jueves, 25 de agosto de 2016

Capítulo 3: La nueva niñera.

Una semana después del horrible suceso, Ughbert se hallaba en un pasadizo oculto tras el gran salón limpiando su oboe con un paño cuidadosamente. Hobo recorría el pasillo de un lado a otro emitiendo leves chillidos comunes en las ratas, y de vez en cuando, el roedor se subía en su amo y jugueteaba enredándose en su oscuro cabello por sus hombros, pasando por su nuca de uno a otro. Una de las veces, Ughbert miró a su rata y la cogió en sus brazos, le echó una mirada seria y Hobo se la devolvió mientras movía los bigotes y la cola.

Hobo, últimamente siento que muchas personas de esta mansión no deberían estar aquí.–Habló el chico en tono lúgubre y casi sin ningún sentimiento cubriendo su rostro.

La rata de pelo marrón lo miraba olisqueando el aire cerca de la nariz del chico, y al segundo asintió a su amo como si le hubiera entendido.

Tú eres la única que me entiende,Le susurró a Hobo mientras la acariciaba.—¿verdad?

El animal pareció comprender a Ughbert nuevamente, y este la miraba como si ella le estuviera diciendo algo. Aquella rata tenía algo raro, no era normal, pues entendía a la perfección a su amo, aunque este no pareció muy sorprendido, es más, le agradó, ella solo se comportaba así cuando estaba a solas con el joven.

Decidió al rato salir de su escondrijo para reclamar su comida, pues últimamente solo salía de los pasadizos secretos para comer e ir al baño, ahora Patricè no estaba allí para mandarle hacer cosas que no quería, y lo que quería era estar a oscuras escribiendo posibles canciones para tocar con su oboe o bien pensando en sus asuntos o leyendo, tenía un candil propio para iluminar el sitio si así lo quería. 

Su madre, Eléonore, ya estaba pidiéndole el menú a las cocineras, mientras algunas criadas y lacayos ponían la mesa. 
Primero colocaron un gran mantel granate sobre la gran mesa y después colocaron a lo largo de esta un montón de vasos, platos y cubiertos. No podían faltar los pañuelos de tela para mantenerse limpios, eso era indispensable. 

Ughbert salió al fin de los túneles que solía frecuentar y directamente dejó a Hobo en el suelo, para que corriera a placer por la mansión. El chico se dirigió al gran comedor y se sentó sin esperar a nadie, pero aún no habían servido nada, sus padres siempre tardaban un poco más por temas de trabajo y por eso aún no llegaron.
Tocó en la mesa con los dedos dando golpecitos en ella, su estómago rugía, sus sirvientas nunca habían tardado tanto en traerle su comida, y eso le desesperaba, porque aunque quisiera mucho a sus padres, prefería comer a solas cuanto antes para volver a irse.
Tras unos minutos de silencio asolador en el que nadie aparecía con la comida, harto de esperar, el joven abandonó su asiento impaciente y caminó hacia las escaleras para ir a la planta baja para quejarse y ver qué sucedía. Llegó a la cocina y vio a unos cuantos sirvientes que estaban hablando entre ellos. Ughbert frunció el ceño y carraspeó tras un camarero que parecía estar ocupado haciendo... nada de nada.

Oh, Ughbert...—Dijo este al ver al chico tan molesto que incluso había bajado hasta allí.Espera un momentito y en seguida te llevamos la comida.

Él asintió seriamente sin decir palabra y volvió al gran salón a sentarse en su sitio, Hobo aún estaba por ahí correteando, esperando a su amo, y al llegar este solo se puso junto a él a los pies de su silla.

Tras otro largo rato de silencio puro, llegaron los lacayos y pusieron la mesa enseguida pidiendo perdón al muchacho, que simplemente no decía nada, pero se mantenía con una cara de odio importante.
Los padres aparecieron de pronto y se sentaron junto y frente al chico, que se quitaba los guantes que solía usar para coger a su rata, no le gustaba ser antihigiénico, por eso los usaba siempre y al comer se los quitaba, manteniendo sus manos limpias.
La madre del muchacho lo miró sonriente desde su asiento, esta era una mujer delgada, de cabello rizado y marrón claro recogido en un elegante peinado. Por cómo miraba a su hijo parecía que tenía que decirle algo, y así era:

Cariño, tu padre y yo tendremos que ir a Amsterdam mañana por negocios.–Decía ella, haciendo que Ughbert la mirara.—Estaremos fuera por lo menos dos semanas, pero tranquilo, no vas a estar solo esta vez, hemos contratado a otra niñera que cuide de ti mientras no estamos.

Tenemos muchas criadas y sirvientes que pueden ''cuidar'' de mi, madre, por no hablar de que... soy casi adulto, no necesito una cuidadora.

