogió unas tijeras bastante grandes que había por una encimera cercana, temblorosa se las clavó en el estómago para que se alejara de ella, y una vez se apartó, gritando de dolor, ella, aún en temblando de miedo, sacó las tijeras de su torso, y luego con toda la fuerza que tuvo se las clavó en el cuello, rajándolo de un extremo a otro con brutalidad. La sangre salió disparada hacia ella, que tiró las tijeras quedándose en shock. Después de eso, la chica miró hacia la puerta de la cocina y vio a una niña morena de unos 6 años, que había visto la escena y se puso a gritar y a llorar al ver a su padre muerto en el suelo, encharcado en sangre. La pequeña comenzó a chillar llamando a su madre, y esta en cuestión de segundo llegó, y nada más ver aquello y a la niñera llena de sangre, sacó una escopeta de un cajón y empezó a perseguirla con ella, disparando a matar. Por suerte Lizbeth logró salir de la casa y esconderse en un bosque, aunque era de noche, y estaba cubierta de sangre, al adentrarse en la oscuridad, una manada de lobos la acorraló y la atacó, destrozando su pierna derecha. Ahí Satán quitó la pantalla mágica, pues vio que Lizbeth, al rememorar aquello se puso a llorar y se tapó la cara.
—¡Ese cerdo me maltrataba e iba a violarme!—Se defendió la chica de ojos castaños, entre llantos, mientras Ughbert la miraba muy sorprendido.
—Lo sé, simplemente te he puesto esto para recordarte que puedes hacerlo y mostrarle a Ughbert lo que eres capaz de hacer.—Satanás se levantó ante ellos y bajó del altar para acercarse más.—Ahora voy a proceder a convertir a Ughbert, tienes la opción de aceptar o no, pero te convendría, porque tendréis que bajar varias veces y además nos proporcionarías más poder, por no hablar de que aquí tu pierna amputada volverá, y en el Infierno volverás a tener un físico sano, por desgracia aún en la Tierra no lo puedo hacer, pero algo es algo, ¿qué dices? ¿Aceptas?
La pelirroja se quedó un momento pensando algo desubicada y con los ojos llorosos tras lo que acababa de ver, pero después de unos segundos, al acordarse de todo lo sucedido, de sus promesas a Ughbert, saber que tendría su pierna de vuelta, y sobre todo que se estaba muriendo de calor, optó por aceptar ser un demonio.
—Eh... Está bien, lo haré, pero supongo que tendrá alguna trampa o inconveniente...
—Claro que no, has leído muchos libros de contratos demoníacos, ¿no? Nosotros somos justos con nuestros ''empleados'', yo te doy poderes, tú nos das energía asesinando personas malvadas, ese es el trato. Ser semi-demonio en la Tierra te dará ventajas sobre otros humanos, como que el veneno no hace efecto en ti, tu inteligencia aumentará, serás más ágil y fuerte, y la temperatura no os afectará, haga el frío o el calor que haga, eso sí, seguís siendo humanos, por lo tanto mortales, si os apuñalan, disparan, queman, ahogan, o lo que sea, estáis muertos. A parte de eso única pega es que seréis estériles, no podréis tener hijos, aunque supongo que eso para vosotros ahora mismo será una ventaja, ¿eh?—Satán movió las cejas pervertido, a lo que Lizbeth, que entendió todo, se puso nerviosa, aunque más roja no podía estar por el calor, pero Ughbert no hizo nada más que seguir callado.
—Empieza de una vez, viejo, que se te van a morir.—Habló Hobo desde atrás, con los brazos cruzados.
—Bien, poneos de rodillas en el suelo y agachad la cabeza.—Indicaba el demonio, alzando sus manos.—Esto os dolerá horriblemente durante 20 segundos, pero podréis aguantarlo, más bien... debéis aguantarlo.
Los dos humanos se miraron preocupados ahora, pero obedecieron y se pusieron de rodillas con las cabezas agachadas. Satanás comenzó a hacer emanar una luz roja de sus grandes manos de uñas largas y negras, y un enorme pentáculo con muchos símbolos al rededor salió iluminando el suelo bajo Ughbert y Lizbeth, esta luz empezó a hacerse tan intensa que les cegaba, y de un segundo a otro empezaron a sentir como agujas pincharse por todo su cuerpo. Sentían sus órganos retorcerse y arder, casi como si hubieran caído en la lava de verdad. Comenzaron con gruñidos de dolor, pero pronto se convirtieron en gritos, apretaban los puños y los párpados, lloraban, sudaban y se mareaban al sentir aquello, sin embargo los veinte segundos pasaron, las luces y el pentagrama desaparecieron, y los dos se tumbaron en el suelo agotados, sintiendo que perderían la consciencia.
