Amaneció
nevando en abundancia sobre la mansión Zondervan. Eran las siete de
la mañana, Lord Harold y Lady Eléonore se habían marchado ya
hacia Amsterdam hacía una hora.
El
despertador de Ughbert sonó. Siempre lo programaba a esa hora para
aprovechar al máximo su día, además de que no le gustaba nada que
le despertara nadie, y ahora que tenía una criada nueva, sentía la
necesidad de causarle una mejor impresión. Sin embargo, Ughbert no
podría permitírselo todo el rato, pues tenía otra cosa entre
manos.
Nada
más abrir los ojos se desperezó e intentó apagar el despertador
estirando una mano desde su posición. Cuando lo logró, se frotó
los ojos para despegárselos y se incorporó, mirando hacia la
ventana; aun nadie había entrado para correr las cortinas como
hacían habitualmente para que despertara de una manera más natural.
Rápidamente notó el chico que las criadas empezaban a flaquear en
su trabajo, porque tampoco habían entrado a recoger su ropa sucia
del día anterior.
–Qué
osadía por la mañana...–Masculló, mientras miraba directamente
al cesto de la ropa aun ahí, junto a la puerta, en el mismo sitio
que la noche anterior. Después giró su cabeza hacia la jaula de
Hobo, que estaba ya despierta también y le miraba fijamente. Resonó
en su cabeza un: ''Buenos días, amo, ¿cómo has amanecido?'',
seguido de una risa floja.–De buenos días nada... Parece que
alguien está rogando un despido...
¿Qué
estaba pasando ahí? ¿Estaba hablando a la rata? ¿La rata de alguna
manera le estaba hablando a él?
Aquel
era su secreto: podía oír hablar a su rata. Hobo no hablaba
realmente, sin embargo, Ughbert era capaz de oírla en sus
pensamientos y sentía que podía hablarle de verdad, el problema era que el chico no podía hablar mentalmente con ella,
debía contestarla en voz alta, lo que conllevaba la posibilidad de
que le pillasen hablando.
No
sería un problema si hablara de cosas normales, total, es un
adolescente, puede gustarle hablarle a los animales como a cualquier
otra persona que tenga mascotas y las quiera. Pero ella no le decía
cosas normales, Hobo le hablaba de matar...
Ughbert
no quería hacerle caso, trataba de negarse a todas sus propuestas,
mas ella siempre le decía que matara a sus criados por el bien de su
familia. ¿Bien para quien? Era verdad que sus sirvientes eran un
poco descuidados y no hacían demasiado bien sus labores o se
olvidaban de algunas, pero eso no le daba motivos para asesinarles.
Por el momento, Hobo le dijo que trataría de apartar el tema hasta
que algo gordo ocurriera y tuviera que creérselo. Y eso pasó.
Cuando Patricé murió, Hobo le dijo a Ughbert que no había pasado
por casualidad; había sido gracias a Satanás.
El joven Zondervan rehusaba de creerla, y se pensaba que todo era producto de su propia imaginación. ¿Ratas que hablaban y predecían desgracias? ¿Satán pidiendo a un chico que mate a sus sirvientes? ¡Patrañas! Todo era fruto de su perturbada y oscura mente, que había estado decayendo año tras año. Pero... ¿entonces cómo explicaba esa tan acertada predicción de muerte y los garabatos que había hecho Hobo por sí misma? ¡Era imposible que una rata normal pudiera hacer eso! Aunque también podía habérselo imaginado porque estaba distorsionando su realidad. Y lo de la predicción...
Dejó de pensar de golpe en todo aquello cuando de repente su puerta sonó: alguien estaba dando golpecitos en ella para ver si podía entrar, y dado a que las demás sirvientas y lacayos sabían que debían pasar sin permiso para llevarse la ropa, y hacer otras cosas, pudo saber que era su nueva cuidadora, que no sabía ese dato aun. Y de hecho, en ese momento escuchó su voz.
–¿Ughbert?–Preguntaba
con cautela detrás de la puerta, intentando no molestar.–¿Puedo
pasar?
–Claro,
entra.–Contestó Ughbert, aun echado, colocándose el pelo.
La
habitación estaba totalmente a oscuras, aunque por la ventana podía
pasar un poco de luz entre cortina y cortina. Lizbeth entró y al
verlo todo oscuro y con olor a cerrado, puso una cara muy rara y miró
al chico.
–Buenos días, Lizbeth.–Saludó este secamente, levantándose de la cama, yendo hacia las cortinas y retirándolas él mismo. Entonces el sol por fin iluminó todo su cuarto, cegándole un poco.