Su padre Harold rió, estaba junto en frente suya, y le miraba, en cierto modo sorprendido porque hablase tanto, se notaba que no estaba cómodo con esa idea y quería seguir disfrutando de esa nueva vida de soledad, había estado una semana muy a gusto y no quería que otra mujer amargada le controlase las veinticuatro horas del día.

Hijo, cada persona del servicio tiene una labor distinta,Le explicaba su progenitor.Y dado a que Patricé ha muerto y era tu antigua cuidadora nos hemos visto en la obligación de contratar a otra, vendrá en unas horas para que le expliquemos el funcionamiento de todo y tus cuidados antes de que nos marchemos. Y no, no eres casi adulto, eres todavía un joven, no sabrías cuidarte solo, necesitas atenciones viniendo de alguien mayor.

Ughbert asintió cohibido y enfadado por dentro, mas no dijo una palabra más. Se imaginaba a una vieja de traje negro con un pelo gris y asqueroso recogido en un moño mal hecho, muy similar a su cuidadora anterior, no quería volver a lo de antes ahora que había catado la libertad y podía ser feliz.

Después de la copiosa comida algunas criadas recogieron los platos y unos sirvientes distintos sirvieron los postres a los tres familiares Zondervan. Ughbert se llevó su tarta de queso y frambuesas a su habitación, le molestaba comer en presencia de sus padres, pues trataban de hablar con él lo máximo posible y eso le incomodaba últimamente. Ellos sabían que su hijo estaba raro, pero pensaron que fue por la muerte de su cuidadora Patricé y solo tenían que darle un tiempo. Aunque aquello no era así, iba a mantenerse en ese estado o volverse peor, debido a una ente poderosa que estaba calando en su alma y no le haría volver atrás.

Se quedó comiendo solo sobre su cama, mientras el mayordomo jefe de la casa, Douglas Jefferson, se quedaba tras la puerta tratando de escuchar algo. Hobo corría por la casa y volvió al cuarto de su amo con prisas, mas se encontró con ese hombre tratando de escucharle. Era una rata muy inteligente, pensaba avisar de esto a su amo...
Jefferson vio al roedor y lo agarró, la puerta de la habitación de Ughbert estaba cerrada, de modo que aprovechó para llamar a la puerta y dársela.

Señorito Zondervan, ¿me deja usted pasar?Preguntó de manera cortés.Su rata se ha encontrado con la puerta cerrada y no puede entrar.

Sí, tráela.Dijo el adolescente tras la dicha, de manera seca.

Entonces el mayordomo pasó al cuarto del joven y puso a la rata en el suelo. Acto seguido hizo una reverencia y se marchó, volviendo a cerrar la puerta.
Hobo miró a su dueño fijamente, queriendo comunicarle algo, y de repente Ughbert puso cara de enfado.

¿Te cae mal ese tipo? A mi también...

                                                                               Ⴭ

A las seis de la tarde, Lord Harold y Lady Eléonore Zondervan, junto a todos sus sirvientes, se encontraban en la puerta principal de la mansión esperando a la nueva cuidadora de Ughbert, que por lo que sabían se llamaba Lizbeth, desconocían su apellido y su edad.
Al joven Zondervan no le interesaba aquello lo más mínimo, por lo que se había quedado en el salón principal practicando con su oboe, aprovechando que estaría solo por unos momentos. Su rata Hobo le escuchaba mientras se encontraba echada en uno de los sillones de la sala, sabían que la paz poco iba a durar, y estaban en lo cierto, porque segundos después, el ama de llaves atravesó el lugar a prisa y se dirigió a Ughbert, haciendo una leve reverencia.

Joven Zondervan.—Masculló con una amarga voz para captar la atención del chico, que bajó su instrumento y miró a la mujer, con una cara no muy favorable.Sus padres exigen verle en el exterior para recibir a su nueva cuidadora, por favor, le ruego que acuda, si no es mucha molestia.

Tsk, ahora voy.Respondió este sin nada más que añadir y desmontó su oboe, guardándolo en su estuche y poniendo este sobre un sofá cualquiera. Tras aquello salió de la estancia con paso firme, pero no apresurado y accedió al exterior de la mansión.Todo esto para recibir a una cualquiera...—Farfullaba en bajo, sin posibilidad de que nadie le escuchara, y finalmente llegó a fuera.

¿Dónde estabas, Ughbert?Preguntó Eléonore impaciente y entre susurros a su hijo, para que nadie más la oyera.

Estaba practicando, no pensé se que precisara de mi presencia aquí, madre.Contestó este, mirando al frente en el camino que se extendía hacia la puerta de entrada al recinto de la casa.

De repente, un carruaje se adentró en la villa Zondervan, todos los componentes de la casa se quedaron rectos esperando a que la nueva cuidadora se aproximara para darle una buena impresión con una calurosa bienvenida.