Continuará...
—¿D-de qué estás hablando...?—Pudo preguntar ella, sin enterarse casi de nada tocando sus labios con la yema de los dedos.
—Te lo explicaré en mi habitación si decides venir, pero quiero que sepas que si quieres entregarme a la policía... dejaré que lo hagas, pero mi familia está en peligro, y si te enterabas de esto y querías delatarme... básicamente me dijeron que debía deshacerme de ti también... pero antes de hacer eso prefiero ir a la cárcel, a un manicomio o que me sentencien a muerte, antes de tener que matarte yo mismo con mis propias manos desearía morirme yo, pero te pediría que salvases tú a mi familia.
Ella se quedó en blanco un momento tratando de procesar todo aquello, no terminaba de entenderlo.
—Eh... T-te escucharé...—Dijo finalmente.—Me quedé en esta mansión porque quería saber qué sucede, pero... no me esperaba que fuera tan turbio y que realmente hayas sido capaz de hacer algo así...
—Todo tiene su por qué, Lizbeth, sígueme y te lo demostraré, y haré que Hobo también lo haga.—Ughbert se levantó del suelo y le tendió la mano a la pelirroja, quien, aún en shock, decidió agarrarle y levantarse también, asegurándose de que su prótesis estaba bien puesta.
Él no volvió a decir nada, solo caminó apresuradamente hasta las escaleras para subir a las habitaciones e ir a la suya. Los dos llegaron sin hablarse mutuamente, cerraron la puerta e instintivamente miraron hacia la jaula de barrotes negros y decoraciones exageradas en la que estaba la rata, y esta, al ver sus caras no se esperaba nada bueno.
—''No sé qué haces aquí con Lizbeth, deberías estar aprovechando...''—Decía, quieta en mitad de su receptáculo.
—Lo sabe todo. Me ha visto intentando acuchillar a Antonella.—Anunció el moreno seriamente y sin tapujos ante Lizbeth.—Tienes que mostrarle ahora lo que me enseñaste a mi, y debemos darnos prisa, como alguien vea el cadáver de la otra sí que estaremos en un grave problema.
—''Bueno, no se le puede pedir nada mejor a un adolescente...''—Hobo se puso en sus dos patas traseras, caminando como un humano y abrió sola su jaula, saliendo de esta. Ughbert buscó por su cuarto los folios de papel que el animal usó para demostrarle a él que lo que decía era cierto, y una vez los tuvo en su poder se los dio a la muchacha. Ella permanecía aún callada, pero agarró los papeles y miró esos arcaicos dibujos a carboncillo, esos garabatos perturbadores y erráticos que eran obra del roedor marrón.
—Aunque no te lo creas, Lizbeth, Hobo pintó eso, es cierto que mi don no es dibujar, pero desde luego es imposible que yo haya podido hacer esos dibujos, y si es necesario Hobo misma te los repetirá ante tus ojos.
—Esto... esto es muy surrealista, Ughbert...—Pudo decir la pelirroja, mirando hasta el último de los papeles con dibujos.—Pero entiendo que si es cierto a ti te haya costado aceptarlo también... Hobo no necesita dibujar más para que me crea que lo hizo ella, acaba de salir sola de su jaula a dos patas como un humano, hizo aquel estropicio en la cocina en el momento más oportuno, y hace cosas que una rata normal no puede hacer, lo he visto, aunque no la pueda oír hablar.
—¿Me crees?—Preguntaba atónito el muchacho, mirándola mientras Hobo avanzaba hacia él para subirse a sus hombros como siempre, pero a mitad de camino, el suelo bajo sus patas comenzó a brillar en rojo, y un círculo luminoso con un pentáculo demoníaco dibujado apareció girando, lo que hizo que la rata mirara hacia abajo sorprendida y luego les mirara a ellos.