–Buenos días, Ughbert.–Contestó ella, sonriendo como de costumbre, y ahora con motivos, porque parecía que él no estaba de tan mal humor como ayer, aunque seguía teniendo ese carácter frío.–¿Has dormido bien?
–Sí, pero despertar ha sido una hez de res.–Súbitamente, Ughbert dio un giro brusco hacia ella, con el rostro enfadado.
–¿Te he despertado malamente? ¡Lo siento mucho!–Decía ella, arrepentida por haber llamado a su puerta.–Es que al oír tu despertador pensé que...
–Deja de culparte por todo. Por supuesto que no has sido tú, me ha despertado el despertador.
–Oh... ¿Entonces... por qué te has levantado mal?
–Porque deberían haber recogido mi ropa sucia de anoche y tenían que haber abierto las cortinas mientras estaba dormido para despertarme de manera algo más natural.
–Y si querías despertarte naturalmente, ¿por qué te pones un despertador?
–Porque quiero levantarme temprano, a esta hora, si no me lo hubiese puesto me hubiese quedado durmiendo hasta las diez por lo menos. Y a mi me gusta dormir muy poco.
Así tenía las ojeras aquellas aquel muchacho, tenía los ojos prácticamente negros por los párpados, y con su blanca piel parecía un muerto, pero a Lizbeth no le desagradaba, es más, con ese aspecto le resultaba muy guapo.
–Bueno, yo misma lo haré cada mañana ahora, no te preocupes.–Le dijo Lizbeth.–Y de paso me llevaré tu ropa sucia a la lavandería.
–No.–Contestó él muy seriamente.–Ese trabajo pertenece a las sirvientas vagas.
–En ese caso, ¿quieres que las avise?
–Ya se darán cuenta. Ahora quiero desayunar y jugar en la nieve.
Había nevado toda la noche. Él al abrir la ventana antes se dio cuenta de esto y quiso ir a jugar por el jardín nevado antes de ir a bañarse y acudir a sus aburridas clases.
–Bien, ¿quieres que te vista ya?–Volvió a preguntar la pelirroja amablemente.
–Sí, por favor, luego tendré que darme un baño... Pero no puedo salir así.
–No tienes visitas ni están tus padres, podrías reconsiderar bajar a tomar el desayuno con el camisón de noche y luego ponerte un abrigo para salir a jugar con la nieve y no resfriarte. Luego te das el baño caliente y te sentará de maravilla.
Ughbert la miró muy serio, manteniendo su mirada fija en los ojos marrones de Lizbeth, a lo que ella se estremeció un poco, pensando que había dicho algo malo. Sin embargo Ughbert solo se lo estaba pensando, él siempre era severo, exceptuando algunas pocas veces con su rata, solo sonreía a esta muy de vez en cuando, pero era probable que pronto con Lizbeth sucediera lo impensable.
–Tienes razón, estoy en mi mansión,–Contestó finalmente, tras habérselo pensado.–supongo que hoy puedo ir en pijama. Normalmente notifican las visitas, así que si viene alguien me lo dirán y me podré preparar, o si no... Que se fastidien, estoy en mi casa.
Lizbeth rió un poco y asintió. Luego observó el oscuro cabello del chico, estaba enmarañado y descolocado.
–¿Quieres que te peine?–Lizbeth, con toda confianza, se acercó despacio y con una mano colocó un mechón que tenía en la cara.
El joven se mantuvo callado, pero cada vez estaba más a gusto. Hobo le estaba hablando todo el rato mentalmente y le costaba pensar con claridad en lo que le decía Lizbeth.
–''Deberías ser prudente con la nueva''.–Decía la rata en la cabeza del muchacho.–''Es buena, pero si mete las narices demasiado en esto tendrás que acabar con ella también''.
Ughbert dio un gruñido mirando hacia el suelo, y la cuidadora se asustó y se apartó bruscamente, de nuevo arrepintiéndose de haber hecho algo así sin permiso. Cuando él se dio cuenta de que Lizbeth lo notó, volvió a mirar hacia ella.
–Eh...–Ughbert puso cara de culpabilidad y negó con las manos.–Siento haberte asustado... No era por ti. Claro que puedes peinarme, eso no me molesta en absoluto.–Miró hacia la jaula del roedor con fiereza, y este también observó como su dueño parecía molesto. Obviamente no le podía contestar, estaba Lizbeth delante, así que simplemente dejó de hablarle.
–¿Ocurre algo?–Preguntó ella, fijándose en que estaba mirando hacia Hobo.
–También se han olvidado de limpiar la jaula de mi mascota... Eso me molesta, puede coger una infección si no se le cambia una vez cada dos semanas.