—''¡Está listo! ¡Prepárate Ughbert!''—Pudo chillarle, y luego emitió un chillido que Lizbeth también escuchó, y esta miró espantada hacia la rata, viendo cómo el círculo se prendía en fuego y engullía al animal hasta hacerlo desaparecer hasta que todo se apagó, sin dejar rastro de nada.
—¡HOBO!—Chilló asustado el joven Zondervan y corrió hasta el sitio donde su mascota desapareció, apoyando sus manos en el suelo mientras quedaba de rodillas en este.
—¡¿Qué rayos ha sido eso?!—Gritó también Lizbeth, cada vez más paranoica.
—C-creo que ha sido uno de esos portales que ella misma me dijo que la llevaban al infierno por la noche cuando nadie estaba cerca para verlo... Ha dicho que me prepare... algo va a pasar, Lizbeth...
—N-no soy muy creyente, pero no me gustaría ir al infierno, Ughbert...—Ella estaba muerta de miedo, pero Ughbert agarró su mano para tratar de tranquilizarla, aunque a pesar de todo a él también le daba bastante apuro aquel asunto, Hobo le decía que tenía que bajar al infierno y le convertirían en demonio, ¿pero por qué a él?
Tras preguntarse muchas cosas en sus mentes y no saber qué decir, un portal más grande y esta vez en vertical, apareció de la nada frente a ellos, con las mismas llamaradas y dibujos satánicos alrededor. Este emitía un calor indescriptible, el cual hizo al chico despojarse de la chaqueta de su traje, eso si, sin dejar de lado la incredulidad que le causaba el hecho de tener semejante cosa delante de sus ojos.
Lizbeth quedó con la boca abierta, y retrocedió un paso a causa del sofoco y el pánico.
—Nos están invitando a entrar, Liz...—Habló el joven, dudando de si entrar o no, no sabía qué le deparaba al otro lado, se mantenía serio, pero muy en el fondo estaba inquieto, y solo se mantenía así para que Lizbeth no le viera asustado y ella no tuviera más miedo.
—¿D-de verdad quieres entrar ahí? No sabes qué puede haber, ¿y si es una trampa?—Lizbeth se puso tras él, agarrándole de un brazo para impedirle avanzar.
—Si Hobo entra y sale de esos portales a su medida creo que nosotros podremos entrar, aunque eso sí, ella afirmó que es un demonio...
—Ya sabía yo que estaba endemoniada... ¿Y.. qué hacemos?
—Yo debo entrar, me han pedido que haga un trabajo, lo he hecho, y no solo sé que es real, si no que si no lo hago me pueden matar a mi y a mi familia como te he dicho, Ben me lo confirmó antes de morir, así que mi futuro lo veo negro de una manera u otra... porque yo solo no podré manejar los asesinatos a partir de aquí, habrá demasiada gente y no tengo pruebas de lo que los sirvientes querían hacer a mi familia. Por lo cual si me descubren me encarcelarán o me ejecutarán, ¿qué hay de malo entonces ir al infierno antes de tiempo? Me ahorraré muchas cosas...
—Ese es un pensamiento muy oscuro... Pero desgraciadamente tienes razón... Vamos allá...—Lizbeth de nuevo agarró la mano de Ughbert y suspiró, intentando sonreír, aunque no de una manera muy realista.
—¿Vas a venir conmigo? ¿No me odias por lo que he hecho...?
—Claro que no te odio... Iré contigo hasta el mismo infierno... literalmente.
Ughbert ahora sonrió complacido y ambos avanzaron lentamente entre las llamas, atravesando el humeante portal de fuego con los ojos cerrados.
Comenzó a hacer un calor tan intenso que ellos sentían que se iban a desmayar, acostumbrados al clima frío en el que vivían, aquello era un suplicio, sin embargo debían aguantar lo mejor posible. Abrieron los ojos y vieron que se encontraban en un largo pasillo de piedra rojiza con unas puertas dobles enormes en una pared, y en la otra de enfrente unos ventanales por los que se veía un extenso paraje lleno de árboles negros y hojas naranjas brillantes y alguna que otra casa entre estos. También había ríos de lava y montículos altos de piedra, todo un hermoso y raro paisaje infernal, como si se tratara de un campo normal en la Tierra, pero a su manera.