–Si
lleva mucho puedo hacerlo yo.
–Lizbeth, cíñete a las cosas que yo te pida, hay trabajos que no tienes por qué hacer tú. Eres nanny, no doncella ni criada ni nada de eso, estás por encima de toda esa gentuza.
–Como mandes... Entonces siéntate en el tocador y te peinaré, y después tomarás tu desayuno.
Ughbert
asintió y se sentó en la silla de su tocador frente al espejo. Se
había fijado en que Lizbeth ya se había vestido y arreglado, pero
su pelo permanecía dentro de esa molesta cofia blanca que le tapaba
todo. El chico quería ver su pelo suelto, no envuelto en un feo paño
que escondía su belleza.
–¿Has desayunado tú ya?–Preguntó el joven Zondervan, mientras su cuidadora sacaba un cepillo de un cajón y comenzaba a cepillar su cabellera, que no era precisamente corta.
–Sí, me levanté a las seis y luego esperé aquí cerca a que te despertaras.
–¿Has entablado conversación con alguien del servicio?
–No, la verdad, ayer me dio la impresión de que no era bien recibida por ellos, y ha sido muy incómodo desayunar sola con gente mirándome mal... Si me lo permites decir...
–Claro que te lo permito, es cierto, si no quieres comer con ellos puedes comer conmigo, no me importa, además te tendrán que servir ellos la comida y será bastante satisfactorio para ti.
–¿Lo dices en serio? Puede que me meta en problemas por eso...
–Mientras estés conmigo no, y aquí se hace lo que yo digo, si no les gusta se tienen que aguantar, para eso son el maldito servicio.
Lizbeth
sonrió peinándole lentamente. Tenía un pelo realmente bonito y
negro como el carbón, casi le llegaba a los hombros, y tenía una
forma muy rara, pero seguía siendo precioso a pesar de estar un poco
sucio ya.
Ughbert se mantenía serio mientras le peinaban, pero por dentro se sentía un poco más feliz que antes, Lizbeth le transmitía más tranquilidad y libertad que la otra cuidadora que tenía. Aunque aun quedaba la prueba de la bañera, y ahí sabría si era realmente apta o no.
Cuando
acabaron, Ughbert se levantó, pero en vez de ir a la puerta, le
cogió el peine a Lizbeth y luego la sentó en la silla. Ella se
dejó, un tanto sorprendida, claro.
–Sintiéndolo mucho creo que te voy a quitar esa cosa.–Dijo el chico, señalando a la cofia. Ella podía verle desde el espejo.–Me gusta mucho tu pelo y quiero hacerte yo un peinado.
–¿Sabes hacer eso?–Preguntó ella, extrañada.–Es raro que un chico sepa peinar.
–¿Y los barberos y mayordomos qué?
–Visto así... Bueno, es que me sorprende.
–Mi madre me enseñó a hacer recogidos, y voy a hacerte uno muy bonito para que no tengas que ponerte eso.–Ughbert le quitó la tela de la cabeza y la dejó sobre la mesa del tocador. Fue nuevamente a su moño y empezó a retirar las pinzas que tenía, dejándolas también donde la cofia. Su pelo quedó suelto al final y se lo empezó a peinar lentamente y con cuidado de no darle tirones. El pelo de Lizbeth era largo y rizado, algo complicado de peinar, pero a Ughbert le gustaban los retos.
Ella se dejaba tranquilamente y quedaba sus ojos cerrados, mientras el chico peinaba con cuidado sus rojizos tirabuzones.
–Me sorprendes gratamente, Ughbert.–Mencionaba ella, aun siendo peinada.
–Es porque te has hecho una idea errónea de mi persona, señorita Lizbeth.–Contestó el chico, acabando de peinar y empezando a hacerle un recogido con las pinzas que había dejado antes.–Si se me trata bien y con educación puedo llegar a ser agradable.
–No he pensado en ningún momento que seas desagradable, solo no te gusta la gente, lo entiendo.
Ughbert no dijo nada y con una mano acarició la mejilla de Lizbeth desde atrás, pretendiendo quitarle el resto del pelo de la cara. Ante esto, ella no supo como reaccionar y tan solo miraba al joven a través del espejo, mientras este terminaba el peinado de ella, con gran profesionalidad.
–Terminado.–Concluyó el chico, apartándose un poco y dejó que se mirase bien.
Ella se encontraba muy guapa, francamente le había gustado como quedó. Se giró a Ughbert sonriente y le miró a los ojos.
–Es precioso...–Dijo hacia él, que la miraba también admirando su belleza, mas no cambió su seria expresión por el momento, aunque realmente lo quisiera hacer.–Muchas gracias Ughbert.