Junto a las puertas que divisaron frente a ellos les esperaba una diablesa joven muy elegante de cabello rubio recogido y un vestido púrpura y naranja con decoraciones de pentáculos rojos. Esta tenía unos cuernos medianos de color beige en lados desiguales de su cabeza, uno más arriba que el otro, y una cola color magenta terminada en una flecha similar a un corazón. Sus orejas eran puntiagudas y alargadas, tenía colmillos pequeños y sonreía emocionada mientras miraba a los recién llegados con sus expresivos y grandes ojos de color rosado y pupilas de felino.
—¡Bienvenidos al Infierno!—Exclamó contenta, acercándose corriendo hacia Ughbert y Lizbeth, primero agarrándole la mano al muchacho, agitándola.—Yo me llamo Tiris Diábolus, pero podéis llamarme Tir, soy la hija de Satanás y os haré de guía hasta su palacio.
—Vaya... me esperaba algo mucho más tétrico aquí abajo...—Comentó Ughbert, mirando a aquella chica de piel tostada, pero con un calor insoportable, estaba empezando a sudar.—Yo soy Ughb....
—¡Ughbert Zondervan! Ya lo sé... lo sabe casi todo el mundo por aquí, ¡eres nuestra salvación!—Tir agarró de la otra mano a Lizbeth e hizo a ambos avanzar hacia la puerta, que comenzaba a abrirse sola en un movimiento pesado y lento.—Pero mi padre os lo contará todo después, ahora lo mejor será que os lleve con él y os convierta en semi-demonios antes de que os de un sofoco del calor, estamos aún en la corteza terrestre para evitar este tipo de cosas, pero aun así hace mucho calor para un humano normal.
—¿En la qué?—Preguntó Lizbeth, quien estaba realmente confusa, mientras seguía a la chica demonio y entraban los tres en el recinto que tenían delante.
—La corteza terrestre, ¡es la capa exterior de la Tierra! ¡Debajo de eso hay magma y muchas cosas calientes! Pero tranquilos, este sitio es seguro por unas horas para los humanos, hicimos pruebas con la magia que recibimos de vosotros, pudimos hacer una barrera protectora para que la presión y el calor no os maten, así que será mejor que nos demos prisa para la transformación.
—Genial, vamos entonces, aún así el calor me está matando.—Respondió desganado Ughbert mientras todos entraban a una especie de zona residencial lujosa con el suelo de piedra roja como la sala anterior, solo que había subidas y bajadas por todos lados, escaleras, túneles, casas a diferentes niveles del suelo. Aquello dejó maravillados a los jóvenes y se quedaron mirando todo por donde pasaban.
Se fijaron en que en el suelo empezaba a haber caminos de azulejos negros bastante elegantes, arbustos negros decorando las calles y algún que otro árbol y demonios paseando.
Aquello simplemente era otro mundo, no cabía en sus cabezas que eso tan pacífico y agradable fuera el infierno. Lo que más les llamó la atención fue un enorme castillo de piedra negra y roja que se expandía hasta el techo y se fusionaba con este en la parte superior. Tenía bastantes torres y balcones con ventanas muy elegantes con decoración dorada y negra por toda la fachada visible, aquello debía ser la residencia de Satán como mínimo.
—Ese es el castillo donde vivimos, ahí es donde tenemos que ir.—Explicaba Tir amablemente.—Y bueno, por vuestras caras estoy segura de que estáis impresionados, ¿os imaginabais un montón de gente gritando metida en lava o siendo torturada?
—Sí, la verdad...—Comentaba Lizbeth, siendo sincera.—Es extraño... Pero supongo que esta zona es para vosotros y demonios de alta clase o algo así.
—Deduces bien, Lizbeth.—Le respondió la diablesa, que aparentemente ya sabía su nombre.—Esta es la zona buena del Infierno, aquí viene la gente que ha hecho cosas malas para conseguir un bien mayor, por ejemplo lo que Ughbert está haciendo: matando gente que quiere asesinaros y robaros, y de hecho ya lo han hecho antes con otras personas, por lo cual estás matando asesinos, cosa que debe ser premiada, pero no deja de ser quitar vidas. Esas personas personas una vez mueren llegan al pasillo en el que estabais, solo que más lejos donde hay un enorme juzgado, donde cada humano es juzgado por sus actos, y se decide si merece estar aquí, o bajar a la parte mala, la cual es el típico infierno en el que todo el mundo piensa cuando se dice esa palabra.
—¿Y que hay del cielo? ¿Existe?—Preguntó Ughbert, que no hablaba mucho porque atendía a todo lo que sus ojos alcanzaban a ver, y a la vez a la voz de Tiris.—Me refiero a Dios y todo eso.
—No existe un Dios como tal, o sea, no es el Dios cristiano, ni el judío, ni nada de eso, es un ente superior llamado Supremo, y tiene su reino en el Cielo, pero no deja de ser un ángel todopoderoso.
—¿Y él se encarga de llevar a las personas buenas allí?—Continuó Lizbeth con el interrogatorio.
—Creo que este tema lo vamos a dejar para después, no soy la indicada para hablar de esto, yo solo hablo de cosas de aquí abajo.
—De acuerdo...—La chica pelirroja miró extrañada a Ughbert y este también la miró de la misma manera.
Habían pasado todos por una plaza de aspecto agradable con una fuente de magma en el centro de ella, pero Tir hizo que los dos se apartaran de ella por si acaso.
—Tened cuidado con la lava o el magma por ahora, no sois inmunes a ello.—Informaba la rubia.—En un momento llegaremos al castillo, no os preocupéis, sé que con esas ropas tan abundantes lo estaréis pasando mal.
—Sí, y huele muy raro, siento que voy a desmayarme.—El adolescente de cabello negro se pasó la muñeca por la frente, tratando de secarse el sudor de esta.
—Aguanta un poco más...—Trató de relajar Lizbeth al chico, pasándole la mano por la espalda.
—Sí, tranquilo, después de esta caminata tendrás un aspecto increíble y te sentirás más fuerte, de por sí lo eres, imagínate lo que podrás hacer siendo como nosotros. Y Lizbeth, tú también eres bastante dura, también tenemos sorpresas para ti, y quién sabe, tal vez recuperarás algo que echabas de menos.
—Uh, ¡eso suena bien!—Ahora los dos estaban de mejor humor, habían llegado algo inseguros y con cierto miedo, pero ahora que habían conocido a Tir se encontraban mucho más relajados, ella se la veía buena chica, se tomó la molestia de explicarles casi todas sus dudas.
Tras unos segundos más de caminar pudieron ver frente a sus narices un inmenso río de lava que rodeaba el castillo, y un enorme puente de piedra y metal lo atravesaba para permitirles entrar. Los tres pasaron por encima de este mientras Tir seguía diciendo que no se asomasen por los pasamanos por si acaso les saltaba alguna gota incandescente, que se lo podrían curar, pero dolía en su estado.
Ya frente a las enormes puertas rojas del castillo, Ughbert y Lizbeth levantaron sus cabezas para mirarlo en todo su esplendor, aquello era lo más impresionante que vieron jamás, aún no lo creían del todo, a pesar de ser algo tan cliché, era bastante cierto.
Las puertas tenían dos enormes figuras de cabezas de cabras doradas, y estas se abrieron solas como las del principio, dejando ver una enorme estancia muy similar a la de una iglesia, solo que en tonos negros y rojos mayormente, sin bancos y con un enorme altar al fondo, con un trono grande y recargado de piedra negra tallada. Este estaba vacío, se podía ver que el asiento y el respaldo estaban forrados con algo mullido de color violeta oscuro.
Todos se quedaron en la entrada, y Tir pareció extrañarse al no ver a su padre allí.
—¿Dónde se habrá metido...? Debería estar aquí para recibiros.—Comentó ella, entrando al castillo siendo seguida por los dos humanos, quienes miraban la gran sala mientras tanto. Se fijaron en una puerta de madera oscura en el lateral izquierdo de la iglesia satánica, esa zona estaba oscura y oculta entre varias columnas de aparente mármol gris oscuro, por ahí también había otras puertas que estaban abiertas y podían verse escaleras o simples salas normales, al otro lado había lo mismo, salvo por unas escaleras enormes que iban hacia plantas superiores, justo al final de la sala.
—¿Satanás...?—Cuestionó con algo de miedo Lizbeth.
—¡Exacto! Pero seguro que no tarda, no os preocupéis, si morís al menos tendréis la certeza de que volveréis aquí! Bueno, directamente sufriréis mucho dolor y vuestro cuerpo físico se separará de vuestras almas y vuestros cadáveres reaparecerán en la misma sala donde os transportásteis desde la tierra.