–Quien es hermosa va a quedar hermosa con lo que sea que se haga.–Volvió a decir el chico sin más, y entonces se puso unas zapatillas de andar por casa y se dirigió hasta la jaula de Hobo, abriéndola y dejando que saliera, y luego acudió hasta la puerta, dispuesto a ir a por su desayuno.
La chica se quedó sorprendida por esa respuesta y se sonrojó de golpe, nunca le habían elogiado de semejante manera, aunque fuese una indirecta, a ella le pareció directa a más no poder.
Aun impactada recogió sus cosas y fue directa a la salida detrás de Ughbert.
No
dijo nada, solo le siguió hasta la cocina, donde algunas sirvientas
preparaban el desayuno del chico, mientras otras simplemente no
hacían nada y charlaban con los lacayos que estaban ''libres''. Sin
embargo, al entrar, los sirvientes detuvieron sus actividades para
mirar a su amo, y se quedaron quietos, con las manos juntas, apoyadas
en sus vientres.
–Buenos días, señor Zondervan.–Dijeron todos a coro, haciendo una pequeña reverencia.
–Que se hayan marchado mis padres no quiere decir que podáis descuidar vuestras labores.–Contestó seriamente Ughbert, mirando con furia a todos, aunque no levantaba nunca la voz, no le gustaba gritar, pues para ser severo eso no era preciso.–Mi ropa sucia sigue en mi cuarto y la jaula de Hobo debía haber sido limpiada hace dos días, ya apesta, por no hablar de que nadie ha retirado las cortinas esta mañana y me he despertado tarde.
–Con su permiso, señor...–Decía una de las doncellas, con algo de miedo.–¿Eso ahora no le corresponde a la señorita Van Divel?
–Por supuesto que no.–Volvió a decir el chico.–Lo que le corresponde a la señorita Van Divel es cuidar de mi y estar ahí para necesidades primarias o cosas que yo le pueda pedir al momento, y a vosotros no os concierne en absoluto su trabajo en la casa.
–Con Patricé si nos concernía.–Contestó de una manera algo borde, el ayudante de cocina, que había entrado en la sala desde la zona de descanso de la sevidumbre, completamente despreocupado.
La cocinera, que estaba allí, terminando de calentar una cacerola de leche, le miró y le agarró de manera brusca, haciendo que se quedara quieto.
–Disculpe la insolencia de mi sobrino...–Dijo esta, con un poco de apuro. –Aun no tiene muy claro el concepto del respeto...
–Soy consciente de ello y de sus paseos nocturnos por la casa, algún día me encargaré de hablar con él personalmente a solas, pero ahora lo único que deseo es desayunar y dejaros claro que si no se os da otra orden u otro plan de trabajo, nadie debe descuidar sus tareas.
–Si me lo permite, señor...–Claire, el ama de llaves salió de detrás de ellos, ya que estaba preparando algo en el comedor junto a Jefferson y acababan de entrar en la cocina por la puerta del pasillo.–Usted comuníqueme las cosas con las que esté descontento a mi o al señor Jefferson y nosotros nos encargaremos de que los sirvientes lo sepan. No debería molestarse en bajar aquí y perder su valioso tiempo.
–Silencio Claire.–Contestó fríamente sin mirarla.–Yo hago lo que quiero y por lo que veo vosotros también, porque os recuerdo que estáis descuidando hasta las tareas más cruciales en esta mansión, y los buenos modales que debéis mantener, y no lo voy a permitir, a menos que queráis un despido inmediato. Puede que mis padres se hayan marchado, pero eso no es motivo, repito.
Todos se quedaron callados. Lizbeth no sabía qué decir y simplemente se quedó en silencio, mirando al suelo, no se quería meter en nada. Jefferson la miraba desde atrás con una sonrisa de pervertido. Pero Ughbert acabó mirando atrás y le vio mirando al trasero de su cuidadora.
–¿No tenéis nada que hacer?–Preguntó Ughbert con crudeza.–Llevadme el desayuno rápido arriba, y tú, Jefferson, deja de admirar las posaderas de la señorita Van Divel.
Ughbert se encaminó hacia la puerta y Lizbeth le siguió sin decir nada. Hobo les esperaba en las escaleras que conectaban la parte de abajo de la mansión con la de arriba. Para ser una rata tenía bien claro que no le gustaba pisar ahí, y más aun por lo que pensaba de los sirvientes. A partir de ahí siguió a su amo y a Lizbeth y seguido de ellos, una sirvienta le dio la bandeja del desayuno a Jefferson para que lo llevara a la planta superior.
Continuará...