—¡No nos digas eso!—Chilló asustada la pelirroja de ojos marrones.
—A Tir le gusta el humor negro, no le hagáis mucho caso.—Una voz extraña salió de detrás de ellos, era de chica, y Ughbert pudo reconocerla rápido y no tardó en girarse, sin embargo vio a una chica delgada y de estatura media de cabello marrón lacio a la altura de los hombros, con un cuerno en mitad de la cabeza de color chocolate. Esta tenía grandes orejas de roedor y los ojos grandes, con los iris rojos y la esclerótica negra. También tenía grandes dientes delanteros, bigotes y una gran cola rosada de rata. Vestía un sencillo vestido de color beige con rallas marrones a la altura del talón y unas botas victorianas negras y doradas.
—¿Ho...bo?—Interrogó bastante aturdido el chico de ojos grises.—¿Estoy alucinando por el calor o esta es mi puñetera rata?
—¿Te esperabas que tuviera la misma forma patética que ahí arriba?—Respondió la chica rata, que aparentemente se trataba de Hobo.—¿O que quizá fuera un monstruo raro y repugnante? No, yo soy una diablesa elegante aquí.
—Esto es bastante inesperado.—Dijo Lizbeth, mirando a Hobo.—Pero encantada de conocerte oficialmente.
—Igualmente Liz, tenía ganas de hablarte y que pudieras escuchar lo que digo, si las cosas salen bien, cuando volvamos a la Tierra podrás escucharme tú también en mi forma de rata.
—¿Si salen bien?—Volvía a preguntar Ughbert.—¿Es que hay algo que pueda salir mal?
—Cabe la posibilidad de que tengáis que volver a la Tierra sin poderes por algún fallo en la zona protegida y nos veamos obligados a quitar el recubrimiento mágico y devolveros allí,—Explicaba Tir, mirando impaciente por todos lados, aunque dejó de hacerlo para mirar al muchacho.—si esto sucede no podéis volver aquí hasta proporcionarnos más poder y que esto sea estable el suficiente tiempo como para convertiros. Pero no os preocupéis, está todo bajo control, vuestras vidas aquí abajo no correrán peligro si no os tiráis de cabeza a la lava y os mantenéis quietecitos hasta que os conviertan, tampoco os vais a ahogar por el azufre ni morir de calor, por ahora... si se hace de prisa no pasará nada.
Ellos se quedaron en silencio, básicamente porque estaban ahí parados perdiendo tiempo, sin embargo poco más duró, pues un hombre alto trajeado con cuernos enormes y deformados salió de una de las puertas del lateral de la catedral y se sentó en el trono, haciendo un gesto con la mano indicándoles que fueran hacia él.
—Ahí está el jefe, preparaos.—Dijo Hobo, sonriendo perversa, y todos avanzaron por la catedral hasta llegar frente al trono de Satanás, en el que estaba este sentado, totalmente serio, mirándoles fijamente con sus ojos negros de cuencas oscuras y profundas. Tenía un aspecto de humano casi normal, solo que su piel era mulata rojiza, tenía cuernos color canela largos y con una forma extraña, tenía orejas alargadas de demonio y una cola roja con la punta terminada en una flecha de color negro. Su cabello era negro y largo echado hacia atrás con un mechón retorcido ante su cara, sus cejas eran pobladas con el vello disparejo, y tenía un bigote fino que se levantaba hacia arriba en los extremos junto a una barba de chivo bastante peculiar. Vestía un traje negro con rayas granates y por dentro llevaba una camisa gris con una pajarita roja. Las solapas de este tenían varios picos y en una de ellas había un bordado de un pentagrama amarillo.
—Bienvenidos a mi reino, disculpad la tardanza, estaba haciendo cosas importante.—Mencionaba el diablo de manera sosegada.
—Estabas en el váter, padre.—Reía Tir, señalando la puerta, que aparentemente llevaba a un retrete.
—¡¿Y eso qué les importa a ellos?!—Exclamó de repente Satán, aunque luego suspiró, con su mano creó una pantalla mágica delante de ellos donde se veían a los sirvientes de la casa en varias ocasiones reunidos hablando de lo que harían a espaldas de ellos, cosas que al chico le interesaba saber con detalle. Luego Satán miró al chico para dirigirse a él.—Vayamos al grano; Ughbert Zondervan, has sido elegido para ser el primer enviado humano del Infierno. Como ya sabrás, tus empleados son una banda organizada de criminales, asesinos, estafadores y ladrones, lo tienen todo, y llevan años planeando atacar a tu familia y ganarse la confianza suficiente como para poder quedarse solos en la mansión y robar lo que sea posible en algún viaje, y esta era su ocasión perfecta, pero entonces observé por casualidad esa parte del mundo y decidí darte una oportunidad, estabas lleno de odio y tristeza y no sabías por qué a pesar de tener una familia que te ama y un estatus social envidiable, yo te diré por qué: porque eres lo que estábamos buscando. Envié a Hobo para que tus sentimientos fueran proyectados hacia algo a lo que pudieras aferrarte, y una mascota era algo ideal, además era idónea para transmitirte mi mensaje, costó que la creyeras, pero al final decidiste hacerlo, y de hecho debo felicitarte, muchacho.
El adolescente de cabello negro miraba la pantalla mágica mientras escuchaba lo que le decía el señor oscuro, aunque también escuchaba frases que soltaban sus sirvientes, lo que le dejaba bien claro que era cierto lo que le decían.
—Por lo que puedo ver es cierto...—Mencionaba Ughbert, volviendo a mirar a Satán, aunque ya estaba realmente sofocado por el calor y le costaba mantenerse derecho.—Bueno, el encargado de la caldera me confirmó parte de aquello, pero siempre había alguna que otra duda...
—Ahora lo podrás ver con tus propios ojos. Tenían pensado robaros cosas durante el viaje de tus padres, dejarían las cosas en un sitio seguro, y al llegar del viaje, querían usarte de rehén para que tus padres les cedieran todo lo que tuviera tu familia y así no te harían nada, pero no cumplirían su promesa y quemarían toda la mansión con vosotros dentro para eliminar todo rastro de pruebas. Pero yo actué, e hice que Patricè se suicidara y tus padres retrasaran su viaje para buscar una nueva asistenta para ti, ahí es donde entra Lizbeth, ella les arruinó los planes haciéndote más osado, y trataron de portarse mal con ella para que se fuera, aunque al ver que no pudieron simplemente intentaron llevarla a su terreno, también sin éxito, y ahora estamos aquí... Pero voy a dejarme de cháchara y os voy a convertir en mitad demonios para que podáis moveros sin problemas por aquí, no quiero que os muráis antes de tiempo.
—Espere... ¿yo por qué debo convertirme también?—Preguntó Lizbeth igual de acalorada y mareada que Ughbert, atreviéndose a hablar al ver que el demonio parecía ser alguien amigable dentro de su seriedad.
—Porque tú has demostrado una lealtad impresionante hacia Ughbert, por lo cual mereces también lo mismo que él aquí abajo, he decidido nombrarte su protectora debido a que estás dispuesta a hacer cosas peligrosas por él, y también por otras cosas que destacan de ti, tienes carta blanca para ayudarle en los asesinatos que prosiguen, darle coartadas, esconder cadáveres, o matar a alguien si él está con otra cosa importante.
—N-no creo poder matar a nadie...
—¿Estás segura de eso?—Satán sonrió perverso y levantó su mano derecha hacia la pantalla, arrastrando sus dedos índice y corazón sobre esta haciendo algo de magia, haciendo que la imagen cambiara.
Ahora se podía ver una cocina pequeña de una casa de clase media, donde un hombre medio calvo, gordo y aparentemente borracho golpeaba y acorralaba a una Lizbeth más joven en una pared, ella estaba asustada y presentaba moratones en su cara y sus muñecas, pedía por favor al tipo aquel que la dejara en paz, que iba a dimitir, y él, sin hacerle caso comenzó a levantar las faldas de su vestido e intentaba bajar su ropa interior. La joven pelirroja le empujó y cogió unas tijeras bastante grandes que había por una encimera cercana, temblorosa se las clavó en el estómago para que se alejara de ella, y una vez se apartó, gritando de dolor, ella, aún en temblando de miedo, sacó las tijeras de su torso, y luego con toda la fuerza que tuvo se las clavó en el cuello, rajándolo de un extremo a otro con brutalidad. La sangre salió disparada hacia ella, que tiró las tijeras quedándose en shock. Después de eso, la chica miró hacia la puerta de la cocina y vio a una niña morena de unos 6 años, que había visto la escena y se puso a gritar y a llorar al ver a su padre muerto en el suelo, encharcado en sangre. La pequeña comenzó a chillar llamando a su madre, y esta en cuestión de segundo llegó, y nada más ver aquello y a la niñera llena de sangre, sacó una escopeta de un cajón y empezó a perseguirla con ella, disparando a matar. Por suerte Lizbeth logró salir de la casa y esconderse en un bosque, aunque era de noche, y estaba cubierta de sangre, al adentrarse en la oscuridad, una manada de lobos la acorraló y la atacó, destrozando su pierna derecha. Ahí Satán quitó la pantalla mágica, pues vio que Lizbeth, al rememorar aquello se puso a llorar y se tapó la cara.
—¡Ese cerdo me maltrataba e iba a violarme!—Se defendió la chica de ojos castaños, entre llantos, mientras Ughbert la miraba muy sorprendido.
—Lo sé, simplemente te he puesto esto para recordarte que puedes hacerlo y mostrarle a Ughbert lo que eres capaz de hacer.—Satanás se levantó ante ellos y bajó del altar para acercarse más.—Ahora voy a proceder a convertir a Ughbert, tienes la opción de aceptar o no, pero te convendría, porque tendréis que bajar varias veces y además nos proporcionarías más poder, por no hablar de que aquí tu pierna amputada volverá, y en el Infierno volverás a tener un físico sano, por desgracia aún en la Tierra no lo puedo hacer, pero algo es algo, ¿qué dices? ¿Aceptas?
La pelirroja se quedó un momento pensando algo desubicada y con los ojos llorosos tras lo que acababa de ver, pero después de unos segundos, al acordarse de todo lo sucedido, de sus promesas a Ughbert, saber que tendría su pierna de vuelta, y sobre todo que se estaba muriendo de calor, optó por aceptar ser un demonio.
—Eh... Está bien, lo haré, pero supongo que tendrá alguna trampa o inconveniente...
—Claro que no, has leído muchos libros de contratos demoníacos, ¿no? Nosotros somos justos con nuestros ''empleados'', yo te doy poderes, tú nos das energía asesinando personas malvadas, ese es el trato. Ser semi-demonio en la Tierra te dará ventajas sobre otros humanos, como que el veneno no hace efecto en ti, tu inteligencia aumentará, serás más ágil y fuerte, y la temperatura no os afectará, haga el frío o el calor que haga, eso sí, seguís siendo humanos, por lo tanto mortales, si os apuñalan, disparan, queman, ahogan, o lo que sea, estáis muertos. A parte de eso única pega es que seréis estériles, no podréis tener hijos, aunque supongo que eso para vosotros ahora mismo será una ventaja, ¿eh?—Satán movió las cejas pervertido, a lo que Lizbeth, que entendió todo, se puso nerviosa, aunque más roja no podía estar por el calor, pero Ughbert no hizo nada más que seguir callado.
—Empieza de una vez, viejo, que se te van a morir.—Habló Hobo desde atrás, con los brazos cruzados.
—Bien, poneos de rodillas en el suelo y agachad la cabeza.—Indicaba el demonio, alzando sus manos.—Esto os dolerá horriblemente durante 20 segundos, pero podréis aguantarlo, más bien... debéis aguantarlo.
Los dos humanos se miraron preocupados ahora, pero obedecieron y se pusieron de rodillas con las cabezas agachadas. Satanás comenzó a hacer emanar una luz roja de sus grandes manos de uñas largas y negras, y un enorme pentáculo con muchos símbolos al rededor salió iluminando el suelo bajo Ughbert y Lizbeth, esta luz empezó a hacerse tan intensa que les cegaba, y de un segundo a otro empezaron a sentir como agujas pincharse por todo su cuerpo. Sentían sus órganos retorcerse y arder, casi como si hubieran caído en la lava de verdad. Comenzaron con gruñidos de dolor, pero pronto se convirtieron en gritos, apretaban los puños y los párpados, lloraban, sudaban y se mareaban al sentir aquello, sin embargo los veinte segundos pasaron, las luces y el pentagrama desaparecieron, y los dos se tumbaron en el suelo agotados, sintiendo que perderían la consciencia.
Continuará...